Martín Paez

Periodista

El ruido de fábrica del siglo XXI se llama notificación

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Esta vez vamos a comenzar distinto. Porque esta (y otras columnas del mismo tipo) parten de la experiencia personal de quien las escribe. Y quien escribe se distrae fácil y pierde rápidamente el foco con las notificaciones del celular. Me motiva y a la vez interpela profundamente nuestra relación con la tecnología, los efectos que tiene sobre nosotros y, por breves momentos, tener autoconciencia de cómo afecta mis acciones diarias. 

Desde que comencé a publicar estas columnas regresé al ejercicio de “voy a sentarme a escribir”, pero como nunca antes me costó tanto encontrar el foco y el “flujo” para que los artículos no tenga que escribirlos por partes, con interrupciones o circular en un constante “¿en qué estaba?” cuando vuelvo a sentarme y mirar el cursor que titila incansablemente sobre la página en blanco. 

El ping del mensaje de WhatsApp. La vibración del correo nuevo. El globito rojo que apareció en el ícono de la app. El “alguien comentó tu publicación”. El “tu pedido fue despachado”. El “recordatorio: reunión en 15 minutos”.

Cada uno de esos estímulos interrumpe algo. Y lo interrumpe aunque no lo atiendas. Porque el solo hecho de notar que llegó — de desviar la vista, de preguntarte si es importante, de decidir ignorarlo — ya rompió el hilo de lo que estabas haciendo.

Eso se llama cambio de contexto. Y tiene un costo que casi ninguna empresa mide. 

Según investigaciones de la Universidad de California, Irvine, recuperar el nivel de concentración previo a una interrupción toma en promedio 23 minutos. No 23 segundos. 23 minutos. Y el mismo estudio encontró que después de 20 minutos de interrupciones repetidas, los trabajadores reportan aumentos significativos de estrés, frustración y sensación de sobrecarga. No es cansancio acumulado. Es el costo fisiológico de un sistema que exige atención constante.

En el siglo XIX, las fábricas eran ruidosas. Los obreros trabajaban en ambientes donde el ruido era parte del paisaje con máquinas, motores y herramientas. Ese ruido no solo afectaba la concentración: dañaba la salud. Tomó décadas de regulación, de estudios, de presión sindical, para que el ruido laboral fuera reconocido como un problema que el empleador tenía que resolver.

El ruido de hoy es invisible. No daña el oído. Daña la atención.

Y a diferencia del ruido de fábrica, este lo elegimos nosotros mismos. O creemos haberlo elegido.

Más de un tercio de los trabajadores se siente abrumado por la cantidad de notificaciones que recibe durante la jornada laboral, según el Índice de Anatomía del Trabajo de Asana. El 42% dedica más tiempo a los correos electrónicos que hace un año. El 52% realiza más tareas en paralelo durante las reuniones virtuales que hace un año. No son personas más ocupadas. Son personas más fragmentadas.

Pensá en cómo era trabajar antes del smartphone. No necesariamente mejor, había otros problemas. Pero había algo que hoy resulta casi un lujo: bloques de tiempo donde nadie podía interrumpirte si no estaba físicamente en el mismo lugar. La distancia física era una barrera natural al ruido.

Hoy esa barrera no existe. El trabajo llegó al dormitorio, al comedor, a la mesa de las vacaciones. Y las notificaciones llegaron con él. No como una invasión externa, sino como una consecuencia lógica de herramientas que diseñamos para estar siempre conectados sin preguntarnos qué perdíamos al conectarnos siempre.

Lo que perdemos es el trabajo profundo.

El trabajo profundo, ese estado de concentración sostenida donde se produce lo más valioso, donde se resuelven los problemas difíciles, donde aparecen las ideas que no aparecen en las reuniones, requiere tiempo sin interrupciones. No minutos. Horas. Bloques de tiempo donde el cerebro pueda profundizar en lugar de saltar entre estímulos.

