Juan Rubén Martínez

Obispo de Posadas.

La Pascua y los jóvenes

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Durante varias semanas estaremos celebrando el tiempo pascual. Es un tiempo para animarnos en la esperanza, porque Cristo resucitó y la vida triunfó sobre la muerte. Esta es la experiencia gozosa de los Apóstoles que nos presenta el Evangelio de este domingo (Jn. 20,19-31). Ellos estaban reunidos en un lugar de Jerusalén y llenos de temor. No era para menos, habían matado a quien ellos seguían y no sabían qué podía pasarles. El texto bíblico nos dice: «Jesús poniéndose en medio de ellos, les dijo ¡la paz esté con ustedes!… Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn. 20,19-20). Esta experiencia de fe era fundamental para que los Apóstoles reciban el mandato de evangelizar
Quizá nos venga bien repensar estos textos pascuales, para redescubrir cuál es el aporte que nuestro tiempo necesita de los cristianos. Este encuentro pascual fue fundamental para que los Apóstoles sobrelleven las dificultades de su tiempo. Nosotros también necesitamos de esta experiencia de fe Pascual y de una espiritualidad más profunda, para ser testigos en medio de tantos problemas y desafíos en este inicio del siglo XXI.
Lamentablemente es común escuchar situaciones gravísimas que expresan la violencia que se experimenta sobre todo en ámbitos juveniles. Muertes y asesinatos, tanto a nivel nacional, como provincial.
En nuestro tiempo no analizamos las causas profundas de los problemas y por eso no generamos las soluciones adecuadas. ¿Por qué se encuentran tantos cargamentos de diversos tipos de droga y nunca nos enteramos quienes son los «capos» que manipulan ese comercio mortal para nuestros jóvenes? ¿Hay miedos, protecciones…? ¿Por qué nos escandalizamos de las crecientes crisis familiares y después potenciamos todo tipo de películas y novelas, que presentan como normal madres alcohólicas y prostituidas, parejas enredadas en infidelidades y traiciones de todo tipo? Es más, si una familia se presenta como fiel y con hijos, los mismos medios en vez de elogiarla la rotulan como «conservadora» y «tradicionalista». ¿Qué poder protege y promueve el mercado del alcoholismo y de la droga?
¿Qué poder protege y promueve el consumo de la violencia y la crisis familiar? ¿Por qué esta hipocresía de escandalizarnos por lo que pasa con la violencia juvenil y después avalar este poder consumista que daña mortalmente a nuestros jóvenes? Es cierto que en la realidad se dan estas situaciones, y queremos acompañarlas con misericordia y verdad, pero también se dan de las otras, donde hay jóvenes responsables, que trabajan, que estudian, que son sanos. Familias que luchan, con problemas, pero creen en el amor comprometido, se alegran y construyen silenciosamente una cultura con valores.
Hay muchas situaciones que podemos señalar que son buenas noticias de nuestros jóvenes. El pasado viernes 6 fue ordenado diácono el seminarista Jorge Luis Benchaski en la catedral, experimentando el llamado de Dios al sacerdocio y respondiendo a su llamado de entregar la vida en bien de sus hermanos.
He señalado muchas veces la necesidad de plantearnos qué imagen de hombre, o sea de varón y mujer, queremos sustentar. En una visión materialista donde el hombre no tiene capacidad de trascendencia, (los judeo-cristianos diríamos, donde el hombre no tiene la
dignidad de ser «imagen y semejanza de Dios») las consecuencias serán el consumo indiscriminado tan promovido por el vigente capitalismo salvaje y, por lo tanto, sus lógicas consecuencias de violencia y corrupción.
Vuelvo a la Pascua. Hoy especialmente necesitamos de Dios, de tener experiencia del Cristo resucitado, de buscar una espiritualidad más profunda, que nos humanice. No dudo que como se dio en el encuentro de Jesucristo resucitado con los Apóstoles en el relato del Evangelio de San Juan de este domingo, su presencia en nuestro encuentro personal, familiar y social nos aportará su saludo tan significativo: ¡La paz esté con ustedes!
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!  Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas.

