Juan Rubén Martínez

Obispo de Posadas.

Los pobres comparten

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Aunque el texto bíblico de este domingo (Mc 6, 7-13), se refiera al llamado del Señor a los Doce Apóstoles, a quienes les pide un seguimiento especialmente exigente, en dicho llamado podemos comprender algunas características del estilo de vida de los cristianos en general, sobre todo en nuestro tiempo donde la idolatría del tener, del poder y del placer pretenden ser el proyecto que se propone al hombre de hoy.
«Entonces llamó a los Doce y los envió… y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero…» (Mc 6, 7-8). Ante estos textos bíblicos podemos preguntarnos cómo nos relacionamos con los bienes materiales, cómo ejercemos el poder o bien nuestras responsabilidades y si somos capaces de disfrutar sin idolatrar el placer. En todo caso, aunque suene a idealista, el intentar ser pobres y pequeños es una enseñanza para todos los bautizados y no sólo para los que se consagran a Dios. Soy consciente que esta enseñanza evangélica está en el olvido de la mayoría de los cristianos. Al respecto recordemos la bienaventuranza que nos relata San Lucas «Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: ¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!» (Lc 6, 20). «Pero ¡Ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!» (Lc 6, 24).
Un texto muy iluminador sobre qué significa la pobreza cristiana es el documento de Puebla: «Para el cristianismo, el término “pobreza” no es solamente expresión de privación y marginación de las que debemos liberarnos. Designa también un modelo de vida que ya aflora en el Antiguo Testamento en el tipo de los “pobres de Yahvé” y vivido y proclamado por Jesús como Bienaventuranza. San Pablo concretó esta enseñanza diciendo que la actitud del cristiano debe ser la del que usa de los bienes de este mundo sin absolutizarlos, pues son sólo medios para llegar al Reino. Este modelo de vida pobre se exige en el Evangelio a todos los creyentes en
Cristo y por eso podemos llamarlo “pobreza evangélica”. Los religiosos viven en forma radical esta pobreza, exigida a todos los cristianos, al comprometerse por sus votos a vivir los consejos evangélicos» (DP 1148).
«La pobreza evangélica une la actitud de la apertura confiada en Dios con una vida sencilla, sobria y austera que aparta la tentación de la codicia y del orgullo. La pobreza evangélica se lleva a la práctica también con la comunicación y participación de los bienes materiales y espirituales; no por imposición sino por el amor, para que la abundancia de unos remedie la necesidad de los otros. La Iglesia se alegra de ver en muchos de sus hijos, sobre todo de la clase media más modesta, la vivencia concreta de esta pobreza cristiana. En el mundo de hoy, esta pobreza es un reto al materialismo y abre las puertas a soluciones alternativas de la sociedad de consumo» (DP 1149-1152).
Hay una gran cantidad de cristianos que captan este tema de hecho, porque son pobres y a la vez solidarios. Ellos saben compartir. También hay gente que posee muchos bienes, o bien que tienen conducción o poder y saben ser sencillos y entienden esto de ser pobres, siendo «pequeños». A estos les cabe la bienaventuranza de San Lucas en que el Señor los llama: ¡Felices! Por lo menos están haciendo una buena inversión futura, para asegurarse un lugar junto al Padre.
También están los que viven apegados al tener, acumulan sin compartir, creen que lo que poseen es solo fruto de sus manos y no reconocen la generosidad de Dios. Otros se ligan a conseguir poder, en el fondo para reemplazar a Dios. En la raíz está el pecado de soberbia que es la madre de todos los pecados. A esta idolatría le cabe la otra parte de la bienaventuranza de San Lucas: ¡Ay de ustedes los ricos (o soberbios), porque ya tienen su consuelo! (Lc 6,24).
Solo cuando tenemos a Dios como absoluto podemos relacionarnos bien y construir un mundo mejor, pero cuando queremos ser como dioses nos transformamos en un problema, porque empeoramos todo.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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El aval de la coherencia

