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El nuevo equilibrio del Sommelier

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Por Juan Giacalone / AAS – La precisión en la copa ya no alcanza. Durante décadas, el prestigio del sommelier se construyó sobre una premisa clara: saber. Saber de regiones, de varietales, de métodos de elaboración. Saber catar, describir, clasificar. Saber —y saber demostrarlo— como forma de legitimidad dentro de una cultura que convirtió al conocimiento técnico en su principal capital simbólico.

Ese modelo no desapareció. Pero dejó de ser suficiente

Para la elaboración de esta nota, conversamos en profundidad con Dolores Lavaque —especialista en formación y reclutamiento de talento en la industria del vino y la hospitalidad—, cuya mirada aporta una lectura privilegiada sobre las transformaciones actuales del sector. Su diagnóstico, en diálogo con tendencias globales, permite entender un corrimiento silencioso pero estructural: mientras la formación continúa organizada alrededor de la precisión sensorial, el ejercicio profesional se desplaza hacia otro territorio, el de la experiencia, el negocio y la capacidad de traducir el vino en valor.

Del saber como autoridad al saber como herramienta

En este nuevo escenario, el sommelier ya no ocupa únicamente el lugar de especialista. Su rol se redefine en múltiples espacios: gastronomía, retail, bodegas, importadoras, consultoría, comunicación. Pero, sobre todo, en el punto crítico donde el vino deja de ser un objeto y se convierte en decisión.

Distintas investigaciones en hospitalidad muestran que la presencia de un sommelier puede incrementar de manera significativa el ticket promedio, no por imposición sino por reducción de la incertidumbre del cliente y generación de confianza. El conocimiento sigue siendo central, pero su función cambia: ya no legitima por sí mismo, sino en la medida en que logra construir vínculo. Ahí aparece el primer gran desplazamiento: del saber como autoridad al saber como herramienta.

Una industria que cambió —y exige otra cosa

El cambio de rol del sommelier no puede leerse de manera aislada. Forma parte de una transformación más amplia en el consumo de vino. Los reportes internacionales coinciden en un punto: el volumen global cae o se estanca, pero el valor crece. Se bebe menos, pero se elige más.

Y elegir implica otra lógica

Hoy el vino compite no solo con otras etiquetas, sino con otras bebidas —cerveza artesanal, coctelería, bebidas sin alcohol— y, más profundamente, con otras formas de ocio. En ese contexto, lo que se pone en juego ya no es únicamente la calidad del producto, sino la experiencia que lo rodea. Consumidores más jóvenes, especialmente, priorizan:

  • el relato
  • el contexto
  • la conexión emocional
  • la experiencia compartida

El vino deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un vehículo.

El mercado real vs. el imaginario del vino

En ese cruce aparece otra tensión menos visible, pero igual de determinante: la distancia entre el vino que se enseña y el vino que efectivamente se consume.

Según datos del mercado argentino, la enorme mayoría del volumen se concentra en segmentos de precio accesible. Es decir, el contacto cotidiano del consumidor con el vino ocurre lejos del universo de etiquetas aspiracionales que dominan buena parte del discurso técnico.

Ese desfasaje no es menor: implica que el sommelier, si no incorpora esa realidad, corre el riesgo de construir un saber desconectado del mercado. En este punto, Lavaque es directa: entender y respetar todos los vinos —especialmente los que mueven el volumen— es clave para poder conectar con cualquier consumidor. No se trata de jerarquizar hacia abajo, sino de ampliar la mirada.

La tensión formativa: evaluar o formar para el trabajo

La formación tradicional del sommelier sigue estructurada en torno a la evaluación: cata técnica, reconocimiento, precisión conceptual. Es un modelo sólido, exigente y necesario. Pero el mercado, cada vez más, demanda otra capa. Quienes trabajan en la industria coinciden en que las habilidades que hoy marcan la diferencia en el desempeño cotidiano no son exclusivamente técnicas, sino relacionales: lectura del cliente, comunicación efectiva, capacidad de venta.

“Un sommelier que sabe leer a la persona que tiene enfrente, traducir el vino en valor y generar experiencias memorables es un sommelier que tiene futuro”, sostiene Lavaque. La frase condensa el cambio: el conocimiento ya no es el punto de llegada, sino el punto de partida.

