DEFICIT FISCAL

Deuda alta, decisiones difíciles

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Escriben Era Dabla-Norris y Rodrigo Vadés – La política fiscal siempre ha implicado compensaciones. ¿De quién se financiarán las prioridades? ¿De quién se apondrán las cargas? ¿Bajo qué condiciones? Hasta hace poco, los gobiernos podían posponer estas decisiones pidiendo prestado en condiciones convenientes. Pero ahora, niveles de deuda sin precedentes y mayores costes de endeudamiento han elevado la apuesta. Al mismo tiempo, la demanda de fondos públicos sigue creciendo incluso cuando los recursos están muy limitados. Las sociedades solo pueden reconciliar con éxito prioridades en competencia si dependen de algo que a menudo se pasa por alto y actualmente escasea: la confianza pública.

Incluso antes de la pandemia de COVID-19, la deuda pública seguía aumentando de forma constante. En muchas democracias, las plataformas políticas favorecían un mayor gasto y déficits, mientras posponían las reformas estructurales (Cao, Dabla-Norris y Di Grigorio 2024). El crecimiento económico modesto, el gasto para atender a una población mayor en crecimiento y la reticencia a subir los impuestos solo empeoraron las cosas. Se pospusieron decisiones difíciles y se acumuló deuda, sostenida por los tipos de interés inusualmente bajos de las dos últimas décadas.

Luego, en 2020, ante el peor colapso económico desde la Gran Depresión, los gobiernos comenzaron a endeudarse extensamente. La deuda de la economía avanzada aumentó decenas de puntos porcentuales del PIB; en algunos países superó el 120 por ciento (véase el Gráfico 1). Los países de mercados emergentes y de bajos ingresos, aunque más limitados, también se endeudaron en exceso. La respuesta evitó una catástrofe más profunda y, aunque los niveles de deuda se han estabilizado en muchos casos, los países ahora se enfrentan a un mundo en el que endeudarse ya no es barato.

Hoy en día, los responsables políticos se enfrentan a la versión fiscal del COVID prolongado: tipos de interés más altos y aumento del coste de la deuda. La deuda pública global subió al 93,9 por ciento del PIB en 2025 y está en camino de superar el 100 por ciento para 2028, niveles nunca vistos en tiempos de paz, marcando un punto de inflexión para la política económica y la política (Gráfico 2). Mientras tanto, las fuerzas estructurales a largo plazo —el envejecimiento de la población, el cambio climático, el aumento de las demandas sociales y, en el caso de los países de bajos ingresos, la disminución de los flujos de ayuda y los persistentes altos costes de endeudamiento— siguen afectando los presupuestos incluso cuando las tensiones geopolíticas emergentes ejercen presión para gastar en política de defensa e industrial.

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Carga de la deuda

La era de los tipos de interés ultra bajos ha terminado, pero las tendencias de crecimiento económico no han cambiado de forma apreciable. En poco tiempo, los costes de préstamo se han duplicado o triplicado. Las facturas de intereses ahora afectan más los presupuestos, desplazando otras prioridades. En Estados Unidos, por ejemplo, los pagos netos de intereses subieron de aproximadamente el 2 por ciento del PIB antes de la pandemia al 4,2 por ciento en 2025, superando el gasto en defensa, y se espera que siga aumentando. En los países de bajos ingresos, los pagos de intereses consumen de media el 21 por ciento de los ingresos fiscales.

La deuda alta implica menos margen para responder a los shocks, interfiere en la economía en general al aumentar el coste del capital y complica la elaboración de la política monetaria mientras motiva la represión financiera. También puede amenazar la estabilidad financiera, especialmente en los mercados emergentes, si los rendimientos suben a medida que los inversores empiezan a dudar de la capacidad del gobierno para cumplir con sus obligaciones. A medida que las condiciones de financiación se endurecen, los ajustes pueden volverse más bruscos y repentinos—recordando la idea del economista alemán del siglo XX Rudi Dornbusch, que dice que “las crisis tardan mucho más en ocurrir de lo que crees, y luego ocurren más rápido de lo que pensabas.” Y una deuda elevada traslada la renta nacional hacia los acreedores a costa de otras necesidades.