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista [24 de junio de 2018]
Este domingo celebramos el nacimiento de San Juan Bautista, el Precursor del Señor. San Juan como profeta del Antiguo Testamento era testigo de la Ley con su propia vida. El profeta es el que da testimonio. El canto de Zacarías que leemos en el Evangelio de este domingo (Lc 1,57-66.80), enmarca el ambiente profético que prepara el nacimiento de Jesús.
En este mensaje dominical, quiero que reflexionemos sobre la figura ejemplar de San Juan Bautista para ahondar en la dimensión testimonial de la vocación profética. En realidad, todos estamos llamados a ser profetas desde el bautismo. En la unción post-bautismal se dice: «[Dios Todopoderoso] los unge ahora con el crisma de la salvación, para que incorporados a su pueblo y permaneciendo unidos a Cristo, sacerdote, profeta y rey, vivan eternamente».
Sabemos que no es fácil para los cristianos ejercitar esta dimensión profética en el mundo en que nos toca vivir. Sin embargo, será clave que profundicemos nuestra vocación bautismal, y como discípulos busquemos caminos para poner en práctica la Palabra de Dios, y construir nuestra vida familiar y social sobre la verdad.
Tomando como ejemplo la figura de San Juan Bautista, quiero reflexionar sobre nuestra Iglesia diocesana en este camino de pastoral que vamos transitando. Sin conversión a la persona de Jesucristo, será imposible cualquier proyección pastoral que sea fecunda para el Reino de Dios. Nuestro tiempo necesita de varones y mujeres ejemplares que traten de vivir la santidad. En esto se asienta la dimensión profética de la Iglesia. La comunión con Dios y con los hermanos siempre es fruto de la conversión. Desde esta fidelidad debemos plantearnos la necesidad de buscar caminos de evangelización y humanización.
Es importante recordar que, en el mismo nacimiento de la Iglesia la apertura al mundo pagano generó un conflicto con los cristianos venidos del judaísmo. (Hech 15,5). Es importante la lectura de los Hechos de los Apóstoles (cap.15) donde se refiere al primer  Concilio de la Iglesia, «el Concilio de Jerusalén». En él se explica cómo el Espíritu Santo iba obrando en la apertura al mundo pagano que era un desafío para la Iglesia, cuya misión era salir a evangelizar para cumplir con el mandato del Señor.
No dudo que es importante que miremos la historia y saquemos algunas conclusiones de ella, porque este inicio de siglo nos presenta nuevos desafíos a los cuales tenemos que responder desde la evangelización.
Cuando hablamos de una Iglesia abierta, que quiere comunicar los tesoros de la revelación, no debemos confundirnos con algunos males de la época, que creen que ser abiertos es ser relativistas. Ser abierto es amar, dialogar, escuchar, cambiar, aportar, aprender y recuperar, sin perder la propia identidad. Ser abiertos no es mezclar todo como una especie de sincretismo religioso, o bien confusión y mezcla del bien y el mal, de valores y antivalores.
¿Cuáles son los tesoros de la Iglesia? Los tesoros son los que la Iglesia debe cuidar a través de la historia, lo revelado por el Señor, lo que Él nos comunicó y el Magisterio (o bien las enseñanzas de la Iglesia), que van acompañando con el Espíritu Santo la historia, para que ésta sea una historia de salvación.
San Juan Bautista nos llama a la conversión a la Persona de Jesús, por ser el Precursor. En todo caso todo lo que vivimos en el día a día de la evangelización, requerirá que todas las acciones que realicemos estén respaldadas por la credibilidad, y buscando la  conversión para que nuestros hermanos crean.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Camino de Santidad

