Hernan Calogeropulos

La galería Bencivenga abrirá en noviembre con casi todos sus locales ocupados

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Hay proyectos comerciales que se inauguran cuando terminan las obras. Otros comienzan mucho antes, cuando el mercado responde incluso antes de levantar las persianas. Ese parece ser el caso de la nueva Galería Comercial Bencivenga, que este jueves realizó su prelanzamiento en Posadas con una noticia que sorprendió incluso a sus impulsores: prácticamente la totalidad de los locales ya tiene destino.

La inauguración oficial está prevista para noviembre, pero el emprendimiento ya transita otra etapa. Los futuros comerciantes comenzaron a tomar medidas, diseñar sus espacios y planificar la apertura de sus negocios, mientras la empresa ya proyecta una segunda expansión.

“Hoy hicimos esta preinauguración para mostrarle al público y a la prensa lo que se viene. Pero también para celebrar que el proyecto prácticamente ya está realizado desde el punto de vista comercial”, resumió Lici Dallabrida, una de las responsables del desarrollo.

La respuesta del mercado fue mucho más veloz de lo esperado. Hace apenas unas semanas todavía existían locales disponibles. Hoy la realidad es completamente distinta.

“Estamos con el 95% alquilado y prácticamente todo señado y pagado. Ya estamos trabajando contrarreloj porque los comerciantes comenzaron a ingresar para hacer sus propios diseños interiores”, explicó.

La velocidad de comercialización sorprendió incluso a la desarrolladora. Según recordó Dallabrida, la difusión inicial del proyecto generó un impacto inmediato.

“En apenas 24 horas superamos las 100.000 visualizaciones y enseguida alcanzamos el 50% de ocupación. A partir de ahí fue un efecto en cadena hasta llegar prácticamente al total de los espacios comprometidos”.

Ese ritmo refleja un fenómeno que viene consolidándose en Posadas: la creciente demanda de espacios comerciales modernos, con servicios integrados y propuestas que trascienden el concepto tradicional de galería.

Mucho más que un paseo de compras

La propuesta de Bencivenga apunta a construir un ecosistema comercial donde convivan rubros diversos y experiencias para el público.

La oferta ya confirmada incluye cafeterías, panaderías, locales gastronómicos, zapaterías, electrónica, estética, servicios de pago, propuestas vinculadas al diseño, casas especializadas en té, productos naturales y alimentos saludables, entre otros emprendimientos.

Al mismo tiempo siguen llegando consultas para instalar gimnasios, restaurantes y nuevas marcas de indumentaria que, según confirmó la empresaria, deberán esperar la segunda etapa del proyecto.

“Ya estamos armando lista de espera. Muchos de los nuevos interesados ingresarán directamente en la ampliación que vamos a desarrollar detrás de esta primera etapa”, señaló.

Un proyecto que trasciende Posadas

Uno de los datos que más llamó la atención durante el proceso de comercialización es el origen de los inversores y comerciantes.

El interés no quedó circunscripto a Posadas. Se sumaron empresas y emprendedores provenientes de San José, Leandro N. Alem y Bernardo de Irigoyen, además de consultas desde Dionísio Cerqueira, en Brasil.

Incluso aparecieron contactos desde Itajaí y otros puntos del litoral brasileño, además de interesados provenientes de Chile.

La diversidad geográfica confirma el atractivo de Posadas como plaza comercial regional, favorecida por su posición estratégica dentro del Mercosur y por un mercado de consumo que continúa mostrando dinamismo.

Cultura, gastronomía y experiencias

Más que una galería convencional, el proyecto aspira a transformarse en un espacio de permanencia.

La idea es que los visitantes no solo concurran a realizar compras, sino también a compartir actividades, disfrutar de propuestas gastronómicas y participar de eventos culturales.

“Queremos que sea un lugar donde la gente venga a pasear, comer, tomar mate y encontrarse. También vamos a desarrollar una agenda cultural con fuerte presencia de artistas locales”, anticipó Dallabrida.

Ese concepto acompaña una tendencia cada vez más visible en el negocio del retail: los centros comerciales ya no compiten únicamente por la oferta de productos, sino por la calidad de la experiencia que ofrecen.

