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De tanques de aceite de oliva a la élite del vino mundial: la historia de Durigutti Family Winemakers

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Hay historias que explican por qué una botella puede contener mucho más que vino. Puede guardar sacrificios familiares, intuición, paciencia y una forma de entender la tierra. La de Durigutti Family Winemakers es una de ellas.

Hoy, sus etiquetas integran las listas de las mejores bodegas del planeta y su restaurante figura entre los recomendados por la Guía Michelin. Pero el origen de este proyecto está muy lejos del glamour de la alta gastronomía y los grandes concursos internacionales. Comenzó con dos tanques destinados originalmente a almacenar aceite de oliva, un puñado de ahorros y la convicción de dos hermanos de que era posible construir una bodega propia.

A los 21 años, Mateo Durigutti representa la segunda generación de una familia que transformó el trabajo de cosecha en un proyecto vitivinícola de prestigio internacional. Para él, el vino no es simplemente una industria: es el relato de su familia.

“Somos la primera generación haciendo vinos”, resume. No hubo apellidos históricos ligados a la vitivinicultura ni grandes extensiones heredadas. Su abuela Victoria era ama de casa; su abuelo, camionero en Rivadavia, Mendoza. Durante las vendimias de las décadas del 80 y 90, ella trabajaba como cosechadora para complementar los ingresos familiares, acompañada muchas veces por sus hijos, Héctor y Pablo, que crecieron entre viñas.

La muerte temprana del abuelo obligó a Héctor Durigutti a incorporarse a una bodega local con apenas 18 años para sostener económicamente a la familia. Aquella responsabilidad cambió sus planes: dejó atrás el sueño de estudiar Ingeniería Agronómica y optó por cursar Enología en horario nocturno. Poco después, su hermano Pablo siguió exactamente el mismo camino.

El nacimiento de una bodega

Tras años asesorando bodegas de distintas regiones -llegaron a trabajar simultáneamente con 17 establecimientos durante el boom del Malbec-, la crisis argentina de 2001 terminó convirtiéndose en una oportunidad.

Recién regresado de Italia, Héctor tomó una decisión que cambiaría la historia familiar.

“No quiero trabajar para nadie más. Quiero empezar algo propio”.

Con apenas 10.000 euros de ahorro, los hermanos compraron dos tanques de acero inoxidable fabricados para aceite de oliva, los adaptaron para elaborar vino y comenzaron a trabajar en un espacio prestado por un antiguo profesor universitario.

En 2002 nacieron las primeras 3.000 botellas de Durigutti Familia.

La consolidación internacional llegó apenas dos años después gracias a una casualidad.

Un periodista de la prestigiosa revista Wine Spectator coincidió con Héctor Durigutti durante una recorrida por Mendoza. Lo encontró, sorprendentemente, asesorando tres bodegas diferentes en días consecutivos. Intrigado por aquella historia, decidió conocer más sobre ese pequeño proyecto familiar.

El resultado fue una portada que cambiaría para siempre el destino de la bodega.

En noviembre de 2004, Durigutti Family Winemakers fue incluida entre las diez bodegas familiares con mayor proyección de Argentina.

“Ahí empezó nuestro primer happy problem“, recuerda Mateo entre risas. “Los importadores empezaron a buscarnos.”

En 2007 llegó otra decisión poco habitual para una industria acostumbrada a acelerar lanzamientos.

Los Durigutti compraron cinco hectáreas en Las Compuertas, Luján de Cuyo, pero no elaboraron inmediatamente un vino con ese origen. Esperaron y durante una década estudiaron cada rincón del viñedo.

Analizaron la composición del suelo, la disponibilidad hídrica, la influencia del clima y la diversidad geológica formada por miles de años de sedimentos provenientes del deshielo andino. El resultado fue revelador.

En una superficie relativamente pequeña identificaron cinco tipos de suelo completamente diferentes, cada uno con necesidades particulares de riego, manejo y momento de cosecha. Ese descubrimiento redefinió la filosofía de la bodega.

