Juan Rubén Martínez

Obispo de Posadas.

Trabajo y desarrollo auténtico

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El Evangelio de este domingo (Jn 6, 41-51), nos sigue relatando la multiplicación de los panes. Por un  lado, la preocupación del Señor «por la gran multitud que acudía a él» porque no tenían para comer.  Pero también este relato tiene una referencia directa al tema eucarístico y es en este texto de San Juan que  el Señor nos dice: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el  pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo».  

La Eucaristía, el pan compartido, nos exige a los cristianos buscar caminos comprometidos con las tantas  formas de pobrezas con las que convivimos en nuestro tiempo. El documento de Aparecida nos recuerda  que «nuestra fe proclama que Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre. Por  eso la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho  pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza. […] Si esta opción está implícita en la fe  cristológica, los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros  sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: Los rostros  sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia,  de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con  los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos  mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). […] El servicio de caridad de la Iglesia  entre los pobres es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la  programación pastoral». (cfr. DA 392-394) 

El 7 de agosto hemos celebrado la fiesta de San Cayetano, tan querida por nuestro pueblo, y que expresa  la valoración que tiene nuestra gente por el trabajo. Porque desde un trabajo digno se puede ganar el pan de cada día y esto ayuda a tener paz en las familias y en la sociedad. Ante esto no es extraño que la  doctrina social de la Iglesia acentúe y priorice el trabajo como clave de la problemática económica y como  genuino generador del capital. Por eso la Iglesia manifiesta su preocupación señalando que el flagelo de la pobreza es causado en gran medida por la desocupación, o la precariedad laboral que hace que tantos  tengan que vivir con changas pasajeras y sin cobertura social alguna.  

El documento de Aparecida advierte también que «la actual concentración de rentas y riquezas se da  principalmente por los mecanismos de sistemas financieros. La libertad concedida a las inversiones  financieras favorece al capital especulativo, que no tiene incentivos para inversiones productivas de largo  plazo, sino que busca el lucro inmediato en los negocios con títulos públicos, monedas y derivados. Sin  embargo, según la Doctrina Social de Iglesia, el objeto de la economía es la formación de la riqueza y su  incremento progresivo, en términos no solo cuantitativos, sino cualitativos: todo lo cual es moralmente  correcto si está orientado al desarrollo global y solidario del hombre y de la sociedad en la que vive y  trabaja. El desarrollo, en efecto, no puede reducirse a un mero proceso de acumulación de bienes y  servicios. Al contrario, la pura acumulación, aún cuando fuese en pro del bien común, no es una  condición suficiente para la realización de una auténtica felicidad humana. La empresa está llamada a  prestar una contribución mayor en la sociedad, asumiendo la llamada responsabilidad social empresarial desde esa perspectiva». (DA 69)  

En este domingo en el que se hace referencia al texto bíblico de la multiplicación de los panes, podemos recordar el consejo de la encíclica Sacramentum Caritatis: «Nuestras comunidades cuando celebran la  Eucaristía han de ser cada vez más conscientes de que el Sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso,  la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse pan partido para los demás, y por tanto, a trabajar  por un mundo más justo y fraterno […] En verdad la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser,  junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo». (Sacramentum Caritatis, 88)  

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! 

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«El Santo Cura de Ars»

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Hace algunos domingos reflexioné sobre un tema central, aunque bastante olvidado entre los titulares  que ocupan los espacios de nuestro tiempo. El tema que reflexionamos fue sobre la santidad  especialmente como algo alcanzable para cualquier cristiano. La Iglesia siempre ha propuesto ejemplos  o modelos a imitar, enseñándonos que la santidad es posible. A algunos les puede parecer poco  interesante reflexionar sobre la santidad, y sin embargo, como consecuencia de esta omisión de ideales  y la ausencia de hombres y mujeres comprometidos y con deseos de santidad, se nos ha llevado a  encontrarnos en esta época con una profunda crisis de valores, sumergidos en el reino de la  mediocridad.  

Este día 4 de agosto celebramos a un santo, San Juan María Vianney, conocido como el Santo Cura de  Ars. Nació cerca de Lyon, Francia, en 1786. Hizo experiencia del amor que Dios le tenía y sintió el  llamado a la vida sacerdotal. Al poco tiempo de haber sido ordenado sacerdote lo enviaron como  párroco de un pequeño pueblo de Francia, llamado Ars, de no más de 300 habitantes y allí vivió con  intensidad su sacerdocio. Quizás la historia podría haber concluido allí, pero su vida, oración,  predicación sencilla, las horas y horas de confesionario y sus consejos, empezaron a tener repercusiones  en toda Francia. Desde los lugares más remotos la gente visitaba al pequeño pueblo de Ars porque  quería conocer a ese hombre de Dios.  

