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“El microbiólogo argentino especializado en vino que está transformando el sector vitivinícola”

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En una industria que mueve más de 113.000 empleos directos y posiciona a Argentina como el quinto productor mundial de vino, existe una ausencia sorprendente: el rol del microbiólogo. Hasta ahora.

La producción de vino es, fundamentalmente, un proceso microbiológico. Las levaduras transforman el azúcar en alcohol durante la fermentación alcohólica, mientras que las bacterias lácticas suavizan la acidez en la fermentación maloláctica. Estos microorganismos, invisibles al ojo humano pero omnipresentes en cada etapa del proceso, son los verdaderos arquitectos de la calidad, el aroma, la estabilidad y el carácter único de cada vino. En Argentina, si bien los enólogos tradicionalmente han supervisado el universo microbiológico del vino gracias a su alta capacitación en vinificación, la búsqueda de la máxima precisión y calidad impulsa a la industria a integrar y complementar su labor con la especialización profunda en microbiología. Este enfoque científico dedicado potenciará la toma de decisiones del enólogo y la calidad final del producto.

Es así como aparece en escena Germán González Riachi, microbiólogo con origen en Córdoba, egresado de la Universidad Nacional de Río Cuarto y fundador de Ciencia del Vino. Con un enfoque inédito en Argentina, este especialista lidera una transformación integral que ya está en marcha. Su modelo de atención disruptivo es pionero en enfocar la microbiología enológica directamente en las necesidades de producción de las bodegas, sentando las bases para elevar la calidad, la identidad y la sustentabilidad del vino argentino a niveles sin precedentes.

Germán identificó una brecha crítica durante su formación como microbiólogo y su contacto con la industria vitivinícola. En Estados Unidos, por ejemplo, existen más de 14.000 puestos de trabajo específicos para microbiólogos en la industria del vino, con roles como “Wine Microbiologist” y “Microbiology Supervisor” considerados esenciales en las estructuras de producción de bodegas de todos los tamaños. Empresas internacionales como Lallemand Oenology cuentan con equipos completos de microbiólogos especializados que desarrollan soluciones innovadoras desde el viñedo hasta la botella. En Argentina, en cambio, esta figura profesional simplemente no existía.

“Al iniciar mi investigación, identifiqué que la industria operaba sin la información crítica sobre su principal activo: el universo microbiológico. El enólogo es el responsable de definir y conducir el estilo y calidad del vino que se quiere lograr; nuestro trabajo es ser su soporte científico preciso. Nosotros le brindamos los datos críticos en cada punto de la vinificación: desde la vitalidad y el número exacto de levaduras para optimizar la fermentación, hasta la identificación de posibles contaminantes, asegurando la estabilidad microbiológica del vino. Esta precisión elimina las sorpresas, porque cada una de estas decisiones determinará la diferencia entre un vino excepcional o un vino con defectos. La microbiología no es solo un complemento: es el corazón del proceso”, comenta Germán.

La ausencia de microbiólogos especializados en las bodegas argentinas no es meramente una cuestión académica. Tiene consecuencias tangibles y costosas. Las paradas de fermentación, las contaminaciones por microorganismos no deseados y las desviaciones aromáticas son problemas recurrentes que generan pérdidas económicas significativas y comprometen la calidad del producto final. Además, la dependencia de levaduras comerciales genéricas estandariza los perfiles sensoriales de los vinos, silenciando la expresión única del terroir argentino y limitando la capacidad de diferenciación en mercados cada vez más competitivos.

Para dimensionar el impacto económico de estos problemas microbiológicos, basta con observar el valor en juego en cada tanque de fermentación. Un lote pequeño de 2.000 litros en una bodega boutique puede transformarse en más de 2.600 botellas de vino premium, con un valor potencial superior a USD60.000. En una bodega mediana, un tanque de 5.000 litros de gama media representa alrededor de USD87.000; y en una bodega grande, un tanque de 10.000 litros de vino de alta gama puede superar los USD 300.000 en valor de mercado. Cuando una fermentación se detiene o se desvía, se desvaloriza. En cuestión de días puede perderse hasta un 70% e incluso el 100% del valor del lote, según la gravedad del problema: decenas o cientos de miles de dólares que se esfuman por la falta de un control microbiológico adecuado y oportuno.