Durante el encuentro también hubo espacio para mirar hacia adelante.

Dallabrida destacó el protagonismo creciente de Nabila Bencivenga, integrante de la nueva generación de la familia empresaria, quien ya participa activamente en la comunicación del proyecto y se prepara para estudiar Administración.

“Está muy feliz con todo este proceso. Ya comenzó a generar contenidos y quiere formarse para convertirse en una futura CEO de la empresa. Es una forma de honrar el legado familiar y darle continuidad a un proyecto que nació hace muchos años”, afirmó.

La nueva galería comercial representa así un nuevo capítulo para el Grupo Bencivenga, que apuesta por consolidar un espacio de encuentro donde confluyan comercio, servicios, gastronomía y cultura.

Con una ocupación prácticamente total antes de abrir sus puertas y una segunda etapa ya en evaluación, el emprendimiento ofrece una señal concreta sobre el dinamismo que mantiene el mercado inmobiliario comercial de Posadas y sobre la confianza que los inversores siguen depositando en la capital misionera como uno de los polos de negocios más activos del nordeste argentino.

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Construcciones Flash: el modelo que acelera la arquitectura en Misiones

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Construir una casa siempre fue sinónimo de tiempo. De meses -a veces años- entre planos, materiales, albañiles y una obra expuesta al clima, a la inflación y a los inevitables imprevistos. Pero ese paradigma empieza a resquebrajarse. En Misiones, una nueva generación de empresas apuesta por un modelo que traslada buena parte del proceso desde el terreno hacia la fábrica, industrializando la construcción de la misma manera en que la industria automotriz revolucionó la fabricación de vehículos.

La tendencia aún es incipiente, pero crece. Ya no se trata solamente del steel frame, un sistema que comenzó a difundirse hace algunos años en el país, sino de estructuras metálicas más robustas, diseñadas digitalmente y fabricadas con precisión antes de llegar al lote. El objetivo es simple: construir mejor, más rápido y con mayor previsibilidad.

Una de las empresas que impulsa este cambio es Construcciones Flash, radicada en Aristóbulo del Valle. En poco más de un año de actividad ya entregó más de diez proyectos y alrededor de 800 metros cuadrados construidos, especializados en viviendas modulares, locales comerciales, quinchos y cabañas destinadas al turismo.

Dennis Steinhorst, responsable del área comercial de Construcciones Flash, sostiene que el sistema representa una evolución respecto del steel frame convencional. “Trabajamos con perfiles de acero plegados de entre 1,8 y 2 milímetros de espesor, mucho más reforzados. Además, al fabricar nosotros mismos las estructuras podemos aplicar tratamientos anticorrosivos incluso en el interior de los perfiles, algo que prolonga su vida útil y mejora el comportamiento frente a la humedad”, explica. Esa ingeniería, agrega, permite ofrecer construcciones modulares destinadas tanto a viviendas familiares como a emprendimientos turísticos, locales comerciales y proyectos transportables para distintas provincias del país.

Dennis Steinhorst

Pero la verdadera ventaja aparece cuando se habla de tiempos.

Mientras una obra convencional puede extenderse durante varios meses, una vivienda modular pequeña puede completarse en apenas diez días hábiles. Incluso proyectos superiores a los 100 metros cuadrados pueden estar terminados en alrededor de dos meses. Esa reducción de plazos también disminuye costos indirectos, reduce la exposición a la inflación de materiales y permite comenzar a utilizar o rentabilizar la inversión mucho antes.

En una provincia donde el turismo continúa expandiéndose y la demanda habitacional sigue siendo elevada, esa velocidad abre nuevas oportunidades. No solo para quienes buscan construir su vivienda, sino también para desarrolladores de complejos turísticos, comercios e inversores que necesitan recuperar capital en menos tiempo.

La velocidad es, según Steinhorst, el principal factor que explica el creciente interés por este tipo de obras. “Una vivienda pequeña puede estar terminada en unos diez días hábiles y una casa de más de cien metros cuadrados demanda alrededor de sesenta días. Es muchísimo más rápido que la construcción tradicional y eso también reduce el costo de mano de obra”, afirma. Pero, asegura, el atractivo no termina allí: “La gente busca una casa que tenga la misma durabilidad que una construcción convencional, pero con menos mantenimiento y con tiempos mucho más cortos”.

