“La feminidad es como un software que se te instala y que necesitamos hackear”

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La referente de Mujeres que No Fueron Tapa (MQNFT), Lala Pasquinelli, elegida como una de las 100 más influyentes de 2023 según la BBC, describió el mandato de feminidad como “un software que se te instala y que necesitamos hackear”, al reflexionar sobre su nuevo libro “La estafa de la feminidad. Cómo la belleza nos educa para ser sumisas” en una entrevista con Somos Télam.

Pensamos la feminidad como un software que se te instala y desde el cual vemos el mundo: eso necesitamos hackearlo, necesitamos meternos adentro del sistema, para reprogramarlo, rescribir el código para poder vivir de otra manera”, dijo la artivista, poeta y abogada.

Coautora también de los libros “Hermana soltá la panza” (2022) y “Nos tenemos” (2021), Pasquinelli explicó que el mandato de feminidad son “todas estas normas sociales que establecen qué es ser mujeres” en tanto definen “qué tenemos que hacer, cómo tiene que ser nuestra apariencia, nuestra voz, qué podemos decir, qué lugares podemos ocupar y cómo nos tenemos que mover, lo que el mundo puede exigirnos y lo que nosotros le debemos al mundo”.

 “Ese gusto por la decoración, los pintalabios, los tacos altos, las minifaldas, el skincare, las dietas y la depilación no te viene con los ovarios sino que se construye culturalmente. Nacemos sujetas y esta educación nos convierte en eso que se denomina cultural y políticamente ‘mujeres’, y que implica ocupar un lugar desjerarquizado respecto de los varones”, dijo.

En diálogo con Somos Télam, Paquinelli repasó los principales tópicos de su nuevo libro publicado por Planeta, que son también ejes habituales de conversación en MQNF, una comunidad con una década de recorrido y casi 500 mil seguidoras desde donde lanzó exitosas campañas como #HermanaSoltáLaPanza, #HermanaSoltáElReloj y #HermanaSoltáLaNovela.

-¿Por qué el mandato de feminidad es una estafa?

-Porque en esa narrativa hay una promesa de que si vos adquirís los hábitos, los gestos, los gustos, los consumos que se supone tienen las buenas mujeres, vas a ser feliz. Y no solo no hay felicidad, sino que nos encontramos modelando nuestras identidades y nuestras vidas para ocupar un lugar de segundo orden, sometido a la violencia; que además implica normalizar la agresión y la crueldad como formas de nuestra existencia, como un ‘deber ser’ natural de las mujeres.

A mí me gusta hablar de estafa porque para que se configure jurídicamente hablando exige una serie de requisitos, entre ellos que haya un ardid, es decir, un engaño que tenga la capacidad de ser efectivo aún si vos hubieras sido diligente y hubieras tomado recaudos. 

Foto Prensa

Yo creo que la educación en la feminidad es un discurso tan pregnante, tan homogéneo y lo recibimos desde tantos lugares diferentes (los medios, la cultura, la familia, las instituciones educativas) desde tan pequeñas, que es muy difícil que vos puedas, aun sintiendo incomodidad y dolor, darte cuenta que el problema no sos vos, que el problema es el modelo y que te están estafando.

-Es una estafa simbólica o emocional que también es una estafa material…

-Tal cual, porque se queda con nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra energía vital, nuestra capacidad de politizarnos y todo lo que insumen estos rituales y estos hábitos a los que somos expuestas desde muy pequeñas y de los que con suerte logramos librarnos ya de adultas.

Pero además es como una suerte de estafa piramidal porque en general son otras mujeres las que nos van a inducir a acatar estas normas y cuando estas ‘maestras’ además tienen acceso a las grandes audiencias -por cumplir ellas mismas con estos ideales-, pueden beneficiarse con tu perjuicio, como el ejemplo que doy del esquema (ponzi) NuSkin, ese aparatito para hacerte una especie de limpieza facial que promocionaban famosas modelos, actrices e influencers.

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-Vos planteás que uno de los mandatos de género más vivo y crecientemente opresivo para las mujeres en los últimos años es el mandato de la belleza ¿Por qué ocurre esto?

-Yo creo que seguramente es multi causal, pero está vinculado con un backlash (reacción inversa) progresivo frente a la segunda ola del feminismo. Tras la conquista de derechos civiles y políticos, las mujeres salen al mundo, van a trabajar, a las universidades y de alguna manera había que ponerle un freno a ese avance. Y entonces empiezan a aparecer muy fuerte las exigencias estéticas y la belleza como una forma de internalizar hábitos y violencia, pero también de control sobre el cuerpo de las mujeres.

Hasta ese momento el control del cuerpo se refería en forma exclusiva a los derechos reproductivos pero con la emergencia de la píldora y el derecho al aborto, empieza a aparecer esta preocupación por las dietas, el maquillaje y la depilación, que son nada al lado de todas las exigencias de tratamiento, hábitos y rutinas de belleza que se fueron sumando con el tiempo.

Como dice Naomi Wolf, exigencias que antes eran sólo para determinadas profesiones -como azafata o modelo-, de repente valen para cualquier mujer si quiere circular por el mercado laboral, del amor y del deseo, ser elegida por estos varones…

Y si hace 50 o 60 años las fuentes de difusión de estas ideas estaban atomizadas y por eso se incorporaban de una manera más lenta a través de revistas, series y películas donde la belleza empieza a ser crucial, hoy estamos en unos niveles de concentración y bombardeo (comunicacional) que nunca ha visto en la historia de la humanidad con lo cual es casi imposible no estar expuestas a esas imágenes, que no son solo imágenes sino una narrativa de un deber ser.