“La oportunidad que brinda la microbiología para elevar la calidad del sector vitivinícola argentino es inmensa“, afirma González Riachi con convicción. “No estamos hablando solo de evitar problemas. Estamos hablando de desbloquear el potencial completo de cada viñedo, de cada varietal, de cada bodega. Con un control microbiológico en tiempo real, la precisión científica abarca todo el proceso: En bodega, podemos prevenir fermentaciones problemáticas antes de que ocurran; podemos aislar y seleccionar levaduras nativas que capturen la esencia única de cada terroir; y podemos diseñar perfiles de fermentación que maximicen la complejidad aromática. Aseguramos la estabilidad microbiológica en botella, eliminando reclamos y garantizando que el vino que llega al consumidor sea exactamente el que el enólogo diseñó. Finalmente, este modelo integral se extiende al viñedo, donde podemos desarrollar biofertilizantes y biocontroladores a medida para mejorar la salud del suelo y defender la vid de forma natural, cerrando el ciclo de sustentabilidad y calidad.”

Esta visión del especialista trasciende la atención inmediata. Para asegurar un impacto estructural, está sentando las bases de una red de microbiólogos que estén disponibles para integrarse al trabajo en las bodegas, actuando como aliados estratégicos de enólogos y bodegueros. Esta iniciativa se fortalece con capacitaciones, cursos y formaciones constantes, diseñadas para elevar la calidad del vino argentino y afrontar los desafíos evolutivos de la industria. De esta forma, se garantiza la mejora continua y se construye una nueva cultura de precisión científica en la elaboración.

Para materializar esta visión, González Riachi fundó “Ciencia del Vino”, el primer laboratorio móvil de microbiología enológica de Argentina y Latinoamérica. La propuesta es disruptiva: en lugar de que las bodegas envíen muestras a laboratorios externos y esperen días por resultados que a menudo llegan demasiado tarde, “Ciencia del Vino” lleva el laboratorio directamente a la bodega. Con equipamiento de última generación, incluyendo microscopía de epifluorescencia y espectrofotometría, el equipo realiza análisis microbiológicos in situ y entrega resultados en tiempo real, permitiendo a los productores tomar decisiones informadas en el momento crítico.

Pero la visión de Germán González Riachi va más allá del control de calidad. Uno de los servicios más innovadores de “Ciencia del Vino” es el aislamiento y selección de levaduras nativas propias de cada viñedo o bodega. “Cada viñedo tiene su propia comunidad microbiana, moldeada por el clima, el suelo, las prácticas agrícolas y la historia del lugar”, explica. “Esas levaduras nativas son el ADN microbiológico del terroir. Cuando fermentamos con levaduras comerciales genéricas, estamos silenciando esa voz única. Nosotros aislamos, seleccionamos y reproducimos las mejores levaduras nativas de cada productor, lo que no solo garantiza una fermentación eficiente, sino que también aporta una identidad única e irrepetible al vino”.

Con su foco exclusivo en la microbiología aplicada a la producción de vino en Argentina, González Riachi es consciente de la responsabilidad que conlleva su rol. “Estoy convencido de que la microbiología es la próxima frontera de la calidad en la vitivinicultura argentina“, afirma. “Hemos avanzado enormemente en viticultura, en enología, en marketing. Pero el universo microbiológico sigue siendo en gran medida inexplorado. Ahí está la oportunidad. Ahí está el potencial para que Argentina no solo sea el quinto productor mundial, sino también un referente global en calidad, identidad y sustentabilidad. Y eso solo se logra con ciencia, con conocimiento, con especialización. Ese es nuestro compromiso con la industria”.

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Inteligencia Artificial y una revolución tecnológica en la producción del vino

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La inteligencia artificial ya es parte del nuevo lenguaje del vino. Enartis S.R.L., líder global en soluciones enológicas y parte del Esseco Group, anunció la adquisición del 100% de Parsec S.R.L., reconocida por sus sistemas de control y automatización para bodegas. La operación, aún sujeta a aprobación regulatoria de la legislación italiana, abre una etapa en la que ciencia, datos y tradición se combinan para redefinir la forma de producir vino en todo el mundo.