“Antes hacíamos vinos mirando al consumidor. Hoy hacemos vinos mirando a la montaña”, sintetiza Mateo. Así nació Proyecto Las Compuertas, una línea elaborada sin madera, fermentada en huevos de cemento y concebida para expresar con la mayor pureza posible el carácter del terroir. Todos los viñedos cuentan además con certificación orgánica.

Una producción donde la calidad marca el ritmo

Actualmente, Durigutti Family Winemakers produce entre 500.000 y 550.000 litros anuales, equivalentes a unas 600.000 botellas.

De ese volumen, unas 45.000 botellas provienen exclusivamente de sus 45 hectáreas propias en Las Compuertas. El resto se elabora con uvas adquiridas a pequeños productores mendocinos, manteniendo relaciones de largo plazo que fortalecen la producción regional.

El negocio también refleja un equilibrio poco frecuente: aproximadamente la mitad de la producción se destina al mercado argentino y la otra mitad se exporta, con Estados Unidos como principal destino internacional.

El reconocimiento internacional no tardó en reflejarse en los rankings especializados. En los prestigiosos World’s Best Vineyards, Durigutti Family Winemakers mostró una evolución constante: fue 13ª en 2023, alcanzó el 10º lugar en 2024 -la mejor ubicación lograda por una bodega argentina ese año- y se mantuvo entre la élite mundial con el 11º puesto en 2025.

En 2022 la familia inauguró Cinco Suelos Cocina de Finca, un restaurante comandado por la chef Patricia Courtois que rápidamente comenzó a recibir nominaciones consecutivas de la Guía Michelin.

Rodeado por los viñedos y diseñado con una arquitectura completamente vidriada, el espacio propone una cocina de kilómetro cero basada en productos de la huerta orgánica, ingredientes de productores cercanos y recetas inspiradas en la tradición familiar de la abuela Victoria.

La experiencia se completa con dos propuestas de alojamiento rural: Casa Victoria, que homenajea a la matriarca de la familia, y Casa del Viticultor, donde los visitantes pueden vivir el ritmo cotidiano del viñedo.

Aunque el Malbec continúa siendo el gran embajador argentino en el mundo, Mateo Durigutti observa el futuro desde otra perspectiva. Su entusiasmo está puesto en las variedades criollas.

“A mí hoy me entusiasman mucho las criollas. Argentina es conocida por el Malbec, pero el Malbec nació en Francia. Las criollas, en cambio, representan algo verdaderamente nuestro. Ahí veo un diferencial enorme para el futuro”.

No existe un mandato familiar que obligue a continuar el legado. Héctor y Pablo siempre dejaron en claro que cada integrante debía elegir su propio camino.

Sin embargo, Mateo encontró naturalmente el suyo. Ingresó al área comercial de la bodega apenas cumplió los 18 años y hoy imagina una vida ligada al vino, aunque con un sueño adicional: desarrollar algún día un proyecto gastronómico propio. Porque en Durigutti Family Winemakers el vino nunca fue solamente una bebida. Es la forma que encontró una familia para convertir el trabajo, la memoria y el paisaje mendocino en una identidad reconocida en todo el mundo.

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El nuevo equilibrio del Sommelier

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Por Juan Giacalone / AAS – La precisión en la copa ya no alcanza. Durante décadas, el prestigio del sommelier se construyó sobre una premisa clara: saber. Saber de regiones, de varietales, de métodos de elaboración. Saber catar, describir, clasificar. Saber —y saber demostrarlo— como forma de legitimidad dentro de una cultura que convirtió al conocimiento técnico en su principal capital simbólico.

Ese modelo no desapareció. Pero dejó de ser suficiente

Para la elaboración de esta nota, conversamos en profundidad con Dolores Lavaque —especialista en formación y reclutamiento de talento en la industria del vino y la hospitalidad—, cuya mirada aporta una lectura privilegiada sobre las transformaciones actuales del sector. Su diagnóstico, en diálogo con tendencias globales, permite entender un corrimiento silencioso pero estructural: mientras la formación continúa organizada alrededor de la precisión sensorial, el ejercicio profesional se desplaza hacia otro territorio, el de la experiencia, el negocio y la capacidad de traducir el vino en valor.