En un mundo de baja deuda y tipos de interés bajos, los gobiernos podrían eludir decisiones difíciles pidiendo más préstamos y esperando que el crecimiento económico genere suficientes ingresos fiscales adicionales para cubrir y, eventualmente, reembolsar la deuda. Pero hoy, la era de las decisiones fáciles ha terminado. Cada dólar que un gobierno pide prestado sin ingresos equivalentes implica impuestos más altos o un gasto menor en el futuro, al menos para cubrir los intereses adicionales que genera la nueva deuda. A partir de cierto punto, más endeudamiento obliga a tomar decisiones dolorosas—mediante austeridad, inflación, represión financiera o incluso impago. La pregunta se vuelve inevitable: con un espacio fiscal limitado, ¿cuáles serán los sacrificios y quién asumirá el coste?

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Situación fiscal

Un compromiso duradero se centra en el tamaño del gobierno. El aumento del nivel de vida ha llevado a los ciudadanos a esperar redes de seguridad social fiables, educación y sanidad asequibles, una inversión pública sólida y protección frente a una gama creciente de riesgos, incluidos fenómenos meteorológicos extremos y pandemias. Las economías avanzadas expandieron considerablemente sus estados de bienestar tras la Segunda Guerra Mundial; muchos lo hicieron de nuevo tras la crisis financiera global de 2008 y en respuesta al COVID-19. Las economías de mercados emergentes enfrentan una fuerte presión para reforzar sus redes de seguridad más modestas, ya que los ciudadanos exigen crecimiento con equidad. El problema es que el apetito por beneficios suele superar la disposición de las sociedades a movilizar ingresos. Y las decisiones para reducir los impuestos no siempre van acompañadas de contención del gasto. Los gobiernos no pueden proporcionar beneficios a nivel nórdico sin una tributación a nivel nórdico, y aun con tales impuestos, el envejecimiento y otras presiones desafían la aritmética.

Equilibrar credibilidad y flexibilidad plantea otro dilema. Los gobiernos necesitan espacio para responder a los shocks, pero también deben tranquilizar a los mercados y a los ciudadanos de que la deuda seguirá bajo control. Normas fiscales rígidas —como un techo de deuda excesivamente vinculante— o recortar gastos y subir impuestos demasiado rápido pueden profundizar las recesiones, y ignorar los déficits puede desencadenar una reacción en el mercado, como ocurrió durante la crisis de la deuda de la zona euro. El reto es un compromiso sólido con la sostenibilidad sin una política de camisas de fuerza. Esto requiere anclas fiscales creíbles a medio plazo con cláusulas de escape para sorpresas raras; planes transparentes que prioricen la inversión mientras protegen a los vulnerables; y marcos institucionales que generen confianza sin socavar la capacidad del gobierno para responder a recesiones severas. Conseguir este equilibrio adecuado nunca ha sido tan importante—ni tan difícil.

Un tercer dilema es si invertir ahora o conservar potencia de fuego para más adelante. Las necesidades urgentes —seguridad nacional, resiliencia ante los choques, transición climática, inclusión social y desarrollo— demandan recursos. Pero cada dólar gastado hoy significa un colchón más delgado para la próxima crisis. En un mundo de descargas frecuentes, el equilibrio es duro. Los países que agoten la capacidad de endeudamiento en tiempos favorables se verán peligrosamente expuestos cuando llegue la próxima recesión o desastre. No se trata de planificar en torno a los mejores escenarios, sino de diseñar estrategias fiscales viables cuando surjan sorpresas: conviene guardar algo cuando la próxima crisis puede estar a la vuelta de la esquina.

