La devaluación no reemplaza el ordenamiento del Estado

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A finales del año pasado, los medios de comunicación mostraban el ingreso de extranjeros a la Argentina para hacer compras en supermercados, cargar nafta y disfrutar de la buena gastronomía local. Incluso se registró una bonanza en las ciudades adyacentes a los países de frontera. Actualmente se insinúan movimientos en contrario. Argentinos que van al exterior y compran bienes, particularmente indumentaria y electrónica. 

Junto con esta reversión se viene instalando entre los economistas la discusión en torno al nivel del tipo de cambio. Mientras la visión oficial mira con beneplácito que el dólar paralelo tienda a cerrar su brecha con el dólar oficial y baje la tasa de inflación, otras voces alertan de que el ritmo de devaluación diaria (crawling peg, en la jerga) que el Banco Central le imprime al dólar oficial debería acelerarse para que vaya más en sintonía con la inflación. La preocupación que esgrimen los críticos es que, si se sigue profundizando el atraso del dólar oficial, habrá que apelar a una mega devaluación que reavivará la inflación. 

La pregunta que cabe hacerse es cuál fue la tendencia de la tasa de inflación mensual y el dólar ajustado por inflación desde que asumió el actual gobierno. Según información oficial se observa que:   

  • En diciembre la tasa de inflación mensual fue de 26% y en abril se espera que sea 10%.
  • En diciembre el dólar oficial era de $1.325 a precios actuales y en abril es de $870.
  • En diciembre el dólar paralelo era de $1.987 a precios actuales y en abril es de $1.000.

Estos datos muestran que el dólar oficial cayó en términos reales 35% y el paralelo 50%. La inflación está bajando de la mano de una fuerte apreciación cambiaria asociada a decisiones que viene tomando el gobierno. Por un lado, el Banco Central aplica una tasa de devaluación diaria del dólar oficial por debajo de la inflación. Por el otro, mantiene el amplio y complejo entramado de normas que comprende el “cepo” cambiario que impide o limita el acceso de las empresas y las familias tanto a comprar dólares oficiales como a comprar dólares en el mercado paralelo formal (CLL o MEP).

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La encrucijada está planteada. Mantener contenido el precio del dólar contribuye a bajar la inflación. Pero, para lograrlo, hay que reprimir el acceso a dólares lo cual implica reprimir la actividad económica. Para que la actividad económica se reactive se necesita reactivar las importaciones de bienes y servicios y permitir la movilidad de capitales desde y hacia el extranjero para que se revitalice la inversión. La cuestión es que eliminar el “cepo” cambiario genera incertidumbre en torno a lo que pueda pasar con el precio del dólar y cómo esto puede impactar en la inflación. El dilema parece sin solución: si se flexibiliza la política cambiaria se pone en riesgo la baja de la inflación; si se mantienen los controles cambiarios se pone en riesgo la reactivación

Para salir del dilema hay que pensar menos en el mercado cambiario y más en las transformaciones estructurales que el gobierno viene anunciando y que, por ahora, no encuentra la forma de instrumentarlas. Con el tipo de cambio actual, la competitividad de la producción argentina sería mucho más alta si se racionaliza el sistema tributario en base a la unificación de impuestos, la modernización de las instituciones laborales, el ordenamiento del sistema previsional y la sustitución de la coparticipación por un mecanismo que induzca a las provincias a mejorar la administración de los fondos públicos. Dicho de otra manera, la solución no pasa por acelerar la devaluación del tipo de cambio oficial sino por acelerar la implementación del Pacto de Mayo para que a través de aumentos en la productividad se incremente la competitividad de la economía argentina.  

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Las devaluaciones en la Argentina se han usado para compensar las consecuencias de las malas políticas públicas más que para resolver problemas. Por eso, la prioridad es revertir las malas políticas públicas. En esto, el gobierno viene mostrando gran capacidad para plantear transformaciones ambiciosas, pero baja capacidad para llevarlas a la práctica.  

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