Martín Paez

Periodista

La delegación invisible: todo lo que ya dejamos de pensar

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Nadie nos robó la capacidad de pensar. Se la prestamos a una app y nunca fuimos a buscarla.

La delegación silenciosa empezó con pequeñas comodidades. Primero dejamos de memorizar teléfonos. Después dejamos de orientarnos. Después dejamos que nos sugieran qué ver, qué comprar, qué leer. Y en algún punto, sin que nadie lo anunciara, dejamos de cuestionar si eso era un problema.

Hoy el fenómeno tiene escala industrial. Y tiene números.

Argentina está entre los cinco países con más tiempo de pantalla del mundo. Según datos de Electronics Hub, los argentinos destinan el 53,8% de sus horas de vigilia a dispositivos digitales. En términos concretos: cerca de 9 horas diarias entre celular, computadora y televisión. El promedio global es de 6 horas 45 minutos. Estamos muy por encima.

Esas horas no son tiempo neutro. Son horas en las que un sistema decide por nosotros. TikTok, Netflix, Instagram, Spotify: ninguna de estas plataformas espera que el usuario elija. Anticipan. Recomiendan. Empujan. Y lo hacen con una eficiencia que ningún ser humano podría igualar, porque su única métrica es el tiempo que lograron retenerte.

Más del 80% del contenido que consume un usuario promedio en plataformas de streaming y redes sociales está mediado por algoritmos de recomendación. En plataformas de video, ese porcentaje es incluso mayor. No elegimos tanto como creemos: navegamos dentro de un carril que alguien más trazó.

Pensá en la última vez que llegaste a un destino sin GPS. Probablemente recordás cada giro. Ahora pensá en los últimos diez viajes con navegación: son un borrón. La memoria se construye con esfuerzo. El esfuerzo que evitamos, también lo evitamos recordar. Lo mismo pasa con el contenido: lo que nos recomiendan se consume, se olvida y se reemplaza. Lo que elegimos con deliberación, queda.

Pero hay algo más profundo que la memoria en juego. Es el criterio.

Decidir no es solo llegar a un resultado. Es construir una forma de pensar. Cada vez que evaluamos opciones, comparamos, dudamos y elegimos, estamos ejercitando algo que no se puede delegar sin consecuencias. El cerebro, como cualquier sistema que busca eficiencia, acepta con gusto que otro haga ese trabajo. No es pereza: es diseño evolutivo. Y las plataformas tecnológicas actuales están construidas exactamente sobre esa tendencia. Cada función que “simplifica” elimina un paso que antes nos obligaba a decidir.

Para 2027, el 79% de la inversión publicitaria global estará basada en decisiones algorítmicas, según proyecciones del grupo Dentsu. No es solo que los algoritmos decidan lo que consumimos: están redefiniendo lo que producimos, lo que financiamos y, en consecuencia, lo que existe.

El problema no es la tecnología. Es lo que ocurre cuando dejamos de notar su influencia.

Las plataformas aprendieron rápido que la duda incomoda. Que el usuario que duda se va. Entonces eliminaron la duda. Le pusieron autoplay al video. Le pusieron scroll infinito al feed. Le pusieron recomendaciones antes de que termines lo que estabas leyendo. Cada fricción eliminada es un momento de deliberación que desapareció.

El informe “2026 Global Consumer Predictions” de Mintel advierte que una parte creciente de los consumidores está comenzando a reconocer esta dependencia y a buscar activamente experiencias “emancipadas de los algoritmos”. El consumidor, dice el informe, está fatigado de que los algoritmos gobiernen su relación con el mundo digital. Pero reconocer el problema no es lo mismo que resolverlo.

En Argentina, el contexto agrega una capa más. Somos uno de los países con mayor tiempo de pantalla del mundo, pero no somos el que tiene más velocidad de conexión ni el que produce más contenido propio. Consumimos masivamente lo que otros diseñan para nosotros. Y lo hacemos con una intensidad que supera a economías mucho más grandes.

Esto tiene consecuencias que van más allá de lo individual.

Una sociedad que delega progresivamente sus decisiones cotidianas a sistemas automatizados no solo pierde autonomía individual. Pierde también la capacidad colectiva de formarse criterio. El debate público, la deliberación democrática, la posibilidad de cambiar de opinión a partir de información nueva: todo eso requiere ciudadanos que todavía piensan por cuenta propia. No que navegan dentro del carril que un algoritmo les trazó esa mañana.