Una transformación que excede al vino

Lo que ocurre en la sommellerie no es excepcional. Es parte de una transformación más amplia del trabajo profesional. En múltiples industrias —tecnología, salud, marketing— se repite el mismo patrón:

  • el conocimiento técnico deja de ser diferencial y pasa a ser condición de base
  • las habilidades interpersonales y estratégicas se vuelven decisivas

La particularidad del vino es que ese cambio impacta directamente en su identidad histórica: una cultura profundamente asociada al saber experto.

El nuevo perfil: complejidad, no reemplazo

El resultado no es la desaparición del sommelier tradicional, sino su complejización. Hoy el perfil exige:

  • base técnica sólida
  • capacidad de comunicación
  • comprensión del negocio
    sensibilidad para la experiencia

No son dimensiones alternativas, sino simultáneas. Plantearlo como una disyuntiva —técnico vs. vendedor, especialista vs. comunicador— resulta, cada vez más, un falso dilema. La profesión se redefine justamente en la capacidad de integrar esas dimensiones sin perder profundidad.

Entre la copa y el mercado.

En última instancia, el desplazamiento del rol del sommelier refleja un cambio más profundo en el lugar del vino en la cultura contemporánea. El vino ya no se legitima solo por su historia, su origen o su complejidad. Necesita volver a ser elegido en cada ocasión de consumo. Y en ese proceso, el sommelier ocupa un lugar estratégico. No como guardián del conocimiento. Sino como quien es capaz de hacerlo circular.

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​Mendoza seleccionada entre las cinco regiones vitivinícolas más destacadas del mundo

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El amor de las personas por el vino influye cada vez más en la elección de sus destinos. Con un 43%* de viajeros argentinos afirmando que les gustaría probar nuevos vinos en su próximo viaje, la idea de visitar viñedos y bodegas cargadas de historia y encanto tiene un gran atractivo. Booking.com, la plataforma de reservas de alojamientos y otros lugares únicos para hospedarse, alquiler de autos y atracciones, destacó cinco regiones vitivinícolas de todo el mundo que ofrecen mucho más que degustaciones, e invitan a descubrir culturas locales, historias y los paisajes que dan forma y entidad a cada botella.

Mendoza, Argentina

Con el imponente telón de fondo de la cordillera de los Andes, con sus cumbres nevadas, Mendoza se consolida como el principal destino vitivinícola de Sudamérica y ostenta el título de capital mundial del Malbec. Esta vibrante ciudad reúne más de 1.500 bodegas, que van desde pequeñas propuestas boutique hasta prestigiosas fincas, todas dedicadas a elaborar el vino insignia de la región, reconocido por su textura suave y sedosa y sus taninos redondos.

Los viajeros pueden recorrer viñedos enmarcados por montañas majestuosas, participar de degustaciones inmersivas y visitar cavas, o sumarse a la Fiesta Nacional de la Vendimia a comienzos de marzo, uno de los festivales más importantes de Argentina, lleno de música folclórica y expresiones culturales.

Los amantes de la aventura encuentran experiencias inolvidables al pie de los Andes: desde rafting en las vibrantes aguas de sus ríos hasta realizar caminatas por senderos de alta montaña con el Aconcagua, la cumbre más alta del hemisferio occidental, siempre como telón de fondo. Para cerrar el día, nada mejor que relajarse en aguas termales naturales escondidas entre el paisaje agreste de la región, el broche perfecto tras una jornada de exploración.

Napa Valley, California, USA

Con más de 48 km de colinas ondulantes cubiertas de viñedos y enmarcadas por las montañas, Vaca, Napa Valley se posiciona como uno de los destinos vitivinícolas más destacados del mundo. Ubicada a 80 km al noreste de San Francisco, la región es reconocida por sus vinos de clase mundial, especialmente Cabernet Sauvignon, Pinot Noir y Chardonnay.

Estos vinos se elaboran en cuatro zonas bien diferenciadas, que pueden explorarse a través de más de 400 bodegas y 90 salas de degustación urbanas, donde las condiciones únicas de cultivo y una artesanía meticulosa dan forma al estilo característico de Napa. Sin embargo, el atractivo del valle va mucho más allá de lo que se sirve en cada copa.

