El consuelo de los peores

Getting your Trinity Audio player ready...
Compartí esta noticia !

Hay algo profundamente argentino últimamente, que es celebrar un “rescate” económico como si fuera una victoria.
El Tesoro de Estados Unidos anuncia su “ayuda” -palabra amable que suele esconder la mano del acreedor- y muchos se apuran a justificarlo con una lógica tan vieja como dañina: “Peor estábamos antes”.
Y así, con ese consuelo de enfermo crónico, volvemos a agradecer la fiebre porque al menos ya no duele tanto la herida.
La comparación con el pasado se ha convertido en un salvoconducto moral.
Se nos dice que este acuerdo, este préstamo, este nuevo tutelaje internacional, “no es tan malo”, porque los anteriores fueron también desastrosos. Y, los medios, se pelean de un lado y otro para ver quien tomó más deuda.
Y el pueblo, fatigado, hastiado, desinformado y/o confundido, asiente. Pero ahí está el engaño.
Esa frase -“los de antes eran peores”- es una falacia, un truco del pensamiento que anestesia la conciencia.
Justifica el mal menor y termina normalizando el mal mismo.
Porque si el único parámetro es la catástrofe anterior, cualquier retroceso parecerá progreso.
Y con ese razonamiento, nada mejora: apenas cambia de uniforme el desastre.
Comparar con los peores del pasado no es analizar la realidad, es bajar el listón de la dignidad.
No hay futuro posible en un país que mide su esperanza por contraste con su ruina.
Aceptar un rescate como si fuera redención es olvidar que nadie se libera aceptando la tutela de otro, y que toda deuda -económica o moral- trae su propio carcelero.
Además, como cualquier economía -o cualquier hogar-, no se puede decir que uno está bien si necesita pedir prestado para sostenerse.
El crédito no es sinónimo de salud: es un síntoma de dependencia.
Si el Estado necesita que otro lo rescate, no está siendo salvado; está siendo administrado desde afuera.
Y cuando el que presta también dicta las condiciones, la soberanía deja de ser un derecho y se vuelve una concesión temporal.
El argumento del “mal menor” es el refugio de los resignados, de los fanáticos y de los ignorantes.
Nos decimos que “al menos no roban tanto”, que “por lo menos ahora hay orden”, que “ya vendrán tiempos mejores”. Pero el progreso no consiste en ser menos corruptos, menos dependientes o menos torpes: consiste en dejar de serlo.
Un país maduro no se compara con su pasado, sino con su potencial.
Porque aceptar este rescate sin autocrítica es como celebrar que el barco flota apenas porque el anterior se hundió.
Y el mar, que no olvida, siempre pasa factura a los que confunden sobrevivir con navegar.
Sin embargo, hay un leve rumor en el aire.
Este domingo el país vuelve a votar, y quizás -por fin- el cambio comience por donde debe comenzar: por la voluntad democrática y no por la imposición del crédito.
Tal vez llegue el día en que no necesitemos compararnos con lo peor para construir algo mejor.
El día en que el Estado deje de ser un barco rescatado y se convierta, otra vez, en un barco que elige su rumbo.
Porque la verdadera independencia no se firma en Washington ni en Bruselas: se construye, voto a voto, con la dignidad de un pueblo que decide no conformarse nunca más.
Decir que los de antes eran peores es como conformarse con un barco que hace agua sólo porque el anterior ya se había hundido.
No se trata de quién naufragó con más estilo, sino de aprender, al fin, a navegar sin hundirse.

Hasta la próxima. De una lado de la reja esta la realidad y del otro lado también hay otra realidad. Posta que lo único irreal es la reja, cada vez más alta.

Autor

Compartí esta noticia !

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin