El ascenso de la extrema derecha en Alemania
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Ayer ocurrió algo que ningún partido de extrema derecha había logrado en Alemania desde 1945. La Alternativa para Alemania, AfD, por sus siglas en alemán, ganó las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt con el 44,5% de los votos. Los conservadores de la CDU, que gobernaban el estado, quedaron segundos con apenas el 18,5%. Los socialdemócratas y los Verdes entraron al parlamento regional por poco más del 5% mínimo requerido.
Alice Weidel, cólider del partido, lo llamó “histórico”. Y técnicamente lo es. El problema para la AfD es que histórico no significa necesariamente gobernable. Para entender por qué esto importa más allá de Sajonia-Anhalt, hay que entender primero cómo funciona el sistema político alemán. Porque es radicalmente distinto al argentino y esa diferencia explica por qué la AfD puede ganar con el 44% y aun así no gobernar.
EL SISTEMA POLÍTICO ALEMÁN EXPLICADO DESDE CERO
República Federal
Alemania tiene 16 estados (Länder) con amplios poderes propios. Cada uno elige su propio parlamento y gobierno. Las elecciones regionales importan tanto como las nacionales.
Bundestag
El parlamento nacional. Se elige cada cuatro años. El partido que lidera debe formar una coalición con otros para gobernar en Alemania casi nunca hay mayorías absolutas de un solo partido.
Canciller
El jefe de gobierno. Lo elige el Bundestag, no el pueblo directamente. Hoy es Friedrich Merz, de la CDU, quien ganó las elecciones federales de febrero de 2025 pero necesitó coalición para gobernar.
Umbral del 5%
Un partido debe superar el 5% de los votos para entrar al parlamento. Es un filtro deliberado para evitar la fragmentación extrema que hundió a la República de Weimar, el sistema anterior al nazismo.
Coalición
Para gobernar se necesita mayoría parlamentaria. Como ningún partido suele tenerla solo, se forman coaliciones. El partido más votado no necesariamente gobierna si los demás no quieren aliarse con él.
Cordón sanitario
El acuerdo informal de todos los partidos principales de no coaligarse con la AfD. Permite que la AfD gane votos sin ganar el poder. Pero con el 44%, ese cordón empieza a crujir.
Oficina de Protección de la Constitución
El servicio de inteligencia interior alemán. Clasificó a la AfD como “partido de extrema derecha bajo sospecha de extremismo”. Eso tiene consecuencias legales: puede ser un paso hacia su eventual prohibición.
Ahora los protagonistas. La AfD no es un bloque monolítico, tiene facciones internas con diferencias reales. Pero hay tres figuras que dominan el escenario actual.
Alice Weidel
Economista formada en Goldman Sachs. Habla inglés con fluidez y se mueve con comodidad en foros internacionales. Paradoja ambulante: representa a un partido antiinmigración y antiglobalista, pero está casada con una mujer de origen ceilanés.

Se reunió con J.D. Vance en Múnich. Participó en un live con Elon Musk en X. Viajó a la segunda investidura de Trump. Es la cara que la AfD quiere proyectar hacia afuera: sofisticada, telegénica, alejada de la imagen de extremista de barricada. Tiene vínculos documentados con fondos rusos — algo que el partido niega sistemáticamente.
Ulrich Siegmund

El candidato que hoy ganó con el 44,5%. Poco conocido fuera de Alemania hasta esta semana. Representante de la facción más dura del partido, el grupo que la Oficina de Protección de la Constitución considera directamente extremista. Su victoria pone a la AfD en territorio desconocido: cerca del poder ejecutivo regional por primera vez en su historia.
Tino Chrupalla

Pintor de brocha gorda de Sajonia. La cara del partido hacia adentro. Si Weidel representa la AfD cosmopolita del discurso, Chrupalla representa el resentimiento genuino del este alemán — las regiones que se sintieron abandonadas después de la reunificación, que vieron sus fábricas cerrar y sus jóvenes emigrar. Es el que habla el idioma de los votantes que la AfD más necesita.
¿Por qué la gente los vota? Es la pregunta más importante y la que los análisis más superficiales responden con una sola palabra: miedo. El miedo a los inmigrantes. El miedo al islam. El miedo a perder la identidad alemana.
Pero el miedo no emerge de la nada. Emerge de condiciones concretas que el sistema político no supo o no quiso resolver. Estas son cinco claves para entender mejor el escenario en Alemania:
El abandono del este alemán
La reunificación de 1990 no fue un proceso equitativo. Las fábricas del este cerraron. El desempleo se disparó. Los jóvenes y los profesionales emigraron al oeste en busca de oportunidades — y siguen haciéndolo. Un estudio del Instituto de Economía DIW de Berlín encontró que la variable más predictiva del voto a la AfD es demográfica: en las regiones donde los jóvenes se van y quedan los mayores, la AfD gana. No porque los viejos sean más extremistas, sino porque son las regiones que más sienten que el sistema los abandonó.
La crisis migratoria de 2015 y sus secuelas
En 2015, Angela Merkel tomó la decisión de abrir las fronteras a más de un millón de refugiados sirios. Fue una decisión moral y humanamente comprensible. También fue políticamente explosiva. La AfD, que en ese momento era marginal, se convirtió en el canal de todo el malestar que la decisión generó — no solo entre xenófobos, sino entre ciudadanos que sentían que nadie les había preguntado. La inmigración se convirtió en el tema que la AfD siempre gana porque fue el primero en instalar.
La inflación y el costo de vida
Alemania tuvo en 2022-2023 la inflación más alta en décadas. Los precios de la energía se dispararon después de la invasión rusa a Ucrania y el corte del gas ruso. La AfD capitalizó ese malestar con un argumento simple: las sanciones a Rusia y la guerra en Ucrania les cuestan a los alemanes más de lo que les cuestan a los rusos. Ese mensaje caló especialmente en el este, donde los lazos culturales con Rusia son históricamente más fuertes.
La desconfianza en los partidos tradicionales
La CDU, el SPD, los Verdes y los Liberales gobernaron Alemania en distintas combinaciones durante décadas. Para una parte creciente del electorado, son indistinguibles — todos prometen, ninguno cambia nada. La AfD no tiene ese bagaje. Es el partido de los que se sienten excluidos del sistema, y esa posición de outsider es un activo político enorme en un momento de desconfianza generalizada.
El ecosistema internacional de la nueva derecha
La AfD no opera sola. Forma parte de una red internacional que incluye a Vance, a Trump, a Orbán en Hungría, a Le Pen en Francia y a Meloni en Italia. Elon Musk la respaldó públicamente en X. Funcionarios rusos la apoyan financieramente. Esa red no solo da recursos — da legitimidad. Si la derecha dura gobierna en Washington, Roma y Budapest, ya no parece tan extrema en Berlín.
Lo que hace al caso alemán diferente de otros ascensos de extrema derecha en Europa es la historia. Alemania construyó su identidad de posguerra sobre el nunca más. La Oficina de Protección de la Constitución existe precisamente para vigilar los extremismos. El umbral del 5% existe para evitar la fragmentación que permitió el ascenso de Hitler. El cordón sanitario existe para que el tamaño en votos no se traduzca automáticamente en poder.
Todos esos mecanismos están siendo presionados al mismo tiempo.
El 44,5% de Sajonia-Anhalt no es suficiente para gobernar solo. Pero es suficiente para que los demás partidos no puedan gobernar con comodidad. Y es suficiente para que la discusión sobre si mantener o no el cordón sanitario se vuelva imposible de ignorar.