Del saber como autoridad al saber como herramienta

En este nuevo escenario, el sommelier ya no ocupa únicamente el lugar de especialista. Su rol se redefine en múltiples espacios: gastronomía, retail, bodegas, importadoras, consultoría, comunicación. Pero, sobre todo, en el punto crítico donde el vino deja de ser un objeto y se convierte en decisión.

Distintas investigaciones en hospitalidad muestran que la presencia de un sommelier puede incrementar de manera significativa el ticket promedio, no por imposición sino por reducción de la incertidumbre del cliente y generación de confianza. El conocimiento sigue siendo central, pero su función cambia: ya no legitima por sí mismo, sino en la medida en que logra construir vínculo. Ahí aparece el primer gran desplazamiento: del saber como autoridad al saber como herramienta.

Una industria que cambió —y exige otra cosa

El cambio de rol del sommelier no puede leerse de manera aislada. Forma parte de una transformación más amplia en el consumo de vino. Los reportes internacionales coinciden en un punto: el volumen global cae o se estanca, pero el valor crece. Se bebe menos, pero se elige más.

Y elegir implica otra lógica

Hoy el vino compite no solo con otras etiquetas, sino con otras bebidas —cerveza artesanal, coctelería, bebidas sin alcohol— y, más profundamente, con otras formas de ocio. En ese contexto, lo que se pone en juego ya no es únicamente la calidad del producto, sino la experiencia que lo rodea. Consumidores más jóvenes, especialmente, priorizan:

  • el relato
  • el contexto
  • la conexión emocional
  • la experiencia compartida

El vino deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un vehículo.

El mercado real vs. el imaginario del vino

En ese cruce aparece otra tensión menos visible, pero igual de determinante: la distancia entre el vino que se enseña y el vino que efectivamente se consume.

Según datos del mercado argentino, la enorme mayoría del volumen se concentra en segmentos de precio accesible. Es decir, el contacto cotidiano del consumidor con el vino ocurre lejos del universo de etiquetas aspiracionales que dominan buena parte del discurso técnico.

Ese desfasaje no es menor: implica que el sommelier, si no incorpora esa realidad, corre el riesgo de construir un saber desconectado del mercado. En este punto, Lavaque es directa: entender y respetar todos los vinos —especialmente los que mueven el volumen— es clave para poder conectar con cualquier consumidor. No se trata de jerarquizar hacia abajo, sino de ampliar la mirada.

La tensión formativa: evaluar o formar para el trabajo

La formación tradicional del sommelier sigue estructurada en torno a la evaluación: cata técnica, reconocimiento, precisión conceptual. Es un modelo sólido, exigente y necesario. Pero el mercado, cada vez más, demanda otra capa. Quienes trabajan en la industria coinciden en que las habilidades que hoy marcan la diferencia en el desempeño cotidiano no son exclusivamente técnicas, sino relacionales: lectura del cliente, comunicación efectiva, capacidad de venta.

“Un sommelier que sabe leer a la persona que tiene enfrente, traducir el vino en valor y generar experiencias memorables es un sommelier que tiene futuro”, sostiene Lavaque. La frase condensa el cambio: el conocimiento ya no es el punto de llegada, sino el punto de partida.

Una transformación que excede al vino

Lo que ocurre en la sommellerie no es excepcional. Es parte de una transformación más amplia del trabajo profesional. En múltiples industrias —tecnología, salud, marketing— se repite el mismo patrón:

  • el conocimiento técnico deja de ser diferencial y pasa a ser condición de base
  • las habilidades interpersonales y estratégicas se vuelven decisivas

La particularidad del vino es que ese cambio impacta directamente en su identidad histórica: una cultura profundamente asociada al saber experto.

El nuevo perfil: complejidad, no reemplazo

El resultado no es la desaparición del sommelier tradicional, sino su complejización. Hoy el perfil exige:

  • base técnica sólida
  • capacidad de comunicación
  • comprensión del negocio
    sensibilidad para la experiencia

No son dimensiones alternativas, sino simultáneas. Plantearlo como una disyuntiva —técnico vs. vendedor, especialista vs. comunicador— resulta, cada vez más, un falso dilema. La profesión se redefine justamente en la capacidad de integrar esas dimensiones sin perder profundidad.