El anuncio tiene una resonancia en Argentina, uno de los países vitivinícolas más innovadores de América Latina. Mendoza, San Juan y otras provincias ya experimentan un proceso de modernización que incluye el uso de sensores, big data y herramientas de inteligencia artificial para optimizar fermentaciones, reducir consumos de agua y energía y garantizar una calidad constante. En ese contexto, la unión entre Enartis y Parsec promete acelerar la adopción de tecnología en bodegas locales de todos los tamaños y en todo el mundo.

“Estamos dando un paso decisivo hacia una enología inteligente”, afirma Samuele Benelli, CEO de Enartis. “La integración con Parsec une nuestras competencias en investigación y biotecnología con su liderazgo en automatización. Juntos ofreceremos a las bodegas del mundo soluciones capaces de mejorar la calidad del vino y reducir su impacto ambiental”.

Con más de 20 años de trayectoria, Enartis ofrece productos y tecnologías para la elaboración de vinos, destilados y bebidas de baja graduación alcohólica. Cuenta con 12 sedes en cinco continentes, más de 230 profesionales y presencia en más de 50 países, con una cartera de clientes que supera los 10.000 productores. Su estrategia combina investigación científica, innovación y proximidad técnica, con el objetivo de acercar soluciones a cada realidad productiva, desde bodegas boutique hasta grandes grupos exportadores. 

En Argentina, la empresa trabaja junto a bodegas locales en soluciones para fermentación, estabilización y control de calidad, además de ofrecer asesoramiento técnico permanente.

Parsec, fundada en Florencia en 1995, fue pionera en el desarrollo de sistemas de microoxigenación controlada, gestión automatizada de fermentaciones y supervisión remota de bodegas. Sus equipos y software permiten monitorear parámetros clave en tiempo real y ajustar procesos con precisión, una tendencia que coincide con el camino que muchas bodegas argentinas ya iniciaron para mejorar la eficiencia y la sustentabilidad.

La nueva estructura

“Este es el comienzo de un capítulo que queremos escribir juntos”, declara Samuele Benelli, Consejero Delegado de Enartis. “Hoy sentamos las bases para unir no solo a dos empresas, sino a dos familias que comparten la misma cultura de servicio al cliente y la misma pasión por la excelencia y la innovación. Las extraordinarias competencias del equipo de Parsec, unidas a nuestra presencia global, crearán un potencial increíble. Queremos que cada persona, tanto en Enartis como en Parsec, se sienta protagonista de esta futura aventura”.

En ese sentido Piermario Ticozzelli, Director de Negocio de Enartis, afirma: “La unión entre Enartis y Parsec consolidará nuestro compromiso de ofrecer soluciones integradas e innovadoras para una vinificación cada vez más eficiente y de calidad. La complementariedad entre las competencias de ambas empresas representará un potente motor de crecimiento, capaz de generar nuevas oportunidades de negocio. Juntos, nos convertiremos en el socio estratégico para las bodegas de todo el mundo que miran hacia el futuro”.

“La unión con Enartis representa la evolución natural de la trayectoria de crecimiento de Parsec”, declara Giuseppe Floridia, Consejero Delegado de Parsec. “Hemos elegido a Enartis porque reconocemos en ellos nuestra misma visión y una profunda vocación por la innovación. La unión de Parsec y Enartis permite integrar el conocimiento científico con la tecnología de control y gestión del proceso, ofreciendo al mercado herramientas para una calidad del vino cada vez más medible y sostenible”.

Esta fusión se suma a la adquisición de la portuguesa Winegrid en 2023 y da origen a un centro global de competencias sin precedentes, que combina biotecnología, automatización e inteligencia artificial aplicada a la producción enológica. El objetivo: ofrecer herramientas predictivas y plataformas integradas para gestionar la producción desde la uva hasta la botella.

Impacto en Argentina

La alianza llega en un momento clave para el sector vitivinícola argentino, que busca ganar competitividad mediante tecnología, trazabilidad y sustentabilidad. El país, cuarto productor mundial de vino, enfrenta el desafío de combinar calidad y eficiencia sin perder identidad. En ese proceso, la incorporación de herramientas digitales como las que promueven Enartis y Parsec, puede marcar la diferencia entre producir vino y producir conocimiento sobre el vino.

Con la mirada puesta en el futuro estas empresas italianas confirman una tendencia irreversible: la revolución tecnológica en la enología ya está en marcha, y Argentina tiene todo para ser una de sus protagonistas.

