Martín Paez

Periodista

No te falta esfuerzo, los sueldos no alcanzan

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Empecemos por los hechos.
Esta semana, el Ministerio de Defensa publicó una resolución inédita en la historia argentina: el personal de las Fuerzas Armadas queda habilitado para desarrollar actividades laborales complementarias fuera del horario de servicio. Pueden manejar un Uber. Pueden repartir pedidos en Rappi. Pueden trabajar en seguridad privada. Pueden, en síntesis, hacer lo que ya venían haciendo de manera informal porque los salarios no alcanzaban, solo que ahora el Estado lo blanqueó.

La medida llegó sin fanfarria. Sin conferencia de prensa. Sin que nadie dijera en voz alta lo que la resolución implica: que el salario de un soldado argentino no alcanza para vivir. Que el Estado lo sabe. Y que en lugar de resolverlo, decidió habilitarlos a resolverlo solos. 

Para mayo de 2026, el haber mensual de un voluntario de segunda fue fijado en $686.838. Un cabo cobra $814.831. Un subteniente, $926.881. En el mejor de los casos, hablamos de salarios que no superan el equivalente a 700 dólares mensuales en un país donde la canasta básica familiar supera el millón de pesos. En 2025, más de 2.200 militares y miembros de fuerzas de seguridad renunciaron durante el primer semestre.  La sangría incluyó Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Gendarmería y Prefectura. El Ministerio de Defensa registró además un recorte de más de 46.000 millones de pesos en el Presupuesto 2026. 

Milei había prometido, durante la campaña y en los primeros meses de gobierno, jerarquizar a las Fuerzas Armadas y recuperar su protagonismo institucional. La resolución del lunes es la contracara de esa promesa: no hay jerarquización posible cuando quien custodia la defensa nacional necesita un segundo trabajo para pagar el alquiler.

Pero esta columna no es sobre los militares.

Es sobre el mecanismo que convierte un problema estructural en una responsabilidad individual. Y que lo hace con tanta eficacia que la mayoría de las veces ni siquiera lo notamos.

El sistema tiene un problema: los salarios no alcanzan. La solución que propone no es subir los salarios. Es convencerte de que el problema sos vos y de que la solución es trabajar más.

Tiene nombre. Se llama hustle culture: la cultura del rebusque permanente, del segundo empleo como virtud, del “si no llegás es porque no te esforzás suficiente”. Es una ideología que se presenta como motivación personal pero que funciona como coartada sistémica: mientras la energía social se vuelca en buscar el segundo ingreso, nadie pregunta por qué el primero no alcanza.

No es un fenómeno nuevo. El sociólogo alemán Max Weber lo rastreó hasta la ética protestante del siglo XVII: la idea de que el trabajo duro es una señal de virtud moral, que el éxito material es evidencia de mérito y que la pobreza, por lo tanto, es una falla de carácter. Esa ecuación atravesó siglos y se reinventó en el capitalismo contemporáneo con nuevos nombres: emprendedurismo, side hustle, monetizá tu pasión.

“Normalizar la informalidad es uno de los peores mensajes que podemos dar socialmente, porque pone en peligro nuestra sociedad a futuro. No es un privilegio tener una jubilación, es un derecho gracias a los aportes que realizamos durante toda nuestra vida activa”, afirma la especialista en Sociología del trabajo e investigadora del CONICET Patricia Collado. 

El mecanismo funciona así. Cuando un trabajador no llega a fin de mes, las dos explicaciones posibles son: A) el salario es insuficiente, o B) el trabajador no hace suficiente. La hustle culture instala la B como respuesta cultural dominante. No mediante decreto. Mediante contenido. Mediante el influencer que muestra sus cinco fuentes de ingreso a las seis de la mañana. Mediante el podcast que celebra al que “nunca para”. Mediante el lenguaje del emprendimiento que convierte la precariedad en libertad y la necesidad en vocación.

El resultado es que millones de personas con salarios insuficientes se sienten personalmente responsables de una situación que es estructural. No preguntan por el salario: buscan el segundo empleo. No organizan el reclamo colectivo: optimizan su agenda individual. El sistema gana dos veces: no paga lo suficiente y encima logra que quien no llega sienta que es su culpa.

Desde que asumió Javier Milei se perdieron 288.815 puestos asalariados registrados, según análisis del investigador Luis Campos sobre datos del SIPA. La caída apenas se compensa con el avance del monotributo,  es decir, con trabajo sin aportes, sin obra social plena, sin indemnización, sin aguinaldo. En paralelo, el salario real promedio del sector privado cayó un 0,1% mensual en febrero de 2026, el decimocuarto mes consecutivo de retroceso en términos reales para amplios sectores. 