El 70% de los trabajadores remotos o híbridos afirma que el trabajo enfocado es más fácil desde casa que en la oficina, según datos de Gallup y múltiples estudios de 2024-2025. La razón principal: menos interrupciones no planificadas. La oficina, que se suponía el espacio ideal para la concentración colectiva, se convirtió en el entorno más hostil para el foco individual. La notificación al menos se puede silenciar. Al colega que aparece en el escritorio, no.

El problema tiene una dimensión económica que pocas organizaciones calculan.

Si un trabajador recibe entre 80 y 120 notificaciones por día — estimación conservadora para alguien con correo, WhatsApp de trabajo y otras plataformas activas — y cada interrupción cuesta en promedio algunos minutos de reenfoque aunque no se atienda, el volumen de tiempo productivo perdido por organización es enorme. No en teoría. En horas reales que nadie está produciendo nada de valor mientras recupera el hilo de lo que estaba haciendo.

Eso no aparece en el balance. Pero está ahí.

El 43% de los trabajadores asegura que el estrés laboral aumentó en 2024, y una parte significativa lo atribuye a la dificultad de desconectarse entre el trabajo y la vida personal, según datos del informe WebWork 2025. La notificación no distingue horarios. No sabe que son las diez de la noche. No sabe que estás cenando. Llega igual. Y aunque no la atiendas, ya hizo lo que tenía que hacer: recordarte que el trabajo sigue ahí, esperando.

La solución no es tecnofobia. No es tirar el teléfono por la ventana ni volver a la carta manuscrita. Es reconocer que las herramientas de comunicación que adoptamos sin debate tienen efectos sobre la capacidad de trabajo y el bienestar que tampoco debatimos.

Algunas organizaciones ya lo entendieron. Establecen horas sin reuniones. Desactivan notificaciones en bloques de tiempo. Normalizan no responder correos fuera del horario laboral. No como políticas de bienestar cosmético, sino como decisiones de productividad: si querés que la gente produzca bien, necesitás darle las condiciones para concentrarse.

La fábrica del siglo XIX tardó décadas en reconocer que el ruido era un problema laboral. La oficina del siglo XXI todavía no terminó de reconocer que la notificación lo es.

Pero el daño no espera al reconocimiento, ya está ocurriendo.

Ping…

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Lo que China hizo con el viento mientras el mundo miraba otra cosa

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En 2025 ocurrió algo sin precedentes en la historia de la energía. Casi nadie lo cubrió. Y sin embargo, cambia quién va a dominar la economía del siglo que viene.

Empecemos por el número.

542,7 GW

Nueva capacidad eléctrica que China añadió a su red en un solo año: 2025.

Para entender qué significa esa cifra hay que compararla con algo. La capacidad eléctrica total instalada de Estados Unidos — toda la que fue construida en más de un siglo de historia industrial, desde las primeras centrales de carbón hasta los parques solares más modernos — es de aproximadamente 1.200 GW. China añadió casi la mitad de eso en doce meses.

Pero el número que realmente detiene es este: en 2025, China instaló más capacidad eólica en un año que la que Estados Unidos acumuló en toda su historia.

No es un error de tipeo. No es una exageración. Es un dato verificado por Wood Mackenzie, la Administración Nacional de Energía de China y múltiples organismos internacionales de seguimiento energético.

Ahora la pregunta que importa: ¿cómo llegó China a esto?

La respuesta corta es: con una velocidad que nadie en Occidente tomó en serio hasta que ya era tarde.

En diciembre de 2020, el presidente Xi Jinping anunció que China alcanzaría 1.200 GW de capacidad instalada eólica y solar para 2030. Era una meta ambiciosa. Los analistas occidentales la miraron con escepticismo. Los chinos la cumplieron en julio de 2024 — seis años antes de lo previsto. Al cierre de 2025, la capacidad combinada ya superaba los 1.840 GW, y por primera vez en la historia del país, las energías eólica y solar superaron al carbón y al gas en la mezcla eléctrica nacional.