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Elegancia de altura: la revolución silenciosa de Michelini & Mufatto en Gualtallary

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Gualtallary, Mendoza. Desde lo alto del Valle de Uco, donde la cordillera domina el horizonte y los suelos calizos dictan carácter, Gerardo Michelini cuenta su historia con la naturalidad de quien habla del tiempo. Pero lo que narra es una verdadera revolución: la que cambió el paradigma del vino argentino en las dos últimas décadas.

“Nosotros comenzamos con mis hermanos. Ellos trabajaban en bodegas grandes y en 2005 decidimos independizarnos”, explica. Así nació Zorzal, el primer proyecto conjunto, con una inquietud compartida: “patear el tablero” y proponer una enología distinta -vinos más frescos, menos intervenidos, más elegantes- en un contexto dominado por etiquetas corpulentas y homogéneas. “Sentíamos que podíamos aportar algo distinto”, recuerda.

Diez años después, en 2015, Gerardo y su esposa, la enóloga Andrea Mufatto, iniciaron un nuevo camino: Michelini & Mufatto, una bodega pequeña, de producción limitada y foco absoluto en la calidad. “Nos movimos, nos achicamos. La idea era empezar chiquitos, sin grandes aportes de capital, enfocados solo en la calidad”, señala. Desde Gualtallary, un rincón excepcional del Valle de Uco, elaboran hoy vinos reconocidos por su frescura, su elegancia y una identidad territorial inconfundible.

Gualtallary es como la perfección”, dice sin vueltas. “Dios pensó un lugar ideal y le puso altura, suelos blancos calizos, frescura, flores… Todo lo necesario para hacer grandes vinos. No hay humedad, así que no necesitamos curar los viñedos. Trabajamos en orgánico y la naturaleza hace su parte”.

Frescura, elegancia y una búsqueda constante

La palabra “frescura” aparece una y otra vez, aunque Michelini prefiere afinar el concepto: “Al principio hablábamos de vinos más frescos, pero después nos dimos cuenta que era más apropiado hablar de vinos más elegantes”. ¿Qué es elegancia? “Un vino que no tiene exceso de madera, ni demasiado color ni volumen. Son vinos más estilizados, largos, con un poco más de acidez, que acompañan la comida sin competir con ella”.

Esa elegancia nace de tres pilares: el lugar, la enología y la mirada del productor. “El vino nace en el viñedo. Si estás en una zona de 1.500 metros de altura, con noches frías y veranos suaves, el vino refleja eso. Luego viene la enología: dignificar la uva, no destruirla. Y la tercera parte es más romántica: es la búsqueda, es el querer seguir profundizando en ese modelo”.

La pasión por el vino también es herencia. “Mis hijos han vivido todo esto desde que nacieron. Tengo cuatro monstruitos”, se ríe. El mayor, de 29 años, es enólogo y ya tiene su bodega en Rioja, España. Otra hija trabaja en un wine bar en Madrid. “Los otros dos también reconocen zonas del mundo al probar un vino. Es imposible no hablar de vino en la mesa”.

Michelini no solo echa raíces en Mendoza. También desarrolla proyectos en España y Uruguay, con bodegas independientes. “En España empezamos como una locura, hicimos cuatro barricas y ahora hacemos 30 mil botellas”, cuenta. La experiencia internacional “te obliga a repensar lo que hacés”: “Empezamos a incorporar técnicas que aprendimos allá, como guardar un año más los vinos en madera. La enología es un oficio: uno repite, pero tiene que estar despierto para saber qué repetir”.

La bodega produce unas 70.000 botellas al año, mitad para el mercado interno y mitad para la exportación. “Vendemos en Argentina, sobre todo en Buenos Aires y Misiones, que para mí es uno de los dos mercados más importantes. Y afuera vendemos en Brasil, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Países Bajos, Inglaterra…”

Y cada mercado escucha un acento distinto. “La bodega de Argentina habla con un acento, la española con otro. Son como personas distintas. Y eso lo tienen que entender los distribuidores y los consumidores”.