Según KPMG, el 74% de los comercios planea escalar el uso de inteligencia artificial en sus operaciones durante 2026. La tendencia no es reversible. La pregunta no es si los algoritmos van a seguir tomando decisiones por nosotros. La pregunta es si vamos a notar cuándo lo hacen.

No se trata de rechazar la tecnología. Sería absurdo y, además, ya es tarde. El GPS evita errores. Los algoritmos ahorran tiempo. Las recomendaciones simplifican. Pero simplificar tiene un precio que rara vez se pone en la factura: el espacio para decidir. La posibilidad de equivocarse. El derecho a dudar.

La delegación no ocurre de golpe.

Es un proceso silencioso.

Y cuando uno lo nota, ya lleva años cediendo terreno.

El problema no es que la tecnología piense por nosotros. El problema es que nosotros empezamos a dejar de hacerlo. Y lo hicimos sin que nadie nos lo pidiera, sin firmar nada, sin que nadie nos dijera que ese era el trato.

Ese es el negocio. Y está funcionando muy bien.


Esta columna forma parte de una serie sobre cómo la tecnología redefine las decisiones cotidianas en un mundo hiperconectado

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El fin del silencio: por qué ya no podemos estar solos con nuestros pensamientos

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Alguien espera. En una fila, en un consultorio, en un semáforo. Son apenas segundos. Tal vez un minuto. Y casi sin darse cuenta, hace un gesto automático: saca el teléfono.

No porque tenga algo urgente. No porque alguien le haya escrito. Simplemente porque ese pequeño vacío —ese instante sin estímulo— se volvió incómodo.

O algo más que incómodo: intolerable.

Durante mucho tiempo, el silencio fue parte de la vida. No como algo buscado, sino como algo inevitable. Había momentos muertos. Tiempos sin contenido. Espacios donde no pasaba nada.

Y en esos espacios, pasaban cosas. Aparecían ideas. Recuerdos. Preguntas.

Hoy, el usuario promedio pasa más de 6 horas y media por día frente a pantallas, y revisa su teléfono más de 140 veces diarias.

Esperar ya no es esperar, es scrollear. Viajar ya no es viajar, es consumir contenido.
Estar solo ya no es estar solo, es estar conectado.

El silencio dejó de ser un estado natural para convertirse en algo que evitamos activamente. No se trata solo de usar el celular. Se trata de lo que dejamos de hacer cuando lo usamos. Dejamos de aburrirnos. Y el aburrimiento, aunque suene extraño, tenía una función.

El psicólogo Timothy D. Wilson, que estudió justamente cómo reaccionamos al silencio, lo resumió así: “La gente prefiere hacer casi cualquier cosa antes que quedarse sola con sus pensamientos.”

En su experimento, muchos participantes eligieron aplicarse pequeñas descargas eléctricas antes que soportar unos minutos de introspección.

No era dolor físico lo que evitaban. Era el silencio.

Dejamos también de pensar sin dirección, sin objetivo, sin respuesta inmediata.

La socióloga Sherry Turkle, que lleva años estudiando la relación entre tecnología y vínculos, advierte “estamos perdiendo la capacidad de estar solos, y con ella, la capacidad de estar realmente con otros.”

Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos señala que las personas con mayor exposición a pantallas tienden a reportar niveles más bajos de bienestar subjetivo y mayores indicadores de ansiedad y soledad.

En ese contexto, no sorprende que cada vez más personas busquen en la tecnología algo más que información.

El psicólogo social Nicholas Epley lo plantea de forma directa al afirmar “nuestra mente está diseñada para encontrar significado en la interacción humana. Cuando reemplazamos eso, algo se pierde.”

Hablar con una inteligencia artificial, escribir lo que nos pasa y recibir una devolución inmediata, puede ser útil. Incluso sentirse como un alivio.

Pero también es otra forma de evitar el silencio. Otra forma de no quedarse a solas con lo que aparece cuando no hay nada más.

No se trata de idealizar el pasado ni de demonizar la tecnología. Pero sí de entender el cambio. Estamos reemplazando algo que siempre estuvo ahí -el silencio- por algo que nunca se apaga.

Y en ese reemplazo, algo se pierde.

Tal vez la capacidad de procesar. Tal vez la capacidad de esperar. Tal vez, simplemente, la capacidad de escucharnos.

Tal vez el problema no es que estemos siempre conectados.

