Elegancia de altura: la revolución silenciosa de Michelini & Mufatto en Gualtallary

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Gualtallary, Mendoza. Desde lo alto del Valle de Uco, donde la cordillera domina el horizonte y los suelos calizos dictan carácter, Gerardo Michelini cuenta su historia con la naturalidad de quien habla del tiempo. Pero lo que narra es una verdadera revolución: la que cambió el paradigma del vino argentino en las dos últimas décadas.

“Nosotros comenzamos con mis hermanos. Ellos trabajaban en bodegas grandes y en 2005 decidimos independizarnos”, explica. Así nació Zorzal, el primer proyecto conjunto, con una inquietud compartida: “patear el tablero” y proponer una enología distinta -vinos más frescos, menos intervenidos, más elegantes- en un contexto dominado por etiquetas corpulentas y homogéneas. “Sentíamos que podíamos aportar algo distinto”, recuerda.

Diez años después, en 2015, Gerardo y su esposa, la enóloga Andrea Mufatto, iniciaron un nuevo camino: Michelini & Mufatto, una bodega pequeña, de producción limitada y foco absoluto en la calidad. “Nos movimos, nos achicamos. La idea era empezar chiquitos, sin grandes aportes de capital, enfocados solo en la calidad”, señala. Desde Gualtallary, un rincón excepcional del Valle de Uco, elaboran hoy vinos reconocidos por su frescura, su elegancia y una identidad territorial inconfundible.

Gualtallary es como la perfección”, dice sin vueltas. “Dios pensó un lugar ideal y le puso altura, suelos blancos calizos, frescura, flores… Todo lo necesario para hacer grandes vinos. No hay humedad, así que no necesitamos curar los viñedos. Trabajamos en orgánico y la naturaleza hace su parte”.

Frescura, elegancia y una búsqueda constante

La palabra “frescura” aparece una y otra vez, aunque Michelini prefiere afinar el concepto: “Al principio hablábamos de vinos más frescos, pero después nos dimos cuenta que era más apropiado hablar de vinos más elegantes”. ¿Qué es elegancia? “Un vino que no tiene exceso de madera, ni demasiado color ni volumen. Son vinos más estilizados, largos, con un poco más de acidez, que acompañan la comida sin competir con ella”.

Esa elegancia nace de tres pilares: el lugar, la enología y la mirada del productor. “El vino nace en el viñedo. Si estás en una zona de 1.500 metros de altura, con noches frías y veranos suaves, el vino refleja eso. Luego viene la enología: dignificar la uva, no destruirla. Y la tercera parte es más romántica: es la búsqueda, es el querer seguir profundizando en ese modelo”.

La pasión por el vino también es herencia. “Mis hijos han vivido todo esto desde que nacieron. Tengo cuatro monstruitos”, se ríe. El mayor, de 29 años, es enólogo y ya tiene su bodega en Rioja, España. Otra hija trabaja en un wine bar en Madrid. “Los otros dos también reconocen zonas del mundo al probar un vino. Es imposible no hablar de vino en la mesa”.

Michelini no solo echa raíces en Mendoza. También desarrolla proyectos en España y Uruguay, con bodegas independientes. “En España empezamos como una locura, hicimos cuatro barricas y ahora hacemos 30 mil botellas”, cuenta. La experiencia internacional “te obliga a repensar lo que hacés”: “Empezamos a incorporar técnicas que aprendimos allá, como guardar un año más los vinos en madera. La enología es un oficio: uno repite, pero tiene que estar despierto para saber qué repetir”.

La bodega produce unas 70.000 botellas al año, mitad para el mercado interno y mitad para la exportación. “Vendemos en Argentina, sobre todo en Buenos Aires y Misiones, que para mí es uno de los dos mercados más importantes. Y afuera vendemos en Brasil, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Países Bajos, Inglaterra…”

Y cada mercado escucha un acento distinto. “La bodega de Argentina habla con un acento, la española con otro. Son como personas distintas. Y eso lo tienen que entender los distribuidores y los consumidores”.

Malbec y más allá

La marca también construyó prestigio en cartas selectas. Según Nicolás Ruiz Lenz, propietario de Generación Y, que comercializa la etiqueta en Posadas, “Michelini representa el prestigio encapsulado en el productor. Son pioneros en patear el tablero y eso hoy los pone en un lugar de privilegio, reconocidos por sus pares y por los amantes del vino”.

Gerardo completa la idea con su estilo directo: “Empezamos a vivir el lugar. Si nieva, me nieva a mí. Si cae granizo, me cae granizo a mí. Eso hace que el vino sea más preciso. Si lo ves como una planilla de Excel, pierde el alma”.

Mientras avanza la apertura de un restaurante y la exportación habilita pequeñas inversiones, el mercado interno sigue siendo “una caja rápida” para sostener la estructura. Sobre el contexto actual, es claro: “Hoy hay más previsibilidad de costos. No me faltan botellas ni corchos. Pero bajó mucho el consumo de vinos de alta gama. Hay una crisis comercial, aunque no operativa. Ojalá eso se acomode”.

La bodega ofrece ocho etiquetas: cuatro blancas y cuatro tintas. En tintos, el Malbec es protagonista, acompañado por Cabernet Franc y blends. En blancos, apuestan por Semillón, Chardonnay y Chenin Blanc, variedad casi desaparecida en el país. “Yo tengo una viña plantada en 1890”, dice con orgullo.

Cuando se le pregunta qué significa el vino, Michelini no duda: “Es todo. Es la mesa, la familia, los amigos. Hablamos de viñedos todo el tiempo. Con mi mujer, con mis hijos… Si no hiciera vino, no sabría qué hacer. No sirvo para otra cosa”.

Una confesión que resume una vida entre cepas y barricas, donde lo artesanal y lo humano se funden con la montaña, y cada botella entrega -además de terroir– una mirada.


Sobre la bodega

Michelini & Mufatto está ubicada en Gualtallary, Mendoza. Produce unas 70.000 botellas anuales con foco en calidad, terroir y elegancia. Sus vinos se comercializan en Argentina y en más de seis países. También poseen pequeñas bodegas en España y Uruguay.

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