Malbec y más allá

La marca también construyó prestigio en cartas selectas. Según Nicolás Ruiz Lenz, propietario de Generación Y, que comercializa la etiqueta en Posadas, “Michelini representa el prestigio encapsulado en el productor. Son pioneros en patear el tablero y eso hoy los pone en un lugar de privilegio, reconocidos por sus pares y por los amantes del vino”.

Gerardo completa la idea con su estilo directo: “Empezamos a vivir el lugar. Si nieva, me nieva a mí. Si cae granizo, me cae granizo a mí. Eso hace que el vino sea más preciso. Si lo ves como una planilla de Excel, pierde el alma”.

Mientras avanza la apertura de un restaurante y la exportación habilita pequeñas inversiones, el mercado interno sigue siendo “una caja rápida” para sostener la estructura. Sobre el contexto actual, es claro: “Hoy hay más previsibilidad de costos. No me faltan botellas ni corchos. Pero bajó mucho el consumo de vinos de alta gama. Hay una crisis comercial, aunque no operativa. Ojalá eso se acomode”.

La bodega ofrece ocho etiquetas: cuatro blancas y cuatro tintas. En tintos, el Malbec es protagonista, acompañado por Cabernet Franc y blends. En blancos, apuestan por Semillón, Chardonnay y Chenin Blanc, variedad casi desaparecida en el país. “Yo tengo una viña plantada en 1890”, dice con orgullo.

Cuando se le pregunta qué significa el vino, Michelini no duda: “Es todo. Es la mesa, la familia, los amigos. Hablamos de viñedos todo el tiempo. Con mi mujer, con mis hijos… Si no hiciera vino, no sabría qué hacer. No sirvo para otra cosa”.

Una confesión que resume una vida entre cepas y barricas, donde lo artesanal y lo humano se funden con la montaña, y cada botella entrega -además de terroir– una mirada.


Sobre la bodega

Michelini & Mufatto está ubicada en Gualtallary, Mendoza. Produce unas 70.000 botellas anuales con foco en calidad, terroir y elegancia. Sus vinos se comercializan en Argentina y en más de seis países. También poseen pequeñas bodegas en España y Uruguay.

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“Borracheras, vómitos y siestas” los excesos en los banquetes romanos

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¿Cómo eran los festines en la antigua Roma? Además de platos exuberantes, también abundaban los excesos como los vómitos, las borracheras y las siestas entre platos.

La alta sociedad romana solía disfrutar de lujosos banquetes que se extendían por horas, sirviendo como una muestra de su riqueza y estatus de maneras que hoy nos parecen difíciles de imaginar. “Comer era el acto supremo de la civilización y la celebración de la vida”, afirma Alberto Jori, profesor de filosofía antigua en la Universidad de Ferrara, Italia.

Los romanos disfrutaban de una amplia variedad de platos, tanto dulces como salados. La lagane, una pasta rústica que se solía acompañar con garbanzos, también se usaba para hacer pasteles de miel con ricotta. Uno de los ingredientes más característicos de la gastronomía romana era el garum, una salsa fermentada de pescado, picante y salada, que los romanos utilizaban para dar un sabor umami a todos sus platos, incluidos algunos postres. Esta salsa se producía al fermentar la carne, la sangre y las vísceras de los peces bajo el sol del Mediterráneo. Para entenderlo mejor, el garum se asemeja a las actuales salsas de pescado asiáticas, como el nuoc mam vietnamita o el nam pla tailandés.

Las carnes de caza, como el venado, el jabalí, el conejo y el faisán, junto con mariscos como ostras y langostas, eran habituales en estos banquetes. Sin embargo, los anfitriones también servían platos más exóticos y extravagantes, como guiso de lengua de loro o lirón relleno. “El lirón era una delicadeza que los granjeros alimentaban durante meses en recipientes especiales antes de venderlo en los mercados”, explica Jori. “Mientras tanto, se sacrificaban grandes cantidades de loros para reunir suficientes lenguas y hacer fricasé”.

Giorgio Franchetti, historiador de la alimentación y estudioso de la Roma antigua, ha rescatado recetas de esta época, algunas de las cuales comparte en su libro Dining With the Ancient Romans, escrito junto a la “arqueococinera” Cristina Conte. En sus experiencias gastronómicas organizadas en sitios arqueológicos italianos, los participantes pueden degustar lo que podría haber sido una comida de la nobleza romana. Estas experiencias también exploran los rituales que acompañaban a estas elaboradas cenas.

