La grotesca desunión de los argentinos
El ganador unánime de los 20 últimos días que sorprendieron mediáticamente a la Argentina fue Mauricio Macri, el Ángel Exterminador. En el caos activo de la incertidumbre. Aunque haya debido entregar un alfil. Con el desopilante desfile de los valijeros descarados, y los arrepentidos notables que ornamentaron el delito de simpatía, pintoresquismo y justificaciones.
Consta que el Ángel reconquistó, como pudo, la centralidad. La había perdido cuando andaba a los tumbos. Sin tener nada en claro durante la desodorizada crisis cambiaria. Mientras se sentía acosado por los entrañables renovadores del propio palo, que para corregir la mala praxis de administración planificaban cargarse al Premier Marcos Peña, El Pibe de Oro, y blanquearlo como Canciller.
Pero el Ángel debía resistir sin entregar la cabeza del Pibe. Sentía que era la mejor manera de cuidar la suya. Aunque los comprobados “amigos del alma” le argumentaran que debía cambiar el equipo que lo había arrastrado hacia el borde del descenso.
Pudo resistir, como buen obcecado calabrés. Resultó más favorecido cuando, con una abrupta catarata fecal, se inundaba el prestigio de la adversaria recíprocamente preferida. Tan tangible como única y real. La Doctora. Senadora.
El fortalecimiento ocultaba la magnitud del caos que lo contenía. Pudo certificarse en la multitudinaria concentración, convocada indirectamente por los angelicales, en los alrededores del Congreso, a los efectos de reclamar por el desafuero técnico de la rival que tanto cuidaba. Y que se transformaba, entre empujones y señalamientos, en la jefa temible de la asociación ilícita hereditaria.
Una categoría innovadora que revolucionaba el fenómeno cultural de la mafiosidad.
La manifestación de fortaleza se brinda, en simultáneo, con el estallido del otro sector del país real.
Despunta con los incidentes que desdibujaron la densidad espiritual de La Plata, capital de la provincia inviable.
En un martes memorable, los proletarios fastidiados de Ensenada, nostálgicos del astillero de Río Santiago, reivindicaban el cuestionado derecho al trabajo. Y pretendían terminar (sin quemar) las naves.
Completaban los obreros el combo entusiasta de los indignados que, en la otra capital, a 60 kilómetros, suplicaban por el deshonor de la senadora, que redactaba insólitas condiciones básicas para organizar su humillación.
Cacerolazo sin cacerolas
Una reedición perfecta de aquellos cacerolazos del ciclo anterior, pero sin la algarabía febril de las cacerolas. Dedicada, otra vez, a La Doctora.
Significativa confirmación de la base social que tiene inventariado el angelicalismo del Tercer Gobierno Radical.
Una base de hierro, ilustrativa y blanca, que anticipa la continuidad electoral de la sociedad quebrada.
Pero muestra, en simultáneo, la magnitud del fracaso de uno de los tres grandes objetivos que se propuso la administración. La unión de los argentinos. Derivó en la grotesca desunión.
A través de la eufórica concentración, volvió a sentirse el peso inerte del fragmento de clase.
Otra vez, la desafiante Argentina blanca clavaba el mensaje del hartazgo. Ahora ante la pestilencia abierta de la corrupción que se apoderó satánicamente del país. Ante la impotencia, o la complacencia, de sus llamadas fuerzas vivas. Autodenominada dirigencia.
El mensaje condena a la lideresa del complejo peronismo. Pero se impone, también, como una severa acotación al TGR, que hoy se siente favorecido. Aunque mantenga la cancha marcada.
Es también la consecuencia emocional de la divulgación intensa de los cuadernos providenciales del Remisero de la Fortuna. Fenómeno que signa la exacta concatenación del periodismo con la política y la justicia.
La Mafia del Bien (cliquear) que en general sólo tiene objetivos magnánimos, loables y utópicos. Como terminar con la corrupción que cultiva el enemigo.
Emerge entonces la “peste de transparencia” (cliquear), aunque, en el fondo, haya degenerado en la “transparencia de la peste”, cliquear.
Sin el menor Plan B, en ausencia del Plan A, se asiste al festín de la destrucción de los pilares blandos del sistema económico. Con empresas que se devalúan, ideales para ser compradas por monedas, y con capitales extranjeros. Y con políticos que se ven inmediatamente superados por el aluvión de la virtud. Mientras temen ser eliminados con la botoneada de algún bolso.
Rueda entonces el carromato sin rumbo de la transparencia. Sin tener identificada, ni por asomo, la estrategia final.
El hartazgo versus el odio
Resulta inocente concluir que los pasionales reclamos de los concentrados se consuelen con los espectaculares allanamientos a las propiedades de la depositaria transitoria del mal.
Una sobreactuación justiciera que perfectamente podía haberse evitado. Se garantiza una decepción, si se pretende encontrar algo. Así se trate de una idea, al menos mala. Onanismo sin placer.
La reivindicación de la clase media movilizada se calma, apenas, con el alborozo del desafuero. Deriva en la exacta antesala de la prisión de La Doctora.
