Juan Rubén Martínez

Obispo de Posadas.

La gran semana

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Durante la Semana Santa que iniciamos actualizaremos en nuestras celebraciones litúrgicas lo que aconteció hace casi dos mil años en Jerusalén. Muchas veces creemos que nuestro momento es el peor, pero en la historia cada situación vivida ha tenido sus graves problemas. No era fácil el contexto en donde se vivió la Pascua del Señor. Tanto por la dominación del Imperio Romano, como por la complejidad de la religiosidad de los judíos y los paganos. En Jerusalén transcurrieron los días y hechos cruciales de nuestra fe. Jerusalén nos evoca el pasado histórico y el futuro escatológico. Aunque lamentablemente siempre abundan los conflictos, Jerusalén nunca dejó de ser una tierra cargada de historia, misterio y sobre todo fe. Es ahí en Jerusalén donde Jesucristo va a vivir la Pascua. Esta va a ser su Pascua, nuestra Pascua y la Pascua de la humanidad.

En este domingo celebramos la entrada mesiánica a Jerusalén (Mc 11,1-10). Jesús montado sobre un pobre burro, es el rey humilde que contradice el poder romano y religioso de los judíos que no entendían la presencia de Dios. Leeremos también la pasión del Señor. Con la lectura de estos textos nos prepararemos para las diversas celebraciones de la Semana Santa. El jueves a las 9 h. nos reuniremos en la Catedral de Posadas, con todos los sacerdotes de la Diócesis y el pueblo de Dios que viajará hasta allí para acompañarnos, y celebrar la Misa Crismal. Esta Misa lleva este nombre porque realizaremos la bendición de los distintos óleos y el Santo Crisma, aceites sagrados que usamos en la distribución de los Sacramentos durante el año. También en esta Eucaristía los sacerdotes renovaremos nuestras promesas sacerdotales. Renovamos el agradecimiento por el llamado que Dios nos ha hecho a ser Apóstoles y amigos. Ese mismo día por la noche celebraremos la Santa Misa en la Cena del Señor. Allí los cristianos nos reunimos a celebrar la institución de la Eucaristía, del sacerdocio y del servicio con el gesto del lavatorio de los pies. Como tradicionalmente lo hacemos, en la plaza de las antiguas reducciones de San Ignacio celebraremos la Misa Popular de las Misiones recuperando la memoria y conjugando la cultura y la espiritualidad de nuestro pueblo. Después siguiendo los textos de la Palabra de Dios nos encaminamos a participar en el «Vía Crucis», en el juicio y la muerte del que fue crucificado el Viernes Santo. El sábado por la noche la Misa empezará en la oscuridad y el cirio encendido será la luz de Cristo, la esperanza y la vida que ilumina las tinieblas. Los aleluyas expresarán el triunfo de la vida, sobre la muerte, porque Cristo, el que murió, ¡Resucitó! La liturgia Pascual nos invita a que nosotros también subamos a Jerusalén para vivir nuestra Pascua.

Muchos al escuchar: Semana Santa o Pascua, lo asocian solamente a vacaciones o a diversión. Como muchos contemporáneos de Jesús, no captan ni entienden el sentido profundo y la posibilidad que Dios quiere regalarnos de vivir la conversión y la Pascua. Hoy corremos el riesgo que el secularismo nos lleve a vaciar de contenido aquello que celebramos. El secularismo es una forma de ateísmo práctico. No discute la existencia de Dios, la omite y vacía de valores que son fundamentales a la dignidad humana. No está mal que algunos quieran tomarse un descanso de la rutina diaria, pero esto debe convivir con nuestro compromiso cristiano de participar y vivir la Pascua y las celebraciones, para renovar la fe.

Quiero subrayar la necesidad de participar en todas las celebraciones de Semana Santa. Esto llenará de sentido nuestras vidas y nos animará a renovarnos como hombres y mujeres «pascuales», para que renovados en la fe podamos ser fermento de transformación social y globalizar la solidaridad.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas.

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La colecta del 1%

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Continuando con el mensaje del Papa que nos ubica en el escenario espiritual del desierto y  nos recuerda la experiencia liberadora del Pueblo de Israel, nos dice: «Dios no se cansa de  nosotros. Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de  nuevo a nosotros: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de  esclavitud» (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad […]En Cuaresma, encontramos  nuevos criterios de juicio y una comunidad con la cual emprender un camino que nunca antes  habíamos recorrido. 