Uno de los platos más inusuales es el salsum sine salso, inventado por el gastrónomo romano Marco Gavio Apicio. Se trataba de una “broma culinaria”, en la que un pescado se presentaba entero, con cabeza y cola, pero al abrirlo, su interior estaba relleno de hígado de vaca. La habilidad manual y el factor sorpresa eran esenciales en estas competiciones culinarias.

Los banquetes romanos, además de su derroche gastronómico, incluían comportamientos sociales que hoy nos resultarían inusuales. “Comer acostado y vomitar entre platos eran prácticas comunes”, cuenta Franchetti. Estas costumbres ayudaban a dar cabida a tanta comida. “Los romanos eran hedonistas que buscaban los placeres de la vida”, señala Jori. Vomitar se consideraba necesario para hacer espacio en el estómago y continuar comiendo. Se acostumbraba a hacerlo en una habitación adyacente al comedor, donde los asistentes se inducían el vómito con una pluma en la garganta, antes de regresar al banquete mientras los esclavos limpiaban el desorden.

El “Satiricón” de Cayo Petronio el Arbitro, una obra literaria clásica, captura esta dinámica social de la Roma del siglo I d.C. en la figura del rico Trimalción, quien le ordena a un esclavo que le traiga un “orinal” para orinar sin levantarse de la mesa. En esa época, los juerguistas no se levantaban para ir al baño; el orinal se les traía a ellos, gracias al trabajo de los esclavos.

Los romanos también tenían ideas bastante particulares sobre las funciones corporales. Expulsar gases durante la comida era normal, ya que se creía que el gas atrapado en el intestino podría causar la muerte. El emperador Claudio, por ejemplo, emitió un edicto fomentando las flatulencias en la mesa, basándose en escritos del historiador Suetonio.

Otro comportamiento común era comer recostados en divanes cómodos, una posición que se consideraba adecuada para una buena digestión y que simbolizaba el estatus social de la persona. “Los romanos comían recostados, con la cabeza apoyada en la mano izquierda y usando la derecha para tomar los bocados”, explica Jori. Mientras tanto, los esclavos cortaban la comida y la servían. Las sobras, como huesos y restos de comida, se arrojaban al suelo, algo que los romanos camuflaban artísticamente en los mosaicos decorativos de los salones de banquetes.

Sin embargo, este lujo y comodidad estaba reservado solo para los hombres. Las mujeres comían en mesas separadas o se arrodillaban junto a sus maridos mientras ellos comían, una clara manifestación del dominio masculino. Con el tiempo, las mujeres romanas lograron conquistar el derecho a comer con sus maridos, un primer paso importante hacia la igualdad social.

Los romanos también eran muy supersticiosos, y tenían rituales extraños en torno a la comida. Todo lo que caía de la mesa pertenecía al más allá, y no se debía recuperar por temor a que los muertos se vengaran. Derramar sal se consideraba un mal presagio, y se tomaban precauciones especiales con el pan y los moluscos. En los banquetes, la muerte estaba presente de manera constante, como recordatorio de que la vida debía ser vivida plenamente. Los comensales a menudo hablaban de la muerte mientras bebían, celebrando la vida con un brindis de “carpe diem”.

Los banquetes culminaban con borracheras, donde primaba el consumo de vino. El vino romano no siempre se bebía solo; a menudo se diluía con agua o incluso se mezclaba con alquitrán, una sustancia de sabor desagradable, pero que los romanos apenas percibían.

Tal vez el símbolo máximo del exceso sea el del gourmet Apicio, que supuestamente se suicidó porque se había arruinado tras organizar banquetes demasiado suntuosos. Sin embargo, dejó un legado gastronómico, entre el que se incluye su famosa tarta Apicio, hecha con una mezcla de pescado y carne, como entrañas de aves y pechugas de cerdo. Un plato que tal vez no resulte atractivo en las mesas de los banquetes modernos.