Barossa Valley, Australia

Un tapiz de viñedos, históricos, espacios de degustación y encantadores pueblos agrícolas: Barossa Valley ofrece, así, una auténtica muestra del alma vitivinícola del sur de Australia. A menos de una hora en auto desde Adelaida, esta región icónica revela su identidad a través de viñedos de cepas antiguas, productores artesanales y un legado que dio forma a una de las culturas del vino más perdurables del país.

Hogar de más de 80 bodegas, que van desde históricas fincas familiares hasta productores contemporáneos e innovadores, Barossa se ha ganado el reconocimiento internacional por su Shyra intenso y expresivo. Recorrer los pueblos de Tanunda, Angaston y Nuriootpa permite descubrir mercados de productores donde se destaca la producción local —desde quesos de pequeña escala hasta fiambres artesanales— y restaurantes que celebran la herencia alemana del valle junto con la cocina australiana moderna.

Burdeos, Francia

Burdeos está conformado por seis regiones vitivinícolas bien diferenciadas que combinan paisaje, historia, viñedos y una identidad inconfundible. Ubicada en el suroeste de Francia, esta prestigiosa zona del vino invita a ser descubierta a través de excursiones guiadas de un día y recorridos por castillos y bodegas.

La ciudad de Burdeos cautiva por su arquitectura del siglo XVIII, con encantadores pasajes adoquinados y paseos costeros. La Cité du Vin, un hito arquitectónico de gran impacto, sumerge a los viajeros en la cultura vitivinícola mundial mediante exposiciones interactivas, degustaciones curadas y seminarios de elaboración de vino guiados por expertos.

Franschhoek, Western Cape, Sudáfrica

Ubicada en el Cabo Occidental de Sudáfrica, a sólo una hora en auto de Ciudad del Cabo, Franschhoek es una pintoresca localidad vitivinícola moldeada por siglos de tradición enológica y enmarcada por un imponente paisaje montañoso. Bodegas boutique y pequeños productores se distribuyen por los valles que la rodean, donde los visitantes pueden degustar reconocidos Cabernet Sauvignon, Syrah y Chardonnay en entornos más íntimos.

A lo largo de las calles del pueblo, rodeadas de robles, los viajeros encuentran destacados restaurantes farm-to-table, junto con galerías independientes y tiendas especializadas en productos gourmet que reflejan la fuerte identidad gastronómica de la zona. 

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Negocios de frontera: secuestran 600 botellas de vino sin declarar en Foz do Iguaçu

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Un automóvil fue secuestrado durante un operativo aduanero realizado este viernes (23) en la Ponte Internacional Tancredo Neves, en Foz do Iguaçu, estado de Paraná. En el interior del vehículo, las fuerzas de seguridad hallaron 600 botellas de vino de origen argentino ingresadas sin respaldo fiscal.

De acuerdo con la Polícia Federal, el conductor había cruzado desde Argentina hacia Brasil con la mercadería. Al advertir el control, intentó desviar su recorrido hacia una zona comunitaria cercana con el objetivo de evitar la inspección.

Tras la interceptación, los agentes constataron que el cargamento era transportado sin documentación que acreditara su legal ingreso. El vehículo y las botellas fueron puestos a disposición de la Receita Federal para la tramitación de los procedimientos administrativos correspondientes.

El hecho vuelve a poner en foco los controles en el corredor fronterizo Foz–Puerto Iguazú, clave para el comercio regional y sensible al contrabando de bebidas alcohólicas, un rubro de alto valor agregado y presión tributaria en ambos países.

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Negocio del vino: la herramienta que evita pérdidas de más de USD300.000

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En un sector donde cada botella cuenta, un enemigo invisible amenaza las ganancias y la reputación de las bodegas. Las paradas o detenciones de fermentación y la contaminación microbiana, problemas a menudo subestimados, pueden costar a los productores cientos de miles de dólares por un solo tanque de vino. Sin embargo, la ciencia ofrece una solución rentable que transforma la prevención en una inversión inteligente.