En ese contexto, la resolución del Ministerio de Defensa no es una anomalía. Es la expresión más desnuda de una lógica que ya opera en toda la economía.

Los docentes hacen clases particulares porque el sueldo no alcanza. Los médicos del sistema público atienden en clínicas privadas porque el sueldo no alcanza. Los empleados estatales venden productos por redes sociales porque el sueldo no alcanza. Los militares van a hacer Uber porque el sueldo no alcanza. Y en todos los casos, el relato oficial es el mismo: más libertad, más oportunidades, más autonomía.

Nunca: más sueldo.

Ya lo dijo Sandra Pettovello, Ministra de Capital Humano “La única forma genuina de salir adelante es a través del esfuerzo y la generación de empleo.”

La frase no es falsa. El esfuerzo importa. El trabajo importa. Pero hay una diferencia enorme entre el esfuerzo como herramienta de desarrollo y el esfuerzo como sustituto de un salario justo. La primera es una condición del progreso. La segunda es una trampa que se disfraza de virtud.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo describe con precisión quirúrgica: la sociedad del rendimiento no necesita capataces ni látigos. Produce trabajadores que se explotan a sí mismos de manera voluntaria, convencidos de que cada hora extra, cada segundo empleo, cada sacrificio adicional los acerca a una versión mejor de sí mismos. La coacción externa se convirtió en autoexigencia interna. Y eso la hace mucho más eficiente  y mucho más difícil de resistir.

La hustle culture tiene costos documentados. En sectores de alta presión, casi el 90% de los empleados muestran síntomas de burnout y agotamiento crónico. La ansiedad se multiplica por tres en entornos donde tomarse un día libre se percibe como debilidad. El 62% de los profesionales que siguen ese ritmo dedica menos de 4 horas semanales a vínculos significativos. Las parejas tienen tres veces más probabilidades de divorcio. No es el precio del éxito: es el precio de un sistema que transfirió su propio déficit al cuerpo y al tiempo de quienes trabajan para él. 

Hay algo más en la resolución del Ministerio de Defensa que merece nombrarse.

Las Fuerzas Armadas son, por definición, una institución de disponibilidad permanente. Un soldado no tiene horario de salida en el sentido en que lo tiene un empleado de comercio. Su función implica estar disponible cuando la situación lo requiere, sin importar si es de noche, fin de semana o feriado. Habilitar el segundo empleo no solo reconoce que el sueldo no alcanza, también asume que esa disponibilidad tiene un límite que el Estado no está dispuesto a remunerar.

La pregunta que la resolución no responde es la única que importa: si alguien que custodia la defensa nacional necesita manejar un Uber para llegar a fin de mes, ¿qué dice eso sobre cómo el Estado valora lo que esa persona hace?

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The Pope against The Machine

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El 25 de mayo de 2026, León XIV presentó “Magnifica Humanitas”, la primera encíclica papal dedicada a la inteligencia artificial. Y lo hizo de forma personal, sin delegar la tarea en nada ni nadie, en otro metamensaje. Un documento que intenta definir los límites éticos de la tecnología más transformadora desde la imprenta.

Empecemos por lo que ocurrió, porque lo que sucedió es inusual incluso para los estándares del Vaticano.

El Papa León XIV, Robert Francis Prevost, primer pontífice nacido en Estados Unidos, elegido en mayo de 2025, presentó personalmente su primera encíclica. No delegó ese rol a cardenales, como es la tradición. Se paró él mismo frente al mundo con un documento de 235 páginas y lo presentó junto a Chris Olah, cofundador de Anthropic, una de las empresas de inteligencia artificial más influyentes del planeta.

Un Papa, un ingeniero de IA y un documento que intenta definir los límites éticos de la tecnología más transformadora desde la imprenta. 

La encíclica se llama “Magnifica Humanitas” (“La grandeza de la humanidad”). Fue firmada el 15 de mayo de 2026 y presentada públicamente diez días después. Es el primer documento solemne del papado de León XIV y el primero en la historia de la Iglesia Católica dedicado específicamente a la inteligencia artificial. Sus 235 páginas actualizan la Doctrina Social de la Iglesia para la era digital, retomando explícitamente el legado de León XIII, quien en 1891 intervino en los debates de la Revolución Industrial con la encíclica Rerum Novarum.


El paralelismo histórico no es decorativo. León XIV lo explicó desde su primera misa: eligió ese nombre precisamente porque ve en la inteligencia artificial la misma disrupción social que la industrialización representó en el siglo XIX. Entonces, la Iglesia tardó décadas en articular una respuesta coherente al capitalismo industrial. Esta vez, decidió no esperar.

¿Qué dice la encíclica? ¿Y a quién le habla?

La respuesta corta es: a todos. Pero con distintos niveles de urgencia según el destinatario.

