A partir de diciembre de 2017, se sumó una serie de ineptitudes y señales contradictorias en el manejo de la crisis monetaria, transformando una devaluación del dólar en una serie de corridas cambiarias sin techo, que llevaron la cotización del dólar de $17 en noviembre de 2017 a los actuales $41. Para mayo de 2018, cuando el gobierno decido acudir al salvataje del Fondo Monetario Internacional, la formación de activos externos -popularmente conocido como fuga de capitales- alcanzó US$ 16.676 millones, 75% del total en todo el 2017. El acuerdo con el FMI dejó un programa económico con muchos menos grados de libertad, pero no resolvió la crisis. La fuga continuó a pesar de que el peso seguía devaluándose. Por el momento, los únicos beneficiados son los inversores que pudieron desarmar sus posiciones en pesos. Para el mes de julio la fuga acumulada de todo el año llegaba a US$ 20.072 millones. Es decir: desde diciembre de 2017 se multiplicó exponencialmente la fuga de capitales, que se realizó al llevar los pesos a un valor del dólar muy bajo gracias a la intervención del Banco Central. Los que fugaron durante ese periodo ganaron muchísimo dinero (entre ellos Caputo, quien dolarizó sus ahorros, así como otros funcionarios).
La pregunta del millón que todos lxs economistas quieren responder, es ¿por qué el gobierno no logra controlar la crisis cambiaria? Lxs economistas ortodoxos, asignan un rol fundamental a la “falta de confianza”. Los capitales estarían huyendo fruto de las expectativas negativas. El gobierno dio algunas señales contradictorias, como rebajar las tasas y aumentar la meta de inflación en diciembre de 2017. A lo que se suma -¿por qué no?- el fantasma de un regreso populista. Todo se arreglaría cuando ingresen los dólares frescos de una próxima cosecha récord de trigo y otros productos y se renueve la confianza de los mercados. Es una tormenta pasajera, dicen.
El argumento ortodoxo adolece de algunos problemas: en primer lugar, lxs exportadores ya no tienen la obligación de realizar la liquidación de la cosecha cuando se realiza. En segundo lugar, con libertad absoluta para la movilidad de los capitales, nada asegura que los dólares que entren no se vuelvan a fugar. Por otro lado, el rol de las expectativas claramente es clave. Pero constituyen una figura mucho menos esotérica: las inversiones se realizarán si -y solamente si- hay expectativas de obtener una ganancia por parte de las empresas. En el contexto de caída de poder adquisitivo en el mercado interno y un mercado externo cerrándose, no existen incentivos más allá de la timba/renta financiera siempre que se ofrezca una tasa de interés alta y una certeza sobre el cobro de la deuda en tiempo y forma. Esto último es cada vez más difícil de asegurar, dadas las condiciones de la macroeconomía argentina.
El problema no está explicado por exóticos cisnes negros, ni se trata de un fenómeno meteorológico. Es el modelo que se viene impulsando desde hace dos años y medio el que dirigía inexorablemente a este desenlace. Lxs inversores, que cuentan con mucha mejor información que lxs ciudadanx de a pie, saben esto y mientras el dólar estuvo bajo, devaluando a cuentagotas e incrementando el problema hacia adelante, elevando las tasas de interés y usando la plata que prestó el Fondo, se apresuraron a fugar. Saben que el últimx en salir es el que pierde porque al final del camino los dólares no están. El 29 de agosto, después del mensaje presidencial sobre la necesidad de un adelanto de los desembolsos del FMI, simplemente se aceleró un proceso que ya estaba en marcha desde el mismo instante en que se tomaron las medidas que conformaron esta tormenta perfecta. Mientras tanto, en medio de las crisis, quienes dolarizaron sus ahorros y fugaron divisas tienen botes salvavidas privados donde no entran lxs más desfavorecidxs.