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La alegría de la Pascua

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¡Cuánto deseo compartir la alegría profunda de la celebración de la Pascua! La necesidad de expresar que no es suficiente celebrar este día solamente con algunos adornos especiales, ambientación, o bien una comida diferente, sino de pedir la gracia a Dios de poder tener una experiencia de fe personal y comunitaria del encuentro con la persona de Jesucristo, el que murió y resucitó.
El Evangelio de este domingo (Jn. 20,1-9), nos muestra el desconcierto que sintieron quienes fueron al sepulcro aquella madrugada del domingo no encontrando el cuerpo del Señor: «Pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos…» (Jn. 20,9). Algunos versículos más adelante San Juan en dicho Evangelio nos relata el gozo que experimentaron los Apóstoles con el encuentro con Jesucristo, resucitado: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “la Paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos “se alegraron” de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: “La Paz esté con ustedes”, como el Padre me envió, también yo los envío» (Jn. 20,19-21).
Esta experiencia del envío y de la evangelización, desde el encuentro Pascual con Jesucristo, el Señor, es lo que estamos experimentando en el caminar de nuestra Diócesis en estos años.
Renovando permanentemente nuestro encuentro con Él y buscando caminos y desafíos a asumir en la evangelización nos llevan a tener una actitud de profundo agradecimiento por su presencia salvadora. Durante estos años en las Asambleas Diocesanas buscamos mejorar la comunión en la pastoral orgánica como Pueblo de Dios, con luces y sombras y experimentar al Cristo Resucitado.
Esta experiencia pascual es la que nos lleva a repetir aquello que señala Aparecida y que expresa tan bien el fruto del encuentro con el Resucitado. «En el encuentro con Cristo queremos expresar la alegría de ser discípulos del Señor y de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio. Ser cristiano no es una carga sino un don: Dios Padre nos ha bendecido en Jesucristo su Hijo, Salvador del mundo.
La alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades; deseamos que la alegría de la buena noticia del reino de Dios, de Jesucristo vencedor del pecado y de la muerte, llegue a todos cuantos yacen al borde del camino, pidiendo limosna y compasión. La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo» (28 y 29).
Este gozo pascual que debemos experimentar tanto personalmente como en comunidad eclesial no parte de la nada. Hubo en nuestras tierras testigos de Jesucristo resucitado durante varios siglos y es bueno hacer memoria. El substrato católico que está en nuestra gente expresado sobre todo en tantas manifestaciones de religiosidad popular fue establecido y dinamizado por una vasta legión misionera de obispos, sacerdotes, consagrados y laicos. Está ante todo la labor de nuestros santos, como Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres, Pedro Claver, San Roque González, San Juan del Castillo y San Alonso Rodríguez, entre otros… quienes nos enseñan que, superando las debilidades y cobardías de los hombres que los rodeaban y a veces los perseguían, el Evangelio, en su plenitud de gracia y amor, se vivió y se puede vivir en América Latina como signo de grandeza espiritual y verdad divina.
Como en nuestro pasado, hoy también la celebración de la Pascua nos renueva en la esperanza. Como los Apóstoles en el texto del Evangelio de este domingo, como tantos santos, mártires, hombres y mujeres en nuestra historia, nosotros también necesitamos encontrarnos con Cristo Resucitado, para ser signos de esperanza y transformación en nuestro tiempo.
¡Les envío un saludo cercano y Feliz Pascua! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Vivir la Semana Santa

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Durante la Semana Santa que iniciamos actualizaremos en nuestras celebraciones litúrgicas lo que aconteció hace casi dos mil años en Jerusalén. Muchas veces creemos que nuestro momento es el peor, pero en la historia cada situación vivida ha tenido sus graves problemas.
No era fácil el contexto en donde se vivió la Pascua del Señor. Tanto por la dominación del Imperio Romano, como por la complejidad de la religiosidad de los judíos y los paganos. En Jerusalén transcurrieron los días y hechos cruciales de nuestra fe. Jerusalén nos evoca el pasado histórico y el futuro escatológico. Aunque lamentablemente siempre abundan los conflictos, Jerusalén nunca dejó de ser una tierra cargada de historia, misterio y sobre todo fe.
Es ahí en Jerusalén donde Jesucristo va a vivir la Pascua. Esta va a ser su Pascua, nuestra Pascua y la Pascua de la humanidad.
En este domingo celebramos la entrada mesiánica a Jerusalén (Mc 11,1-10). Jesús montado sobre un pobre burro, es el rey humilde que contradice el poder romano y religioso de los judíos que no entendían la presencia de Dios. Leeremos también la pasión del Señor. Con la lectura de estos textos nos prepararemos para las diversas celebraciones de la Semana Santa. El jueves nos reuniremos en la Catedral de Posadas, con todos los sacerdotes de la Diócesis y el pueblo de Dios que viajará hasta allí para acompañarnos, y celebrar la Misa Crismal.
Esta Misa lleva este nombre porque realizaremos la bendición de los distintos óleos y el Santo Crisma, aceites sagrados que usamos en la distribución de los Sacramentos durante el año. También en esta Eucaristía los sacerdotes renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Renovamos el agradecimiento por el llamado que Dios nos ha hecho a ser Apóstoles y amigos. Anticipamos esta renovación de las promesas sacerdotales por una razón pastoral, para estar juntos, ya que la institución del sacerdocio ministerial es celebrada en la Cena del Señor durante la Misa del jueves por la noche.
Allí los cristianos nos reunimos a celebrar la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y del servicio con el gesto del lavatorio de los pies. Después siguiendo los textos  de la Palabra de Dios nos encaminamos a participar en el «Vía Crucis», en el juicio y la muerte del que fue crucificado el Viernes Santo. El sábado por la noche la Misa empezará en la oscuridad y el cirio encendido será la luz de Cristo, la esperanza y la vida que ilumina las tinieblas. Los aleluyas expresarán el triunfo de la vida, sobre la muerte, porque Cristo, el que murió, ¡Resucitó! La liturgia Pascual nos invita a que nosotros también subamos a Jerusalén para vivir nuestra Pascua.
Muchos al escuchar: Semana Santa o Pascua, lo asocian solamente a vacaciones o a diversión. Como muchos contemporáneos de Jesús, no captan ni entienden el sentido profundo y la posibilidad que Dios quiere regalarnos de vivir la conversión y la Pascua. Hoy corremos el riesgo que el secularismo nos lleve a vaciar de contenido aquello que celebramos. El secularismo es una forma de ateísmo práctico. No discute la existencia de Dios, la omite y vacía de valores que son fundamentales a la dignidad humana. No está mal que algunos quieran tomarse un descanso de la rutina diaria, pero esto debe convivir con nuestro compromiso cristiano de participar y vivir la Pascua y las celebraciones, para renovar la fe.
Este tiempo fuerte de Semana Santa y Pascua, es una oportunidad para que todos, pero especialmente los cristianos y en particular aquellos que tenemos distintas responsabilidades dirigenciales y sociales, realicemos un profundo examen de conciencia, sobre cómo vivimos el llamado a la santidad, en el ejercicio de nuestra condición de ciudadanos. Acompañar a Jesucristo, el Señor, en estos días implica internalizar el camino, la verdad y la vida que el Señor quiere darnos.
Quiero subrayar la necesidad de participar en todas las celebraciones de Semana Santa. Esto llenará de sentido nuestras vidas y nos animará a renovarnos como hombres y mujeres «pascuales», para que renovados en la fe podamos ser fermento de transformación social y globalizar la solidaridad.
Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Espíritu de Reconciliación