Es donde el contundente sector de la sociedad prefiere destinarla. Para olvidar, acaso, la psicológica humillación de haber sido gobernada por sus desplantes.
En el instante histórico del feminismo selectivo, cuando ni puede insinuarse siquiera que alguna dama sea fea, sorprende la fantástica unanimidad en el deseo de condenarla. Del sector sociopolítico que no puede evitar, en simultáneo, que un 33% de la otra Argentina se encuentre, a pesar de todo, dispuesto a votarla. Y a evitar, incluso, que sea encarcelada.
Son las dos Argentinas que Mauricio Macri, en el acta constitutiva del Tercer Gobierno Radical, se dispone verbalmente a unir.
Pero cada día los argentinos están más distantes. Es de esperar que sólo confronten, en lo inmediato, en el campo electoral.
Tanto el desafuero, como la consiguiente prisión, distan de lograrse a través de la presión entusiasta de los radicalizados que salen convencidos a insultar a La Doctora y al peronismo.
Aquí hace falta negociación, política, para ser exacto. Sin tensar más la cuerda de la grotesca desunión de quienes no tienen otra alternativa que soportarse. Lejos. Sin tratos.
Es donde el estadista, si es que existe, debiera elevarse. Hasta superar la confrontación entre el hartazgo sensible del antiperonismo, que adhiere con énfasis a Macri, con el resentimiento explicable de quienes lo desprecian.
Los innumerables postergados. Los desplazados del consumo. Los esperanzados que sienten abstinencia de dignidad.

La teoría de ser vicepresidenta de Mauricio podía ser viable. Repetir, en la Nación, la fórmula del Artificio Autónomo, en 2011. Cuando Horacio Rodríguez Larreta, Geniol, administraba el Maxi Quiosco. La teoría tenía un sólo punto vulnerable. Mauricio prefería plancharla en La Plata.
Aludía a los aportantes falsos para la campaña legislativa de 2017. Cuando Cambiemos proponía, para senador, a Esteban Bullrich, El Lopezmurphista, acompañada de la señora Gladys González, La Mosca. Y para diputados a la cristalina señora Graciela Ocaña, La Reina del Dengue y la Gripe Aviar, asistida por Toty Flores, El Pobre Permitido.
El medio que se extendía a partir de las denuncias que estaban ya plácidamente en el primer plano. Exploraban un inesperado Watergate.
La Chica de Flores rehabilitó a Emilio Monzó, El Diseñador. Para que volviera a fotografiarse con Marquitos, que debía asumir el repliegue simulado y aceptar fotografiarse, con una sonrisa mansa, con Rogelio Frigerio, El Tapirito, al que no logra soportar. Y hasta con Ernesto Sanz, La Eterna Esperanza Blanca, ídem.
“Dedicate a los truchos tuyos, que de los truchos míos me ocupo yo”.
Pero justamente Uñac prefiere consolidarse primero en San Juan, su territorio. Para relegarlo a José Luis Gioja, El Güevón, a la planta permanente del Parlamento.
Marca impuesta. La preferida por el adversario, Macri, El Ángel. Cumplen rigurosamente con el acuerdo tácito de elegirse recíprocamente como oponentes.
Consta que los minigobernadores ofrecen turnos. All inclusive. Con asado y cabalgata. Para pasear por los suburbios, sin embarrarse.
Y los minigobernadores la van a acompañar de nuevo. Sin tentarse con acompañar a otro peronista.
Para competir con Vidal, o quizás con Cristian Ritondo, El Potro (de superior aprobación entre los cinco medidos), se apuntan dos minigobernaciones.
Si no se acuerda, son incorporados, sin anestesia, al kirchnerismo funcional que supieron servir, y que hoy adopta la categoría del agravio.
Es el mito que confirman sus amigos históricos. Ponen -como Angelici, El Tano- el ajado ejemplo del paso por Boca Juniors, donde arrancó mal.
Pero se enoja también con los sindicalistas reversibles. Tampoco le cumplen -protesta- con lo que le prometen en privado. En Olivos o en La Rosada.
En efecto, el destino del TGR es arrastrado hacia la inspiración de Los Gekko.
Faltaría, en adelante, encontrar al personaje secundario que pueda ser diseñado como gobernador de Buenos Aires. Tal vez sea Jorge, El Primo (que era) Pobre, pero al Uno le molesta que le compartan el apellido. O Emilio Monzó, El Diseñador, hoy recuperado por La Chica de Flores, aunque ni le interese ser medido, y prefiera recibir pronto el tratamiento de Excelencia, en alguna capital de Europa (o en Nueva York). O Cristian Ritondo, El Potro, favorecido, en este Provincial B, por el conocimiento del asfalto y del fango.
Contra ella se ganó en 2015, aunque el candidato fue Scioli, Líder de la Línea Aire y Sol.
Por prepotencia de distrito. Por su obsesiva capacidad para la conspiración, armado de tres celulares, dos secretarios y bastantes diputados, El Alborotador vuelve a instalarse en el bolillero. Para ser considerado como otro aspirante a la confrontación con quien lo desprecia. Al que le sirvió, en un principio, como dador voluntario de gobernabilidad. En la “montaña mágica” de Davos.