COLUMNISTAS

La esperanza pascual

Compartí este articulo en:

Carta de Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 2° domingo de Pascua 19 de abril de 2020

Durante el tiempo de Pascua, la liturgia de la Iglesia nos propone leer los textos bíblicos que hacen referencia al encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos. También leemos el libro de los Hechos de los Apóstoles en donde se relata la evangelización de la Iglesia en sus primeros tiempos.

Este domingo leemos en la primera lectura: «Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones» «Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse». [Hech 2, 42.47]. Es importante señalar que, problemas y desafíos no faltaron. En los Hechos se narra cómo la Iglesia desde el principio padeció persecuciones y calumnias. Algunos de los primeros cristianos dieron su vida sufriendo el martirio.

La Iglesia, en sus inicios, a través de los siglos y aún en nuestro tiempo, sigue con la misma misión de anunciar a Jesucristo que murió y resucitó. Este es el misterio de la Pascua. Cada tiempo tiene sus propios desafíos. Pero tenemos la certeza de la presencia del Espíritu Santo, el Paráclito prometido por Cristo. Él nos acompañará hasta el fin de los tiempos. Fundados en esta esperanza podemos hacer frente con coraje a las complejidades que nos presenta la realidad. En estos días es clave esta esperanza pascual en el contexto de una pandemia que nos genera incertidumbre y dolor. El tiempo pascual nos invita a cada uno y en comunidad a encontrarnos con Jesucristo el Señor, reconociendo en esta experiencia fundante que, el que murió, ¡resucitó!

Creo oportuno compartir algunas reflexiones del Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium sobre la acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu. Dice el Papa: «Algunas personas no se entregan a la misión, pues creen que nada puede cambiar y entonces para ellos es inútil esforzarse. Piensan así: “¿Para qué me voy a privar de mis comodidades y placeres si no voy a ver ningún resultado importante?”. Con esa actitud se vuelve imposible ser misioneros. Tal actitud es precisamente una excusa maligna para quedarse encerrados en la comodidad, la flojera, la tristeza insatisfecha, el vacío egoísta. Se trata de una actitud autodestructiva porque el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se volvería insoportable. Si pensamos que las cosas no van a cambiar, recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive. De otro modo, “si Cristo no resucitó, nuestra predicación está vacía” [1 Co 15,14].

El Evangelio nos relata que cuando los primeros discípulos salieron a predicar, “el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra” (Mc 16,20). Eso también sucede hoy. Se nos invita a descubrirlo, a vivirlo. Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que nos encomienda». [EG 275]

«Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia. Los valores tienden siempre a reaparecer de nuevas maneras, y de hecho el ser humano ha renacido muchas veces de lo que parecía irreversible.

Ésa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo». [EG 276] Como Pueblo de Dios que camina en la historia, deberemos evangelizar y humanizar nuestro tiempo con el ánimo del Espíritu Santo y la certeza que nos da la esperanza en Jesucristo, el Señor, que ha resucitado.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo Domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, Obispo de Posadas.

Bookmark and Share
Compartí este articulo en:

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*