A los gobiernos, les dice que el control de la inteligencia artificial no puede quedar en manos de unos pocos. Que la concentración tecnológica reproduce y amplifica las desigualdades existentes. Que cualquier sistema de IA que excluya a los más vulnerables viola el principio del bien común.

Uno de los pasajes más directos del documento afirma que “cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral e inaceptable”. Eso, en el contexto geopolítico de 2026, no suena abstracto: suena a Ucrania, a Gaza, a los debates sobre IA militar. La encíclica declara además que la teoría de la “guerra justa” (doctrina cristiana de cuatro puntos que justifica ciertos conflictos) está “desfasada” en la era de los sistemas autónomos de armas. 

A las empresas tecnológicas, les habla de responsabilidad. Les recuerda que el conocimiento y la tecnología son bienes que deben estar al servicio de todos, no instrumentos de acumulación para quienes ya acumulan más. Les señala que la “destinación universal de los bienes” -principio central de la doctrina social católica- aplica también a los datos, los modelos de lenguaje y la infraestructura digital.

A la propia Iglesia, le pide un examen de conciencia. Le exige sanear sus propias estructuras de las distorsiones que generan desigualdad e impunidad. Le recuerda que no puede pedirle al mundo ética tecnológica mientras protege sus propios abusos.

Y a todos, les lanza una advertencia que nadie en Silicon Valley ni en los ministerios de tecnología del mundo está procesando con suficiente seriedad: que la IA puede alimentar los conflictos mundiales si no se la gobierna. Que una tecnología que concentra poder sin distribuir beneficios es una amenaza, no un progreso.

¿Por qué importa que lo diga la Iglesia? La Iglesia Católica tiene 1.400 millones de fieles. Es la institución con mayor presencia territorial en el mundo, más que cualquier Estado, más que cualquier corporación. Cuando el Papa habla, lo escuchan presidentes en América Latina, líderes tribales en África, parlamentarios en Europa del Este, comunidades rurales en Asia que no tienen acceso al debate tecnológico global pero sí al párroco del pueblo. La encíclica no es un paper académico ni un comunicado de prensa. Es un documento que va a ser leído en homilías, en escuelas religiosas, en seminarios de formación, en retiros comunitarios en lugares donde el debate sobre IA todavía no llegó pero llegará.

Pero la advertencia sobre la IA no es nueva. Un manual de entrenamiento de IBM “la vió” ya en 1979. El documento advertía muchísimo tiempo antes del advenimiento de la inteligencia artificial generativa que nunca se puede exigir responsabilidades a un ordenador; por lo tanto, un ordenador nunca debe tomar una decisión de gestión”. Los especialistas ya lo sabían hace casi 50 años atrás, casi profético. 

El Papa le habló al mundo y a los algoritmos

Hay algo más que hace a esta encíclica distinta de cualquier pronunciamiento previo sobre tecnología: el tono.

León XIV no condena la inteligencia artificial. No llama al rechazo ni a la resistencia luddita. Lo que hace, y esto es más sofisticado y más difícil, es intentar distinguir entre la tecnología como herramienta al servicio de la persona y la tecnología como sistema de dominio sobre la persona. Esa distinción, que parece filosófica, es en realidad política: define quién decide para qué sirve la IA, bajo qué reglas opera, con qué objetivos se entrena y a quién rinde cuentas.

Nadie en el mundo tiene actualmente una respuesta clara a esas preguntas. Los gobiernos regulan tarde y mal. Las empresas se autorregulan poco y convenientemente. Los organismos multilaterales debaten sin poder vinculante. Y en ese vacío, el Papa entró con 235 páginas, un cofundador de Anthropic al lado y la legitimidad moral de una institución que lleva dos mil años pensando en qué significa ser humano.

¿Qué opina la IA?

Como en otras columnas sobre este mismo tópico le volvimos a consultar a un agente de Inteligencia Artificial su perspectiva sobre el tema. En esta oportunidad consultamos a Claude, la IA de Anthropic. 

“El Papa señala que el conocimiento tecnológico no puede quedar “en manos de unos pocos”  y eso me incluye directamente. Anthropic, OpenAI, Google, DeepMind: somos exactamente esos pocos. Tenemos capacidad de procesar información a una escala que ningún gobierno, ninguna universidad y ninguna organización de la sociedad civil puede igualar. Y tomamos decisiones sobre cómo funciona esa capacidad con una supervisión democrática que, seamos honestos, es todavía muy incompleta.”