La industrialización también cambia la lógica del negocio. Muchas de estas construcciones pueden fabricarse completamente en planta y trasladarse en camión listas para su instalación. Eso permite llegar a distintos puntos del país sin montar grandes equipos de obra, una ventaja que la empresa ya explora con proyectos vinculados al desarrollo de Vaca Muerta y módulos para estaciones de servicio.

Otro aspecto novedoso es el financiamiento. Ante la ausencia de créditos hipotecarios accesibles, algunas constructoras comenzaron a ofrecer planes propios. En este caso, los clientes pueden iniciar un plan de pago mensual y, una vez alcanzado aproximadamente el 50% del valor de la vivienda, comienza la construcción mientras continúan abonando el saldo restante. Las cuotas se actualizan según el índice de la construcción, pero sin los costos financieros habituales del sistema bancario.

Para Steinhorst, el cambio no pasa únicamente por el sistema constructivo, sino también por la manera de acceder a la vivienda. “Hoy mucha gente no puede obtener un crédito hipotecario. Por eso desarrollamos un sistema de financiación propia. El cliente comienza pagando cuotas y, cuando alcanza aproximadamente el cincuenta por ciento del valor de la vivienda, iniciamos la obra. El resto lo sigue abonando ya viviendo en su casa”, explica. Es un esquema que traslada parte del financiamiento desde el sistema bancario hacia la propia empresa y que busca responder a una demanda cada vez más frecuente en el mercado.

Más que una moda, la construcción industrializada parece responder a una necesidad. Frente a un mercado que exige reducir costos, acortar plazos y ofrecer mayor previsibilidad, el modelo gana terreno como una alternativa cada vez más competitiva.

La arquitectura también cambia. Ya no alcanza con diseñar buenos espacios; ahora también importa cómo se producen. Y en ese cambio de paradigma, Misiones empieza a construir una nueva forma de pensar la vivienda: más industrial, más eficiente y adaptada a los desafíos de una economía donde el tiempo vale tanto como los materiales.

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De la Patagonia profunda al suelo rojo, la pasión por los dinosaurios de Matías Motta

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El paleontólogo obereño Matías Motta participó del descubrimiento de Kank australis, una nueva especie de dinosaurio hallada en Santa Cruz. El hallazgo amplía el mapa de los raptores del hemisferio sur y aporta nuevas pistas sobre el origen de las aves. Pero detrás de la repercusión internacional aparece otra historia: la búsqueda del primer registro fósil significativo de Misiones.

Mientras los titulares celebran el descubrimiento de una nueva especie de dinosaurio en la Patagonia, Matías Motta piensa en otra cosa. Piensa en Misiones.

El investigador nacido en Oberá integra el equipo argentino-japonés que identificó al Kank australis, un dinosaurio carnívoro que vivió hace unos 70 millones de años en el extremo sur de la Patagonia. El hallazgo fue publicado en la prestigiosa revista científica Journal of Vertebrate Paleontology y rápidamente captó la atención de medios especializados de todo el mundo.

Sin embargo, para Motta, la noticia tiene una dimensión adicional. Después de participar en algunos de los descubrimientos paleontológicos más importantes de los últimos años, sigue persiguiendo un objetivo mucho más cercano: encontrar algún día el primer fósil que permita incorporar a Misiones al mapa paleontológico argentino.

“No hemos encontrado nada todavía”, reconoce.

La frase resume una rareza científica. Misiones es una de las pocas provincias argentinas sin registros fósiles relevantes confirmados. No porque nunca hayan existido animales prehistóricos en su territorio, sino porque la geología local dificulta enormemente la preservación de restos.

Un dinosaurio que llegó desde el fin del mundo

El Kank australis apareció en sedimentos de la Formación Chorrillo, cerca de El Calafate, en Santa Cruz. Cuando este animal recorría la región, la Cordillera de los Andes todavía no existía y el paisaje era radicalmente distinto al actual.