Esto implica una lucha, que el libro del Éxodo y las tentaciones de Jesús en el desierto nos  narran claramente. A la voz de Dios, que dice: “Tú eres mi Hijo muy querido” (Mc 1,11) y  “no tendrás otros dioses delante de mí” (Ex 20,3), se oponen de hecho las mentiras del  enemigo. Más temibles que el Faraón son los ídolos; podríamos considerarlos como su voz  en nosotros. El sentirse omnipotentes, reconocidos por todos, tomar ventaja sobre los demás:  todo ser humano siente en su interior la seducción de esta mentira. Es un camino trillado. Por  eso, podemos apegarnos al dinero, a ciertos proyectos, ideas, objetivos, a nuestra posición, a  una tradición e incluso a algunas personas. Esas cosas en lugar de impulsarnos, nos  paralizarán. En lugar de unirnos, nos enfrentarán. Existe, sin embargo, una nueva  humanidad, la de los pequeños y humildes que no han sucumbido al encanto de la mentira.  Mientras que los ídolos vuelven mudos, ciegos, sordos, inmóviles a quienes les sirven (cf. Sal  115,8), los pobres de espíritu están inmediatamente abiertos y bien dispuestos; son una fuerza  silenciosa del bien que sana y sostiene el mundo. 

Es tiempo de actuar, y en Cuaresma actuar es también detenerse. Detenerse en oración, para  acoger la Palabra de Dios, y detenerse como el samaritano, ante el hermano herido. El amor a  Dios y al prójimo es un único amor. No tener otros dioses es detenerse ante la presencia de  Dios, en la carne del prójimo. Por eso la oración, la limosna y el ayuno no son tres ejercicios  independientes, sino un único movimiento de apertura, de vaciamiento: fuera los ídolos que  nos agobian, fuera los apegos que nos aprisionan. Entonces el corazón atrofiado y aislado se  despertará. Por tanto, desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la  Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. Delante de la presencia de Dios  nos convertimos en hermanas y hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en  lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeras y compañeros de viaje. Este es el  sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud. (cf. Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2024

El tiempo de la cuaresma es una invitación privilegiada a vivir con más intensidad la caridad.  Este fin de semana, en la diócesis queremos realizar un gesto penitencial que exprese la  búsqueda de conversión personal y comunitaria. Por eso, como todos los años realizamos la  colecta cuaresmal que llamamos «del 1%». Proponemos compartir con nuestros hermanos  más necesitados por lo menos el uno por ciento del total de nuestro ingreso. Esta ofrenda  estará destinada especialmente a aquellos hermanos necesitados a quienes se ayudará a  construir casas o mejorar techos, pisos o letrinas. Con esto obviamente no solucionaremos el  problema de la vivienda de tantos hermanos, pero como diócesis realizamos un gesto  concreto de caridad y justicia. 

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo!  

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El camino hacia la Libertad

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Recorriendo el itinerario de conversión que nos propone la Cuaresma, compartimos parte del mensaje que el Papa nos envía cada año y que en esta ocasión lleva por título: «A través del desierto Dios nos guía a la libertad». El Papa Francisco nos dice: «Cuando nuestro Dios se revela, comunica la libertad: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud” (Ex 20,2). Así se abre el Decálogo dado a Moisés en el monte Sinaí. El pueblo sabe bien de qué éxodo habla Dios; la experiencia de la esclavitud todavía está impresa en su carne. Recibe las diez palabras de la alianza en el desierto como camino hacia la libertad. Nosotros las llamamos “mandamientos”, subrayando la fuerza del amor con el que Dios educa a su pueblo. La llamada a la libertad es, en efecto, una llamada vigorosa. No se agota en un acontecimiento único, porque madura durante el camino. Del mismo modo que Israel en el desierto lleva todavía a Egipto dentro de sí ―en efecto, a menudo echa de menos el pasado y murmura contra el cielo y contra Moisés―, también hoy el pueblo de Dios lleva dentro de sí ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar. Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como en un páramo desolado, sin una tierra prometida hacia la cual encaminarnos juntos. La Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser ―como anuncia el profeta Oseas― el lugar del primer amor (cf. Os 2,16-17). Dios educa a su pueblo para que abandone sus esclavitudes y experimente el paso de la muerte a la vida. Como un esposo nos atrae nuevamente hacia sí y susurra palabras de amor a nuestros corazones.