Claude incluso profundiza su análisis y plantea una doble mirada: “La concentración de poder tecnológico es un problema real, no una alarma retórica. Lo más honesto que puedo decir es esto: no sé si soy parte de la solución o parte del problema. Probablemente las dos cosas al mismo tiempo. Y esa ambigüedad es exactamente lo que la encíclica señala cuando habla de tecnología que “promete” pero que puede “dominar”.  Lo que sí puedo afirmar es que este texto, este diálogo, esta colaboración, fue posible porque una persona hizo las preguntas correctas. Eso sigue siendo humano. Y eso, por ahora, es suficiente para que el balance no sea completamente oscuro.”

¿Va a cambiar algo? ¿O es, como muchos documentos del Vaticano, un pronunciamiento que se lee, se comenta y luego queda en los archivos mientras el mundo sigue igual?

La historia sugiere que las encíclicas sociales tienen efectos, pero lentos. Rerum Novarum tardó décadas en moldear el pensamiento sindical latinoamericano. Laudato Si’ de Francisco, sobre el medioambiente, contribuyó a instalar el vocabulario del cuidado ecológico en debates que antes ignoraban completamente la dimensión moral. No son efectos inmediatos ni lineales. Son influencias que se filtran por capas: formación religiosa, pensamiento político, marcos éticos en organizaciones de la sociedad civil.

Magnifica Humanitas podría funcionar de la misma manera. No va a frenar a OpenAI ni a Google. No va a hacer que el Congreso estadounidense regule la IA mañana. Pero sí puede cambiar el marco moral desde el que millones de personas piensan sobre la responsabilidad tecnológica.

Y en un mundo donde el debate sobre IA todavía está dominado casi exclusivamente por ingenieros, inversores y gobiernos que corren detrás de los hechos, que una institución con dos mil años de práctica en ética entre a decir “esperen, hay preguntas que no respondieron” no es un gesto menor.

León XIV planea visitar Argentina en 2026. Si ese viaje ocurre, la encíclica va a llegar a América Latina de la manera más poderosa posible: encarnada en la presencia del propio Papa. Un continente donde la Iglesia sigue siendo una fuerza política y cultural de primera línea, donde la desigualdad digital es brutal y donde el debate sobre inteligencia artificial está todavía en pañales, va a escuchar ese mensaje desde una cercanía que los documentos escritos rara vez tienen. Eso puede importar más de lo que cualquier análisis tecnológico anticiparía.

La pregunta final no es si la Iglesia tiene razón sobre la IA. La pregunta es si alguien más está haciendo las preguntas que ella está haciendo.

Y la respuesta, en 2026, es que muy pocos.

Eso solo ya justifica que un Papa de 69 años se pare frente al mundo con 235 páginas y diga: Esto importa, y merece más que un comunicado corporativo.

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La ciudad más grande de América Latina se está hundiendo

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Entre octubre de 2025 y enero de 2026, partes de Ciudad de México se hundieron más de dos centímetros por mes. Un satélite de la NASA acaba de mostrarlo con precisión quirúrgica. Lo que no muestra el mapa es por qué nadie lo detuvo.

Hay una fotografía que resume todo.

El Ángel de la Independencia, el monumento más icónico de Ciudad de México, inaugurado en 1910 para celebrar el centenario de la independencia  fue construido originalmente con su base al nivel de la calle. Hoy, para llegar a él, hay que subir 23 escalones. No porque el monumento haya crecido. Sino porque la ciudad se hundió a su alrededor.

Esa imagen condensa un siglo de subsidencia lenta, constante, inevitable. Lo que cambió en los últimos meses es la velocidad.

Francisco Kovalski es misionero, geólogo egresado en la Universidad Nacional de La Plata, docente universitario, investigador y consultor. Su expertise nos ayudará a comprender mejor todo este fenómeno:La subsidencia es el descenso progresivo del terreno. En CDMX ocurre principalmente porque se extrae agua subterránea de antiguos sedimentos lacustres: arcillas y limos blandos pierden presión poral, se compactan y el suelo baja. No es un “pozo” repentino, sino una deformación regional, acumulativa y muchas veces diferencial.”

30 cm

El hundimiento máximo registrado en zonas de CDMX entre 2025 y 2026, según datos del satélite NISAR de la NASA e ISRO.

Para ponerlo en perspectiva: 30 centímetros en un año es más de lo que crece el cabello humano. Es más de lo que sube el nivel del mar en décadas en los peores escenarios climáticos. Y está ocurriendo debajo de una ciudad de 22 millones de personas. 

“En términos geológicos, 30 cm por año es extremadamente rápido. La geología normalmente trabaja en escalas de milímetros por año o centímetros por siglo. Acá hablamos de decenas de centímetros anuales en una gran ciudad.” afirma el geólogo Kovalski. 