En este domingo al recordar al Santo Cura de Ars, quiero resaltar que la Iglesia quiso que este hombre  santo fuera el patrono de los sacerdotes que trabajan especialmente en las parroquias. Creo que es una  buena oportunidad para que recemos por nuestros sacerdotes que, con sus dones y limitaciones  humanas, buscan dar su vida para evangelizar, para servir a Dios y a sus hermanos. Es cierto que en  varias oportunidades hago referencia a la necesidad de laicos o bien fieles cristianos que vivan esta  vocación a la santidad para transformar las realidades temporales de un mundo con tantas sombras.  Pero también necesitamos sacerdotes y consagrados que vivan con radicalidad su vocación y busquen  el camino de la santidad. La tarea de un Pastor es indispensable e insustituible. Es el que da su vida sin  reservas para evangelizar a sus hermanos, para alimentarlos en la fe, con la Palabra, los sacramentos,  el pastoreo y con la animación de la caridad hacia los más pobres. La Misa diaria que celebra el  sacerdote expresa el sentido de su vida, identificándose a Jesús que se ofreció en la Pascua, para salvar  a todos.  

Hoy más que nunca es clave el llamado a todos los cristianos y especialmente a los sacerdotes, a donar  la vida por los demás. La Pascua, celebrada en cada Misa, sigue siendo una respuesta salvadora y  sanante, en un contexto demasiado individualista donde a veces lamentablemente también  encontramos odio a la fe y persecución a los cristianos. Nuestra diócesis tiene un gran crecimiento  poblacional y sabemos que los sacerdotes somos insuficientes para una atención más adecuada. La  oración y el cuidado de nuestros sacerdotes, el rezar por las vocaciones y por nuestros seminaristas será  fundamental para el futuro evangelizador de los próximos años.  

Este día también celebramos la fiesta patronal de nuestro Seminario Diocesano que lleva el nombre del  Santo Cura de Ars. En nuestro seminario actualmente viven 29 seminaristas provenientes de toda la  provincia de Misiones que están en las distintas etapas formativas. Todo ello implica algunos esfuerzos,  dedicación de sacerdotes, inversión económica para apoyar el mantenimiento y el proceso que se va  dando. No dudamos en afirmar con certeza que es Dios el que acompaña esta obra con su providencia.  También damos gracias a Dios por el cariño y la cercanía del Pueblo de Dios que quiere a los que se  están formando para ser pastores y reza por ellos y por el Seminario. Debo confesar que como Obispo  me llena de esperanza nuestro Seminario. Pero debemos seguir acompañando todos el tema de las  vocaciones, porque la cosecha (capillas, escuelas, hospitales, movimientos, sectores) es mucha y los  sacerdotes y consagrados, pocos. 

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo!  

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«Eucaristía y solidaridad”

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El Evangelio de este domingo (Jn 6, 1-15), nos relata la multiplicación de los panes. Por un lado, la preocupación del Señor «por el gentío que acudía a Él» porque no tenían para comer. Pero  también este relato tiene una referencia al tema de la Eucaristía y es en este mismo capítulo de  san Juan en que el Señor dice: «Yo soy el pan Vivo que ha bajado del cielo. El que come de este  pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo» (v51). 

En la raíz del relato está la mirada compasiva del Señor hacia la multitud porque estaban como  ovejas sin pastor. Es una mirada que parte del Amor. La Eucaristía y toda la realidad que implica  el pan compartido y la solidaridad social necesitan fundamentalmente de la comprensión  correcta del amor. Lamentablemente hoy se usa mucho la palabra amor y se vacía la maravilla  de su significado, o bien se la tergiversa y banaliza. La Eucaristía que celebramos es la expresión  del amor de Dios que se entrega sin reservas a nosotros. Al participar de este misterio, los  cristianos entramos en esta misma dinámica pascual y, movidos por el amor, ponemos nuestra  propia vida para compartirla con los demás. Haciendo experiencia del amor que brota de la  Eucaristía, somos impulsados a realizar mediante la solidaridad, nuestra auténtica vocación que  es, en definitiva, ser junto con Jesús, pan partido, para la vida del mundo. 