Tal vez es que ya no sabemos qué hacer cuando no lo estamos.


Esta columna forma parte de una serie sobre cómo cambian nuestras vidas en un mundo cada vez más mediado por la tecnología. En la siguiente entrega nos enfocaremos en la delegación permanente y en todas las cosas en las que ya dejamos de pensar.

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La Luna vuelve al centro de la geopolítica

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Esta vuelta al espacio no es solo un paso técnico dentro del programa lunar de NASA. Es una señal política. Una pieza más en un tablero global donde el espacio vuelve a ser territorio de disputa.

Y esta vez, el rival no es la Unión Soviética. Es China.

La primera carrera espacial, protagonizada por Estados Unidos y la Unión Soviética, fue una competencia por prestigio ideológico. El punto más alto fue el Apollo 11 Moon Landing. No se trataba solo de llegar a la Luna. Se trataba de demostrar superioridad tecnológica, política y cultural por encima de la URSS. 

Hoy, el contexto es distinto. Pero no tanto.

La nueva carrera espacial mantiene una lógica similar: demostrar liderazgo global, validar capacidad tecnológica y, por supuesto, proyectar poder. 

La diferencia es que ahora los objetivos son más concretos, más económicos y más permanentes.

Artemis II: mucho más que una misión

Artemis II es la primera misión tripulada del programa Artemis. Su objetivo es orbitar la Luna y probar sistemas clave para futuros alunizajes.

Pero su verdadero significado va más allá de lo técnico.

Estados Unidos está buscando recuperar liderazgo en exploración espacial tripulada, establecer una presencia sostenida en la Luna y fijar reglas del juego antes que otros. En otras palabras es “marcar territorio” fuera del planeta Tierra. 

El administrador de la NASA, Bill Nelson, lo planteó de forma directa “Artemis representa el regreso de Estados Unidos al liderazgo en la exploración del espacio profundo”.

El programa Artemis incluye algo que no existía en los años 60: una visión de permanencia, no se trata de “ir y volver”.

Se trata de quedarse.

China: el competidor que cambia todo

El avance de Administración Nacional del Espacio de China en los últimos 20 años transformó completamente el escenario. El gigante asiático avanza a pasos agigantados en números frentes, no solo los más tangibles como comercio y tecnología. 

En este poco tiempo (en materia espacial 20 años son un abrir y cerrar de ojos= China ya logró: misiones robóticas exitosas en la Luna, el alunizaje en la cara oculta (un hito) y una estación espacial propia en órbita. 

Y ahora están en desarrollo sus planes más ambiciosos que son llevar astronautas a la luna antes de 2030 y comenzar la construcción de una base lunar conjunta con Rusia para 2032. 

A diferencia de la Unión Soviética, China no corre desde atrás. Compite con un plan de largo plazo, financiamiento sostenido y una integración directa entre Estado, industria y estrategia geopolítica.

En la Luna podría haber importantes recursos naturales: helio-3 (potencial fuente de energía futura) y agua congelada (clave para combustible y vida). 

También estar presentes en este satélite natural implica una posición geopolítica de privilegio. Se generan ventajas en la capacidad de monitoreo y comunicaciones. Y, al mismo tiempo, una plataforma privilegiada para misiones más lejanas como Marte. 

Quien llegue primero y se establezca, define reglas. El ex administrador de la NASA Jim Bridenstine marcó una de las grandes diferencias: “Esta vez no vamos a la Luna solo para dejar una bandera y volver. Vamos a construir una presencia sostenible”.

Estados Unidos impulsa los Acuerdos Artemis, un marco internacional para regular la actividad en la Luna. China, por su parte, promueve su propio esquema de cooperación.

¿Una nueva Guerra Fría?

La comparación es inevitable, pero incompleta.

No estamos ante una repetición exacta de la Guerra Fría. Sin embargo, hay elementos que se parecen como competencia tecnológica, disputa por liderazgo global y construcción de bloques de aliados. 

Aunque hay paralelismos, esta nueva competencia tiene diferencias profundas. 

La primera tiene que ver con la multipolaridad. Antes existían dos superpotencias enfrentadas, en la actualidad más allá de que EEUU y China representan diferentes posturas existen otros actores fundamentales como Europa, India y el actor más novedoso: el sector privado. 

Empresas como SpaceX tienen un rol central, algo impensado en los años 60. El CEO de SpaceX, Elon Musk, lo plantea desde otra lógica: “El objetivo es hacer de la humanidad una especie multiplanetaria”.