“El vino es un producto vivo, y su elaboración, un delicado equilibrio biológico. Desde la vendimia hasta el fraccionamiento, una compleja comunidad de levaduras y bacterias trabaja para crear el vino que disfrutamos”, comenta el microbiólogo argentino Germán Gonzalez Riachi, especializado en el sector vitivinícola. “Pero en este universo microscópico, no todos los actores son beneficiosos. La presencia de microorganismos no deseados puede desencadenar una cascada de problemas que van desde sutiles desviaciones aromáticas hasta la pérdida total de la producción”

El impacto económico puede ser devastador. En Argentina, un fallo microbiológico en un tanque de una bodega mediana puede significar un riesgo de más de USD 300.000. Uno de los problemas más graves son las paradas de fermentación, que pueden provocar pérdidas de hasta el 70% o incluso la totalidad del valor de un lote. Estas detenciones inesperadas del proceso fermentativo pueden deberse a múltiples factores, como una baja carga de levaduras, la competencia con otros microorganismos que contaminan el mosto, o una deficiencia de nutrientes que debilita a las levaduras responsables de la fermentación. Todos estos elementos impactan directamente en la calidad final del vino, y subrayan la importancia de un monitoreo constante de la fermentación.

“Generalmente, en la práctica, es muy difícil arreglar un vino que se alteró o perdió su calidad. Se descarta o se corta con vino de menor calidad, o se vende a granel para otros fines a un precio muchísimo menor“, comparte Riachi. La prevención, por tanto, no es una opción, sino una necesidad. “Siempre se busca prevenir y sumar a la calidad del vino sin intervenir en el estilo enológico de cada bodega”, agrega.

Las causas de la contaminación microbiana en bodega pueden originarse en la falta de validación de los protocolos de limpieza, en la desinfección y en acciones correctivas. Estos suelen ejecutarse de manera empírica, sin evaluar su eficacia microbiológica. A esto se suman una insuficiente estabilización de los vinos durante la crianza y previa al fraccionamiento, junto con otros factores intrínsecos de cada vino.

Entre los microorganismos contaminantes más notorios se encuentra la levadura del género Brettanomyces. Este microorganismo es responsable de aromas desagradables descritos como “sudor de caballo” o “cuero”, que arruinan la expresión frutal y la elegancia de un vino. Un estudio en California reveló que el 73% de las bodegas había experimentado una reducción de la calidad debido a “Brett”, y un 13% había tenido que retirar productos del mercado por esta causa. Pero Brettanomyces no está solo. Otras levaduras como Zygosaccharomyces, entre otros, pueden causar refermentaciones en la botella, generando turbidez y gas. Ciertas bacterias lácticas pueden producir “gusto de ratón” mientras que las bacterias acéticas, como su nombre indica, pueden avinagrar el vino, transformándolo literalmente en vinagre, provocando una pérdida total del lote.

Frente a la magnitud de las posibles pérdidas, el costo de la prevención es, en palabras de Riachi, “infinitamente menor”. La inversión en un monitoreo microbiológico no es un gasto, sino un seguro de calidad y rentabilidad. El costo de un equipo de laboratorio o monitoreo microbiológico externo es insignificante en comparación con el valor de un solo tanque de vino premium.

La clave está en un enfoque proactivo. Esto implica implementar y validar protocolos de limpieza y desinfección rigurosos para todas las superficies, desde los tanques y mangueras hasta la línea de embotellado. Además, es fundamental realizar análisis microbiológicos preventivos en puntos críticos de control. Durante la vendimia y la fermentación, el monitoreo ideal es diario o semanal. Luego, se pueden establecer controles mensuales y un análisis exhaustivo previo al embotellado para asegurar la estabilidad del vino.

La figura del microbiólogo enológico, un especialista dedicado a entender y gestionar el ecosistema microbiano de la bodega, está ganando terreno. En Argentina, por ejemplo, iniciativas como “Ciencia del Vino” están llevando laboratorios móviles directamente a las bodegas para realizar análisis in situ y ofrecer resultados inmediatos. Esta aproximación permite tomar decisiones informadas al instante, corrigiendo desviaciones antes de que se conviertan en problemas irreparables. Más allá de la prevención, la microbiología abre la puerta a la diferenciación. Al aislar y utilizar levaduras nativas, propias de cada viñedo, las bodegas pueden reforzar la identidad de su terroir, creando vinos únicos que se destacan en un mercado global competitivo.