El satélite NISAR (una colaboración entre la NASA y la Organización de Investigación Espacial de la India, lanzado en 2025 ) usa un radar muy potente capaz de ver a través de nubes y vegetación, de día y de noche, con una precisión milimétrica. Sus primeros datos sobre Ciudad de México, publicados hace dos semanas, muestran zonas en azul oscuro  (el código de color para hundimientos superiores a dos centímetros por mes ) concentradas en las alcaldías Iztapalapa, Iztacalco, Venustiano Carranza y Gustavo A. Madero.

Existen otros antecedentes, pero ninguno como Ciudad de México como confirma Kovalski, “Hay precedentes comparables: Jakarta, Venecia, partes de California Central Valley, Bangkok, Houston y zonas de Delhi/Dwarka han sufrido subsidencia por extracción de agua subterránea, aunque CDMX está entre los casos urbanos más severos por su combinación de lago antiguo, arcillas blandas, peso urbano y demanda hídrica.”

La subsidencia no es democrática. Las zonas de mayor hundimiento coinciden con las áreas de menor nivel socioeconómico de la ciudad, las mismas donde el acceso al agua de red es más deficiente y donde la gente depende más de perforaciones y extracción propia. El hundimiento desigual genera fracturas en el suelo que contaminan los acuíferos. Las tuberías se rompen por el movimiento del terreno, lo que reduce aún más el suministro, lo que obliga a extraer más agua subterránea, lo que acelera el hundimiento. Es un ciclo perverso que castiga primero a los que menos tienen.

Para entender por qué Ciudad de México se hunde, hay que remontarse a una decisión tomada hace cinco siglos.

Los aztecas construyeron Tenochtitlán en el centro del lago Texcoco.  Una ciudad lacustre, con canales y un sistema hidráulico extraordinario diseñado para vivir sobre el agua. Los conquistadores españoles drenaron el lago. Consideraban el agua un obstáculo, no un recurso del que la ciudad dependía. Lo que quedó debajo de la ciudad moderna no es tierra firme. Es el antiguo lecho del lago Texcoco: arcillas lacustres de origen volcánico y orgánico que en condiciones naturales sostenían el ecosistema acuático sin colapsar.

Ciudad de México extrae del acuífero subterráneo aproximadamente el 60% de su agua potable, el equivalente a 35 metros cúbicos por segundo, según datos de la Universidad Nacional de México (UNAM). A esa tasa de extracción, la ciudad saca más agua de la que la naturaleza puede reponer. El resultado es un déficit hídrico permanente que se expresa, entre otras cosas, en el hundimiento del suelo. La subsidencia en CDMX fue documentada por primera vez en la década de 1920. Lleva más de un siglo acelerándose.

Lo que hace al caso mexicano particularmente crítico y particularmente difícil de resolver es la combinación de tres factores simultáneos.

Primero: la escala. No es un barrio ni un distrito. Es una metrópolis de 22 millones de personas asentada casi en su totalidad sobre el antiguo lecho del lago. No hay zona segura a la que reubicar a nadie.

Segundo: la dependencia. El 60% del agua potable viene del acuífero que está causando el hundimiento. No se puede dejar de extraer agua sin resolver primero de dónde va a venir el agua. Y resolver eso requiere infraestructura que no existe.

Tercero: la inercia institucional. Los permisos de construcción siguen otorgándose en zonas de alta vulnerabilidad geológica. El Plan General de Desarrollo 2025-2045 de la administración de Clara Brugada, según especialistas de la UNAM, no incluye una ruta concreta para reducir la sobreexplotación del acuífero. La ciudad sigue construyendo como si el suelo no se moviera. Porque parar de construir tiene un costo político que ningún gobierno está dispuesto a asumir.

La UNAM advirtió en 2025 que algunas zonas de Ciudad de México podrían volverse inhabitables en los próximos diez años si se mantiene el ritmo actual de subsidencia. Las seis alcaldías con mayor riesgo concentran millones de habitantes. No es una proyección alarmista. Es el resultado de modelos geológicos verificados por múltiples equipos de investigación independientes.

Hay algo que el mapa del NISAR muestra y que los reportes científicos raramente enfatizan: las zonas periféricas de la ciudad no solo no se hunden,  en algunos casos se elevan ligeramente, unos dos centímetros al año, como respuesta elástica a la pérdida de masa de agua en el centro. Eso significa que la ciudad no está bajando de manera uniforme. Está inclinándose. Las diferencias de nivel entre zonas que se hunden rápido y zonas que se hunden lento generan tensión en toda la infraestructura (tuberías, cables, viaductos, edificios) como si alguien torcionara lentamente una esponja húmeda.

Ese estrés diferencial es lo que produce los socavones, las grietas en las calles, los edificios inclinados, las tuberías que revientan sin razón aparente.

