La pobreza y la guerrilla en el Pacífico colombiano, una relación de supervivencia

New York Times. Ramón Campos Iriarte, un fotógrafo bogotano formado en Ciencia Política, decidió hace diez años seguir los pasos de su padre, el reconocido documentalista Yezid Campos, y cubrir los conflictos en América Latina. Su interés particular en la guerra en Colombia lo ha llevado hasta los lugares más apartados del país, en especial el departamento del Chocó, la provincia más pobre del país y una de las más golpeadas por la guerra, donde ha documentado durante años la evolución del conflicto armado y sus consecuencias sociales y ambientales.

En su último viaje, en marzo de este año, visitó la región para continuar el seguimiento del conflicto en el Chocó, que conoció de primera mano hace cinco años. A su llegada, uno de los principales actores de la guerra estaba ausente por primera vez: la guerrilla de las Farc, que se retiró a su lugar de concentración la misma semana en que Campos Iriarte llegó a la zona, tras el acuerdo de paz con el gobierno colombiano.

Lo que el fotógrafo se encontró fue un panorama de transición, donde reina la incertidumbre sobre lo que pasará en los territorios de influencia de las Farc. Su visita coincidió, además, con un evento importante: la segunda guerrilla más grande del país, el ELN, había acordado entregar al político chocoano Odín Sánchez para poder avanzar en las negociaciones con el gobierno colombiano.

Las conversaciones entre ambas partes continúan en Quito, Ecuador, pero con obstáculos. Hace poco, por ejemplo, el jefe negociador del gobierno, Juan Camilo Restrepo, reveló que el frente del ELN que opera en el Chocó —y protagonista de esta historia— no es parte de la mesa de diálogos. Los comandantes con los que el fotógrafo ha tenido contacto solo expresan escepticismo frente a las negociaciones.

El fotógrafo visitó en especial la zona del Medio San Juan (Chocó) y capturó la manera en la que el Frente Occidental del ELN “regula la vida, imparte leyes comerciales” y cómo se ha convertido en la única autoridad.

Campos dice que a través de su lente quería capturar las complejidades de la región más abandonada de Colombia, de donde ya se retiraron las Farc, y ahora queda el ELN, que disputa el territorio con otras fuerzas insurgentes que buscan avanzar y copar el vacío de poder.

“Es una zona extremadamente pobre, por donde ha pasado la coca, la minería ilegal de oro, y ahora hay un boom con la tala ilegal de madera como única alternativa de los pobladores para sobrevivir”, dice.

También explica que su interés por contar lo que ocurre en las zonas de conflicto nace del hecho de que allí se “rompen la normalidad y los códigos sociales a los que estamos acostumbrados los ciudadanos modernos. Los conflictos destrozan el tejido social, pero la gente siempre termina por adaptarse: son situaciones extremas de violencia, aislamiento y precariedad, en donde el ser humano prueba su inmensa capacidad de supervivencia”.

Campos Iriarte también tiene otro objetivo: “Incomodar al poder y a la audiencia al visibilizar situaciones inverosímiles de tragedia y despojo que se dan en pleno siglo XXI”, sin caer en el protagonismo del fotógrafo. Para él, el modelo de periodismo que se ha impuesto “le quita protagonismo a los sujetos y se lo da al reportero”.

“Ahora los editores le piden a uno que incluya su propia vivencia en la historia, lo difícil que fue llegar al sitio, el peligro que se pasó. Eso me parece muy extraño. Por mí, que saliera el crédito en la foto sería suficiente”, dice.

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