En definitiva, la microbiología ha dejado de ser un tema exclusivo de laboratorios para convertirse en una herramienta de gestión indispensable en la bodega moderna. Ignorar a los microorganismos es dejar la puerta abierta a pérdidas económicas significativas y a un daño reputacional difícil de reparar. Invertir en su control y comprensión no solo protege la producción, sino que potencia la calidad, la identidad y, en última instancia, la rentabilidad de cada botella.

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“El microbiólogo argentino especializado en vino que está transformando el sector vitivinícola”

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En una industria que mueve más de 113.000 empleos directos y posiciona a Argentina como el quinto productor mundial de vino, existe una ausencia sorprendente: el rol del microbiólogo. Hasta ahora.

La producción de vino es, fundamentalmente, un proceso microbiológico. Las levaduras transforman el azúcar en alcohol durante la fermentación alcohólica, mientras que las bacterias lácticas suavizan la acidez en la fermentación maloláctica. Estos microorganismos, invisibles al ojo humano pero omnipresentes en cada etapa del proceso, son los verdaderos arquitectos de la calidad, el aroma, la estabilidad y el carácter único de cada vino. En Argentina, si bien los enólogos tradicionalmente han supervisado el universo microbiológico del vino gracias a su alta capacitación en vinificación, la búsqueda de la máxima precisión y calidad impulsa a la industria a integrar y complementar su labor con la especialización profunda en microbiología. Este enfoque científico dedicado potenciará la toma de decisiones del enólogo y la calidad final del producto.

Es así como aparece en escena Germán González Riachi, microbiólogo con origen en Córdoba, egresado de la Universidad Nacional de Río Cuarto y fundador de Ciencia del Vino. Con un enfoque inédito en Argentina, este especialista lidera una transformación integral que ya está en marcha. Su modelo de atención disruptivo es pionero en enfocar la microbiología enológica directamente en las necesidades de producción de las bodegas, sentando las bases para elevar la calidad, la identidad y la sustentabilidad del vino argentino a niveles sin precedentes.

Germán identificó una brecha crítica durante su formación como microbiólogo y su contacto con la industria vitivinícola. En Estados Unidos, por ejemplo, existen más de 14.000 puestos de trabajo específicos para microbiólogos en la industria del vino, con roles como “Wine Microbiologist” y “Microbiology Supervisor” considerados esenciales en las estructuras de producción de bodegas de todos los tamaños. Empresas internacionales como Lallemand Oenology cuentan con equipos completos de microbiólogos especializados que desarrollan soluciones innovadoras desde el viñedo hasta la botella. En Argentina, en cambio, esta figura profesional simplemente no existía.

“Al iniciar mi investigación, identifiqué que la industria operaba sin la información crítica sobre su principal activo: el universo microbiológico. El enólogo es el responsable de definir y conducir el estilo y calidad del vino que se quiere lograr; nuestro trabajo es ser su soporte científico preciso. Nosotros le brindamos los datos críticos en cada punto de la vinificación: desde la vitalidad y el número exacto de levaduras para optimizar la fermentación, hasta la identificación de posibles contaminantes, asegurando la estabilidad microbiológica del vino. Esta precisión elimina las sorpresas, porque cada una de estas decisiones determinará la diferencia entre un vino excepcional o un vino con defectos. La microbiología no es solo un complemento: es el corazón del proceso”, comenta Germán.

La ausencia de microbiólogos especializados en las bodegas argentinas no es meramente una cuestión académica. Tiene consecuencias tangibles y costosas. Las paradas de fermentación, las contaminaciones por microorganismos no deseados y las desviaciones aromáticas son problemas recurrentes que generan pérdidas económicas significativas y comprometen la calidad del producto final. Además, la dependencia de levaduras comerciales genéricas estandariza los perfiles sensoriales de los vinos, silenciando la expresión única del terroir argentino y limitando la capacidad de diferenciación en mercados cada vez más competitivos.