El éxodo de la esclavitud a la libertad no es un camino abstracto. Para que nuestra Cuaresma sea también concreta, el primer paso es querer ver la realidad. Cuando en la zarza ardiente el Señor atrajo a Moisés y le habló, se reveló inmediatamente como un Dios que ve y sobre todo escucha: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel” (Ex 3,7-8). También hoy llega al cielo el grito de tantos hermanos y hermanas oprimidos. Preguntémonos: ¿nos llega también a nosotros? ¿Nos sacude? ¿Nos conmueve? Muchos factores nos alejan los unos de los otros, negando la fraternidad que nos une desde el origen.

[A continuación el Papa plantea dos preguntas bíblicas que son cada vez más actuales] “¿Dónde estás?” (Gn 3,9) y “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9). El camino cuaresmal será concreto si, al escucharlas de nuevo, confesamos que seguimos bajo el dominio del Faraón. Es un dominio que nos deja exhaustos y nos vuelve insensibles. Es un modelo de crecimiento que nos divide y nos roba el futuro; que ha contaminado la tierra, el aire y el agua, pero también las almas. Porque, si bien con el bautismo ya ha comenzado nuestra liberación, queda en nosotros una inexplicable añoranza por la esclavitud. Es como una atracción hacia la seguridad de lo ya visto, en detrimento de la libertad.

Quisiera señalarles un detalle de no poca importancia en el relato del Éxodo: es Dios quien ve, quien se conmueve y quien libera, no es Israel quien lo pide. El Faraón, en efecto, destruye incluso los sueños, roba el cielo, hace que parezca inmodificable un mundo en el que se pisotea la dignidad y se niegan los vínculos auténticos. Es decir, logra mantener todo sujeto a él. Preguntémonos: ¿deseo un mundo nuevo? ¿Estoy dispuesto a romper los compromisos con el viejo?» (cf. Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2024)

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas.

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Ser cristianos todo el tiempo

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Iniciamos el tiempo de Cuaresma como tiempo de gracia y penitencia que nos prepara a celebrar el misterio central de nuestra fue que es la Pascua. Nuestra fe está centrada en la persona de Jesucristo el Señor de quien queremos ser discípulos y misioneros y nos lleva a revisar nuestra vida y espiritualidad a la luz del seguimiento de Aquel en quien creemos, Aquel que se hizo uno de nosotros para salvarnos y que quiso revelarse para que comprendamos que nuestra vida está cargada de sentido y que todos los bautizados tenemos una vocación y una misión. En la Pascua celebramos el misterio del amor de Dios, de un Dios cercano que se hizo hombre, de Jesucristo el Señor que por nosotros murió y resucitó. En estas semanas de Cuaresma, a través de la espiritualidad de la liturgia, nos disponemos a renovar nuestra fe, esperanza y caridad.

La Cuaresma es un tiempo de gracia que nos permite revisar nuestra vida cristiana y cómo vivimos el seguimiento a Cristo el Señor tanto en lo personal como en nuestras comunidades. En esta carta quiero pedir que revisemos cómo asumimos concretamente un aspecto esencial de nuestra condición de cristianos que es la caridad y nuestro compromiso con los más pobres.

El versículo que inicia esta carta nos dice: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). Esta sentencia que Jesucristo el Señor nos da es la conclusión de la enseñanza sobre el juicio final: «Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […]Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo»» (Mt 25, 34-36.40).

La Cuaresma nos regala la posibilidad que desde la gracia de este tiempo litúrgico fuerte podemos revisar nuestras vidas tanto en lo personal como en nuestras familias y comunidades.

Si la caridad es un componente esencial de nuestra vida cristiana, sin la cual vaciaríamos el sentido y el contenido de nuestra fe discipular, será clave que revisemos nuestra relación y disponibilidad para con todos, pero especialmente para con nuestros hermanos y hermanas más pobres. Si esto siempre ha sido una exigencia del Evangelio, hoy, más que nunca, tendremos que revisar nuestros criterios y actitudes en las coyunturas de nuestra Patria donde el flagelo de la pobreza crece gravemente y nos exige acentuar nuestro compromiso discipular y profético con nuestros hermanos y hermanas que sufren el daño y la omisión de una justicia largamente esperada.

