La película es espectacular, el problema es el costo de la entrada
Antes que nada, un aplauso para los abogados de Adorni que, después de cuatro meses de pedir prórrogas y demás recursos para explicar lo inexplicable, finalmente presentaron una explicación que, por lo que se conoce públicamente, cuesta bastante creer. Lo curioso es que, además, el exfuncionario habría tenido que pagar honorarios -capaz la pagó con “la tuya” amigo lector- para recibir una explicación que tampoco parece haber convencido demasiado al resto.
Un negocio jurídico extraordinario: cuatro meses para llegar a una conclusión que, según algunos, no convence ni a una criatura de cinco años. Pero bueno. A los bifes.
Hay dos maneras de mirar la Argentina. En realidad hay muchas, pero para simplificar -que es una actividad nacional que practicamos con enorme entusiasmo- podemos decir que hay dos. La primera ve el déficit cero, la inflación bajando, las exportaciones creciendo, la minería avanzando, Vaca Muerta prometiendo dólares y al mercado recuperando, según el relato oficial, el protagonismo que durante décadas le habría quitado un Estado empeñado en hacer exactamente lo contrario de lo que debía. Es una Argentina que tiene una explicación para casi todo y, sobre todo, tiene una frase para cada cosa. Si la economía crece, es el modelo. Si un sector cae, es la transición. Si una empresa invierte, es la libertad. Si una fábrica cierra, habrá que esperar a que llegue la inversión. Si la pobreza baja, es el resultado. Si todavía queda pobreza, es la transición. Y si alguien pregunta cuándo termina la transición, bueno… para eso está la película.
La otra Argentina tiene una costumbre bastante menos sofisticada: mira la vida cotidiana. Mira el supermercado, el comercio de la esquina, la fábrica, la pyme, el salario, el alquiler, la cantidad de clientes que entraron hoy y esa vieja tradición nacional de hacer cuentas antes de llegar a la caja. No discute demasiado sobre la tasa de retorno del capital ni sobre la productividad marginal. Pregunta algo bastante más primitivo: “¿Hay trabajo bueno?” “¿Me voy a quedar sin laburo?” “¿pido un préstamo para gastos diarios?”…
Y acá aparece una discusión ideológica que no es menor. Hay una mirada que entiende que si se ordenan las cuentas, se libera al sector privado, se eliminan regulaciones, se reducen impuestos y se atrae inversión, la economía crecerá y, con el tiempo, el bienestar se extenderá al conjunto. Digamos… 38 años y seremos Irlanda. Eso lo dijo el Presidente, no lo inventé yo. La otra mirada desconfía de que el crecimiento, por sí solo, alcance para garantizar ese resultado y sostiene que también hay que mirar qué sectores crecen, cuánto empleo generan, qué salarios pagan y cuánto de esa prosperidad termina llegando al resto de la economía -a la mayoría, digamos-.
No es una discusión entre buenos y malos. Sería demasiado simple. Y justamente ahí está el problema: la Argentina ya tuvo demasiadas soluciones sencillas para problemas bastante complicados.
Porque la primera mirada tiene algo extraordinariamente eficaz a su favor: el algoritmo la adora. Todo puede explicarse en quince segundos. Estado malo. Mercado bueno. Déficit peor. Libertad mejor. Regulación mala. Inversión buena. Y si todavía no entendiste, probablemente necesites otro video de veinte segundos.
La complejidad económica, que antes requería años de estudio, ahora puede resolverse mientras uno espera que cargue una historia de Instagram. El problema es que la economía real tiene la desagradable costumbre de ser bastante más compleja que el algoritmo.
Puede crecer la minería y caer la industria. Pueden aumentar las exportaciones y debilitarse el consumo. Puede mejorar una parte de la macroeconomía y seguir habiendo empresas que no consiguen vender. Puede haber inversiones millonarias en energía y, al mismo tiempo, comercios preguntándose dónde están los clientes. De hecho, los datos actuales muestran justamente esa convivencia: las exportaciones de bienes crecieron 21,4% entre enero y agosto, mientras la actividad económica cayó 2,9% en julio y la industria manufacturera retrocedió 5%.
Y eso no significa que las exportaciones sean malas, ni que la minería sea mala, ni que la energía sea mala. Al contrario. Argentina necesita producir, invertir, exportar y generar dólares. El problema aparece cuando confundimos una economía que tiene algunos sectores extraordinariamente dinámicos con una economía en la que todos los sectores y todos los argentinos están mejor.
Porque Argentina tiene petróleo, pero no todos vivimos arriba de Vaca Muerta. Tiene litio, pero no todos tenemos una mina en el fondo de casa. Tiene agroindustria, pero no todos somos dueños de un campo. Tiene inversiones, pero no todos estamos sentados en la mesa donde se decide dónde se invierte. Es una pequeña dificultad del modelo: para beneficiarse directamente de algunas de las actividades más dinámicas del país hay que tener alguna relación con ellas. Y si uno vive en Posadas, tiene un comercio, trabaja en una pyme, fabrica muebles, tiene un restaurante o presta un servicio, puede pasar perfectamente que el precio internacional del litio le resulte interesantísimo y que, sin embargo, no haya cambiado demasiado su vida.
Es lo que podríamos llamar el milagro de la macroeconomía: el país puede estar haciendo negocios extraordinarios y uno puede seguir mirando la cuenta bancaria con la misma expresión con la que se mira un electrocardiograma.