Para dimensionar el impacto económico de estos problemas microbiológicos, basta con observar el valor en juego en cada tanque de fermentación. Un lote pequeño de 2.000 litros en una bodega boutique puede transformarse en más de 2.600 botellas de vino premium, con un valor potencial superior a USD60.000. En una bodega mediana, un tanque de 5.000 litros de gama media representa alrededor de USD87.000; y en una bodega grande, un tanque de 10.000 litros de vino de alta gama puede superar los USD 300.000 en valor de mercado. Cuando una fermentación se detiene o se desvía, se desvaloriza. En cuestión de días puede perderse hasta un 70% e incluso el 100% del valor del lote, según la gravedad del problema: decenas o cientos de miles de dólares que se esfuman por la falta de un control microbiológico adecuado y oportuno.

“La oportunidad que brinda la microbiología para elevar la calidad del sector vitivinícola argentino es inmensa“, afirma González Riachi con convicción. “No estamos hablando solo de evitar problemas. Estamos hablando de desbloquear el potencial completo de cada viñedo, de cada varietal, de cada bodega. Con un control microbiológico en tiempo real, la precisión científica abarca todo el proceso: En bodega, podemos prevenir fermentaciones problemáticas antes de que ocurran; podemos aislar y seleccionar levaduras nativas que capturen la esencia única de cada terroir; y podemos diseñar perfiles de fermentación que maximicen la complejidad aromática. Aseguramos la estabilidad microbiológica en botella, eliminando reclamos y garantizando que el vino que llega al consumidor sea exactamente el que el enólogo diseñó. Finalmente, este modelo integral se extiende al viñedo, donde podemos desarrollar biofertilizantes y biocontroladores a medida para mejorar la salud del suelo y defender la vid de forma natural, cerrando el ciclo de sustentabilidad y calidad.”

Esta visión del especialista trasciende la atención inmediata. Para asegurar un impacto estructural, está sentando las bases de una red de microbiólogos que estén disponibles para integrarse al trabajo en las bodegas, actuando como aliados estratégicos de enólogos y bodegueros. Esta iniciativa se fortalece con capacitaciones, cursos y formaciones constantes, diseñadas para elevar la calidad del vino argentino y afrontar los desafíos evolutivos de la industria. De esta forma, se garantiza la mejora continua y se construye una nueva cultura de precisión científica en la elaboración.

Para materializar esta visión, González Riachi fundó “Ciencia del Vino”, el primer laboratorio móvil de microbiología enológica de Argentina y Latinoamérica. La propuesta es disruptiva: en lugar de que las bodegas envíen muestras a laboratorios externos y esperen días por resultados que a menudo llegan demasiado tarde, “Ciencia del Vino” lleva el laboratorio directamente a la bodega. Con equipamiento de última generación, incluyendo microscopía de epifluorescencia y espectrofotometría, el equipo realiza análisis microbiológicos in situ y entrega resultados en tiempo real, permitiendo a los productores tomar decisiones informadas en el momento crítico.

Pero la visión de Germán González Riachi va más allá del control de calidad. Uno de los servicios más innovadores de “Ciencia del Vino” es el aislamiento y selección de levaduras nativas propias de cada viñedo o bodega. “Cada viñedo tiene su propia comunidad microbiana, moldeada por el clima, el suelo, las prácticas agrícolas y la historia del lugar”, explica. “Esas levaduras nativas son el ADN microbiológico del terroir. Cuando fermentamos con levaduras comerciales genéricas, estamos silenciando esa voz única. Nosotros aislamos, seleccionamos y reproducimos las mejores levaduras nativas de cada productor, lo que no solo garantiza una fermentación eficiente, sino que también aporta una identidad única e irrepetible al vino”.

Con su foco exclusivo en la microbiología aplicada a la producción de vino en Argentina, González Riachi es consciente de la responsabilidad que conlleva su rol. “Estoy convencido de que la microbiología es la próxima frontera de la calidad en la vitivinicultura argentina“, afirma. “Hemos avanzado enormemente en viticultura, en enología, en marketing. Pero el universo microbiológico sigue siendo en gran medida inexplorado. Ahí está la oportunidad. Ahí está el potencial para que Argentina no solo sea el quinto productor mundial, sino también un referente global en calidad, identidad y sustentabilidad. Y eso solo se logra con ciencia, con conocimiento, con especialización. Ese es nuestro compromiso con la industria”.

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