Entre la copa y el mercado.

En última instancia, el desplazamiento del rol del sommelier refleja un cambio más profundo en el lugar del vino en la cultura contemporánea. El vino ya no se legitima solo por su historia, su origen o su complejidad. Necesita volver a ser elegido en cada ocasión de consumo. Y en ese proceso, el sommelier ocupa un lugar estratégico. No como guardián del conocimiento. Sino como quien es capaz de hacerlo circular.

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​Mendoza seleccionada entre las cinco regiones vitivinícolas más destacadas del mundo

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El amor de las personas por el vino influye cada vez más en la elección de sus destinos. Con un 43%* de viajeros argentinos afirmando que les gustaría probar nuevos vinos en su próximo viaje, la idea de visitar viñedos y bodegas cargadas de historia y encanto tiene un gran atractivo. Booking.com, la plataforma de reservas de alojamientos y otros lugares únicos para hospedarse, alquiler de autos y atracciones, destacó cinco regiones vitivinícolas de todo el mundo que ofrecen mucho más que degustaciones, e invitan a descubrir culturas locales, historias y los paisajes que dan forma y entidad a cada botella.

Mendoza, Argentina

Con el imponente telón de fondo de la cordillera de los Andes, con sus cumbres nevadas, Mendoza se consolida como el principal destino vitivinícola de Sudamérica y ostenta el título de capital mundial del Malbec. Esta vibrante ciudad reúne más de 1.500 bodegas, que van desde pequeñas propuestas boutique hasta prestigiosas fincas, todas dedicadas a elaborar el vino insignia de la región, reconocido por su textura suave y sedosa y sus taninos redondos.

Los viajeros pueden recorrer viñedos enmarcados por montañas majestuosas, participar de degustaciones inmersivas y visitar cavas, o sumarse a la Fiesta Nacional de la Vendimia a comienzos de marzo, uno de los festivales más importantes de Argentina, lleno de música folclórica y expresiones culturales.

Los amantes de la aventura encuentran experiencias inolvidables al pie de los Andes: desde rafting en las vibrantes aguas de sus ríos hasta realizar caminatas por senderos de alta montaña con el Aconcagua, la cumbre más alta del hemisferio occidental, siempre como telón de fondo. Para cerrar el día, nada mejor que relajarse en aguas termales naturales escondidas entre el paisaje agreste de la región, el broche perfecto tras una jornada de exploración.

Napa Valley, California, USA

Con más de 48 km de colinas ondulantes cubiertas de viñedos y enmarcadas por las montañas, Vaca, Napa Valley se posiciona como uno de los destinos vitivinícolas más destacados del mundo. Ubicada a 80 km al noreste de San Francisco, la región es reconocida por sus vinos de clase mundial, especialmente Cabernet Sauvignon, Pinot Noir y Chardonnay.

Estos vinos se elaboran en cuatro zonas bien diferenciadas, que pueden explorarse a través de más de 400 bodegas y 90 salas de degustación urbanas, donde las condiciones únicas de cultivo y una artesanía meticulosa dan forma al estilo característico de Napa. Sin embargo, el atractivo del valle va mucho más allá de lo que se sirve en cada copa.

Barossa Valley, Australia

Un tapiz de viñedos, históricos, espacios de degustación y encantadores pueblos agrícolas: Barossa Valley ofrece, así, una auténtica muestra del alma vitivinícola del sur de Australia. A menos de una hora en auto desde Adelaida, esta región icónica revela su identidad a través de viñedos de cepas antiguas, productores artesanales y un legado que dio forma a una de las culturas del vino más perdurables del país.

Hogar de más de 80 bodegas, que van desde históricas fincas familiares hasta productores contemporáneos e innovadores, Barossa se ha ganado el reconocimiento internacional por su Shyra intenso y expresivo. Recorrer los pueblos de Tanunda, Angaston y Nuriootpa permite descubrir mercados de productores donde se destaca la producción local —desde quesos de pequeña escala hasta fiambres artesanales— y restaurantes que celebran la herencia alemana del valle junto con la cocina australiana moderna.

