El altruismo esperanzador vs el pragmatismo de supervivencia

La vieja batalla entre el altruismo esperanzador y el pragmatismo de supervivencia se abrió camino hacia el nuevo milenio con un manojo de nuevas armas. Una de ellas es la información instantánea que se vehiculiza a través de Internet, un poderoso canal casi mágico. Todos y todo, absolutamente todo, está flotando en esa cargada nube de información. En aquel territorio sin fronteras, donde los secretos dejaron de ser tan secretos, las máscaras que se utilizan para desviar la atención de las sociedades caen a diario. Lo que hace cincuenta años nos llevaba una o dos décadas para que saliera a la luz, hoy es inminente.

 

¿Estamos preparados para saber? ¿Queremos saber? ¿Conviene saber aunque no queramos?

 

Quienes buceamos por el maravilloso y espinoso mundo de la defensa de los derechos humanos, nos topamos con diferentes teorías, que sí o sí nos hacen reflexionar.

 

Una de ellas es la de Pedro Nikken que sostiene que los derechos humanos son atributos de toda persona, inherentes a su dignidad, y que el Estado es quien debe hacerlos respetar, garantizarlos y satisfacerlos. La persona los tiene por el simple hecho de ser persona, independientemente del Estado o de cualquier ordenamiento jurídico. Que son universales, o sea para todos; transnacionales, o sea en todo lugar; que limitan la soberanía estatal; que son el límite al poder estatal. Que los derechos humanos no son una concesión de la sociedad ni dependen del reconocimiento de un gobierno, que defienden la libre determinación de los pueblos y la libertad individual y colectiva de las personas en todo sentido, y un largo etcétera.

 

Del otro lado de ese pensamiento se encuentra David Kennedy, que difiere de todo lo expuesto anteriormente. Él sostiene que los derechos humanos no pueden ser ni son universales, puesto que no representan a todas las personas porque son una expresión clara de una sociedad occidental. Que tienen una mirada muy simplista de la realidad: hay un villano (el Estado), un héroe y una víctima cuando en realidad no siempre es así. Que no se puede poner al Estado como centro, por un lado es el violador de los derechos y por el otro es quien debe garantizarlos; que la gran burocracia internacional de los organismos defensores de los derechos humanos pretenden resolver cuestiones que no están en los ámbitos donde se resuelve. Y sobre todo, que a la política de defensa de los derechos humanos le falta pragmatismo, se hacen reclamos morales imposibilitando un análisis costo/beneficio que es absolutamente necesario.

 

Y es ahí donde chocan las grandes contradicciones de la humanidad. Por un lado, todos soñamos con vivir en un mundo donde la única desigualdad esté dada por el esfuerzo que cada uno pone a sus propósitos; donde el que acceda a los espacios de poder sea para fortalecernos a todos; donde el arma en la cual se invierta sean vacunas contra enfermedades y no para masacrar poblaciones; donde podamos participar, opinar e involucrarnos en política y no ser perseguidos por ser militantes; donde la educación sea la vara de la inclusión y equidad; donde el acceso a la salud no sea un privilegio para algunos y un sueño irrealizable para otros; donde la discriminación y el sometimiento no existan y si están que a ninguno les sea indiferente; que aceptemos nuestras diferencias sin dejar de defender las convicciones; que los gobiernos miren primero a sus pueblos, y los dejen crecer.

 

Por otro lado, tenemos la realidad. El que llega al Poder, aunque lo haya hecho motivado por nobles ideales, se termina convirtiendo en un déspota y hasta muchas veces una suerte de tirano que impone no sólo sus ideas sino que además, bajo la máscara de la democracia que dice defender, termina persiguiendo los pensamientos e ideas libres; reinan en el mar de la mediocridad hablando de la importancia del conocimiento pero cercenando a sus pueblos de saber; la salud pasa a ser una fuente más para los grandes grupos económicos que sostienen los imperios; la política armamentista es justificada creando peligros donde solo existen hombres y mujeres generalmente pobres en tierras ricas; hacen de la vulnerabilidad de los pueblos su mejor herramienta para someter a través del miedo, donde el enemigo es el que piensa diferente. Se toman medidas que nos convierten a todos en simples peones de ajedrez de los amos de turno, y todo esto lo justifican con que son más los beneficios que el costo a pagar.

 

Pero entonces, qué camino debemos tomar. ¿Qué esperanza tenemos si pareciera que la rueda no para y siempre gira contra los derechos humanos? ¿De qué sirve conocerlos y defenderlos si pareciera que es una lucha perdida?

 

El peor enemigo para el Poder dominante es la capacidad de organización de las personas y la generación de conciencia social sobre los derechos humanos para traspasar el muro de la indiferencia que viene de la mano de la ignorancia. El altruismo es necesario para sostener la llama de la esperanza, pero el pragmatismo también nos es necesario para tomar decisiones y marcar estrategias que nos permitan aplicar políticas de comunicación, educación y formación a largo plazo y no coyunturales u oportunistas.

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password