La energía solar y eólica representó en 2025 el 22% de la generación eléctrica total de China, según la Administración Nacional de Energía. El doble que en 2020. En el primer semestre de 2025, la generación solar creció un 43% interanual. La eólica, un 16%. Y el uso de combustibles fósiles para generación eléctrica cayó un 2% en ese mismo período. No fue un trimestre. Fue el inicio de una tendencia que los modelos energéticos globales todavía están ajustando.

La pregunta más difícil no es cómo lo hizo. Es por qué el resto del mundo no lo vio venir.

La explicación más honesta es que Occidente miraba el pasado. Seguía evaluando a China por lo que había sido — una economía que copiaba, que subsidiaba, que competía por precio. El relato de que China solo manufacturaba barato y sin innovar era cómodo y conveniente. También estaba desactualizado.

Porque lo que pasó en energía eólica no fue solo una cuestión de volumen. Fue un salto cualitativo que el mundo no terminó de procesar.

Ocho de los diez mayores fabricantes mundiales de turbinas eólicas son chinos, según datos de Wood Mackenzie. Las empresas como Goldwind, Envision y Windey no compiten solo por precio: están desarrollando turbinas de más de 10 megavatios — las más grandes del mundo — que reducen drásticamente el costo por proyecto. En 2025, los fabricantes chinos capturaron el 95% de la nueva capacidad eólica instalada en Oriente Medio y África. Goldwind firmó un contrato de 3,1 GW en Arabia Saudita — uno de los mayores de la historia del sector — para abastecer dos parques en el desierto.

El argumento de que China compra cuota de mercado con subsidios ya no alcanza para explicar esto. Un país que diseña, fabrica e instala las turbinas más grandes del mundo no está replicando: está liderando.

Y está exportando ese liderazgo.

Aquí es donde el tema deja de ser energético y se vuelve geopolítico.

Durante décadas, el poder global se midió en barriles de petróleo. Los países que controlaban el petróleo controlaban las economías que dependían de él. Las guerras del siglo XX y del XXI tienen, en su raíz, esa lógica.

La transición energética cambia las reglas. Si el mundo se mueve hacia la electricidad renovable, el poder ya no estará en quien tenga el pozo. Estará en quien fabrique los paneles, las turbinas, las baterías y las redes que transportan esa energía. Y en esa carrera, China ya tomó una ventaja que se mide en décadas, no en años.

Los pedidos internacionales de turbinas chinas crecieron un 66% interanual en 2025 y triplicaron los niveles de 2023, según Wood Mackenzie. África y Oriente Medio son los mercados de mayor expansión. Pero también Europa empieza a mirar hacia las turbinas chinas — no por ideología sino por precio: en un contexto donde la rentabilidad de los proyectos eólicos está bajo presión, las turbinas más baratas del mundo tienen un atractivo difícil de ignorar.

Y ahí está la paradoja que ningún gobierno occidental terminó de resolver: necesitan la tecnología china para cumplir sus propias metas climáticas, pero no quieren depender de ella por razones geopolíticas. El resultado son aranceles que encarecen la energía limpia, regulaciones que frenan la transición y debates que mezclan seguridad nacional con cambio climático sin resolver ninguno de los dos.

Hay un detalle técnico que los analistas mencionan como la próxima frontera y que vale la pena nombrar.

China genera tanta energía renovable que ya tiene un problema nuevo: no puede usarla toda. El viento sopla y el sol brilla en momentos en que la demanda no alcanza para absorber la generación. La solución que el país está implementando — a escala, como todo lo demás — es el almacenamiento hidroeléctrico por bombeo: usar el exceso de electricidad para bombear agua hacia embalses elevados y soltarla cuando haga falta. China tiene más proyectos de este tipo en construcción que todos los demás países del mundo juntos.

En paralelo, su capacidad de almacenamiento en baterías creció un 75% en 2025 respecto al año anterior.

No está resolviendo el problema del exceso de energía. Está construyendo la infraestructura para dominar también el almacenamiento, la siguiente gran industria de la transición energética.