Burdeos, Francia

Burdeos está conformado por seis regiones vitivinícolas bien diferenciadas que combinan paisaje, historia, viñedos y una identidad inconfundible. Ubicada en el suroeste de Francia, esta prestigiosa zona del vino invita a ser descubierta a través de excursiones guiadas de un día y recorridos por castillos y bodegas.

La ciudad de Burdeos cautiva por su arquitectura del siglo XVIII, con encantadores pasajes adoquinados y paseos costeros. La Cité du Vin, un hito arquitectónico de gran impacto, sumerge a los viajeros en la cultura vitivinícola mundial mediante exposiciones interactivas, degustaciones curadas y seminarios de elaboración de vino guiados por expertos.

Franschhoek, Western Cape, Sudáfrica

Ubicada en el Cabo Occidental de Sudáfrica, a sólo una hora en auto de Ciudad del Cabo, Franschhoek es una pintoresca localidad vitivinícola moldeada por siglos de tradición enológica y enmarcada por un imponente paisaje montañoso. Bodegas boutique y pequeños productores se distribuyen por los valles que la rodean, donde los visitantes pueden degustar reconocidos Cabernet Sauvignon, Syrah y Chardonnay en entornos más íntimos.

A lo largo de las calles del pueblo, rodeadas de robles, los viajeros encuentran destacados restaurantes farm-to-table, junto con galerías independientes y tiendas especializadas en productos gourmet que reflejan la fuerte identidad gastronómica de la zona. 

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Negocios de frontera: secuestran 600 botellas de vino sin declarar en Foz do Iguaçu

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Un automóvil fue secuestrado durante un operativo aduanero realizado este viernes (23) en la Ponte Internacional Tancredo Neves, en Foz do Iguaçu, estado de Paraná. En el interior del vehículo, las fuerzas de seguridad hallaron 600 botellas de vino de origen argentino ingresadas sin respaldo fiscal.

De acuerdo con la Polícia Federal, el conductor había cruzado desde Argentina hacia Brasil con la mercadería. Al advertir el control, intentó desviar su recorrido hacia una zona comunitaria cercana con el objetivo de evitar la inspección.

Tras la interceptación, los agentes constataron que el cargamento era transportado sin documentación que acreditara su legal ingreso. El vehículo y las botellas fueron puestos a disposición de la Receita Federal para la tramitación de los procedimientos administrativos correspondientes.

El hecho vuelve a poner en foco los controles en el corredor fronterizo Foz–Puerto Iguazú, clave para el comercio regional y sensible al contrabando de bebidas alcohólicas, un rubro de alto valor agregado y presión tributaria en ambos países.

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Negocio del vino: la herramienta que evita pérdidas de más de USD300.000

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En un sector donde cada botella cuenta, un enemigo invisible amenaza las ganancias y la reputación de las bodegas. Las paradas o detenciones de fermentación y la contaminación microbiana, problemas a menudo subestimados, pueden costar a los productores cientos de miles de dólares por un solo tanque de vino. Sin embargo, la ciencia ofrece una solución rentable que transforma la prevención en una inversión inteligente.

“El vino es un producto vivo, y su elaboración, un delicado equilibrio biológico. Desde la vendimia hasta el fraccionamiento, una compleja comunidad de levaduras y bacterias trabaja para crear el vino que disfrutamos”, comenta el microbiólogo argentino Germán Gonzalez Riachi, especializado en el sector vitivinícola. “Pero en este universo microscópico, no todos los actores son beneficiosos. La presencia de microorganismos no deseados puede desencadenar una cascada de problemas que van desde sutiles desviaciones aromáticas hasta la pérdida total de la producción”

El impacto económico puede ser devastador. En Argentina, un fallo microbiológico en un tanque de una bodega mediana puede significar un riesgo de más de USD 300.000. Uno de los problemas más graves son las paradas de fermentación, que pueden provocar pérdidas de hasta el 70% o incluso la totalidad del valor de un lote. Estas detenciones inesperadas del proceso fermentativo pueden deberse a múltiples factores, como una baja carga de levaduras, la competencia con otros microorganismos que contaminan el mosto, o una deficiencia de nutrientes que debilita a las levaduras responsables de la fermentación. Todos estos elementos impactan directamente en la calidad final del vino, y subrayan la importancia de un monitoreo constante de la fermentación.

