Hoy se cumplen 30 años del gol de Caniggia a Brasil y de un país unido: con hiperinflación pero sin grieta

¿Dónde estaba la “grieta” Argentina allá por fines de los 80 y principios de los 90?

Hoy se cumplen 30 años del gol de Caniggia a Brasil en octavos de final del Mundial de Italia 90.

Uno de los goles más importantes de la historia del fútbol argentino, que se vivió con tanta intensidad como el de Maradona a los ingleses o el de Burruchaga a los alemanes en México 86.

Por esas cosas del destino, ese mismo día en Rosario, un nene cumplía 3 años y ya empezaba a jugar con la pelota (vaya uno a saber si habrá entendido algo cuando escuchó los gritos desforados en casa de la familia Messi).

Ese fue uno de los mundiales más emocionantes que jugó la Argentina y que, sin brillar, casi termina ganando. El gol del Pájaro llegó en el minuto 82, tras un permanente dominio de Brasil que mereció ganar el partido. Y vino tras una apilada formidable de Maradona que arrastraba una lesión en su tobillo izquierdo.

Ese tanto o el del mismo Caniggia en las semifinales para eliminar al dueño de casa (Italia) nada menos que en el estadio San Paoli, donde Maradona era tratado como “Dios” (pero ese día fue silbado), unió a los argentinos como nunca. En las calles, las oficinas, las fábricas, las escuelas. Por un momento nos tratamos todos como “hermanos”.

Un país que venía castigado tras la Guerra de Malvinas, el final de la Dictadura Militar, la desilusión tras la salida anticipada de Alfonsín y el comienzo del menemismo, que todavía no encontraba su rumbo en un país convulsionado económicamente.

Faltaba un levantamiento militar más de los carapintadas (vendría el 3 de diciembre) y la Argentina todavía lidiaba con la hiperinflación. La Convertibilidad, con sus resultados iniciales muy favorables en términos de estabilidad y consumo, estaba por llegar (abril del 91).

Pero en el largo plazo dejaría un tendal de desempleo, desindustrialización y extranjerización de la economía. Y más frustraciones para agregarse a las que ya arrastrábamos.

La gran diferencia con el presente, es que los argentinos, vaya a saber por qué, estábamos mucho más unidos en las malas y en las buenas, como ese 23 de junio de 1990 cuando Caniggia nos hizo felices a todos.

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