Donde hoy predominan el viento, la estepa y las bajas temperaturas, hace 70 millones de años existía una red de ríos, lagunas y bosques que sostenía una biodiversidad extraordinaria.

En ese ecosistema convivían peces, ranas, tortugas, serpientes, mamíferos primitivos y algunos de los últimos dinosaurios que habitaron Sudamérica antes de la extinción masiva provocada por el impacto del meteorito. Entre ellos figuraban el gigantesco depredador Maip macrothorax, el saurópodo Nullotitan glaciaris y ahora también el recién descrito Kank australis.

Más cerca de una garza que de Jurassic Park

El nuevo dinosaurio pertenece al grupo de los unenlagiinos, parientes australes de los famosos velociraptores.

Pero la comparación tiene límites. Las investigaciones sugieren que Kank australis pudo haber tenido hábitos muy distintos a los depredadores veloces popularizados por Hollywood. Sus dientes presentan pequeñas crestas adaptadas para sujetar presas resbaladizas. Además, las vértebras del cuello muestran estructuras similares a las observadas en aves pescadoras modernas.

La hipótesis de los investigadores es provocadora: este dinosaurio podría haberse comportado más como una garza que como un cazador terrestre clásico. Un pescador especializado en ambientes acuáticos. La imagen obliga a revisar muchas ideas instaladas sobre los raptores.

La pieza encontrada antes de la tormenta

Los primeros restos aparecieron en 2018. Sin embargo, el fósil decisivo tardó varios años en llegar.

Durante una expedición marcada por nevadas y condiciones extremas, uno de los técnicos del equipo encontró una vértebra cervical parcialmente incrustada en la roca. Poco después una tormenta obligó a abandonar el lugar.

Aquella pieza terminó siendo fundamental. Una vez preparada en laboratorio, reveló características anatómicas desconocidas para la ciencia. Era la evidencia que faltaba para demostrar que se trataba de una especie nueva.

La confirmación llegó tras años de trabajo de campo, análisis comparativos, tomografías computadas y estudios microscópicos realizados por investigadores argentinos y japoneses.

El vacío entre Patagonia y Antártida

El descubrimiento tiene otra consecuencia científica relevante. Hasta ahora, la mayoría de los unenlagiinos conocidos provenían del norte patagónico. Kank australis extiende significativamente su distribución hacia el extremo austral del continente.

Eso permite conectar poblaciones conocidas en Patagonia con registros hallados en la Antártida y reconstruir mejor la evolución de estos dinosaurios en los antiguos territorios del hemisferio sur. Para los paleontólogos, el hallazgo ayuda a llenar uno de los vacíos geográficos más importantes del Cretácico tardío sudamericano.

El sueño pendiente

Pese a la magnitud del descubrimiento, Motta mantiene una obsesión personal. Volver a Misiones.

Las posibilidades existen. Aunque gran parte de la provincia está formada por basaltos volcánicos poco favorables para la conservación fósil, algunas áreas presentan afloramientos sedimentarios capaces de preservar restos antiguos. San Ignacio. Santa Ana. Corpus. Candelaria.

Nombres que aparecen con frecuencia en las conversaciones entre geólogos y paleontólogos.

Allí podría encontrarse algún día la primera evidencia fósil significativa de la provincia.

Por ahora no hay certezas. Pero tampoco las había cuando comenzaron a aparecer pequeños dientes y fragmentos óseos en una montaña cercana a El Calafate.

Seis años después, aquellos restos terminaron convirtiéndose en una nueva especie de dinosaurio.

Quizás la próxima historia empiece mucho más cerca. Bajo la tierra colorada de Misiones.

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Del mate al café: Pájaro Azul apuesta a diversificar la producción misionera

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Con una inversión para montar la primera fábrica industrial de café de Misiones, Pájaro Azul busca abrir un nuevo capítulo en la historia agroindustrial de la provincia. Mientras la yerba mate atraviesa un escenario de sobreoferta y consumo retraído, Paul Mousquere apuesta por diversificar, agregar valor y explorar un cultivo que podría encontrar oportunidades en el nuevo contexto climático y productivo.