La diferencia es que hoy la interdependencia económica global convive con la rivalidad estratégica.

Una disputa silenciosa, pero decisiva

La Luna no es el destino final, es una plataforma.

A diferencia de la Guerra Fría, esta carrera no se vive con la misma épica pública. No hay discursos diarios ni tensión nuclear directa. Pero el impacto puede ser igual de profundo.

Porque lo que está en juego no es solo quién llega primero, es quién define cómo será la expansión de la humanidad fuera de la Tierra.

Lo que está claro es que la Luna volvió al centro de la escena. Escenario de contemplación, poemas y canciones, salió de la caja de los recuerdos y se convirtió en frontera. 

Y como toda frontera en la historia, no será solo explorada.

Será disputada.

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Cuando la guerra entra al bolsillo

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Durante días -o semanas- miramos la guerra en Medio Oriente desde lo bélico: misiles, mapas, ofensivas, contraataques. Una lógica casi automática. Pero mientras la atención seguía puesta en lo militar, el conflicto empezó a correrse de eje.

No dejó de ser una guerra armada. Pero pasó a jugarse, cada vez más, en otro terreno: el económico. Un terreno en el que Irán encontró rápidamente herramientas para mostrar su poderío estratégico. 

Y ahí el impacto es mucho más amplio.

El punto de quiebre fue el estrecho de Ormuz. Por esa vía circula cerca del 20% del petróleo mundial. No hace falta que se cierre completamente: alcanza con que se vuelva inestable y peligroso para que el sistema global entre en tensión. Eso fue exactamente lo que pasó. En los últimos días una imagen sintetizó la actualidad de la guerra: un petrolero tailandés atacado mientras intentaba atravesar el estrecho. La economía mundial también recibe el impacto de los misiles reales.  

Surgen varias preguntas que aún no tienen respuesta: ¿Estados Unidos e Israel evaluaron este riesgo antes de aprobar el ataque? ¿Pensaron que Irán sería igual a Venezuela con un ataque e intervención rápida? 

En cuestión de semanas, el precio del crudo saltó entre 40% y 50%, mientras que el gas natural registró subas de hasta 60% en mercados internacionales. El combustible para aviación superó los USD 200 por barril equivalente, un nivel que no se veía desde crisis energéticas históricas.

Esos números, más que cualquier declaración política, explican el cambio de escenario.

Porque cuando la energía sube en esa magnitud, el conflicto deja de ser regional. Se vuelve global por definición.

Europa es uno de los primeros lugares donde ese impacto se hace visible. El aumento del gas importado ya está trasladándose a tarifas y costos industriales, en algunos casos con subas superiores al 30% interanual. Gobiernos como el de España volvieron a desplegar paquetes de ayuda por miles de millones de euros para amortiguar el golpe, en un contexto fiscal mucho más limitado que en crisis anteriores.

Asia, en cambio, enfrenta un problema más estructural. Países como Japón, Corea del Sur o India dependen en más de un 70% de importaciones energéticas, gran parte provenientes del Golfo. El encarecimiento del crudo y el gas no sólo impacta en precios: reduce márgenes industriales y compromete el crecimiento. Algunos análisis ya recortan proyecciones de expansión en la región en hasta 1 punto porcentual para este año. En países como Filipinas hay estaciones de servicio cerradas y se han viralizado imágenes de miles de personas yendo a sus trabajos caminando por rutas y autopistas. En Vietnam y Tailandia los ascensores se han apagado y se utilizan solo en casos de emergencia. Incluso Japón analiza reducir la velocidad máxima en sus autopistas buscando desalentar el uso de automóviles. 

Estados Unidos y las economías occidentales entran en otro tipo de tensión. La OCDE estima que este shock podría empujar la inflación global nuevamente hacia la zona del 4%, cuando el mundo todavía no terminó de digerir la ola inflacionaria post pandemia. El problema es conocido: si suben las tasas para contener precios, se enfría la economía; si no lo hacen, el riesgo es que la inflación se vuelva persistente.

América Latina aparece, como suele pasar, en una zona intermedia. El aumento de los combustibles —en algunos casos por encima del 20% en pocas semanas— se traduce rápidamente en inflación. En Argentina, por ejemplo, el impacto se filtra en transporte, logística y alimentos, amplificando tensiones que ya existían. Este fin de semana la nafta súper alcanzó los $2250 por litro en algunas regiones del país, Misiones entre ellas. 