Cada decisión presupuestaria ahora tiene ganadores, perdedores y momentos explícitos, y la economía política de esas decisiones se ha vuelto más complicada. ¿Quién o qué tiene prioridad? ¿Qué impuestos la financiarán y qué programas deben ceder? Estas preguntas ya no pueden taparse con nuevas deudas. Deben responderse claramente, y eso está resultando ser un desafío formidable.

Desafíos intergeneracionales

Una deuda pública elevada es más que una preocupación macroeconómica; también es una cuestión de equidad entre generaciones. En palabras del estadista del siglo XVIII Edmund Burke, “La sociedad es una sociedad… entre los que están vivos, los que están muertos y los que están por nacer.” La deuda permite financiar proyectos que impulsan el crecimiento, amortiguar un choque o repartir los costes de forma más equitativa a lo largo del tiempo. Pero los déficits persistentes se financian con deuda que los trabajadores y contribuyentes del mañana deben cubrir. Cuando la deuda es grande y los tipos de interés suben, más recursos públicos fluyen hacia los tenedores de bonos que hacia los bienes públicos. Esa transferencia continúa mientras la deuda permanezca—y crece si continúa el endeudecimiento.

La demografía intensifica el desafío de dos maneras. A medida que las sociedades envejecen, el coste de proporcionar pensiones y atención sanitaria comienza a crecer más rápido que los ingresos fiscales. Y donde las tasas de natalidad se desploman, estos costes los asume una plantilla en declive. Las economías avanzadas ahora cuentan con unos tres trabajadores por jubilado, frente a unos cuatro en 2000, y la cifra se acerca a dos trabajadores para 2050 (OCDE 2025). Además, muchas obligaciones de pensiones y sanidad permanecen fuera del balance del gobierno y, a medida que la población envejece, estas obligaciones implícitas aparecen en los presupuestos, a menudo con fuerza desestabilizadora. Eso plantea decisiones difíciles: subir los impuestos, reducir las prestaciones o seguir pidiendo prestado y simplemente retrasar el ajuste de cuentas.

Cuanto más se pospongan las decisiones difíciles, más abrupto y gravoso será el ajuste cuando los acreedores o la realidad fiscal finalmente obliguen a actuar. Y peor aún, la factura recae en menos personas. Mientras tanto, las transferencias y otros gastos y servicios de la deuda actuales pueden desplazar la inversión en educación, tecnología e infraestructuras, erosionando la prosperidad de la próxima generación. La economía política magnifica el desafío. Los votantes actuales se resisten a los recortes a los beneficios ganados o prometidos, y los votantes mayores pueden formar un bloque electoral especialmente poderoso.

Los políticos, tentados a evitar medidas impopulares como subir la edad de jubilación, recortar prestaciones o ampliar la base impositiva, dejan que la deuda asuma la presión. Este sesgo hacia el presente plantea importantes cuestiones de equidad. Los jóvenes ven que los gobiernos acumulan deuda y sospechan que recibirán el cheque a través de impuestos más altos y servicios públicos más ajustados cuando se jubilen. La confianza se erosiona y el contrato social entre generaciones se deshilacha. Los mercados financieros también toman nota, exigiendo primas de riesgo más altas o retrocediendo cuando perciben que el ajuste fiscal se está posponiendo indefinidamente.

Pero pedir prestado no es inherentemente malo para los jóvenes. La deuda puede ayudar a construir un futuro mejor si impulsa el crecimiento o evita recesiones profundas. Las inversiones financiadas por deuda en infraestructuras, educación y resiliencia climática pueden aportar beneficios a los futuros ciudadanos. Lo preocupante es que demasiada deuda reciente ha financiado el consumo actual o la evitación de decisiones difíciles, transfiriendo efectivamente más carga a los futuros contribuyentes en lugar de a quienes se benefician hoy. La cuestión clave es si estamos dejando un mundo mejor y más próspero para la próxima generación, o simplemente dejándoles el proyecto de ley.