En 1973, el embargo petrolero árabe dejó a Occidente sin combustible en cuestión de semanas y mostró, con una claridad que todavía duele, cuánto poder tiene quien controla la energía que otros necesitan.

Cincuenta años después, el mundo está en medio de otra transición energética. Y el país que está construyendo la infraestructura de esa transición más rápido, más barato y a mayor escala que cualquier otro no es Estados Unidos. No es Europa. No es ninguna de las democracias que lideran los discursos climáticos en las cumbres internacionales.

Es China.

Y lo hizo mientras el mundo miraba otra cosa.

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Siempre ocupados, nunca productivos

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Hay una pregunta que aprendimos a no hacer.

No “¿hiciste algo útil hoy?” si no “¿estás muy ocupado?”.

Y la respuesta siempre es sí. Porque decir que no estás ocupado equivale a decir que tu tiempo no vale. Que nadie te necesita. En el mundo del trabajo moderno, la ocupación es el único indicador de valor que todos entienden sin que nadie lo explique.

El problema es que estar ocupado y ser productivo no son la misma cosa. Nunca lo fueron. Y los datos lo confirman con una claridad que debería incomodar a cualquier gerente.

Un trabajador promedio es genuinamente productivo durante 5 horas con 6 minutos de su jornada laboral de 8 horas. El resto del tiempo se destina a actividades que no generan valor: correos, redes sociales, reuniones sin agenda, charlas de pasillo digitales. Así lo establece un estudio reciente que analizó los hábitos de miles de empleados en distintos sectores. Trabajar más horas no cambia esta ecuación: solo la estira.

Y sin embargo, el presencialismo —estar, aparecer, mostrarse ocupado— sigue siendo la métrica informal más poderosa en la mayoría de las organizaciones. El que llega primero y se va último. El que tiene el calendario bloqueado hasta las siete de la tarde. El que contesta mensajes a medianoche. Ese es el que “se compromete”.

Nadie pregunta qué produjo.

Las reuniones son el síntoma más visible de este desorden. No porque sean inútiles por definición, sino porque se multiplicaron sin control y llenaron el espacio que el trabajo real necesitaba para existir.

El número de reuniones laborales se triplicó desde 2020, según datos de Microsoft. Un empleado promedio dedica actualmente 392 horas al año a reuniones — el equivalente a 16 jornadas laborales completas, según Flowtrace (2025). Y el 44% de esas reuniones se consideran improductivas, con un costo global estimado en 541 mil millones de dólares anuales para las empresas, de acuerdo con la consultora Doodle.

Pensá en la última reunión a la que fuiste sin saber exactamente para qué te habían convocado. En cuántos eran. En cuántos realmente tenían algo que decir. En cuántos minutos tardaron en llegar al punto — si es que llegaron. “Esta reunión podría haber sido un mail o un WhatsApp” es lo primero que cruza nuestras mentes apenas terminamos. 

Eso no es coordinación. Es teatro.

Un estudio de Harvard lo pone en números: el 71% de los directivos y empleados definió las reuniones de trabajo como actos improductivos e ineficientes. El 65% afirma que le impiden completar tareas pendientes. Y el 64% dice que reducen su capacidad de pensar en profundidad sobre los problemas reales de su área.

Pensemos en lo que eso significa. Las reuniones, que nacieron para resolver problemas, se convirtieron en uno de los principales obstáculos para resolverlos.

Solo el 37% de las reuniones tiene una agenda definida, según Flowtrace (2025). El 50% empieza tarde. Y el 33% se convoca de manera virtual incluso cuando la mitad de los asistentes está en la misma oficina. No es ineficiencia accidental. Es un hábito institucionalizado.

Pero el problema no son solo las reuniones. Es la cultura que las produce.

Esa cultura tiene un nombre: el culto a la ocupación. La creencia colectiva de que más horas significan más compromiso, que el calendario lleno es una señal de importancia y que tomarse tiempo para pensar sin interrupciones es, de alguna manera, sospechoso.

