Marta Ferreira

Ministra de Agricultura Familiar

La política también tiene que dar el paso

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Pascua es paso.

Pero no alcanza con decirlo.
Hay que animarse a hacerlo.

Hoy, el desafío de la política misionera no es explicar lo que hizo,
sino demostrar hacia dónde va.

Y ese rumbo exige un movimiento claro:
menos distancia y más territorio,
menos soberbia y más humildad,
menos fragmentación y más equipo,
menos discurso y más escucha.

Porque cuando la política se aleja, pierde sentido.
Y cuando pierde sentido, pierde rumbo.

El primer paso es volver al territorio.
No para la foto.
Para entender.

Entender cómo se produce, cómo se vive, qué falta, qué duele y qué funciona.
Ahí está la política real, no en los papeles.

El segundo paso es recuperar la humildad.
La política no sabe todo.
Y cuando cree que sabe todo, deja de escuchar.

Gobernar también es aprender.
Aprender de quienes todos los días sostienen la vida sin micrófono.

El tercer paso es romper la lógica de compartimentos.
Los problemas no vienen separados por áreas.
La vida no se organiza en ministerios.

O trabajamos en equipo, o llegamos tarde.

Y el cuarto paso es escuchar en serio.
No para responder mejor.
Para decidir mejor.

Porque muchas de las respuestas que buscamos
ya están en nuestros territorios.

La agricultura familiar lo muestra con claridad:
cuando hay cercanía, hay organización;
cuando hay organización, hay producción;
y cuando hay producción con sentido, hay futuro.

Por eso, si Pascua es paso,
la política no puede quedarse quieta.

Tiene que moverse.
Tiene que acercarse.
Tiene que ordenar.

Y sobre todo, tiene que volver a mirar a los ojos.

Porque el futuro no se construye desde arriba.
Se construye desde el territorio.

Y ese es el paso que todavía tenemos que dar.

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Eugenio Kasalaba: 80 años sembrando compromiso con la agricultura familiar

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En el marco de la celebración por sus 80 años, se reconoce la trayectoria de Eugenio Kasalaba, referente histórico del movimiento agrario en Misiones y uno de los impulsores fundamentales de las ferias francas, espacios que transformaron la forma de producir, comercializar y vincularse en el territorio.

A lo largo de su vida, Kasalaba ha sido un defensor incansable de la agricultura familiar, promoviendo un modelo basado en el arraigo, la producción local y el fortalecimiento de las comunidades rurales. Su compromiso se expresó no solo en sus palabras, sino principalmente en su accionar cotidiano, acompañando a productores y productoras en momentos clave.

Su mirada se sintetiza en una frase que atraviesa su recorrido y mantiene plena vigencia:

“Toda lucha se gana asegurando la comida.”

Esta idea refleja una convicción profunda: no hay desarrollo posible sin alimentos, ni justicia social sin acceso a la comida. En ese sentido, su legado trasciende generaciones y continúa siendo guía para las políticas públicas que promueven la soberanía alimentaria y el fortalecimiento de las economías regionales.

Desde la Secretaría de Agricultura Familiar se destaca especialmente su aporte a la construcción de una visión que reconoce el valor estratégico de las chacras, las ferias y las familias agricultoras en el desarrollo provincial.

Asimismo, se resalta su rol como formador y referente cercano, que ha sabido inspirar a nuevas generaciones a comprometerse con el territorio y con una forma de producir que pone en el centro a las personas.

A sus 80 años, Eugenio Kasalaba representa no solo una historia de lucha, sino también un presente activo y un horizonte que sigue marcando el camino.

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8M: cuando el reconocimiento no alcanza

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Cada 8 de marzo el mundo vuelve a hablar del liderazgo de las mujeres.

Se organizan actos, se escriben mensajes, se multiplican los gestos de reconocimiento. Y está bien que así sea. Durante siglos la voz de las mujeres estuvo ausente de muchos espacios de decisión y de poder. Recordarlo no es un ejercicio simbólico: es, sobre todo, un acto de justicia histórica.

Pero quienes hoy habitamos espacios de responsabilidad pública sabemos que el desafío no termina en la visibilidad.

El liderazgo femenino en la política sigue atravesando tensiones silenciosas. Muchas veces se celebra la presencia de mujeres en lugares de decisión, pero todavía cuesta aceptar plenamente su autoridad, su palabra y su capacidad de conducir.

En los discursos se habla de igualdad.
En la práctica, todavía hay inercias que pesan.

Las mujeres que participamos en política conocemos bien esa sensación: la de tener que demostrar más. La de sostener, muchas veces al mismo tiempo, responsabilidades institucionales, familiares y comunitarias, sin que ese esfuerzo cotidiano aparezca en ninguna estadística.

También conocemos otra dimensión menos visible: la tarea de sostener equipos, cuidar vínculos, ordenar tensiones y seguir adelante incluso cuando el cansancio se acumula.

Por eso el 8M no debería ser solo un día de reconocimiento.
Debería ser también un día de sinceridad.

Un día para decir que todavía queda camino por recorrer.
Un día para preguntarnos cómo construimos instituciones donde el liderazgo femenino no sea una excepción celebrada, sino una presencia natural.

Y también un día para reconocer algo que muchas veces queda fuera de los discursos: la fortaleza silenciosa de tantas mujeres que sostienen proyectos, comunidades y políticas públicas incluso cuando las condiciones no son fáciles.

Porque detrás de cada mujer que ocupa un lugar de responsabilidad hay casi siempre una historia de perseverancia.

De trabajo.

De convicción.

Tal vez por eso la pregunta sigue resonando con fuerza en este tiempo:
¿quién cuida a quienes cuidan? ¿quién sostiene a quienes sostienen?