Si la política fiscal consiste en distribuir los costes a lo largo del tiempo y los grupos sociales, entonces la confianza es la moneda que hace que esta distribución sea políticamente viable. Sin confianza, incluso las reformas más sensatas y bien diseñadas pueden flaquear cuando los ciudadanos dudan de sus motivos y resultados. Con la confianza, las sociedades están más dispuestas a aceptar sacrificios difíciles y mantenerlos a lo largo del tiempo.

Miedos de los ciudadanos

La confianza es la creencia de que algo es seguro y fiable, o que una persona es buena y honesta. Cada uno de estos elementos tiene un equivalente fiscal: los acuerdos deben ser comprendidos, justos, transparentes y competentes; de lo contrario, no se les confiará.

Muchas sociedades sufren un déficit de confianza (Gráfico 3). Investigaciones recientes, basadas en una encuesta realizada a 27.000 personas en 13 países en 2024, arrojan luz sobre las lagunas de percepción que alimentan esta desconfianza (Bianchi, Dabla-Norris y Khalid 2025). Muchas personas —tanto de economías avanzadas como emergentes— no entienden cuestiones fiscales básicas. Por ejemplo, solo alrededor del 42 por ciento de los encuestados entendía que subir impuestos o recortar el gasto reduciría el déficit público. De manera similar, más del 60 por ciento subestimó el nivel deuda-PIB de su país, especialmente en países con alta deuda. Si la gente cree que la deuda no es tan alta o dañina, naturalmente verá las llamadas a la reforma fiscal como exageradas o políticamente motivadas. Estas percepciones erróneas atenuan la sensación de urgencia y dificultan la formación de apoyo para una acción correctiva oportuna.

Sin confianza, el pesimismo sobre las políticas gubernamentales aumenta. Los encuestados que reportan mayor confianza en su gobierno tienen un 20 por ciento más de probabilidades de creer que sus políticas ayudarán a estabilizar o reducir la deuda pública. Aunque los encuestados en general tienden a dudar de que las políticas actuales para reducir la deuda les vayan a beneficiar, quienes confían más en el gobierno tienen un 17 % más de probabilidades de esperar un impacto positivo en su propio bienestar.

La encuesta también reveló preocupaciones que atraviesan líneas de ingresos y demografías. Muchas personas temen perder pensiones o servicios esenciales de los que dependen. Y dudan de que la carga de resolver los problemas fiscales se reparta de forma justa. Estas ansiedades influyen en cómo votan y protestan los ciudadanos. Las personas que esperan verse perjudicadas por las reformas fiscales son mucho menos propensas a apoyarlas, independientemente de la razón económica. Por ejemplo, si los trabajadores de clase media asumen que la reducción del déficit significa una edad de jubilación más alta o una pensión más baja, se opondrán a ello. Si los contribuyentes ricos sospechan que la reforma significa un impuesto sobre la riqueza dirigido a ellos, ellos también se opondrán. Y si el público piensa que los nuevos impuestos se malgastarán por corrupción o mala gestión, verá pocas razones para pagarlos.

La experiencia también moldea la confianza. En países que han soportado repetidas rondas de austeridad sin mucho resultado, la gente se vuelve cínica respecto a cualquier nuevo plan fiscal. Si los recortes severos no logran reducir la deuda, los ciudadanos se preguntan comprensiblemente: “¿Por qué creer que esta próxima ronda de recortes de gasto o impuestos más altos solucionará algo?” De manera similar, la corrupción o el mal uso de fondos de estímulo socava la confianza pública en la competencia gubernamental. En este entorno, incluso las propuestas de reforma leves pueden provocar indignación, porque la gente asume motivos ocultos o efectos injustos. Si mencionas la reforma de las pensiones, estallan protestas cuando la gente teme que su seguridad ganada con esfuerzo desaparezca. Hablar de reforma fiscal hace que muchos sospechen inmediatamente que sus ingresos ganados con esfuerzo serán mal aprovechados. La experiencia con las reformas de las subvenciones al combustible es reveladora: los costes fiscales, la mala segmentación y las distorsiones económicas están bien comprendidos, pero la implementación ha demostrado repetidamente complejidad política y social.