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 5° domingo de Cuaresma
Estamos terminando el tiempo cuaresmal y es por eso que en el Evangelio que leemos este domingo (Jn 12,20-33), el Señor nos dice que «ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo, pero si muere da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna» (23-25). Es cierto que este lenguaje no fue de fácil comprensión para los discípulos de Jesús, quienes no entendían que el Señor estaba anunciando su muerte. Tampoco llegaban a comprender claramente la aplicación que aquellas palabras tenían para ellos mismos.
De alguna manera podemos señalar que esa dificultad de entonces sigue vigente, porque también a nosotros nos es difícil entender el lenguaje de la Pascua, que es esencial para asumir nuestra condición de cristianos. «Morir para vivir». Hasta que no realizamos un real y profundo examen de conciencia sobre nuestras vidas, y estamos dispuestos a morir a lo que estamos haciendo y viviendo mal, no podemos entrar en el camino de la Vida nueva que nos propone Jesucristo en este tiempo cuaresmal. Por eso en estos últimos días de la cuaresma no podemos dejar de reflexionar sobre la necesidad del perdón y la reconciliación, como imprescindibles para llevar a cabo una real renovación personal y social.
Si repasamos nuestra historia personal y familiar y sobre todo social, cuántas situaciones y zonas encontraremos de enfrentamientos, diferencias que parecen insalvables o rencores profundos, que están muchas veces enraizados en el pecado propio o de los demás. Estas formas oscuras necesitan la luz de la reconciliación y reclaman el perdón que nos exige nuestra condición de
cristianos.
De pronto el Señor, nuestro Maestro, nos dice cosas exigentes como: «que amemos a nuestros enemigos y hagamos el bien a los que nos odian» (Lc 6,27), que en general o directamente no nos hacen cuestionarnos por considerarlas impracticables o no se traducen en nuestros comportamientos de vida. Por el contrario, cuando estamos ofendidos y heridos, nos sentimos tentados a ceder a los mecanismos psicológicos de auto-compensación y de revancha. Sin embargo, podemos afirmar con certeza que el único camino que nos lleva a la paz, tanto personal, como social es la reconciliación.
En nuestra provincia, la gran mayoría se dice cristiana y hay una religiosidad importante, pero ¡qué lejos estamos de practicar este componente esencial de nuestra fe que es el perdón y la reconciliación! Si esto pasa en general, realmente es gravísimo el odio, la venganza y la práctica «del ojo por ojo y diente por diente», que practican nuestros dirigentes que se dicen cristianos.
Nuestra gente capta este medioambiente marcado por el odio, y realmente está cansada de la falta de magnanimidad y de grandeza. El futuro será de aquellos que sepan respetar la diversidad, saliendo de la violencia que genera el pensamiento único y que sepan proponer e instalar una sociedad donde se pueda vivir con espíritu de perdón y reconciliación.
Se acerca la Pascua y el texto de la Palabra de Dios de este domingo cuaresmal nos cuestiona ¿estamos dispuestos a morir a nuestros pecados y mediocridades, para vivir, la Vida nueva que nos propone Jesucristo en su Palabra? El Señor nos señala categóricamente: «Si el grano de trigo que cae en la tierra no muere queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).
Tenemos debemos convertirnos, a nivel personal, familiar y social, superando la violencia, los rencores y las injusticias ¡Cuánta necesidad tenemos de convertirnos a Dios, de pedir, aceptar y ofrecer el perdón!, de poner en práctica esta enseñanza cristiana para caminar desde la mezquindad y la revancha, hacia una sociedad más solidaria y generosa.
Finalmente quiero recordar algo que, por ser básico, es fundamental. Solo tendremos paz en el corazón y en nuestros ambientes, si nos hacemos amigos del perdón y la reconciliación, aun cuando ponerlo en práctica nos cueste.
Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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El Evangelio privilegia a los pobres y excluidos