Fuente: CNN

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Ante la emergencia hídrica, el INTI ayuda a bodegas de Mendoza a cuidar el agua

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La empresa La Rural recibió asistencia técnica del instituto para aplicar buenas prácticas orientadas a un manejo más eficiente del agua en su planta elaboradora y para minimizar el impacto ambiental de los efluentes.
La industria vitivinícola no es ajena a la emergencia hídrica que afecta a la provincia de Mendoza. En este escenario, la empresa Bodegas La Rural se acercó al Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) con el interés de hacer un uso más responsable del agua en su proceso productivo. El trabajo que se desarrolló para reutilizar la solución que se usa en la limpieza de tanques, disminuir la carga salina de los efluentes que se destinan a riego agrícola y reducir la materia orgánica soluble en los efluentes estará disponible para todas las bodegas del país.

“El rol del INTI es ayudar a cada proyecto y cada empresa que esté cambiando la estructura productiva para alcanzar una industria que esté en la frontera tecnológica, que innove en sus procesos y en la búsqueda de soluciones para una producción sostenible. El resultado del trabajo conjunto con Bodegas La Rural es una muestra concreta de la articulación virtuosa entre el sector público, los trabajadores y las empresas”, resaltó el secretario de Industria y Desarrollo Productivo de la Nación, José Ignacio de Mendiguren.

La titular del INTI, Sandra Mayol, señaló que “el cuidado de los recursos y las prácticas sustentables en la industria son ejes de trabajo estratégicos para el INTI, en particular en regiones como Cuyo, donde el agua es un recurso escaso. En este sentido, trabajamos de manera articulada junto a las industrias y otros organismos para promover un uso responsable en la cadena de producción vitivinícola”.

El consultor técnico y responsable de la gestión ambiental de Bodegas La Rural, Miguel Escalante, explicó que el INTI les brindó “asistencia técnica para validar la reutilización de la solución que se emplea en la limpieza de tanques, caracterizada por una alta conductividad eléctrica”. Luego de una serie de ensayos en planta y estudios realizados en los laboratorios de la sede del INTI en Mendoza, profesionales del departamento de Producción Sustentable lograron la validación de este proceso.

“Desde el instituto nos propusimos demostrar que al reutilizar esta solución de limpieza en diferentes tanques era posible ahorrar insumos y, por consiguiente, la cantidad de agua empleada. La limpieza es uno de los puntos críticos en el trabajo a la hora de avanzar hacia un uso eficiente del agua en las plantas de producción”, explicó la ingeniera química Natalia Vanin, responsable de dicho departamento del instituto en la región Cuyo.

Este trabajo dio pie para que la cámara Bodegas de Argentina solicitara al Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) que incluya el procedimiento de limpieza como parte de las Buenas Prácticas dentro de las plantas elaboradoras de vino.

La empresa continuó su vínculo con el INTI con el objetivo de abordar una problemática que afecta los alrededores de la Bodega La Rural, ubicada en medio del entramado urbano del departamento de Maipú: el tratamiento de la carga orgánica de los afluentes y el olor que esto produce, sobre todo en temporada de vendimia. El INTI, en calidad de organismo técnico, estudió y validó la aplicación del reactivo de Fenton (tratamiento por oxidación) en la disminución de dicha carga y la consecuente neutralización de olores.

“Es un avance más que realizamos en favor de la agroindustria mendocina. Tenemos que seguir el camino virtuoso entre lo privado y lo estatal, con instituciones como la del INTI que ponen equipamiento, infraestructura y personal técnico de alta capacitación al servicio de la comunidad agroindustrial”, expresó el responsable de la gestión ambiental de la bodega.

En tanto, la especialista del INTI enfatizó que “la reutilización del agua industrial residual tratada es un recurso valioso y su demanda aumentará si disminuye la disponibilidad del recurso hídrico”.

Entre otros trabajos en los que el INTI ha participado en relación a esta industria, se destacan, por ejemplo, la elaboración digitalizada de la Guía de Sustentabilidad del Sector Vitivinícola. Se trató de un trabajo impulsado por el Ministerio de Ambiente de la Nación, con involucramiento de Bodegas de Argentina, el INV, el INTA y la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo).

Otra experiencia de trabajo interinstitucional fue la puesta en marcha, a fines de 2022, de un curso específico destinado a propietarios y mandos intermedios de empresas vinculadas al sector, además de técnicos y profesionales. Los contenidos estuvieron a cargo de expertos de diversas organizaciones: además del INTI y el INV, aportaron especialistas en distintas temáticas del INTA, la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNCuyo, la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR) y Bodegas de Argentina.

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