“Generalmente, en la práctica, es muy difícil arreglar un vino que se alteró o perdió su calidad. Se descarta o se corta con vino de menor calidad, o se vende a granel para otros fines a un precio muchísimo menor“, comparte Riachi. La prevención, por tanto, no es una opción, sino una necesidad. “Siempre se busca prevenir y sumar a la calidad del vino sin intervenir en el estilo enológico de cada bodega”, agrega.

Las causas de la contaminación microbiana en bodega pueden originarse en la falta de validación de los protocolos de limpieza, en la desinfección y en acciones correctivas. Estos suelen ejecutarse de manera empírica, sin evaluar su eficacia microbiológica. A esto se suman una insuficiente estabilización de los vinos durante la crianza y previa al fraccionamiento, junto con otros factores intrínsecos de cada vino.

Entre los microorganismos contaminantes más notorios se encuentra la levadura del género Brettanomyces. Este microorganismo es responsable de aromas desagradables descritos como “sudor de caballo” o “cuero”, que arruinan la expresión frutal y la elegancia de un vino. Un estudio en California reveló que el 73% de las bodegas había experimentado una reducción de la calidad debido a “Brett”, y un 13% había tenido que retirar productos del mercado por esta causa. Pero Brettanomyces no está solo. Otras levaduras como Zygosaccharomyces, entre otros, pueden causar refermentaciones en la botella, generando turbidez y gas. Ciertas bacterias lácticas pueden producir “gusto de ratón” mientras que las bacterias acéticas, como su nombre indica, pueden avinagrar el vino, transformándolo literalmente en vinagre, provocando una pérdida total del lote.

Frente a la magnitud de las posibles pérdidas, el costo de la prevención es, en palabras de Riachi, “infinitamente menor”. La inversión en un monitoreo microbiológico no es un gasto, sino un seguro de calidad y rentabilidad. El costo de un equipo de laboratorio o monitoreo microbiológico externo es insignificante en comparación con el valor de un solo tanque de vino premium.

La clave está en un enfoque proactivo. Esto implica implementar y validar protocolos de limpieza y desinfección rigurosos para todas las superficies, desde los tanques y mangueras hasta la línea de embotellado. Además, es fundamental realizar análisis microbiológicos preventivos en puntos críticos de control. Durante la vendimia y la fermentación, el monitoreo ideal es diario o semanal. Luego, se pueden establecer controles mensuales y un análisis exhaustivo previo al embotellado para asegurar la estabilidad del vino.

La figura del microbiólogo enológico, un especialista dedicado a entender y gestionar el ecosistema microbiano de la bodega, está ganando terreno. En Argentina, por ejemplo, iniciativas como “Ciencia del Vino” están llevando laboratorios móviles directamente a las bodegas para realizar análisis in situ y ofrecer resultados inmediatos. Esta aproximación permite tomar decisiones informadas al instante, corrigiendo desviaciones antes de que se conviertan en problemas irreparables. Más allá de la prevención, la microbiología abre la puerta a la diferenciación. Al aislar y utilizar levaduras nativas, propias de cada viñedo, las bodegas pueden reforzar la identidad de su terroir, creando vinos únicos que se destacan en un mercado global competitivo.

En definitiva, la microbiología ha dejado de ser un tema exclusivo de laboratorios para convertirse en una herramienta de gestión indispensable en la bodega moderna. Ignorar a los microorganismos es dejar la puerta abierta a pérdidas económicas significativas y a un daño reputacional difícil de reparar. Invertir en su control y comprensión no solo protege la producción, sino que potencia la calidad, la identidad y, en última instancia, la rentabilidad de cada botella.

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