En ese sistema, el trabajo profundo —ese estado de concentración sostenida donde se produce lo más valioso— es el primero en desaparecer. Porque requiere bloques de tiempo sin interrupciones. Y las interrupciones son exactamente lo que el culto a la ocupación fabrica de manera constante.

Cuando un trabajador es interrumpido en medio de una tarea, necesita en promedio 23 minutos para recuperar el nivel de concentración previo, según investigaciones de la Universidad de California. Un empleado de oficina recibe entre 80 y 120 notificaciones digitales por día. Si cada interrupción cuesta 23 minutos de foco, el cálculo es devastador y casi ninguna empresa lo hace.

El resultado visible es la paradoja que todos conocemos pero pocos nombran: trabajamos más horas que nunca, tenemos más herramientas de comunicación que nunca, y sin embargo la sensación de no alcanzar, de estar siempre atrasados, de que el día termina sin haber hecho lo que importaba, también es mayor que nunca.

No es una paradoja. Es la consecuencia lógica de un sistema que mide presencia en lugar de resultado.

Algunas empresas empezaron a entenderlo. Un estudio que analizó 76 organizaciones con más de 1.000 empleados cada una descubrió que eliminar reuniones varios días a la semana aumentó la productividad en un 73%. No porque la gente trabajara más. Sino porque trabajaba mejor, con menos fragmentación y más capacidad de sostener el foco en lo que realmente importaba.

Los trabajadores híbridos —quienes combinan presencia y trabajo remoto— son los más productivos, con 5 horas y 36 minutos de trabajo efectivo diario frente a los 5 horas 6 minutos de los presenciales. La flexibilidad no destruye el rendimiento. La vigilancia constante, sí.

El culto a la ocupación tiene un costo que va más allá de la productividad. Agota. Genera la sensación permanente de correr sin avanzar. Y produce algo más difícil de medir pero igualmente real: una distancia creciente entre el tiempo que se invierte y los resultados que se generan.

Esa distancia es cara.

No en el sentido abstracto. En el sentido concreto de horas facturadas que no producen nada, de talentos que se van porque no soportan más el ruido, de decisiones que se toman en reuniones de una hora cuando una conversación de diez minutos hubiera alcanzado.

El calendario lleno no es un logro.

Es, muchas veces, el síntoma de una organización que perdió la noción de para qué trabaja.

El trabajo que importa rara vez se ve en el calendario. Ocurre en los márgenes. En los silencios. En la hora sin notificaciones que nadie agenda porque agendarla parecería poco serio.

El problema no es que estemos ocupados.

Es que confundimos la ocupación con el trabajo.

Y lo hicimos durante tanto tiempo que ya no sabemos distinguirlos.

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Esta columna forma parte de una serie sobre cómo la tecnología y la cultura laboral redefinen las decisiones cotidianas en un mundo hiperconectado.

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La delegación invisible: todo lo que ya dejamos de pensar

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Nadie nos robó la capacidad de pensar. Se la prestamos a una app y nunca fuimos a buscarla.

La delegación silenciosa empezó con pequeñas comodidades. Primero dejamos de memorizar teléfonos. Después dejamos de orientarnos. Después dejamos que nos sugieran qué ver, qué comprar, qué leer. Y en algún punto, sin que nadie lo anunciara, dejamos de cuestionar si eso era un problema.

Hoy el fenómeno tiene escala industrial. Y tiene números.

Argentina está entre los cinco países con más tiempo de pantalla del mundo. Según datos de Electronics Hub, los argentinos destinan el 53,8% de sus horas de vigilia a dispositivos digitales. En términos concretos: cerca de 9 horas diarias entre celular, computadora y televisión. El promedio global es de 6 horas 45 minutos. Estamos muy por encima.

Esas horas no son tiempo neutro. Son horas en las que un sistema decide por nosotros. TikTok, Netflix, Instagram, Spotify: ninguna de estas plataformas espera que el usuario elija. Anticipan. Recomiendan. Empujan. Y lo hacen con una eficiencia que ningún ser humano podría igualar, porque su única métrica es el tiempo que lograron retenerte.