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 10° domingo durante el año [10 de junio de 2018]
En el evangelio de este domingo, Jesús nos anima a estar cerca de él, a ser parte de su familia. Para ello es necesaria una condición: hacer la voluntad de Dios. «El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc 3, 35). La voluntad de Dios no es otra cosa que la santificación del hombre. El Papa Francisco, hace poco nos dejó una exhortación apostólica titulada «Gaudete et exsultate» sobre el llamado a la santidad. Allí nos dice que «para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque esta es la voluntad de Dios: nuestra santificación (1 Ts 4,3). Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio.
Esa misión tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde él. En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar  constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor. La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes». (GE 19- 20)
El camino de la santidad no es otra cosa que caminar en la senda que nos lleva a ser felices. «Alégrense y regocíjense (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada. En realidad, desde las primeras páginas de la Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad». (GE 1)
En el evangelio Jesús nos recuerda la importancia de la unidad: «Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir» (Mc 3,24-25). El camino de santidad, por lo tanto, exige de los cristianos la comunión. «La santificación es un camino comunitario, de dos en dos. Así lo reflejan algunas comunidades santas. En varias ocasiones la Iglesia ha canonizado a comunidades enteras que vivieron heroicamente el Evangelio o que ofrecieron a Dios la vida de todos sus miembros. Pensemos, por ejemplo, […] en san Roque González, san Alfonso Rodríguez y compañeros mártires […] Del mismo modo, hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge. Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo  espiritual. San Juan de la Cruz decía a un discípulo: estás viviendo con otros para que te labren y ejerciten». (GE 141)
«En contra de la tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás, nuestro camino de santificación no puede dejar de identificarnos con aquel deseo de Jesús: Que todos sean uno, como tú Padre estás en mí y yo en ti». (GE 146)
El evangelio nos advierte, finalmente, sobre la presencia del mal que se interpone en el camino de santidad. Algunos, acusaban a Jesús de estar poseído por un espíritu impuro. Con paciencia, les explicó por medio de comparaciones que Él trae el Reino de Dios. Cuando pensamos en el demonio, muchos traerán a la mente alguna escena llamativa de películas que tratan sobre posesiones y exorcismos. Sin embargo, debemos estar alertas porque no es ese el modo habitual en el que el mal va ganando nuestro corazón. Lo primero que hace el demonio es confundir nuestro juicio. Hacernos creer que está bien lo que en realidad es malo.
El Papa nos recuerda que el demonio no es «un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos. Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades» (GE 161)
Pidamos al Señor que nos ayude a hacer siempre su voluntad para ser auténticamente felices. Que unidos en comunidad avancemos firmemente en el camino de santidad que él nos propone. 
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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El pan que reclama la vida y la solidaridad

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo [03 de junio de 2018]
En nuestra diócesis hace algunos años nos hemos dispuesto a celebrar el Corpus Christi con la reverencia que tiene que tener esta solemnidad. En los pueblos o ciudades donde hay una sola parroquia hemos buscado que haya un momento común de todas las capillas para celebrar la misa y la procesión. En Posadas y Garupá celebramos el Corpus el sábado, con el gozo de la presencia eucarística del Señor. Lo hacemos en la cancha de «Guaraní Antonio Franco» con la Misa a las 16 hs., la procesión por las calles de nuestra ciudad y la bendición solemne frente a la catedral San José. Por ello, el sábado por la tarde se suspenden todas las misas de la ciudad para vivir en comunión la celebración del Corpus.
Quiero señalar que al celebrar festivamente esta solemnidad del Corpus Christi continuamos en la senda de san Roque González y los misioneros de las reducciones guaraníes como hace 400 años en nuestra tierra colorada. Las comunidades indígenas tenían una gran devoción al «Cuerpo y Sangre del Señor». En aquel entonces, mientras se realizaba la procesión, los indígenas traían sus instrumentos de trabajo, plantas y animales para que fueran bendecidos por el Corpus Christi.
Debo agradecer al Pueblo de Dios la creciente valoración y alegría popular de nuestra liturgia donde miles de personas adoran al Cuerpo y Sangre del Señor.
El texto del Evangelio de este domingo (Mc 14,12-16.22-26) nos narra cómo el Señor les pide a los apóstoles que preparen la Última Cena, la celebración sacramental de la Pascua, de aquello que iba a vivir en Jerusalén. El texto nos trae las palabras de la consagración que pronuncia el Señor y que nosotros repetimos en cada Misa: «Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos».
La Eucaristía es el momento culminante del amor, de la donación pascual de Jesucristo. Es aquello que expresa la necesidad de vivir la caridad y, sobre todo, de practicarla. La comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor implica que nosotros formamos un solo cuerpo porque participamos de ese único pan (1Cor 10,17). La Misa, la Eucaristía que celebramos, reclama de los cristianos un estilo de vida ligado necesariamente a la caridad, a tener una referencia a los otros, a nuestros hermanos, y de modo particular a los más pobres y excluidos. Este estilo de vida cristiano es totalmente contrario a la propuesta del secularismo: una sociedad sin Dios, mercantilista y sin valores. En nuestros días experimentamos fuertemente la oposición entre el humanismo cristiano y las posturas materialistas que niegan valores esenciales como la vida, la familia, la solidaridad y la justicia.
En esta Eucaristía rezamos especialmente por nuestra Patria para que tengamos una comprensión y una defensa clara de la Vida, de toda vida, especialmente de la vida por nacer. Es increíble que en el siglo XXI estemos discutiendo si una vida humana,  científicamente comprobado que se da desde la concepción, puede vivir o no. Rezamos fuertemente por esto porque queremos vivir en una Argentina que no niegue el derecho humano más básico que proclama que «toda vida vale».
El Pan compartido en la Eucaristía de este domingo del Corpus Christi, nos invita a poner en ejercicio la caridad como estilo de vida y como clave para la evangelización y la humanización de nuestra cultura, y a pedir por el valor de la vida que nos permita ser una sociedad que viva más dignamente y con esperanza.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Secularismo: Exclusión de Dios y de los pobres