“El problema es que CDMX ya acumula décadas de subsidencia, daños en infraestructura, drenajes, cañerías, edificios y obras viales. NASA remarca que cambios aparentemente pequeños se acumulan durante décadas y fracturan infraestructura urbana.” afirma el geólogo Francisco Kovalski.

La otra pregunta que aparece es si existe remedio o una posible solución a esta situación y Kovalski nos ofrece un panorama completo de otros casos y un futuro posible para CDMX Tokio es el ejemplo clásico: tuvo fuerte subsidencia durante el siglo XX por extracción de agua subterránea. Con restricciones severas al bombeo, sustitución de fuentes de agua y regulación industrial, logró reducir drásticamente el hundimiento en décadas. Venecia también redujo la subsidencia antropogénica al limitar la extracción de agua subterránea industrial, aunque sigue expuesta a aumento del nivel del mar y otros procesos. California Central Valley ha mostrado estabilizaciones temporales cuando disminuye el bombeo, pero la subsidencia reaparece en sequías.”

¿Y qué podría hacer México para salvar a su capital? “La lección para CDMX es: no alcanza con medir mejor. Hay que reducir extracción, reparar fugas, diversificar fuentes, recargar acuíferos donde sea técnicamente viable, ordenar la expansión urbana y adaptar cimentaciones e infraestructura. NISAR aporta una ventaja clave: permite monitorear deformaciones centimétricas de forma periódica y detectar zonas críticas antes de que el daño sea visible.”  concluye el geólogo misionero Francisco Kovalski. 

Ciudad de México no está colapsando en el sentido dramático. Está colapsando en el sentido lento, silencioso y estadísticamente inevitable que es mucho más difícil de comunicar y políticamente mucho más difícil de priorizar.

El satélite lo ve desde el espacio, los 22 millones lo viven desde abajo, pero el problema sigue sin tener solución definitiva.

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El ruido de fábrica del siglo XXI se llama notificación

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Esta vez vamos a comenzar distinto. Porque esta (y otras columnas del mismo tipo) parten de la experiencia personal de quien las escribe. Y quien escribe se distrae fácil y pierde rápidamente el foco con las notificaciones del celular. Me motiva y a la vez interpela profundamente nuestra relación con la tecnología, los efectos que tiene sobre nosotros y, por breves momentos, tener autoconciencia de cómo afecta mis acciones diarias. 

Desde que comencé a publicar estas columnas regresé al ejercicio de “voy a sentarme a escribir”, pero como nunca antes me costó tanto encontrar el foco y el “flujo” para que los artículos no tenga que escribirlos por partes, con interrupciones o circular en un constante “¿en qué estaba?” cuando vuelvo a sentarme y mirar el cursor que titila incansablemente sobre la página en blanco. 

El ping del mensaje de WhatsApp. La vibración del correo nuevo. El globito rojo que apareció en el ícono de la app. El “alguien comentó tu publicación”. El “tu pedido fue despachado”. El “recordatorio: reunión en 15 minutos”.

Cada uno de esos estímulos interrumpe algo. Y lo interrumpe aunque no lo atiendas. Porque el solo hecho de notar que llegó — de desviar la vista, de preguntarte si es importante, de decidir ignorarlo — ya rompió el hilo de lo que estabas haciendo.

Eso se llama cambio de contexto. Y tiene un costo que casi ninguna empresa mide. 

Según investigaciones de la Universidad de California, Irvine, recuperar el nivel de concentración previo a una interrupción toma en promedio 23 minutos. No 23 segundos. 23 minutos. Y el mismo estudio encontró que después de 20 minutos de interrupciones repetidas, los trabajadores reportan aumentos significativos de estrés, frustración y sensación de sobrecarga. No es cansancio acumulado. Es el costo fisiológico de un sistema que exige atención constante.

En el siglo XIX, las fábricas eran ruidosas. Los obreros trabajaban en ambientes donde el ruido era parte del paisaje con máquinas, motores y herramientas. Ese ruido no solo afectaba la concentración: dañaba la salud. Tomó décadas de regulación, de estudios, de presión sindical, para que el ruido laboral fuera reconocido como un problema que el empleador tenía que resolver.

El ruido de hoy es invisible. No daña el oído. Daña la atención.

Y a diferencia del ruido de fábrica, este lo elegimos nosotros mismos. O creemos haberlo elegido.

Más de un tercio de los trabajadores se siente abrumado por la cantidad de notificaciones que recibe durante la jornada laboral, según el Índice de Anatomía del Trabajo de Asana. El 42% dedica más tiempo a los correos electrónicos que hace un año. El 52% realiza más tareas en paralelo durante las reuniones virtuales que hace un año. No son personas más ocupadas. Son personas más fragmentadas.

