Cayetana, la reina que no fue y la duquesa que fue demasiado
Es realmente asombroso, permítame decirlo, cómo la historia a veces se concentra en una sola biografía, con una intensidad que desafía cualquier lógica. Hoy quiero rescatar a una mujer que fue, en sí misma, un archivo viviente de la nobleza europea, pero que sobre todo fue una mujer que decidió, en tiempos de silencios obligados, vivir como le dio la gana. Me refiero, claro, a María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y de Silva.
La Duquesa de Alba no fue solo la decimoctava titular de su casa; fue, según el Libro Guinness de los récords, la persona con más títulos nobiliarios del mundo. Española. Cinco veces duquesa, dieciocho veces marquesa, veinte veces condesa. Una acumulación de honores que, sin embargo, no lograron sepultar a la mujer de carne y hueso que se escondía tras el protocolo.
Muchos se preguntan por esa leyenda de “la reina que no pudo ser”. Cayetana poseía el título de Duquesa de Berwick, lo que le otorgaba una legitimidad histórica que algunos estudiosos vinculan incluso con derechos sobre el trono de Escocia. Se decía, con ese aire de misterio que tanto nos gusta desentrañar, que si Escocia se independizaba, ella podría haber reclamado una corona. Pero ella prefirió su corona de flores en el pelo y el suelo de Sevilla.
Es inadmisible que nos quedemos solo con la caricatura de sus últimos años. Cayetana fue una mujer de una cultura refinadísima, amiga de Churchill, retratada por los grandes, y alguien que custodió con un celo admirable uno de los patrimonios históricos más importantes de España. Pero también fue la transgresora que se casó tres veces, la última desafiando a sus propios hijos y a las convenciones de una sociedad que todavía se escandaliza por el amor en la madurez.
Recuerdo aquellas imágenes de ella bailando descalza en su boda con Alfonso Díez. Había allí una lección de libertad que trasciende los linajes. Cayetana demostró que se puede tener todo —castillos, Goya, esmeraldas imperiales— y, aun así, conservar lo más valioso: la soberanía sobre el propio destino. Poseía los derechos de sangre de Cristóbal Colón . Y dono joyas invaluables históricas a la Virgen de la Macarena, para adornarla.
¿Fue “demasiado” duquesa? Quizás. Pero en un mundo de grises y de tibiezas, una personalidad tan arrolladora, tan “muy noble de corazón” como dijeron en su despedida, se agradece. Porque al final del día, lo que queda no son los pergaminos, sino la huella de una mujer que no permitió que el peso de su pasado le impidiera caminar hacia su propio futuro.