La desconfianza puede desencadenar un círculo vicioso. Los líderes, temiendo represalias, posponen medidas duras; Los problemas de deuda empeoran, erosionando aún más la confianza. Pero cuando los ciudadanos creen que los sacrificios se comparten de forma justa y conducirán a un futuro mejor, han demostrado estar dispuestos a aceptar incluso reformas dolorosas, como ajustes en los sistemas de pensiones (FMI 20242025). Solo la confianza convencerá a los votantes de aceptar sacrificios a corto plazo por una estabilidad a largo plazo.

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Construyendo confianza

La alta deuda pública actual está poniendo a prueba a gobiernos y sociedades de formas sin precedentes, y la urgente necesidad de actuar es evidente. Cada año de deriva deja a los países más expuestos a choques en los tipos de interés y cambios en la confianza del mercado. Pero arreglar las finanzas públicas no se trata de austeridad indiscriminada. Se trata de dar pasos graduales y bien calibrados para poner la deuda en un camino sostenible mientras continúan invirtiendo en el futuro. Esto exige honestidad sobre los sacrificios y disposición a ceder: los responsables políticos deben ser sinceros con la gente sobre las decisiones difíciles, y la gente debe reconocer que algunos programas muy apreciados no pueden continuar sin recursos o reformas adicionales.

La confianza es central en esta ecuación. La gente debe creer que los sacrificios se compartirán con justicia y que las reformas conducirán a beneficios tangibles. La gente es más propensa a apoyar medidas difíciles si percibe la política fiscal como competente, transparente y justa. Pero la confianza no se invoca de la noche a la mañana. Debe ganarse y mantenerse.

No existe un único plan para construir confianza, pero ciertas instituciones y prácticas pueden ayudar. La transparencia presupuestaria y una gestión financiera pública bien estructurada sentan las bases. Los consejos fiscales independientes —con mandatos claros, autonomía real y sólida experiencia técnica, como en los Países Bajos— ofrecen evaluaciones imparciales y exigen responsabilidades a los gobiernos por sus planes fiscales. Las evaluaciones de gastos, los informes de gasto fiscal y las evaluaciones de impacto, elaboradas por gobiernos o organismos independientes, ayudan tanto a los responsables políticos como al público a entender hacia dónde va el dinero y qué aporta. Una gestión prudente de la masa salarial pública y una contratación eficiente pueden reducir la percepción de desperdicio. Reducir regímenes fiscales especiales y privilegios de pensiones mejora la equidad, mientras que una estricta supervisión de las empresas estatales señala responsabilidad y competencia. Estas medidas no son una solución para todo, pero ayudan a cerrar la brecha entre lo técnicamente posible y lo políticamente factible. Crean espacio para la reforma reforzando la credibilidad de la política fiscal y demostrando que los gobiernos se toman en serio ofrecer una relación calidad-precio.

Equilibrar el realismo sobre las limitaciones con las ambiciones de cambio es esencial. Si gestionamos sabiamente el desafío de la deuda, podemos asegurar una base estable para la prosperidad a largo plazo y preservar el contrato social entre generaciones. Si fracasamos o esperamos demasiado, corremos el riesgo de una crisis económica y una mayor erosión de la fe en las instituciones. El camino fiscal que elijamos hoy definirá la prosperidad y la justicia mañana.

ERA DABLA-NORRIS, es subdirector en el Departamento de Asuntos Fiscales del FMI.

RODRIGO VALDES, es el director del Departamento de Asuntos Fiscales del FMI.