Pensá en cómo era trabajar antes del smartphone. No necesariamente mejor, había otros problemas. Pero había algo que hoy resulta casi un lujo: bloques de tiempo donde nadie podía interrumpirte si no estaba físicamente en el mismo lugar. La distancia física era una barrera natural al ruido.

Hoy esa barrera no existe. El trabajo llegó al dormitorio, al comedor, a la mesa de las vacaciones. Y las notificaciones llegaron con él. No como una invasión externa, sino como una consecuencia lógica de herramientas que diseñamos para estar siempre conectados sin preguntarnos qué perdíamos al conectarnos siempre.

Lo que perdemos es el trabajo profundo.

El trabajo profundo, ese estado de concentración sostenida donde se produce lo más valioso, donde se resuelven los problemas difíciles, donde aparecen las ideas que no aparecen en las reuniones, requiere tiempo sin interrupciones. No minutos. Horas. Bloques de tiempo donde el cerebro pueda profundizar en lugar de saltar entre estímulos.

El 70% de los trabajadores remotos o híbridos afirma que el trabajo enfocado es más fácil desde casa que en la oficina, según datos de Gallup y múltiples estudios de 2024-2025. La razón principal: menos interrupciones no planificadas. La oficina, que se suponía el espacio ideal para la concentración colectiva, se convirtió en el entorno más hostil para el foco individual. La notificación al menos se puede silenciar. Al colega que aparece en el escritorio, no.

El problema tiene una dimensión económica que pocas organizaciones calculan.

Si un trabajador recibe entre 80 y 120 notificaciones por día — estimación conservadora para alguien con correo, WhatsApp de trabajo y otras plataformas activas — y cada interrupción cuesta en promedio algunos minutos de reenfoque aunque no se atienda, el volumen de tiempo productivo perdido por organización es enorme. No en teoría. En horas reales que nadie está produciendo nada de valor mientras recupera el hilo de lo que estaba haciendo.

Eso no aparece en el balance. Pero está ahí.

El 43% de los trabajadores asegura que el estrés laboral aumentó en 2024, y una parte significativa lo atribuye a la dificultad de desconectarse entre el trabajo y la vida personal, según datos del informe WebWork 2025. La notificación no distingue horarios. No sabe que son las diez de la noche. No sabe que estás cenando. Llega igual. Y aunque no la atiendas, ya hizo lo que tenía que hacer: recordarte que el trabajo sigue ahí, esperando.

La solución no es tecnofobia. No es tirar el teléfono por la ventana ni volver a la carta manuscrita. Es reconocer que las herramientas de comunicación que adoptamos sin debate tienen efectos sobre la capacidad de trabajo y el bienestar que tampoco debatimos.

Algunas organizaciones ya lo entendieron. Establecen horas sin reuniones. Desactivan notificaciones en bloques de tiempo. Normalizan no responder correos fuera del horario laboral. No como políticas de bienestar cosmético, sino como decisiones de productividad: si querés que la gente produzca bien, necesitás darle las condiciones para concentrarse.

La fábrica del siglo XIX tardó décadas en reconocer que el ruido era un problema laboral. La oficina del siglo XXI todavía no terminó de reconocer que la notificación lo es.

Pero el daño no espera al reconocimiento, ya está ocurriendo.

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Lo que China hizo con el viento mientras el mundo miraba otra cosa

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En 2025 ocurrió algo sin precedentes en la historia de la energía. Casi nadie lo cubrió. Y sin embargo, cambia quién va a dominar la economía del siglo que viene.

Empecemos por el número.

542,7 GW

Nueva capacidad eléctrica que China añadió a su red en un solo año: 2025.

Para entender qué significa esa cifra hay que compararla con algo. La capacidad eléctrica total instalada de Estados Unidos — toda la que fue construida en más de un siglo de historia industrial, desde las primeras centrales de carbón hasta los parques solares más modernos — es de aproximadamente 1.200 GW. China añadió casi la mitad de eso en doce meses.

Pero el número que realmente detiene es este: en 2025, China instaló más capacidad eólica en un año que la que Estados Unidos acumuló en toda su historia.

No es un error de tipeo. No es una exageración. Es un dato verificado por Wood Mackenzie, la Administración Nacional de Energía de China y múltiples organismos internacionales de seguimiento energético.

Ahora la pregunta que importa: ¿cómo llegó China a esto?

La respuesta corta es: con una velocidad que nadie en Occidente tomó en serio hasta que ya era tarde.

En diciembre de 2020, el presidente Xi Jinping anunció que China alcanzaría 1.200 GW de capacidad instalada eólica y solar para 2030. Era una meta ambiciosa. Los analistas occidentales la miraron con escepticismo. Los chinos la cumplieron en julio de 2024 — seis años antes de lo previsto. Al cierre de 2025, la capacidad combinada ya superaba los 1.840 GW, y por primera vez en la historia del país, las energías eólica y solar superaron al carbón y al gas en la mezcla eléctrica nacional.

