Iván Osvaldo Ortega

Quinto, sin fondo: anatomía de una caída anunciada

Compartí esta noticia !

En tiempos en los que la política exige claridad y compromiso, Martín Arjol encarna exactamente lo contrario: ambigüedad funcional, reciclaje oportunista y un travestismo ideológico al servicio exclusivo de la supervivencia personal. No es un cuestionamiento al hombre —que, como ciudadano, puede pensar lo que quiera—, sino al personaje público que, con estudiada impavidez, ha pasado de la Unión Cívica Radical tradicional a convertirse en un vocero satélite del mileísmo misionero. Y todo esto sin siquiera despeinarse.

El Arjol de 2021 era otro. Diputado nacional por Juntos por el Cambio, abogado joven, prolijo, con cierto perfil institucional, se presentaba como un aire nuevo dentro de la vieja estructura radical. Llegó al Congreso como parte de una coalición, no por arrastre propio. Pero tras su estrepitoso fracaso como candidato a gobernador en 2023 -donde apenas cosechó un 26 % frente a un contundente 64 % del oficialismo renovador-, comenzó su metamorfosis.

Lo que siguió fue un desarme quirúrgico de sus propias convicciones. Primero, el coqueteo con las ideas de Javier Milei. Luego, la adhesión plena. Finalmente, su expulsión de la UCR, que tampoco pareció perturbarlo demasiado. Curiosamente, no se incorporó a La Libertad Avanza, sino al Partido Libertario local: una franquicia ideológica sin conexión real con la estructura nacional, pero lo suficientemente útil como para seguir en carrera.

Este cambio de piel no vino acompañado de una reflexión pública ni de una mínima autocrítica. Arjol se recicló como lo hacen los envases plásticos: se cambia la etiqueta, se modifica el destino, pero la composición sigue siendo la misma. En su caso, el oportunismo. Lo más alarmante es que la operación no trajo consigo propuestas innovadoras ni un proyecto real para Misiones. Solo consignas. “Basta de pensiones truchas”, “fuera los ñoquis del Estado”, “terminemos con los privilegios”. Frases hechas, sin contenido, sin plan. Nada que un legislador comprometido con su provincia debería tolerar de sí mismo.

El nuevo Arjol habla como si recién hubiese descubierto la política, como si no hubiese sido parte de ella. Y esa amnesia es peligrosa, porque quien niega su propia historia está más cerca de negar también la verdad de los otros.

Su caso no es aislado. Es parte de un fenómeno nacional: políticos que migran entre ideologías como quien prueba trajes alquilados, esperando que alguno les quede bien. Pero en Misiones, donde la política todavía es territorio, identidad y raíz, esa conducta salta a la vista. Y molesta. Porque acá se conoce a los candidatos, se sabe de dónde vienen. Por eso no sorprendió que este junio haya terminado —literalmente— quinto, detrás de todos, incluso de quienes no tienen aparato, ni historia, ni discurso.

Martín Arjol eligió el atajo. Pero en política, como en la vida, los atajos suelen dejar más cicatrices que caminos. En su intento por ser todos, terminó siendo nadie.

Compartí esta noticia !

Diego Hartfield: de tenista sin tierra a político sin pueblo

Compartí esta noticia !

Consultando diversas revistas y medios especializados, lo que más se destaca de Diego Hartfield durante su carrera deportiva es que “es argentino”. Poco o nada se menciona sobre su origen misionero; las crónicas, escuetamente y como dato, solo rezan: “nació en Oberá, Misiones”. Jamás narran su vínculo real o amor con la tierra que ahora pretende representar. Su identidad pública se forjó exclusivamente a partir de su carrera como tenista, sin un solo gesto de orgullo por su provincia, su gente o las problemáticas sociales y económicas que atraviesa Misiones.

Ahora, en un giro inesperado, Hartfield decide incursionar en la política nacional. Sin embargo, parece ignorar por completo la esencia misma de la democracia representativa, ese sistema republicano que obliga a quienes aspiran a ser diputados nacionales a representar fielmente a los ciudadanos de sus provincias. Representar no es solo ocupar un escaño o pronunciar discursos pomposos; es conocer el territorio, dialogar con su gente y defender sus intereses en todos los ámbitos.

Pero la campaña de Hartfield dista mucho de cumplir con este mandato. Ni una sola vez aborda temas que son el alma y la identidad de Misiones: la yerba mate, que no es solo un producto sino un símbolo cultural; el turismo, motor económico vital que posiciona a la provincia como un destino único; o las cuestiones sociales que afectan a las comunidades locales. En cambio, se limita a repetir sin filtro las consignas de Javier Milei: “motosierra”, “ajuste”, “casta”, conceptos que poco tienen que ver con la realidad y urgencias misioneras.

Lo más irónico es que Hartfield, quien se presenta ahora como un crítico férreo de la Renovación -partido que, recordemos, lo cobijó y lanzó al mundo político en 2015-, pretende desvincularse de ese pasado con una vehemencia casi caricaturesca. La Renovación, a la que hoy demoniza, fue el trampolín que le permitió dar sus primeros pasos en política. ¿Cómo se puede pretender representar a un pueblo cuando se niega incluso a reconocer su propia historia política?

La política no es un juego de raquetas ni un escenario para repetir frases hechas sin sentido ni profundidad. Es el arte de escuchar, construir y representar con raíces genuinas. Y hasta ahora, ni la raqueta ni el discurso de Hartsfield parecen haber tocado siquiera la tierra roja y fértil que busca ahora conquistar.

La impronta Kuider y Cía seduce a muchos hoy “libertarios” 😜😜

Compartí esta noticia !

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin