La historia de los dos radaristas posadeños que ayudaron a guiar a los pilotos argentinos en Malvinas

Rodolfo Centurión y Armando De La Torre son misioneros, muy amigos desde hace cuatro décadas. Ambos nacieron y vivieron en Posadas hasta su adolescencia, cuando les empezó a picar el «bichito» por los aviones y fueron buscando su camino para llegar a la Fuerza Aérea.

Centurión, que estudió en el Martín de Moussy, es uno de los pocos misioneros que llegó muy alto en el escalafón de esa fuerza. No fue piloto, sino que se dedicó a operar radares y luego se especializó en la guerra electrónica (o los mecanismos que tienen los ejércitos para espiar al otro bando).

Se retiró hace unos años como Brigadier Mayor (el tercero en la jerarquía), pero el año pasado lo volvieron a convocar a la actividad para dirigir el Círculo de Oficiales. 

De La Torre, que estudió en el Roque González, hizo la carrera de suboficial de la Fuerza Aérea especializado en electrónica y se dedicaba al mantenimiento del radar. Se  retiró hace años como Suboficial Mayor y hoy es abogado. «Voy una vez al año a Posadas, para ver cómo está todo», cuenta este hombre que vivió en varios países.

Economis los reunió -vía zoom- a estos dos hombres que en 1982 pusieron su granito de arena en la Guerra de Malvinas, al ayudar a guiar a los pilotos argentinos al combate con la flota inglesa, la más grande desplegada por ese país desde la Segunda Guerra Mundial (más de 100 naves enviaron los británicos para recuperar las islas). 

Base Aérea de Río Grande

Ambos estuvieron destinados a operar el radar modelo Westinghouse (la Argentina tenía 5 de ese tipo) asignado a la Base Aérea de Río Grande, en la Isla de Tierra del Fuego. De allí partían aviones como los Mirage/Dagger y los Super Etendard de la Marina, mientras que los A4C-Skyhawk utilizaban más los aeródromos de San Julián o Río Gallegos, donde también había radares.

Centurión era operador del radar (en 1982 tenía 25 años y el grado de teniente), es decir, era el encargado de monitorear en la pantalla redonda -que estamos acostumbrados a ver en las películas- a las aeronaves argentinas, interactuar con los pilotos y guiarlos hacia su misión.

«Nuestro radar tenía un alcance de 220 millas (400 kilómetros, aproximadamente) y luego pasaban a ser monitoreados por el radar de Puerto Argentino, nosotros los veíamos salir y los veíamos volver de las misiones, los guiábamos y asistíamos», explica.

Una imagen impactante de la guerra, en el radar

Centurión, habla con tranquilidad desde el escritorio de su casa en Canning (cerca de Ezeiza), aparece su perro por atrás y lo acaricia. Pero hay un momento donde, casi imperceptiblemente, se le quiebra un poco la voz. 

Es cuando relata -casi sin darse cuenta- cómo se reflejaba en la pantalla del radar el enorme sacrificio que estaban haciendo los bravos pilotos argentinos.

«Nosotros los veíamos salir a las misiones, iban en perfecta formación, alineados cuando salían a atacar, con ese enorme valor y coraje que fue reconocido por el mundo. Y una de las cosas que me impactó en Malvinas era el contraste cuando volvían. Los pilotos llegaban a los objetivos, atacaban y tenían el combustible justo para volver. Tenían que esquivar la artillería antiaérea, los misiles de las fragatas, los ataques de los Harrier con sus misiles (inteligentes) sidewinder, y si lograban salir de todo eso, naturalmente, cada uno estaba liberado para volver como pudiera, por la ruta que fuera», detalla.

«Entonces uno los veía (en la pantalla) salir muy bien formados (en forma de V invertida), pero cuando volvían era otra cosa, desordenados, cada uno como podía. Y lo que más impactaba: a veces faltaba uno, faltaban dos, y estábamos todos expectantes esperando que aparecieran en el radar», explica. 