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Cuentas públicas: superávit primario de $1,7 billones y rojo financiero de $168.515 millones

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El Gobierno informó que las cuentas públicas tuvieron déficit financiero en julio por $168.515 millones a causa del pago de intereses de deuda y el aguinaldo de estatales, siendo el primero del año y el segundo en la gestión de Javier Milei, aunque se mantuvo el superávit primario en 1,7 billones de pesos.

El Ministerio de Economía, comandado por Luis Caputo, explicó que el rojo fiscal se debió a que “en el mes los pagos de intereses netos de tenencias intra sector público sumaron un total de $1.917.901 millones, lo que resultó 247% superior al promedio mensual por este concepto entre febrero y junio”.

En este sentido, recordó que “dados los vencimientos de los cupones semestrales de intereses de los títulos Bonares y Globales, tanto en enero como en julio se registra, relativo al resto de los meses del año, una elevada erogación por intereses”.

Otro factor que juega un rol de peso habitualmente en el sexto mes del año es el pago del medio aguinaldo correspondiente al personal del Sector Público Nacional (SPN), lo que también fue expuesto por la cartera económica para argumentar el resultado deficitario.

A pesar del mal dato, Caputo remarcó que “el resultado financiero de -$168.515 millones contrasta con el resultado de julio de 2023, donde el déficit había sido de $754.243 millones, equivalentes a más de $3.700.000 millones ajustados por inflación”.

El superávit primario, en tanto, se incrementó 41% en términos reales frente a igual mes de 2024, lo que implica una mejora en términos nominales de $432.442 millones en la comparación interanual.

Al respecto, Economía, detalló que “el crecimiento de los ingresos de 2,8% interanual real, y la caída del gasto primario de -1,3% real interanual, aún preservando el gasto social que crece al 5,7% interanual en términos reales, siguen mostrando el compromiso del Poder Ejecutivo Nacional con el equilibrio fiscal, sin descuidar la situación de los sectores más vulnerables”.

De esta manera, el SPN acumuló al séptimo mes del año un superávit financiero de aproximadamente 0,3% del PIB (superávit primario de aproximadamente 1,1% del PIB), “profundizando el ancla fiscal del programa de gobierno”.

Los ingresos totales del SPN en el mes alcanzaron los $13.105.874 millones (+40,4% i.a.). En lo que respecta a los recursos tributarios, los mismos presentaron un crecimiento de +39,8% i.a. explicado principalmente por la variación de los ingresos correspondientes a los Derechos de Exportación (+106,2% i.a.), los Derechos de Importación (+79,8% i.a.), los Aportes y Contribuciones a la Seguridad Social (+54,3% i.a.), Débitos y Créditos (+47,9% i.a.) y Bienes Personales (+336% i.a.).

Durante julio, los gastos primarios del Sector Público Nacional alcanzaron los $11.356.489 millones (+34,8% i.a.), creciendo nuevamente a un ritmo menor al de los ingresos. En lo que refiere a las prestaciones sociales, las mismas ascendieron a $7.066.464 millones (+44,3% i.a.), producto del impacto de la fórmula de movilidad aprobada por la Ley N° 27.609 y el DNU 274/24. 

Por otra parte, las remuneraciones alcanzaron los $1.693.146,3 millones (+22,8% i.a.) “producto de los incrementos otorgados en el marco de las políticas salariales acordadas y las sucesivas reducciones en la planta de empleados públicos”, señaló el Ejecutivo.

Las transferencias corrientes alcanzaron los $3.821.883,7 millones (+21,2% i.a.). Aquellas correspondientes al sector privado presentaron un crecimiento de +$376.400,4 millones (+14,2% i.a.). Por su parte, las transferencias corrientes al sector público realizadas en julio alcanzaron los $768.686,4 millones (+55,6% i.a.).