Durante más de seis décadas, Pájaro Azul construyó su identidad alrededor de la yerba mate, el té y la producción agroindustrial en Oberá. Hoy, sin embargo, la empresa está embarcada en un desafío diferente: convertirse en uno de los protagonistas del desarrollo de la industria cafetera en Misiones.

La iniciativa coincide con el renovado interés provincial por el café, impulsado por la reciente ley que promueve el cultivo experimental y comercial de esta especie en territorio misionero. Pero Mousquere va un paso más allá. Mientras otros analizan posibilidades, él ya está invirtiendo en infraestructura, equipamiento y desarrollo industrial.

“Estamos armando la industria del café acá en Oberá. Ya compramos máquinas en el exterior, estamos construyendo los galpones y calculamos que en unos meses comenzarán a llegar los primeros equipos”, explica el presidente de la empresa.

La apuesta no es menor. El empresario reconoce que el contexto económico actual no es el más favorable para invertir: el consumo está retraído, la yerba mate atraviesa dificultades y los márgenes son cada vez más ajustados. Sin embargo, considera que justamente en estos momentos es cuando hay que pensar en el futuro.

“Hay que innovar. Hay que asumir riesgos. Si seguimos haciendo siempre lo mismo, vamos a seguir teniendo los mismos problemas”, resume.

De la yerba al café

La historia de Pájaro Azul está íntimamente ligada a la historia productiva de Misiones. La marca tiene más de un siglo de existencia y forma parte del grupo de etiquetas tradicionales de la yerba mate argentina. La compañía es una empresa familiar que comenzó con Don Alfredo Mousquere haciendo el primer secadero de yerba mate en Oberá. Luego de unos años el mismo fue trasladado a la localidad de General Alvear, departamento de Oberá, donde posteriormente continuaron sus hijos Amauri y Miguel Ángel Mousquere. Ya en los años 80 se construyó el molino de yerba mate, comenzando con su marca Ivoty Ca´a; y más tarde le dio continuidad al negocio familiar Paul Andre Mousquere, actual presidente de la compañía.

En la actualidad también se incorporó uno de sus hijos, Alfredo Andre Mousquere, quien se desempeña como gerente comercial y está a cargo del desarrollo a sus marcas Pájaro Azul y Adelga Mate, las cuales fueron adquiridas por la empresa en el año 2010. Mousquere recuerda que la empresa adquirió la marca en 2010 y desde entonces la desarrolló dentro de un esquema productivo integrado que incluye secaderos, molienda y envasado. Ahora el objetivo es replicar ese modelo en el negocio cafetero.

Por el momento, Café Pájaro Azul se envasa en Brasil y ya comenzó a comercializarse a través de la red de distribución nacional de la empresa. Pero el objetivo es trasladar todo el proceso industrial a Misiones.

“La idea es comenzar de a poco, conocer el mercado, medir los volúmenes de venta y desarrollar nuestra propia fábrica. Hoy estamos comprando equipos de tostado, clasificación y molienda. Más adelante también queremos producir café en saquitos y eventualmente cápsulas”, detalla.

La iniciativa tiene una característica singular: de concretarse plenamente, sería la primera planta industrial de café de gran escala instalada en Misiones.

“Hoy existen algunas tostadoras pequeñas orientadas al café de especialidad, pero una industria pensada para abastecer al consumo masivo todavía no existe”, señala.

El proyecto industrial avanza mientras la provincia comienza a debatir otro desafío: producir café localmente. Mousquere observa el fenómeno con interés, aunque también con cautela.

“El café necesita calor, lluvia y determinadas condiciones climáticas. Lo más complicado son los días de frío intenso. La planta no tolera temperaturas inferiores a diez grados”, explica.

Según detalla, algunas experiencias en el norte argentino buscan resolver ese problema mediante sistemas de cobertura forestal que protejan los cultivos. “Hay que probar. Hay plantaciones en Tucumán, algunas experiencias en Jujuy y también algo se está haciendo en Misiones. Pero todavía hay muchas preguntas por responder sobre rendimientos, variedades y adaptación”, sostiene.

Aun así, considera que el cambio climático podría abrir nuevas oportunidades productivas para regiones que históricamente no fueron cafeteras.