Más del 80% del contenido que consume un usuario promedio en plataformas de streaming y redes sociales está mediado por algoritmos de recomendación. En plataformas de video, ese porcentaje es incluso mayor. No elegimos tanto como creemos: navegamos dentro de un carril que alguien más trazó.

Pensá en la última vez que llegaste a un destino sin GPS. Probablemente recordás cada giro. Ahora pensá en los últimos diez viajes con navegación: son un borrón. La memoria se construye con esfuerzo. El esfuerzo que evitamos, también lo evitamos recordar. Lo mismo pasa con el contenido: lo que nos recomiendan se consume, se olvida y se reemplaza. Lo que elegimos con deliberación, queda.

Pero hay algo más profundo que la memoria en juego. Es el criterio.

Decidir no es solo llegar a un resultado. Es construir una forma de pensar. Cada vez que evaluamos opciones, comparamos, dudamos y elegimos, estamos ejercitando algo que no se puede delegar sin consecuencias. El cerebro, como cualquier sistema que busca eficiencia, acepta con gusto que otro haga ese trabajo. No es pereza: es diseño evolutivo. Y las plataformas tecnológicas actuales están construidas exactamente sobre esa tendencia. Cada función que “simplifica” elimina un paso que antes nos obligaba a decidir.

Para 2027, el 79% de la inversión publicitaria global estará basada en decisiones algorítmicas, según proyecciones del grupo Dentsu. No es solo que los algoritmos decidan lo que consumimos: están redefiniendo lo que producimos, lo que financiamos y, en consecuencia, lo que existe.

El problema no es la tecnología. Es lo que ocurre cuando dejamos de notar su influencia.

Las plataformas aprendieron rápido que la duda incomoda. Que el usuario que duda se va. Entonces eliminaron la duda. Le pusieron autoplay al video. Le pusieron scroll infinito al feed. Le pusieron recomendaciones antes de que termines lo que estabas leyendo. Cada fricción eliminada es un momento de deliberación que desapareció.

El informe “2026 Global Consumer Predictions” de Mintel advierte que una parte creciente de los consumidores está comenzando a reconocer esta dependencia y a buscar activamente experiencias “emancipadas de los algoritmos”. El consumidor, dice el informe, está fatigado de que los algoritmos gobiernen su relación con el mundo digital. Pero reconocer el problema no es lo mismo que resolverlo.

En Argentina, el contexto agrega una capa más. Somos uno de los países con mayor tiempo de pantalla del mundo, pero no somos el que tiene más velocidad de conexión ni el que produce más contenido propio. Consumimos masivamente lo que otros diseñan para nosotros. Y lo hacemos con una intensidad que supera a economías mucho más grandes.

Esto tiene consecuencias que van más allá de lo individual.

Una sociedad que delega progresivamente sus decisiones cotidianas a sistemas automatizados no solo pierde autonomía individual. Pierde también la capacidad colectiva de formarse criterio. El debate público, la deliberación democrática, la posibilidad de cambiar de opinión a partir de información nueva: todo eso requiere ciudadanos que todavía piensan por cuenta propia. No que navegan dentro del carril que un algoritmo les trazó esa mañana.

Según KPMG, el 74% de los comercios planea escalar el uso de inteligencia artificial en sus operaciones durante 2026. La tendencia no es reversible. La pregunta no es si los algoritmos van a seguir tomando decisiones por nosotros. La pregunta es si vamos a notar cuándo lo hacen.

No se trata de rechazar la tecnología. Sería absurdo y, además, ya es tarde. El GPS evita errores. Los algoritmos ahorran tiempo. Las recomendaciones simplifican. Pero simplificar tiene un precio que rara vez se pone en la factura: el espacio para decidir. La posibilidad de equivocarse. El derecho a dudar.

La delegación no ocurre de golpe.

Es un proceso silencioso.