Por último, los subsidios económicos presentaron una caída de $715.114 millones (-15,4% i.a.), donde los energéticos variaron -$1.186.078 millones (-34,0% i.a.), mientras que los destinados al transporte lo hicieron en $525.999 millones (+49,9% i.a.).

Equilibrio fiscal en medio de la presión de la deuda

El informe difundido por el Ministerio de Economía confirma que, durante julio de 2025, el Sector Público Nacional (SPN) alcanzó un resultado primario positivo de $1.749.386 millones, en un mes marcado por la continuidad del ajuste del gasto y el crecimiento de la recaudación.

Sin embargo, los intereses de deuda —netos de las operaciones intra-sector público— ascendieron a $1.917.901 millones, lo que derivó en un resultado financiero negativo de $168.515 millones.

A pesar de ese rojo puntual, el acumulado de los primeros siete meses del año muestra un superávit financiero cercano al 0,3% del PIB, y un superávit primario del 1,1% del PIB, consolidando lo que el Gobierno define como “ancla fiscal” de su programa económico.

Según la información oficial, la mejora interanual en el resultado primario fue de 41% en términos reales, lo que implica un avance de $432.442 millones frente a igual mes de 2024.

Cifras clave: ingresos y gastos en julio

Los ingresos totales del SPN en julio sumaron $13,1 billones, con un crecimiento interanual de 40,4%. Dentro de ellos, los recursos tributarios avanzaron 39,8% i.a., con desempeños destacados en:

  • Derechos de Exportación: +106,2% i.a.
  • Derechos de Importación: +79,8% i.a.
  • Aportes y Contribuciones a la Seguridad Social: +54,3% i.a.
  • Impuesto a los Débitos y Créditos: +47,9% i.a.
  • Bienes Personales: +336% i.a.

En paralelo, los gastos primarios ascendieron a $11,35 billones, con un alza de 34,8% i.a., es decir, creciendo menos que los ingresos.

Las prestaciones sociales representaron la mayor partida, con $7,07 billones (+44,3% i.a.), impulsadas por la fórmula de movilidad (Ley 27.609) y el DNU 274/24.

Las remuneraciones del sector público sumaron $1,69 billones (+22,8% i.a.), en un contexto de incrementos salariales pactados y reducción de la planta de empleados.

Las transferencias corrientes totalizaron $3,82 billones (+21,2% i.a.), con un crecimiento moderado al sector privado (+14,2% i.a.) y una suba más marcada hacia el sector público (+55,6% i.a.).

En cuanto a los subsidios económicos, se registró una caída interanual de $715.114 millones (-15,4%). Dentro de este rubro, los energéticos retrocedieron 34%, mientras que los destinados al transporte aumentaron 49,9%, alcanzando los $525.999 millones.

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Encajes más altos y control diario: la nueva estrategia del BCRA para absorber pesos

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La autoridad monetaria dispuso tres medidas clave para absorber pesos, restringir la liquidez y facilitar la licitación extraordinaria de deuda pública del próximo lunes, en un contexto de presión cambiaria y volatilidad preelectoral.

El Banco Central de la República Argentina (BCRA) oficializó este jueves un ajuste drástico en su política de encajes bancarios mediante la Comunicación “A 8302”, que eleva las exigencias a las entidades financieras, introduce un control diario de la liquidez y duplica las sanciones por incumplimiento. El objetivo es canalizar fondos hacia la licitación extraordinaria de bonos del Tesoro prevista para el lunes 18 de agosto, tras el bajo nivel de renovación de deuda en pesos registrado esta semana.

El endurecimiento monetario se produce luego de que la licitación del miércoles apenas lograra renovar el 61,07% de los vencimientos, dejando en la plaza unos $5,7 billones sin absorber, incluso con tasas que duplican la inflación mensual. El escenario generó inquietud en el equipo económico, que busca evitar que esa liquidez presione sobre el dólar en las semanas previas a las elecciones.