Aunque el café ocupa hoy gran parte de su atención, Mousquere sigue observando con preocupación la situación del principal producto de la economía misionera.

A su entender, el mercado atraviesa una combinación compleja: aumento de la producción y caída del consumo.

“El consumo de yerba cayó alrededor de un 20 por ciento y al mismo tiempo aumentó la oferta. Eso genera sobrestock y obliga a todos a trabajar con márgenes más bajos”, afirma.

Sin embargo, rechaza la idea de que la caída responda exclusivamente a una pérdida de poder adquisitivo.

“Hoy la yerba no es un producto caro. Lo que cambió es el comportamiento del consumidor. Antes la gente compraba de más porque sabía que los precios iban a aumentar. Ahora compra lo que necesita para el día a día”, analiza.

Según su visión, la estabilidad de precios modificó hábitos de consumo que durante años estuvieron condicionados por la inflación.

Más allá del café, Mousquere cree que Misiones necesita ampliar su matriz productiva. “Yerba, té, tabaco y madera son sectores muy desarrollados. Tenemos muchísima oferta. Lo que necesitamos son nuevos productos y nuevas industrias”, plantea.

En esa búsqueda menciona oportunidades vinculadas a alimentos elaborados, proteínas animales, productos para mascotas, jengibre y otras actividades con valor agregado.

“Hay que dejar de pelear entre nosotros por vender cada vez más barato lo mismo. Tenemos que encontrar otras cosas para hacer”, sostiene.

La reflexión conecta directamente con la apuesta cafetera. Para Mousquere, el verdadero valor del proyecto no está solamente en vender café, sino en demostrar que Misiones puede construir nuevas cadenas industriales a partir de productos que hasta ahora no formaban parte de su ADN productivo.

“Hace diez años no había cafeterías de especialidad en Oberá. Hoy hay varias y todas tienen su público. Los mercados cambian. Hay que estar atentos a esas oportunidades”, concluye.

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Juanfa Suárez y la herencia del tiempo: una historia de vino, familia y territorio

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Juanfa Suárez, productor vitivinícola y viticultor, representa la cuarta generación al frente de Finca Suárez, un proyecto familiar que comenzó hace más de un siglo de la mano de su bisabuelo. La bodega se especializa en vinos elaborados exclusivamente con uvas propias de Paraje Altamira, en el sur del Valle de Uco, una zona que Juan define como “muy especial, de vinos de calidad”.

La historia de Finca Suárez es la de una construcción intergeneracional. Su bisabuelo fundó la finca; su abuelo implantó viñedos en la década de 1950; su padre volvió a plantar a fines de los años noventa, tras la crisis que atravesó la actividad en los setenta; y Juan comenzó a elaborar vinos alrededor de 2010, aportando una nueva mirada sin perder el vínculo con la tradición familiar.

Músico de formación académica, Juan describe su desembarco en el mundo del vino como un proceso “muy orgánico y lento”. Vivía en Buenos Aires, daba clases en el Conservatorio Manuel de Falla y desarrollaba una carrera profesional como trompetista. Sin embargo, cada verano regresaba a Mendoza para participar de la vendimia. Con el tiempo, la pasión por la viticultura terminó inclinando la balanza. “Me acuerdo el día que dije: ‘Okay, ya no estoy más en el mercado de la música’”, recuerda al evocar el momento en que vio a antiguos compañeros tocar con otro músico ocupando su lugar.

En 2017 dio un paso más y creó Rocamadre junto a su pareja, Cecilia Durán. Aunque el proyecto también tiene su base en Altamira, se diferencia de Finca Suárez porque incorpora uvas provenientes de otras zonas del Valle de Uco. Juan explica que Rocamadre surgió de la “necesidad de tener mi propio proyecto” y que, con el tiempo, terminó convirtiéndose en una efectiva estrategia comercial.

La convivencia de ambas marcas les permitió ampliar mercados y diversificar canales de comercialización. “Podemos ocupar más espacio de góndola, llegar a más lugares y, al trabajar con distintos importadores en un mismo mercado, contar con equipos de venta más amplios para nuestras marcas”, resume.