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En estos domingos de Cuaresma, mientras nos vamos encaminando a la celebración de la Pascua, estamos reflexionando sobre la dimensión social de la fe. La relación que el cristiano entabla con Dios no es intimista si no que se abre a la fraternidad. La  experiencia del amor y la misericordia del Padre se desbordan animándonos a amar a los demás. Y en el corazón del camino discipular están especialmente los pobres y excluidos.
Ya hemos dicho que lamentablemente son muchos en nuestra época los que solo sobreviven, los que están excluidos incluso de los bienes básicos como la alimentación, la salud o la educación. Esta realidad debe interpelarnos seriamente. El papa Francisco es claro respecto a este tema: «Nadie debería decir que se mantiene lejos de los pobres porque sus opciones de vida implican prestar más atención a otros asuntos. Ésta es una excusa frecuente en ambientes académicos, empresariales o profesionales, e incluso eclesiales. Si bien puede decirse en general que la vocación y la misión propia de los fieles laicos es la transformación de las distintas realidades
terrenas para que toda actividad humana sea transformada por el Evangelio, nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social: La conversión espiritual, la intensidad del amor a Dios y al prójimo, el celo por la justicia y la paz, el sentido evangélico de los pobres y de la pobreza, son requeridos a todos». Temo que también estas palabras sólo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en la apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y les pido que busquen comunitariamente nuevos caminos para acoger esta renovada propuesta». (EG 201)
Para realizar un buen examen de conciencia y revisar nuestra condición de cristianos es importante recordar que debemos ser concretos. Cuando no encarnamos nuestros propósitos y nos quedamos en generalidades, corremos el riesgo de fracasar en nuestros propósitos. Hay muchos hermanos necesitados cercanos a nosotros. La mejor experiencia espiritual es partir de que también nosotros somos necesitados. Ya sea que nos identifiquemos con el hijo menor, alejado del amor de su padre, en la parábola del hijo pródigo, o con el hermano mayor que permanecía a su lado. En cualquier caso, experimentamos la necesidad del amor y la misericordia
de Dios.
La caridad practicada necesita de una fe que esté acompañada por obras. «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe». (Sant 2, 18b)
Si debemos evaluarnos personalmente considerando la dimensión social de la fe, también debemos hacerlo teniendo en cuenta el compromiso de nuestras parroquias, comunidades, movimientos eclesiales, institutos educativos. En estos ámbitos es clave vivenciar una caridad practicada incluyendo y privilegiando a los más pobres.
No podemos realizar aquí una descripción minuciosa de tantas situaciones de pobreza con las que convivimos. Pero sabemos que hay muchos hermanos que están en la marginalidad. Son muchos los asentamientos en nuestras ciudades en los que familias, jóvenes y niños sólo sobreviven. Uno de los problemas más grandes es la desnutrición que daña a quienes son víctimas de esto a tal punto de condicionarlos en el estudio o en la obtención de algún trabajo.
Nos duele también que haya tantos hermanos desocupados o en situaciones de extrema precariedad laboral. También constituye una gran herida el flagelo de las adicciones que va ganando terreno sobre todo entre nuestros jóvenes.
La evangelización que realizamos tiene que llegar a todos, pero especialmente a las «periferias existenciales» como nos lo dice el papa Francisco. Esta preocupación de buscar caminos evangelizadores no es exclusivamente del clero y los consagrados sino, de todo el Pueblo de Dios.
Que el Espíritu Santo nos ilumine para que podamos avanzar decididamente con Jesús hacia la Pascua y que nos ayudemos unos a otros para vivir con más empeño nuestro compromiso bautismal ejercitando la caridad especialmente con los más pobres y excluidos.
Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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