El desafío del presente no es solo abrir puertas para las mujeres.

Es construir una cultura política donde su liderazgo sea plenamente reconocido, acompañado y respetado.

Ese es, quizás, uno de los verdaderos sentidos del 8 de marzo.

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La piedra y el algoritmo: nada humano es absoluto

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Hay momentos en que el mundo parece demasiado grande. Los mercados se mueven a velocidades que no controlamos, la tecnología redefine reglas en tiempo real, y se habla de “nuevo orden” como si fuera un destino escrito en mármol.

Todo parece macro. Todo parece inevitable.

En ese clima vuelve una escena antigua: David frente a Goliat.

Pero la historia no es un elogio de la fuerza. Es un elogio de la precisión.

Hoy el gigante no lleva lanza. Lleva algoritmos. Lleva datos, plataformas, mercados globales. No necesita gritar; optimiza. No impone por volumen, sino por estructura.

Y frente a eso, uno puede sentirse pequeño.

Pequeña como persona.
Pequeña como territorio.

Misiones es una de las provincias más pequeñas de Argentina. Y, sin embargo, tiene el 92% de su perímetro en frontera. Vive literalmente expuesta al mundo. Lo que en otros lugares es discurso, aquí es experiencia cotidiana. Flujos, tensiones, intercambios, diferencias cambiarias, presiones económicas. Vivir en frontera es vivir en contacto permanente con lo externo.

Desde esa perspectiva, la pregunta es inevitable: ¿qué es la piedra?

La piedra es elegir identidad cuando todo empuja a diluirse.

La piedra es la agricultura familiar que decide sostener producción diversificada en lugar de depender de un solo cultivo. Es la chacra que multiplica alimentos y saberes. Es la feria franca que acorta distancias entre productor y consumidor.

La piedra es comprender que en un mundo de cadenas globales frágiles, producir cerca no es romanticismo: es estrategia. La soberanía alimentaria no es un concepto abstracto. Es una respuesta concreta a la incertidumbre.

La piedra es comunidad organizada. Es red territorial. Es mujeres rurales liderando procesos. Es agregar valor en origen en lugar de exportar solo materia prima.

En una provincia pequeña y fronteriza, eso no es menor. Es una forma de equilibrio. Es una forma de no quedar a merced de vaivenes externos.

El algoritmo organiza el mundo en datos.
La piedra organiza el mundo en vínculos.

El algoritmo responde a escala.
La piedra responde a territorio.

Nada humano es absoluto. Tampoco los gigantes económicos, tecnológicos o políticos que hoy parecen intocables. La historia está llena de estructuras que parecían eternas… hasta que dejaron de serlo.

Misiones, pequeña en mapa, enorme en biodiversidad, en cultura, en resiliencia, demuestra algo interesante: la escala no define la influencia. Lo que define es la coherencia estratégica.

David no intentó convertirse en Goliat. No compitió en tamaño. Eligió precisión.

Tal vez esa sea la enseñanza para este tiempo. No negar la magnitud de los cambios. No minimizar la complejidad del algoritmo. Pero tampoco asumir que todo está decidido.

Porque no todo gigante es invulnerable.

Y ninguna realidad humana es absoluta.

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Agricultura Familiar: un modelo vigente que necesita recursos concretos

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La agricultura familiar ha atravesado distintos escenarios políticos y económicos en nuestro país y en el mundo. Gobiernos de distinto signo, crisis recurrentes y cambios en los modelos productivos. Sin embargo, lejos de desaparecer, la agricultura familiar se sostuvo y continúa cumpliendo un rol clave en los territorios.

Esto no es casual. La agricultura familiar responde a una lógica distinta a la de la gran empresa: produce alimentos, sostiene el trabajo familiar, cuida el territorio y mantiene vivas a las comunidades rurales. Esa forma de producir sigue teniendo valor y vigencia, especialmente en un contexto donde la seguridad alimentaria, el cuidado ambiental y el arraigo vuelven a estar en discusión.

En la provincia de Misiones, la agricultura familiar es parte central del modelo de desarrollo. A lo largo de los años se construyó una institucionalidad sólida, con numerosas leyes y políticas públicas que reconocen a las familias productoras como sujetos de derecho y actores estratégicos del territorio. La Ley VIII – N.º 69 de Agricultura Familiar expresa con claridad esa decisión política.

Sin embargo, esa fortaleza normativa no siempre se traduce en respuestas concretas para el día a día de las familias. La principal dificultad que atraviesa hoy el sector no es la falta de leyes ni de diagnóstico, sino la escasez de recursos económicos específicos. Insumos básicos, semillas, media sombra, sistemas de riego o pequeñas infraestructuras productivas siguen siendo demandas recurrentes que muchas veces no encuentran herramientas adecuadas.

Esta situación no es nueva ni coyuntural. A lo largo de distintos gobiernos, tanto a nivel nacional como provincial, la agricultura familiar ha quedado en gran medida fuera de los esquemas tradicionales de financiamiento. Los créditos disponibles suelen estar pensados para otras escalas productivas, con requisitos, garantías y plazos que no se ajustan a la realidad del sector.

Por eso, el desafío central sigue siendo avanzar hacia una política de financiamiento diferenciada, que reconozca la especificidad de la agricultura familiar. Créditos blandos, fondos específicos y herramientas simples permitirían transformar el marco normativo existente en mejoras concretas en la producción y en la calidad de vida de las familias rurales.

La agricultura familiar no es un sector del pasado ni una excepción al desarrollo. Es un modelo vigente, con valor para Misiones y para el país. Reconocer su importancia implica no solo sostener políticas públicas, sino también invertir en ella, para que siga produciendo alimentos, cuidando el territorio y fortaleciendo a las comunidades.

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