Este domingo celebramos también la IV Jornada Mundial de los abuelos y de los mayores que  este año lleva por lema «En la vejez no me abandones» (cf. Sal 71,9). En su mensaje para esta  jornada, el Papa Francisco nos dice: «Dios nunca abandona a sus hijos. Ni siquiera cuando la  edad avanza y las fuerzas flaquean, cuando aparecen las canas y el estatus social decae, cuando  la vida se vuelve menos productiva y corre el peligro de parecernos inútil. Él no se fija en las  apariencias (cf. 1 S 16,7) y no desdeña elegir a aquellos que para muchos resultan irrelevantes.  No descarta ninguna piedra, al contrario, las más “viejas” son la base segura sobre las que se  pueden apoyar las piedras “nuevas” para construir todas juntas el edificio espiritual (cf. 1  P 2,5). […] En esta IV Jornada Mundial dedicada a ellos, no dejemos de mostrar nuestra ternura  a los abuelos y a los mayores de nuestras familias, visitemos a los que están desanimados o que  ya no esperan que un futuro distinto sea posible. A la actitud egoísta que lleva al descarte y a la  soledad contrapongamos el corazón abierto y el rostro alegre de quien tiene la valentía de decir  “¡no te abandonaré!” y de emprender un camino diferente.» 

En esta reflexión quiero recordar que el próximo domingo 4 de agosto celebramos al Patrono de  nuestro Seminario Diocesano «Santo Cura de Ars». La misa será a las 11 de la mañana en el  mismo Seminario con todos los que quieran acompañarnos. En nuestro seminario hay 29 seminaristas, junto a otros jóvenes que participan de un proceso de discernimiento de su  vocación desde los campamentos o encuentros mensuales. Todo ello implica algunos esfuerzos,  dedicación de sacerdotes, inversión económica, para adecuar instalaciones y para apoyar el  proceso que se va dando. No dudamos en afirmar con certeza que es Dios el que acompaña esta  obra con su providencia. Pero todos como Iglesia debemos sentirnos responsables. Por eso me  animo a pedirles que sigan rezando fuerte por nuestro Seminario. Les agradezco todos los  aportes, donaciones, y bonos de contribución que nos ayudan a sostener la formación de los  seminaristas. En la evangelización de nuestra Diócesis hay muchas cosas fundamentales, pero  el apoyo a nuestros seminaristas nos alienta en la esperanza. 

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! 

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La evangelización en América Latina

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El 16 de julio se ha celebrado la coronación de la imagen de «Nuestra Señora de Itatí». En 1615 fue Fray Luis Bolaños quien trajo la imagen de la Pura y limpia Concepción a Itatí y desde allí María, la Virgen, acompaña al nordeste argentino. Tradicionalmente en estos días, desde las distintas provincias de la región se acercaban en peregrinación a ese pequeño pueblo de Itatí, a visitar a su Madre en la Basílica.

En realidad, María siempre acompañó a la Iglesia. Desde su mismo nacimiento, en la mañana de Pentecostés. Ella estuvo junto a los Apóstoles: «todos ellos [los Apóstoles], íntimamente unidos se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre de Jesús…» (Hch 1, 14). Desde los primeros siglos los cristianos veneraban a María con diversas advocaciones ligadas a temas teológicos, como «María, Madre de Dios», proclamada en los primeros siglos, o bien a lugares donde la Iglesia evangelizaba. En América Latina, desde que la fe cristiana llegó a nuestras tierras, María nuestra Madre siempre estuvo presente. Guadalupe en México, Caacupé en Paraguay, Luján en Argentina y en nuestro nordeste, «la de Itatí».

El texto del Evangelio de este domingo (Mc 6, 30-34) nos muestra al Señor en plena misión, junto a los Apóstoles, y nos señala: «Pues los que iban y venían eran muchos y no les quedaba tiempo ni para comer» (31b) El texto indica un hecho que pasó pero que tiene vigencia y reclama hoy que profundicemos nuestra condición de «discípulos y misioneros». «Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (34).

El Espíritu Santo impulsa siempre a su Iglesia, también aquí en América Latina y por lo tanto en nuestra Diócesis. Nos ayuda a experimentar el llamado gozoso de anunciar la Buena Nueva que hemos conocido, a tantos hermanos que necesitan profundizar el encuentro con Jesucristo y asumir los valores que nos enseña el Evangelio.

Nuestro Primer Sínodo Diocesano, asumiendo el Documento de Aparecida nos impulsa a revisarnos y revisar nuestras Parroquias, movimientos, institutos educativos y sectores pastorales, para llegar a tantos que están «como ovejas sin pastor».

El documento de Aparecida señala que en nuestra misión no partimos de cero, sino de un trabajo que, aún con límites, la Iglesia viene realizando en nuestro continente: «Agradecemos a Dios como discípulos y misioneros porque la mayoría de los latinoamericanos y caribeños están bautizados. La providencia de Dios nos ha confiado el precioso patrimonio de la pertenencia a la Iglesia por el don del bautismo que nos ha hecho miembros del Cuerpo de Cristo, pueblo de Dios peregrino en tierras americanas, desde hace más de quinientos años. Alienta nuestra esperanza la multitud de nuestros niños, los ideales de nuestros jóvenes y el heroísmo de muchas de nuestras familias que, a pesar de las crecientes dificultades, siguen siendo fieles al amor. Agradecemos a Dios la religiosidad de nuestros pueblos que resplandece en la devoción al Cristo sufriente y a su Madre bendita, en la veneración a los Santos con sus fiestas patronales, en el amor al Papa y a los demás pastores, en el amor a la Iglesia universal como gran familia de Dios que nunca puede ni debe dejar solos o en la miseria a sus propios hijos». (DA 127).