Y cuando uno lo nota, ya lleva años cediendo terreno.

El problema no es que la tecnología piense por nosotros. El problema es que nosotros empezamos a dejar de hacerlo. Y lo hicimos sin que nadie nos lo pidiera, sin firmar nada, sin que nadie nos dijera que ese era el trato.

Ese es el negocio. Y está funcionando muy bien.


Esta columna forma parte de una serie sobre cómo la tecnología redefine las decisiones cotidianas en un mundo hiperconectado

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El fin del silencio: por qué ya no podemos estar solos con nuestros pensamientos

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Alguien espera. En una fila, en un consultorio, en un semáforo. Son apenas segundos. Tal vez un minuto. Y casi sin darse cuenta, hace un gesto automático: saca el teléfono.

No porque tenga algo urgente. No porque alguien le haya escrito. Simplemente porque ese pequeño vacío —ese instante sin estímulo— se volvió incómodo.

O algo más que incómodo: intolerable.

Durante mucho tiempo, el silencio fue parte de la vida. No como algo buscado, sino como algo inevitable. Había momentos muertos. Tiempos sin contenido. Espacios donde no pasaba nada.

Y en esos espacios, pasaban cosas. Aparecían ideas. Recuerdos. Preguntas.

Hoy, el usuario promedio pasa más de 6 horas y media por día frente a pantallas, y revisa su teléfono más de 140 veces diarias.

Esperar ya no es esperar, es scrollear. Viajar ya no es viajar, es consumir contenido.
Estar solo ya no es estar solo, es estar conectado.

El silencio dejó de ser un estado natural para convertirse en algo que evitamos activamente. No se trata solo de usar el celular. Se trata de lo que dejamos de hacer cuando lo usamos. Dejamos de aburrirnos. Y el aburrimiento, aunque suene extraño, tenía una función.

El psicólogo Timothy D. Wilson, que estudió justamente cómo reaccionamos al silencio, lo resumió así: “La gente prefiere hacer casi cualquier cosa antes que quedarse sola con sus pensamientos.”

En su experimento, muchos participantes eligieron aplicarse pequeñas descargas eléctricas antes que soportar unos minutos de introspección.

No era dolor físico lo que evitaban. Era el silencio.

Dejamos también de pensar sin dirección, sin objetivo, sin respuesta inmediata.

La socióloga Sherry Turkle, que lleva años estudiando la relación entre tecnología y vínculos, advierte “estamos perdiendo la capacidad de estar solos, y con ella, la capacidad de estar realmente con otros.”

Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos señala que las personas con mayor exposición a pantallas tienden a reportar niveles más bajos de bienestar subjetivo y mayores indicadores de ansiedad y soledad.

En ese contexto, no sorprende que cada vez más personas busquen en la tecnología algo más que información.

El psicólogo social Nicholas Epley lo plantea de forma directa al afirmar “nuestra mente está diseñada para encontrar significado en la interacción humana. Cuando reemplazamos eso, algo se pierde.”

Hablar con una inteligencia artificial, escribir lo que nos pasa y recibir una devolución inmediata, puede ser útil. Incluso sentirse como un alivio.

Pero también es otra forma de evitar el silencio. Otra forma de no quedarse a solas con lo que aparece cuando no hay nada más.

No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar la tecnología. Pero sí de entender el cambio. Estamos reemplazando algo que siempre estuvo ahí -el silencio- por algo que nunca se apaga.

Y en ese reemplazo, algo se pierde.

Tal vez la capacidad de procesar. Tal vez la capacidad de esperar. Tal vez, simplemente, la capacidad de escucharnos.

Tal vez el problema no es que estemos siempre conectados.

Tal vez es que ya no sabemos qué hacer cuando no lo estamos.


Esta columna forma parte de una serie sobre cómo cambian nuestras vidas en un mundo cada vez más mediado por la tecnología. En la siguiente entrega nos enfocaremos en la delegación permanente y en todas las cosas en las que ya dejamos de pensar.

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