Al mismo tiempo, algunos países exportadores de energía encuentran una mejora en sus ingresos externos. Pero incluso ahí el efecto no es lineal: mayores precios conviven con mayor volatilidad y menor previsibilidad.

El problema no se limita a la energía. La guerra también está reconfigurando la logística global. El costo de los fletes marítimos en rutas vinculadas al Golfo subió entre 25% y 40%, mientras que los seguros por riesgo de guerra se multiplicaron e incluso hay aseguradoras que no validan nuevas pólizas para embarcaciones en esas zonas. A eso se suman desvíos de rutas aéreas y demoras que impactan en cadenas de suministro sensibles.

Y ahí aparece otro dato clave: no sólo se encarece el petróleo. También lo hacen los fertilizantes, los alimentos y determinados insumos industriales. Es un efecto en cascada.

Por eso, medir esta guerra únicamente en términos militares hace que el análisis quede corto. Hoy se mide en inflación, en costo energético, en puntos de crecimiento perdidos. Se mide en cuánto paga cada país por sostener su funcionamiento básico.

Y en ese terreno, la distancia geográfica deja de importar.

Porque esta es una guerra que ya se está pagando. En la nafta, en la luz, en el supermercado.

Escenarios a futuro: tres caminos posibles

Escenario de estabilización (poco probable en el corto plazo)

  • Reapertura de rutas energéticas
  • Baja gradual de precios
  • Recuperación económica

    Escenario de guerra prolongada (el más probable hoy)
  • Energía cara durante años
  • Inflación estructural
  • Crecimiento débil global

La propia dinámica actual sugiere que los efectos pueden durar “varios años” en el mercado energético. 

Escenario de escalada total (alto riesgo sistémico)

  • Bloqueo prolongado del comercio energético
  • Recesión global o estanflación
  • Fragmentación económica mundial

Algunos analistas ya describen esta crisis como el mayor shock energético de la historia moderna.

Incluso si el conflicto se detuviera hoy mismo, el mercado tardaría entre 6 y 9 meses en recuperarse. Pero hoy ese no parece ser el escenario central.

Lo más probable es una prolongación del conflicto con precios energéticos altos durante meses —o incluso años— y un impacto sostenido sobre la economía global. Algunos informes ya hablan de un shock que podría recortar entre 0,5 y 1 punto del crecimiento mundial si se mantiene en el tiempo.

El riesgo mayor, aunque todavía no es el escenario base, es una escalada más profunda. Ahí ya no estaríamos hablando sólo de inflación o desaceleración, sino de estanflación global: bajo crecimiento con alta inflación, una combinación especialmente difícil de manejar.

En paralelo, empieza a insinuarse algo más estructural. Un mundo donde la seguridad energética pesa más que la eficiencia económica. Donde las cadenas de suministro se acortan, se regionalizan o se encarecen. Donde la geopolítica vuelve a meterse de lleno en las decisiones económicas.

En definitiva, un mundo menos integrado.

La guerra en Medio Oriente no sólo está redefiniendo un equilibrio regional. Está mostrando que, en el escenario actual, el poder ya no se expresa únicamente en términos militares.

Se expresa en la capacidad de alterar precios, de interrumpir flujos, de tensionar economías enteras.

Y en ese tipo de guerra, los efectos no se ven en un mapa.

Se ven —todos los días— en los números y en el bolsillo. 

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Los caminantes de Japón: cuando la memoria se pierde en las calles

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En Japón hay una escena que se repite en silencio.

Una persona mayor sale de su casa. Camina. Dobla una esquina. Sigue avanzando. Y en algún momento, deja de saber cómo volver.

No es un caso aislado. Es un fenómeno.

En los últimos años, las autoridades japonesas registraron decenas de miles de desapariciones anuales de personas mayores, muchas de ellas vinculadas a cuadros de deterioro cognitivo. Solo en 2025, más de 20.000 personas fueron reportadas tras salir de sus hogares sin rumbo. Algunas fueron encontradas. Otras fueron halladas muertas. Miles siguen desaparecidas.

En Japón, a estas personas se las empieza a nombrar de una forma inquietante: los caminantes.

Japón es hoy la sociedad más envejecida del planeta. Más del 29% de su población tiene más de 65 años, una proporción sin precedentes a escala global. Al mismo tiempo, la tasa de natalidad es una de las más bajas del mundo.

El resultado es un país que, lentamente, se está vaciando de jóvenes y llenando de adultos mayores.

Pero el envejecimiento no es solo una cuestión estadística. Tiene consecuencias concretas: más enfermedades neurodegenerativas, como la demencia; mayor dependencia y una presión creciente sobre los sistemas de cuidado. Según el Ministerio de Sanidad de Japón para 2026 el total de la población con demencia se elevará hasta los 7,3 millones de personas (uno de cada cinco japoneses con más de 65 años).

En ese escenario, el fenómeno de los caminantes aparece como una expresión extrema de algo más profundo: una sociedad que no logra acompañar a sus propios mayores. 

La escena es tan cotidiana como trágica: una persona sale a hacer un trámite simple, olvida a dónde iba, no reconoce el camino de regreso y queda atrapada en una ciudad que, de repente, se vuelve desconocida

En Japón, esto no ocurre en un contexto de informalidad o desorden urbano. Ocurre en una de las sociedades más organizadas del mundo.

Durante décadas, el modelo japonés descansó en una estructura familiar donde los adultos mayores eran cuidados dentro del hogar. Pero ese panorama cambió drásticamente. Hoy hay menos hijos, más hogares unipersonales y menos disponibilidad para cuidar.

El resultado es una soledad estructural que atraviesa a gran parte de la población mayor. Hoy los especialistas hablan de una verdadera “bomba gris” que puede explotar en cualquier momento si no se toman medidas. 

Muchos de los caminantes no solo se pierden geográficamente. También están, en algún punto, socialmente aislados.

El Estado frente a un problema sin precedentes

El gobierno japonés comenzó a implementar medidas que combinan tecnología, prevención y control.

Algunas de las más llamativas incluyen: dispositivos GPS en pulseras o calzado, códigos QR cosidos en la ropa para facilitar la identificación, sistemas de alerta comunitaria, redes vecinales de búsqueda rápida. 

Incluso se han desarrollado bases de datos nacionales para registrar a personas con riesgo de desorientación. Pero el problema persiste. Porque no es solo un problema de localización. Es un problema de escala.

El país enfrenta un déficit estimado de más de 1,5 millones de cuidadores. Una cifra que no puede cubrirse solo con políticas tradicionales.

Por eso, empresas y gobiernos están apostando a robots asistenciales, sistemas de monitoreo con inteligencia artificial, dispositivos que detectan caídas o cambios de comportamiento e incluso máquinas capaces de asistir en tareas básicas como alimentación o higiene diaria. 

La imagen es potente: robots cuidando personas mayores en un país donde cada vez hay menos personas disponibles para hacerlo.

¿Un problema lejano?

Lo que ocurre en Japón puede parecer distante. Pero las tendencias que lo explican no lo son.

Argentina también está envejeciendo. La caída de la natalidad en los últimos años y el aumento de la esperanza de vida empiezan a modificar lentamente la estructura poblacional. Aunque todavía lejos de los niveles japoneses, la dirección es la misma.

El problema no es sólo cuántas personas mayores hay. Es quién las cuida.

En gran parte del país, el cuidado sigue dependiendo de las familias, y especialmente de las mujeres. Pero ese modelo empieza a mostrar límites: más trabajo, menos tiempo, más presión económica.

En provincias como Misiones, donde todavía existen redes comunitarias más cercanas, el impacto puede parecer menor. Sin embargo, también aparecen señales: adultos mayores que viven solos, dificultades de acceso a atención especializada, situaciones de desorientación que dependen de la ayuda informal de vecinos o conocidos. 

No existe todavía un fenómeno visible como el de los “caminantes”. Pero sí una realidad fragmentada, dispersa, menos visible.

Y quizás más difícil de medir.

Perderse como síntoma

Los caminantes no son solo personas que se pierden.

Son el síntoma visible de un problema más profundo: el envejecimiento acelerado, la fragilidad de los sistemas de cuidado y la transformación de los vínculos sociales. 

En una de las sociedades más avanzadas del mundo, miles de personas salen a caminar… y no vuelven.

No porque quieran desaparecer.

Sino porque, en algún punto del camino, el mundo que conocían dejó de ser reconocible.

Y tal vez esa sea la pregunta que también empieza a asomar en otras sociedades, incluso más cerca de lo que creemos:

¿Quién va a acompañar el regreso cuando cada vez haya más personas que puedan perderse?

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