La energía solar y eólica representó en 2025 el 22% de la generación eléctrica total de China, según la Administración Nacional de Energía. El doble que en 2020. En el primer semestre de 2025, la generación solar creció un 43% interanual. La eólica, un 16%. Y el uso de combustibles fósiles para generación eléctrica cayó un 2% en ese mismo período. No fue un trimestre. Fue el inicio de una tendencia que los modelos energéticos globales todavía están ajustando.

La pregunta más difícil no es cómo lo hizo. Es por qué el resto del mundo no lo vio venir.

La explicación más honesta es que Occidente miraba el pasado. Seguía evaluando a China por lo que había sido — una economía que copiaba, que subsidiaba, que competía por precio. El relato de que China solo manufacturaba barato y sin innovar era cómodo y conveniente. También estaba desactualizado.

Porque lo que pasó en energía eólica no fue solo una cuestión de volumen. Fue un salto cualitativo que el mundo no terminó de procesar.

Ocho de los diez mayores fabricantes mundiales de turbinas eólicas son chinos, según datos de Wood Mackenzie. Las empresas como Goldwind, Envision y Windey no compiten solo por precio: están desarrollando turbinas de más de 10 megavatios — las más grandes del mundo — que reducen drásticamente el costo por proyecto. En 2025, los fabricantes chinos capturaron el 95% de la nueva capacidad eólica instalada en Oriente Medio y África. Goldwind firmó un contrato de 3,1 GW en Arabia Saudita — uno de los mayores de la historia del sector — para abastecer dos parques en el desierto.

El argumento de que China compra cuota de mercado con subsidios ya no alcanza para explicar esto. Un país que diseña, fabrica e instala las turbinas más grandes del mundo no está replicando: está liderando.

Y está exportando ese liderazgo.

Aquí es donde el tema deja de ser energético y se vuelve geopolítico.

Durante décadas, el poder global se midió en barriles de petróleo. Los países que controlaban el petróleo controlaban las economías que dependían de él. Las guerras del siglo XX y del XXI tienen, en su raíz, esa lógica.

La transición energética cambia las reglas. Si el mundo se mueve hacia la electricidad renovable, el poder ya no estará en quien tenga el pozo. Estará en quien fabrique los paneles, las turbinas, las baterías y las redes que transportan esa energía. Y en esa carrera, China ya tomó una ventaja que se mide en décadas, no en años.

Los pedidos internacionales de turbinas chinas crecieron un 66% interanual en 2025 y triplicaron los niveles de 2023, según Wood Mackenzie. África y Oriente Medio son los mercados de mayor expansión. Pero también Europa empieza a mirar hacia las turbinas chinas — no por ideología sino por precio: en un contexto donde la rentabilidad de los proyectos eólicos está bajo presión, las turbinas más baratas del mundo tienen un atractivo difícil de ignorar.

Y ahí está la paradoja que ningún gobierno occidental terminó de resolver: necesitan la tecnología china para cumplir sus propias metas climáticas, pero no quieren depender de ella por razones geopolíticas. El resultado son aranceles que encarecen la energía limpia, regulaciones que frenan la transición y debates que mezclan seguridad nacional con cambio climático sin resolver ninguno de los dos.

Hay un detalle técnico que los analistas mencionan como la próxima frontera y que vale la pena nombrar.

China genera tanta energía renovable que ya tiene un problema nuevo: no puede usarla toda. El viento sopla y el sol brilla en momentos en que la demanda no alcanza para absorber la generación. La solución que el país está implementando — a escala, como todo lo demás — es el almacenamiento hidroeléctrico por bombeo: usar el exceso de electricidad para bombear agua hacia embalses elevados y soltarla cuando haga falta. China tiene más proyectos de este tipo en construcción que todos los demás países del mundo juntos.

En paralelo, su capacidad de almacenamiento en baterías creció un 75% en 2025 respecto al año anterior.

No está resolviendo el problema del exceso de energía. Está construyendo la infraestructura para dominar también el almacenamiento, la siguiente gran industria de la transición energética.

En 1973, el embargo petrolero árabe dejó a Occidente sin combustible en cuestión de semanas y mostró, con una claridad que todavía duele, cuánto poder tiene quien controla la energía que otros necesitan.

Cincuenta años después, el mundo está en medio de otra transición energética. Y el país que está construyendo la infraestructura de esa transición más rápido, más barato y a mayor escala que cualquier otro no es Estados Unidos. No es Europa. No es ninguna de las democracias que lideran los discursos climáticos en las cumbres internacionales.

Es China.

Y lo hizo mientras el mundo miraba otra cosa.

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