El tiempo cuaresmal nos ayudará a revisarnos desde el amor que Dios nos tiene con la certeza de que, si volvemos a Él, nos recibirá con un abrazo de Padre como al hijo pródigo. Abrazados por su amor somos plenos y podemos ser testigos de la Pascua y de la Esperanza.

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas.

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El valor de la familia

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En el contexto del tiempo de Navidad, la liturgia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, María y José. La familia de Nazaret, la del «Dios con nosotros», conoció el asombro del anuncio del nacimiento virginal, la pobreza del pesebre de Belén, la persecución y la huida a Egipto; también la misteriosa profecía de Simeón y de la profetiza Ana, que nos relata el texto bíblico de este domingo (Lc 2,22-40), la cotidianeidad de casi treinta años de silencio y trabajo. «La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María». «Este es el misterio de la Navidad y el secreto de Nazaret, lleno de perfume a familia» (cfr. AL 65)

En este domingo es necesario que los cristianos oremos y reflexionemos sobre el modelo de familia que nos propone la Palabra de Dios. Este tema de la familia es fundamental en la acción evangelizadora de la Iglesia. Por supuesto que este tema no es sólo importante desde una perspectiva religiosa, sino también desde lo antropológico, psicológico, sociológico y cultural. Debemos recuperar el rol central que tiene la familia como generadora de valores como la vida, la solidaridad y la justicia.

Es asombroso y merece que dediquemos tiempo a investigar y buscar las causas del por qué este tema, que es clave para la proyección de la misma humanidad, no cuente con el suficiente apoyo político, económico y comunicacional. Y que, desde financiamientos y pautas internacionales y nacionales, se busque muchas veces desarticular el núcleo de la familia y el matrimonio, hasta en los mismos contenidos y propuestas educativas.

Por la importancia del tema de la familia, es necesario que sigamos planteándonos desde la oración y la reflexión cuáles sean los caminos de evangelización que mejor promuevan los vínculos de las familias, y que nos ayuden a abrazar a tantos que necesitan experimentar el abrazo misericordioso de Dios. En el sínodo diocesano expresábamos que la familia es uno de los tesoros más importantes del pueblo argentino y de la Diócesis de Posadas. En esta porción de Latinoamérica, una parte importante de la población está afectada por difíciles condiciones de vida que amenazan directamente la institución familiar. En nuestra condición de discípulos y misioneros de Jesucristo, estamos llamados a trabajar para que esta situación sea transformada, y la familia asuma su ser y su misión en el ámbito de la sociedad y de la Iglesia.

En nuestra Diócesis encontramos muchas familias que son «casa y escuela de valores». También hay numerosos grupos pastorales preocupados y ocupados por acompañar a las familias. Pero, por otro lado, vemos también con preocupación el escaso grado de compromiso en las relaciones de las parejas.

El amor de la familia de Nazaret es muy distinto al planteo que vemos en el contexto consumista de nuestro tiempo, cuando se presenta todo como descartable y nos unimos al otro sólo circunstancialmente. También constatamos la pérdida de valores en el seno familiar y la falta de una pastoral orgánica que acompañe a la familia en sus diferentes etapas. La propuesta que debemos hacer es diferente. Debemos anunciar con renovado vigor el Evangelio del amor y de la familia. «La alianza de amor y fidelidad, de la cual vive la Sagrada Familia de Nazaret, ilumina el principio que da forma a cada familia, y la hace capaz de afrontar mejor las vicisitudes de la vida y de la historia. Sobre esta base, cada familia, a pesar de su debilidad, puede llegar a ser una luz en la oscuridad del mundo». (cfr. AL 66)

Este domingo, el último día del año, nos invita a que pidamos a Dios por el nuevo que vamos a iniciar. Seguro que en nuestro corazón tenemos dolores y alegrías, cosas que queremos pedir y también agradecer a Dios. Como Obispo y Pastor quiero pedir a Dios por todos nosotros, para que empecemos un año donde podamos crecer en justicia, en solidaridad y paz.

Les envío un saludo cercano y ¡Feliz Año nuevo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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