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para la Solemnidad de la Santísima Trinidad [27 de mayo de 2018]
En este domingo celebramos a la Santísima Trinidad. Si hay algo esencial de nuestra fe como cristianos es creer que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos en la Trinidad y en la revelación que Jesucristo realizó y que leemos en los textos de la Palabra de Dios.
Es importante que comprendamos la significación que tiene para nuestra vida esta verdad que confesamos los cristianos. Nuestra época que acentúa solamente temas circunstanciales, a veces sensacionalistas y, en general, pasajeros, omite las cuestiones importantes y que son claves para comprender el sentido profundo de la vida. Se desinteresan por temas como la revelación que el mismo Jesucristo ha realizado y que responden a interrogantes profundos del corazón humano como es nuestro propio sentido de la existencia, para qué estamos y hacia dónde vamos… Dios, que se hizo uno de nosotros y nos muestra el camino a seguir, no cuenta muchas veces con nuestra escucha, porque el exceso de ruido hace que no se escuche la «Palabra». Algunos grupos religiosos se dicen cristianos, pero niegan la divinidad de Jesucristo y lo comparan a otros personajes importantes, profetas… desconociendo la singularidad de su presencia. En el Credo, en la confesión de fe de los cristianos, manifestamos que creemos en Jesucristo, verdaderamente Hombre y Verdaderamente Dios, y en Dios «Uno y Trino». En esta formulación se encuentra la esencia del cristianismo con profundas consecuencias espirituales, pastorales y culturales.
El Evangelio de este domingo (Mt 28,16-20) es elocuente y a la vez esperanzador. El texto expresa un pedido de Jesús a sus discípulos antes de su partida hacia el Padre: «vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo».
Celebrar la Trinidad nos lleva a expresar que el único absoluto en nuestra vida es Dios. Entre los desafíos que tendremos que asumir como respuesta a nuestro tiempo está el problema del creciente «secularismo» que no discute ni siquiera la existencia de Dios, sino que la omite, y silencia los valores que implican considerar al hombre «imagen y semejanza de Dios», y su consecuencia en la valorización de la vida humana como clave y sujeto de todo derecho. La omisión de Dios del secularismo no es casual ya que, de hecho, desde la instalación de una cultura materialista se reduce la dignidad del hombre, considerándolo como mero objeto de consumo. De este modo no solo silencia y omite a Dios, sino también la dignidad humana. El consumismo, entre otros males, deja en la exclusión a los pobres y somete a nuestros adolescentes y jóvenes al alcohol, la droga y otras adicciones…
Por el contrario, aunque se da un fuerte bombardeo que pretende un secularismo cultural y por lo tanto un ambiente consumista, nuestro pueblo sostiene una fe fuertemente expresada en la religiosidad popular. En esta semana hemos asistido a grandes manifestaciones de fe como las peregrinaciones de Fátima y Santa Rita. Miles y miles de peregrinos expresan aquello que también percibimos en nuestras comunidades, capillas de nuestros barrios y pueblos, en donde la gente manifiesta una auténtica búsqueda de Dios. La catequesis, lo grupos bíblicos, los centros de formación y movimientos, alimentados por los sacramentos, sostienen valores como la vida, la familia, la solidaridad y otros, que nos animan en la esperanza de creer que en esta porción de nuestra Patria podemos construir una cultura más humanista.
El próximo fin de semana celebraremos la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Aquí en Posadas, el sábado 2 de junio desde las 14 horas, nos reuniremos en la cancha del Club Deportivo «Guaraní Antonio Franco» para celebrar la Santa Misa y posterior  procesión como cada año. Como Pueblo de Dios estaremos juntos para adorar al Señor en su Cuerpo y Sangre del Señor, que expresan el Amor de Dios.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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