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-¿Y cómo nos afecta a las mujeres este esfuerzo diario por alcanzar ese mandato de belleza siempre inalcanzable?

-Afecta infinitos ámbitos de nuestra vida. En principio hay una pedagogía (de la crueldad) vinculada a la belleza que hace que desde muy pequeña empecemos a tener esta sensación de falla. Desde una edad muy inicial empezamos a identificar que hay algo mal en nosotras porque así nos lo señala alguien que queremos que nos quiera, como nuestra mamá, papá, abuela, alguien de la familia cercana.

Este deseo de ser querida ocultando (o intentando cambiar) esto que nos están señalando como algo que está mal, implica que ya desde ese momento inicial de la vida incorporemos la vergüenza, un sentimiento que nos va a acompañar todo el tiempo, porque en general hay una construcción de lo femenino como vergonzante, ya desde nuestras funciones vitales. Entonces ahí ya empieza una experiencia de desempoderamiento, de sufrimiento emocional que implica el arrasamiento de la autoestima. 

Pero además a eso se suman este aprendizaje de prácticas de belleza que son bastante violentas, que implican dolor físico, que implican muchas veces mutilaciones y que las vamos a internalizar como lo que debe ser. 

Y esto no es gratis sino explican bastante de eso que vivimos como vivimos y cómo después vamos a estar dispuestos a tolerar la violencia sexual, la violencia de los vínculos sexo afectivos, la violencia de género en cualquiera de sus formas se naturaliza desde que somos muy pequeños. 

-De manera muy interesante, el libro también resalta cómo todo este mandato de belleza, estos hábitos y rutinas se describen como “autocuidado” cuando, lejos de cuidarnos, nos hacen más vulnerables…

– Tal cual. Nos vamos convenciendo a nosotras mismas de que es más importante la forma que le demos a nuestro cuerpo que ocupar ese tiempo y ese dinero en cosas que contribuyan a nuestro verdadero autocuidado, como ganar autonomía, saber defendernos en el espacio público, estar más despiertas o preparadas para identificar la violencia de género como lo que es…

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En cambio, nos venden esta idea del autocuidado que implica restringir nuestros alimentos o someternos a un tratamiento para las uñas o meternos en una peluquería.

El discurso general es que las mujeres elegimos todo esto, ¿pero qué otras opciones tenemos? O sea, podríamos elegir si tuviéramos otras alternativas del mismo valor pero no las hay. Para esta cultura, las mujeres solo eligen cuando acatan estas normas y si vos intentas elegir algo por fuera, lo que recibís es disciplinamiento: sos una exagerada, una feminazi, una loca. 

-¿Por qué el control de los cuerpos que se hace tan evidente, por ejemplo en la ilegalidad del aborto, en la trata de personas, en la prostitución o en la gestación por sustitución es menos perceptible en estos dispositivos de la belleza? 

-Es menos perceptible porque se trata de un dispositivo más eficiente. Como son exigencias que las normalizamos desde que somos muy pequeñas, es muy difícil desarrollar una mirada crítica. Y al mismo tiempo es muy difícil rebelarse porque son exigencias conformadoras de nuestra identidad, casi una condición de existencia para nosotras 

Fijate lo que pasó con el concurso de Miss Universo Buenos Aires que lo ganó una mujer de 60 años pero que parecía de 25: el mensaje es que si vos tenés 60 y no pareces de 25 entonces no hacé las cosas bien. Es algo que no se termina nunca y que tiene consecuencias también porque cuando vos tenés 60 años hay aspectos de tu vida que necesitan un abordaje específico y particular que no va a estar atendido si lo único que te preocupa es tener una apariencia 30 años más joven.

-Aparte esta idea de la intervención infinita de nuestros cuerpos, como si tuviéramos la capacidad nosotras de modelarlo sin límites …

Sí, hay como una cierta colonialidad llevada al cuerpo, como si fuéramos colonos de estos cuerpos a los que les podemos dar la forma que se nos ocurra, como si los cuerpos fueran de plastilina. Esto se vincula también con los altos niveles de cosificación, de  autocosificación y de violencia sobre el cuerpo propio y ajeno que, sin embargo, se han normalizado y por eso ni siquiera identificamos esa crueldad como lo que es y luego nos sorprendemos cuando pasan casos como Silvina Luna.

-¿Cómo se vincula este libro con el recorrido que han hecho con Paula de la comunidad de mujeres que no fueron tapa y qué implica hackear estas representaciones de lo femenino desde esas experiencias?

-De alguna manera, el libro viene a ser algo que era un objetivo que teníamos que era como unir los puntos sobre los que gira la conversación en las redes sociales, entre sistema económico, cultura y trabajo doméstico, puestos al servicio de docilizar estos cuerpos. Y la belleza es un dispositivo central la construcción de esta feminidad sumisa.

También quería resaltar que hay mucha fantasía sobre las infancias. Se dice ‘hay algunas conversaciones en las que se avanzó’, ‘las nuevas generaciones ya vienen con otro pensamiento’ pero eso no es así, todo lo contrario.

Y también hago una propuesta de salida que es esto de ‘hackear’ la estafa a partir de compartir lo que nosotros hemos ido aprendiendo en nuestros espacios, con la certeza de que así como aprendemos la sumisión podemos aprender la rebeldía, que se aprende a través de hábitos, de la práctica de preguntas, de la recuperación del tiempo, de un montón de cosas que se combinan al final del libro.

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