Mientras tanto, la otra Argentina sigue haciendo preguntas bastante incómodas. No pregunta solamente cuánto creció el PIB. Pregunta si hay clientes. No pregunta solamente cuánto exportamos. Pregunta si la fábrica está produciendo menos. No pregunta solamente cuánto bajó la inflación. Pregunta cuánto cuesta llenar el changuito. Y no pregunta solamente cuánto va a invertir una multinacional durante los próximos diez años. Pregunta si el negocio de la esquina va a poder llegar hasta diciembre, porque parece que no llega.
Ahí aparece la verdadera tensión. Porque una economía puede mejorar en sus grandes variables y, al mismo tiempo, dejar sectores enteros atravesando una transición muy dura. Y la transición tiene una particularidad bastante antipática que parece que a veces se olvida: la gente necesita comer durante el proceso.
El Gobierno tiene derecho a defender su modelo y a mostrar los indicadores que considera favorables. De hecho, el propio Presidente sostuvo recientemente que “la foto todavía sigue siendo mala, pero la película es la mejor de la historia”. Perfecto. Pero también hay derecho a preguntar cuánto dura la película, cuánto cuesta la entrada y, sobre todo, si todos consiguieron asiento.
Porque la foto actual tampoco es inventada. La desocupación fue del 7,9% en el segundo trimestre; la pobreza alcanzó al 32,3% de las personas durante el primer semestre; en julio la actividad económica cayó 1,4% interanual y las ventas de supermercados disminuyeron 2,1%. No es la foto de un país destruido. Tampoco es la foto de un país que pueda darse por llegado a ninguna parte. Es la foto de una economía en transformación, con sectores que avanzan y otros -la mayoría- que todavía están pagando una parte importante del costo de ese proceso.
Y ahí está, quizás, la discusión que deberíamos tener. No si queremos mercado o Estado. Esa pelea ya tiene demasiadas temporadas y, además, la conocemos de memoria. La pregunta es qué hacemos para que los sectores que pueden competir con el mundo crezcan muchísimo, pero que ese crecimiento genere alrededor una economía suficientemente grande como para que también crezcan las fábricas, los comercios, las pymes, los servicios, el empleo y los salarios.
Porque una cosa es que la Argentina tenga una minería competitiva. Otra es que alrededor de esa minería aparezcan proveedores, tecnología, transporte, servicios, empleo y nuevas empresas. Una cosa es exportar más petróleo. Otra es que esa energía ayude a transformar la estructura productiva del país. Una cosa es que nos salgan dólares por las orejas. Otra es que esos dólares terminen multiplicándose en actividad económica y que a Erna de Picada Polaca le vaya bien, vendiendo huevos de su chacra.
Y una cosa es tener una película extraordinaria. Otra es que la gente pueda reconocer su propia vida cuando aparece en pantalla.
Porque también hay una pequeña diferencia entre quienes toman las decisiones -los ex amigos de Adorni- y quienes reciben las consecuencias. Para algunos, la economía se mira desde una planilla, una pantalla o una conferencia de prensa. Para otros, se mira desde el resumen de la tarjeta. Y hay que reconocer que son dos instrumentos de medición bastante diferentes. En uno aparecen el déficit, el superávit, las exportaciones y el riesgo país. En el otro aparecen supermercado, combustible, colegio, farmacia, cuotas, seguro, alquiler y ese misterioso “consumo pendiente” que uno no recuerda haber hecho pero que evidentemente alguien hizo.
El problema es que quienes toman las grandes decisiones económicas, por lo general, no tienen que sentarse a mirar el resumen de la tarjeta preguntándose qué gasto sacar este mes para que cierre. Pueden discutir durante horas si la economía crece, si la inflación bajó o si el mercado está recuperando confianza. Todo eso puede ser importante. Pero hay un pequeño detalle: mientras ellos miran los indicadores, alguien tiene que pagar la tarjeta o llenar el tanque de nafta.
Y ahí aparece una diferencia bastante argentina. Hay quienes pueden esperar que la película termine para ver cómo les fue. Y hay quienes necesitan llegar a fin de mes durante la película.
Porque una cosa es decir: “hay que atravesar el ajuste”. Otra bastante distinta es atravesarlo con la tarjeta en la mano.
Tal vez ese sea el verdadero desafío de esta nueva Argentina: que la macroeconomía deje de ser solamente una buena noticia para quienes miran los grandes números y empiece a convertirse también en una buena noticia para quienes miran el resumen de la tarjeta. Eso no puede esperar y todavía no aparece con demasiada claridad en el horizonte.
Porque al final del día hay dos preguntas distintas. Una es cuánto creció la Argentina. La otra es cuánto creció el argentino promedio.
Bueno gente, nos vamos yendo. Pero antes, y ya que hablamos de números, hay otro capítulo que merece atención. Después de la auditoría realizada en la Agencia Nacional de Discapacidad, se informó una diferencia de alrededor de $158.700 millones entre los registros contables y las deudas que figuraban en el organismo. En medio de todo eso, Alejandro Vilches, que estaba al frente de la ANDIS después del escándalo de los audios, Karina, el 3% y todo aquello que los mismos abogados de Adorni nos harán entender en algún momento, presentó su renuncia por “razones estrictamente personales”. Nada que ver, por supuesto. Simplemente coincidieron en el tiempo la auditoría, el faltante y la renuncia. Cosas que normalmente pasan.
Ahora bien, si alguien conoce algún trabajo para el amigo Vilches -ya sé, está difícil conseguir uno formal-, pero aunque sea unas horas en Rappi o Uber, avise. Eso sí: si puede ser de delivery, mejor. Por lo menos ahí uno sabe exactamente dónde tiene que llegar la plata.
Mientras tanto, mi amigo lector, habrá que seguir mirando. La película, por supuesto. Y afrontar el costo de pagar la entrada.
