Silvia Abaca

Periodista.

No cumplir las leyes ratificadas por el Congreso es ajuste y es autoritarismo

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Emergencia en discapacidad, financiamiento universitario y emergencia pediátrica: cuando el ajuste se impone sobre los derechos.

Mientras miles de familias, estudiantes y trabajadores esperan respuestas, el gobierno nacional se niega a poner en marcha las leyes de emergencia que el Congreso aprobó por amplia mayoría: la Ley de Emergencia en Discapacidad, la Ley de Financiamiento Universitario y la Ley de Emergencia en Pediatría.

No se trata de un olvido administrativo. Es una decisión política: desfinanciar la salud y la educación, como paso previo a su privatización.

Las tres leyes nacieron de la lucha colectiva —de organizaciones de personas con discapacidad, de docentes y estudiantes, de médicos, enfermeras y familias— que exigieron al Estado estar presente donde más se lo necesita.

Pero el gobierno elige el camino del ajuste y la insensibilidad, mientras los prestadores de discapacidad acumulan meses sin cobrar, los hospitales pediátricos denuncian la falta de insumos y profesionales, y las universidades públicas pelean por seguir abiertas.

Dicen que no hay plata, pero sí la hay para pagar deuda externa y subsidiar a los grandes grupos económicos. Lo que no hay es voluntad de defender a los argentinos y argentinas que más lo necesitan.

Las leyes están, fueron votadas en ambas cámaras del Congreso y después del veto presidencial, se insistió en su aplicación, lo que falta es un gobierno que crea en el Estado como herramienta de justicia social.

Porque la verdadera emergencia es moral y política: la de un gobierno que abandona al pueblo, traiciona su mandato y tiene a la represión como única respuesta.

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La culpa es de ella que usaba la pollera corta

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Patricia Bullrich culpó al feminismo por los femicidios. Su discurso repite el viejo argumento machista que culpa a las mujeres por la violencia que padecen. De nuevo quieren hacernos creer que la violencia es culpa nuestra, pero no son las feministas las que matan: son los varones violentos y un Estado que mira para otro lado.

Nada más, ni nada menos que la  ministra de Seguridad (que se supone debe velar por nosotras y nosotros), afirmó que los femicidios y la violencia machista son consecuencia del “feminismo extremo”, de mujeres que “pisotean al hombre” y “generan reacciones”. El mismo discurso de siempre, pero con poder estatal.

Decir que los femicidios son culpa del feminismo es como decir que una mujer fue violada porque usaba una pollera corta. Es repetir el mandato patriarcal que responsabiliza a las víctimas y absuelve a los agresores. Es negar que el problema es la desigualdad estructural, el machismo y la impunidad.

Los datos son claros: en la Argentina, cada 30 horas una mujer es asesinada por un varón, casi siempre conocido, pareja o expareja. No por ser “feminista”, sino por ser mujer. Y es el movimiento feminista el que puso estas cifras sobre la mesa, el que logró leyes, refugios, acompañamiento, educación sexual y políticas de prevención.

Sin el feminismo seguiríamos contando muertas en silencio.

Bullrich no habla desde la ignorancia, sino desde una decisión política: desacreditar la organización de las mujeres y diversidades, criminalizar la rebeldía y distraer de las verdaderas causas de la violencia. Porque un Estado que no protege, que ajusta y que recorta programas, necesita culpar a alguien más.

Como dijo Dora Barrancos en una nota reciente: “…nada es más patético que el patriarcado cuando toma forma de cuerpo femenino, porque ostenta el perfil de la servidumbre voluntaria.”

Por eso, frente a los discursos de odio reafirmamos lo que gritamos en cada plaza:

La culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía.

¡Ni una menos. Vivas, libres y con derechos nos queremos!

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