A nuestra Madre de Itatí, encomendamos nuestra Patria y Provincia, así como el aporte que podamos realizar desde la evangelización y humanización de nuestra cultura.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas.

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La pobreza Evangélica

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Aunque el texto bíblico de este domingo (Mc 6, 7-13), se refiera al llamado del Señor a los Doce Apóstoles, a quienes les pide un seguimiento especialmente exigente, en dicho llamado podemos comprender algunas características del estilo de vida de los cristianos en general, sobre todo en nuestro tiempo donde la idolatría del tener, del poder y del placer pretenden ser el proyecto que se propone al hombre de hoy.

«Entonces llamó a los Doce y los envió… y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero…» (Mc 6, 7-8). Ante estos textos bíblicos podemos preguntarnos cómo nos relacionamos con los bienes materiales, cómo ejercemos el poder o bien nuestras responsabilidades y si somos capaces de disfrutar sin idolatrar el placer. En todo caso, aunque suene a idealista, el intentar ser pobres y pequeños es una enseñanza para todos los bautizados y no sólo para los que se consagran a Dios. Soy consciente que esta enseñanza evangélica está en el olvido de la mayoría de los cristianos. Al respecto recordemos la bienaventuranza que nos relata San Lucas «Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo: ¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!» (Lc 6, 20). «Pero ¡Ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!» (Lc 6, 24).

Hace poco celebramos la asamblea diocesana y reflexionamos sobre el tema de la pobreza. Un texto muy iluminador sobre qué significa la pobreza cristiana es el documento de Puebla: «Para el cristianismo, el término “pobreza” no es solamente expresión de privación y marginación de las que debemos liberarnos. Designa también un modelo de vida que ya aflora en el Antiguo Testamento en el tipo de los “pobres de Yahvé” y vivido y proclamado por Jesús como Bienaventuranza. San Pablo concretó esta enseñanza diciendo que la actitud del cristiano debe ser la del que usa de los bienes de este mundo sin absolutizarlos, pues son sólo medios para llegar al Reino. Este modelo de vida pobre se exige en el Evangelio a todos los creyentes en Cristo y por eso podemos llamarlo “pobreza evangélica”. Los religiosos viven en forma radical esta pobreza, exigida a todos los cristianos, al comprometerse por sus votos a vivir los consejos evangélicos» (DP 1148).

«La pobreza evangélica une la actitud de la apertura confiada en Dios con una vida sencilla, sobria y austera que aparta la tentación de la codicia y del orgullo. La pobreza evangélica se lleva a la práctica también con la comunicación y participación de los bienes materiales y espirituales; no por imposición sino por el amor, para que la abundancia de unos remedie la necesidad de los otros. La Iglesia se alegra de ver en muchos de sus hijos, sobre todo de la clase media más modesta, la vivencia concreta de esta pobreza cristiana. En el mundo de hoy, esta pobreza es un reto al materialismo y abre las puertas a soluciones alternativas de la sociedad de consumo» (DP 1149- 1152).

Hay una gran cantidad de cristianos que captan este tema de hecho, porque son pobres y a la vez solidarios. Ellos saben compartir. También hay gente que posee muchos bienes, o bien que tienen conducción o poder y saben ser sencillos y entienden esto de ser pobres, siendo «pequeños». A estos les cabe la bienaventuranza de san Lucas en que el Señor los llama: ¡Felices! Por lo menos están haciendo una buena inversión futura, para asegurarse un lugar junto al Padre.

También están los que viven apegados al tener, acumulan sin compartir, creen que lo que poseen es solo fruto de sus manos y no reconocen la generosidad de Dios. Otros se ligan a conseguir poder, en el fondo, para reemplazar a Dios. En la raíz está la soberbia que es la madre de todos los pecados. A esta idolatría le cabe la otra parte de la bienaventuranza de san Lucas: ¡Ay de ustedes los ricos (o soberbios), porque ya tienen su consuelo! (Lc 6,24).

Solo cuando tenemos a Dios como absoluto podemos relacionarnos bien y construir un mundo mejor, pero cuando queremos ser como dioses nos transformamos en un problema, porque empeoramos todo.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo!

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