Y uno se puede imaginar sin ningún esfuerzo media docena hombres con la vista clavada en la pantalla, conteniendo la respiración, cada uno prendiendo la vela a un santo distinto, sin poder hacer nada más que aguardar. Mirando fijo esos puntitos móviles que antes iban en formación perfecta y ahora vuelven como pájaros heridos en bandada.

Qué hicieron los pilotos argentinos en Malvinas

Para los que no lo saben porque son muy jóvenes, los pilotos argentinos que combatieron en Malvinas tenían entre 25 y 35 años. Incluso había algunos todavía más jóvenes. Formaban parte de una Fuerza Aérea que nunca había peleado una guerra, jamás había experimentado bajas en combate. Y eran enviados a misiones mortales por superiores que tampoco habían estado, jamás, bajo fuego.

Enfrente, nunca está demás mencionarlo, tenían a una de las potencias de la OTAN, recibiendo el apoyo abierto de los Estados Unidos. Uno de los grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Una nación que supo ser imperio y dominar los mares, con más de 1.000 años de historia. Muy acostumbrada a hacer la guerra. 

Imagínense a un muchacho de 24 o 25 años, absolutamente solo en su cabina, la mano derecha tensa en la palanca (cerca del objetivo, volaban al ras de las olas y el mínimo desvío a 1.000 kms/hora equivalía a estrellarse en el mar), yendo a atacar a algunas de las plataformas flotantes más sofisticadas y  mejor equipadas de entonces. Con grandes posibilidades de no volver más.

Ese pequeño y valeroso grupo de argentinos, a los que se les debe tanto, hundieron a los buques HMS Sheffield (destructor), HMS Ardent (fragata), HMS Conventry (destructor), buque portacontenedores Atlantic Conveyor (grande como un portaaviones), HMS Antelope (fragata), y lanchas de desembarco Sir Galahand y Sir Tristan. 

Además, averiaron una decena de buques más, de distinta consideración. Cada victoria de los argentinos fue un pequeño terremoto político en Inglaterra, con Margaret Thacher (la primer ministro) desesperada por conseguir los códigos para desactivar los misiles Exocet que tenían los aviones de la Armada (Argentina tenía sólo 5 misiles).

Centurión, operador de radar

Mientras Centurión operaba el radar, De la Torre formaba parte del equipo técnico que tenía como misión mantener operativo las 24 horas del día el Westinghouse. Pase lo que pase, enfrentando nevadas y todo tipo de contratiempos.

El joven teniente Rodolfo Centurión, operador de radar en Malvinas.

Centurión y De la Torre no salieron a atacar a la flota, pero también corrieron un gran peligro en Río Grande. Como los aviones argentinos hacían daño, se temía un ataque a las bases aéreas. 

Y el intento de ataque llegó, aunque por fortuna fue abortado antes de materializarse. El 18 de mayo de 1982 un grupo de la SAS (comandos de la Armada británica) al mando de Andrew Legg salió en un helicóptero Sea King del HMS Hermes (el segundo de los 2 portaaviones que Inglaterra llevó a Malvinas), el objetivo era destruir los aviones, matar a los pilotos e inutilizar el radar de Río Grande. 

El daño que estaban haciendo desde esa base, donde estaban los Super Etendard de la Armada con sus misiles Exocet era muy grande para Inglaterra y ponía en jaque el apoyo político a la postura de Thacher de recuperar las islas por la fuerza.

«Esa fue una de las dos ocasiones donde pudimos observar en el radar la presencia del enemigo, porque su radio de acción era de las Islas hacia el Este, y nosotros monitoreábamos desde el continente 400 kilómetros hacia las islas. Al final, tomaron la decisión de abortar, porque habían perdido el efecto sorpresa, aparecieron en el radar y los detectamos», contó Centurión. 

Entonces destruyeron el helicóptero y cruzaron el límite con Chile, un país que ayudó a Inglaterra durante la guerra.

“Ellos tenían pensado hacer un ataque de diversión (distracción) en un depósito de combustible y luego destruir los aviones y el radar, tuvimos suerte porque, esto lo contó el piloto en su libro, subieron el nivel por la nevisca y los detectamos y ellos se dieron cuenta. El dice muy taxativamente y claramente que los comandos pusieron pie en suelo argentino, discutieron entre ellos y terminaron decidiendo abortar la misión, destruir el helicóptero y entregarse a las autoridades chilenas”, relató Centurión, sobre ese episodio muy conocido de la guerra.

«Nosotros creemos que los chilenos ayudaron, avisando las salidas de nuestros aviones», dice Centurión, que se nota que sabe mucho más de lo que puede contar. 

Igual había que entender el contexto histórico. «Apenas cuatro años antes estuvimos al borde de la guerra con Chile», recuerda Centurión, por el conflicto que no fue en 1978, gracias a la mediación del Papa Juan Pablo II.

En Rio Grande, pilotos, mecánicos y radaristas. Un pequeño grupo que hizo la diferencia para defender el territorio y la soberanía argentina en Malvinas.

La recuperación de las Malvinas

Centurión y De la Torre cuando empezó el conflicto en 1982 estaban destinados en el Grupo 2 de Vigilancia y Control Aéreo de Merlo (provincia de Buenos Aires), donde estaban los radares Westinghouse.

“Había que desarmar todo y cargarlos en dos aviones Hércules, era todo un equipamiento completo como para que el radar estuviera operativo siempre”, explicó De La Torre.

“Entra un compañero y me dice, ‘recuperamos las Malvinas’, no me lo imaginaba. Venía viendo movimientos que uno notaba que no eran habituales, pero presumíamos que íbamos a salir a alguna maniobra”, explicó sobre aquel día como hoy, hace 39 años.

Le pedimos a Armando que nos explique cómo funciona el radar: “Son los ojos en una guerra, es un equipo que emite una señal, ese pulso viaja, choca contra algo metálico y vuelve, entonces el operador ve ese eco, consumen muchísima electricidad”.

“Los Westinghouse tienen una cabina con dos pantallas donde está el operador. Siempre hay uno que es responsable de la operación, es un grupo en total de 36 o 37 personas que fuimos con el radar”, detalla.

Hacer la guerra desde el radar

“El que está viendo la pantalla del radar no puede equivocarse, un error es un desastre. Nosotros fuimos formados para eso, para la guerra, de repente yo tenía 25 años y estaba ahí”, reflexiona Armando.

“Yo soy feliz de haber integrado la Fuerza Aérea, si mañana me llaman en dos minutos voy a donde sea, es lo que siento y el regalo más grande que nos dio la institución son las amistades y la camaradería que hemos formado”, explica.

Centurión y De La Torre volvieron a trabajar juntos en vigilancia electrónica, cuando la Fuerza Aérea adquirió un Boeing 707 que se utilizaba para hacer espionaje electrónico.

Mensaje a los jóvenes misioneros

“Les diría que en la carrera militar la vocación de servicio es muy importante, te tiene que encantar servir al otro. Yo lloraba cuando me tuve que retirar, ojalá se incorporen con un sentido de nobleza y amor a los valores. Que tengan en cuenta que es muy exigente y tenés que estudiar mucho para mantenerte y ser útil”, señaló Armando

Un corazón noble, el que da la vida por el otro

“¿Qué le diría a los jóvenes? Todo en la vida hay que hacerlo con un sentido de amor a la patria, independientemente de lo que uno haga, hasta la cosa más sencilla puede estar orientada con esa finalidad. El mensaje a los jóvenes es que la vida militar o la carrera militar es una hermosa carrera, y lo es justamente porque para un corazón noble, el orgullo más grande y el mérito más grande consiste en dar la vida por su país y su gente”, cerró Rodolfo Centurión.

Ficha personal

Rodolfo Centurión

Nacimiento: Posadas

Cargo: Brigadier Mayor, Fuerza Aérea

Actual: Dirige el Círculo de Oficiales de la Fuerza Aérea

Edad: 64 años

Armando De La Torre

Nacimiento: Posadas

Cargo: Suboficial Mayor (retirado)

Profesión actual: Abogado

Edad: 65 años

Edad: 65 años

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