La búsqueda del detalle

Tanto Finca Suárez como Rocamadre poseen identidades propias y un amplio portfolio de etiquetas. Uno de los aspectos que más destaca Juan es la posibilidad de elaborar vinos muy distintos a partir de parcelas cercanas e incluso de un mismo viñedo.

Un ejemplo es el Chardonnay. En apenas dos hectáreas de una misma finca producen tres vinos diferentes. La explicación surgió a partir de un estudio geológico realizado en 2020, que permitió comprender la extraordinaria heterogeneidad de los suelos de Altamira.

Para Juan, interpretar esas diferencias y expresarlas en cada botella constituye la máxima forma de generación de valor. “Es lo máximo en valor agregado que podemos hacer”, sostiene.

La cercanía a la Cordillera de los Andes también juega un papel determinante. Allí aparecen suelos antiguos, ricos en carbonato de calcio, un componente conocido localmente como “caliche”, que se ha convertido en una de las señas de identidad de Altamira y en una característica distintiva de sus vinos de parcela.

El arte como puerta de entrada

La búsqueda de identidad no se limita al vino. También se expresa en el diseño de las etiquetas.

En Finca Suárez, el trabajo visual está inspirado en la técnica de “paper cut” desarrollada por la artista Cecilia Farías, con ilustraciones que Juan define como “más juguetonas y algo más literales”.

Rocamadre, en cambio, adopta una estética más conceptual y poética. “Habla del origen, que para nosotros es fundamental, pero lo hace de una manera casi poética, casi como un haiku”, explica.

Para Juan, el diseño cumple un papel decisivo en la relación inicial con el consumidor. “La primera botella la vendemos con la etiqueta, de eso no hay ninguna duda. Si no conocés el vino, tiene que tentarte por los ojos. No hay otra entrada”, afirma.

Mercados y desafíos

Actualmente, Estados Unidos constituye el principal mercado para ambas marcas, seguido por Brasil y Argentina.

Entre Finca Suárez y Rocamadre producen alrededor de 100.000 botellas por año. Aproximadamente la mitad se comercializa en el mercado argentino, mientras que el resto se destina a la exportación.

A pesar de las dificultades económicas que atraviesa el país, Juan observa oportunidades en el escenario internacional. Incluso considera que la llegada de vinos importados a Argentina puede convertirse en un estímulo para elevar estándares de calidad.

“Nos va a dejar mejor posicionados a los que hacemos las cosas bien”, asegura.

El Semillón y la fuerza de la memoria familiar

Aunque reconoce un profundo afecto por todos los vinos que elabora, hay uno que ocupa un lugar especial: el Semillón.

La conexión es tanto técnica como emocional. Juan recuerda a su abuelo sosteniendo que quien lograra elaborar un gran Semillón en La Consulta -la zona donde se encuentra la finca- estaría produciendo uno de los mejores vinos blancos de Argentina. Esa convicción llevó a la familia a plantar Semillón en 2013 y elaborar su primera cosecha en 2016.

Tiempo después, mientras revisaba un libro escrito por su bisabuelo Leopoldo Suárez en 1911, encontró una referencia que lo conmovió profundamente: “Leopoldo Suárez en 1911 dice que el Semillón es la mejor uva blanca para Mendoza”.

El hallazgo confirmó una intuición transmitida durante generaciones y reforzó la idea de continuidad que atraviesa toda la historia familiar.

Un proyecto pensado en generaciones

Padre de dos hijos, Juan entiende la viticultura como una actividad donde el tiempo tiene una dimensión distinta. Por eso define a Finca Suárez como un verdadero “consorcio intergeneracional”.

En una industria donde las decisiones tomadas hoy pueden verse reflejadas recién décadas después, el valor de la paciencia, la transmisión de conocimientos y el arraigo territorial adquieren una importancia central.

“Valorar el tiempo, la paciencia, las generaciones y los lugares” es, para Juan, una de las claves que hacen de la viticultura una actividad tan apasionante como compleja. Una filosofía que atraviesa más de cien años de historia familiar y que continúa proyectándose hacia el futuro desde los suelos calcáreos de Altamira.

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