En julio, el BCRA ya había elevado el encaje bancario al 45% de los depósitos, permitiendo que cinco puntos porcentuales se integraran con deuda del Tesoro. Sin embargo, el efecto fue insuficiente para garantizar una colocación sólida de deuda pública, lo que llevó a redoblar las restricciones.

La Comunicación “A 8302” introduce tres cambios centrales:

  1. Aumento de encajes:
    • El requisito sube del 45% al 50% de los depósitos.
    • Los 5 puntos adicionales podrán integrarse únicamente con títulos públicos emitidos en la licitación del 18 de agosto.
  2. Control diario de cumplimiento:
    • La exigencia, antes calculada como un promedio mensual, se medirá día por día, reduciendo el margen operativo de los bancos.
  3. Penalidades más severas:
    • La multa por incumplimiento pasa de 1,5 veces a 3 veces la tasa TAMAR mayorista (hoy en 49,75% TNA), duplicando el costo de no acatar la normativa.

Desde el BCRA explicaron que el cálculo diario “facilita el seguimiento de la liquidez” y permite actuar con mayor precisión para prevenir tensiones cambiarias.

El economista Gabriel Caamaño señaló que la medida implica “forzar el financiamiento del Tesoro” y que se traduce en una “demanda regulada canalizada a títulos que vencen después de las elecciones”.

En la noche previa, el director del BCRA Federico Furiase había anticipado vía X la intención de convocar a una licitación fuera de calendario y ajustar el esquema de encajes para que los bancos puedan integrarlos con deuda pública.

Los bancos, principales tenedores de instrumentos del Tesoro, deberán reorganizar su liquidez de forma inmediata para cumplir con los nuevos encajes y participar en la subasta del lunes. Analistas prevén que:

  • Suba el costo del dinero en el mercado interbancario.
  • Se reduzca la disponibilidad de crédito al sector privado.
  • Aumente la presión sobre las tasas pasivas para retener depósitos.

El Secretario de Finanzas Pablo Quirno confirmó que la licitación del 18 de agosto ofrecerá títulos ajustados por TAMAR con vencimiento el 28 de noviembre, destinados exclusivamente a bancos para cartera propia.

La estrategia de Santiago Bausili y el equipo del BCRA refuerza el sesgo contractivo de la política monetaria, buscando evitar un salto del dólar en el corto plazo y blindar las licitaciones preelectorales. Sin embargo, el endurecimiento podría impactar en la actividad económica por la menor disponibilidad de crédito y el encarecimiento del financiamiento.

En adelante, el mercado estará atento a:

  • El nivel de adhesión bancaria a la licitación del lunes.
  • La evolución de la brecha cambiaria.
  • Posibles nuevos ajustes en encajes o tasas si persiste la presión sobre el dólar.
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Milei defiende vetos y anuncia ley para penalizar el déficit fiscal

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En un mensaje por cadena nacional, el presidente Javier Milei justificó los recientes vetos al aumento de las jubilaciones y a la declaración de la emergencia en discapacidad, argumentando que ambas medidas implicarían un gasto sin respaldo financiero, en contraposición a su plan de déficit cero. El mandatario anunció además dos iniciativas clave para reforzar la disciplina fiscal: prohibir que el Tesoro se financie con emisión monetaria y enviar al Congreso un proyecto de ley que penalice la aprobación de gastos que generen déficit.

El conflicto entre el Ejecutivo y la oposición escaló tras la aprobación en el Congreso de leyes que el Gobierno estima demandarían más de $7 billones adicionales en 2025 y $17 billones en 2026. Según Milei, carecen de cálculo actuarial y de fuentes de financiamiento, lo que las convierte en “un engaño por parte de la política”.

“Vinimos a arreglar la economía de raíz. No se puede resolver en dos años lo que se destruyó en casi un siglo”, dijo el Presidente, reafirmando que el déficit cero es “la piedra angular” de su programa económico.

Nuevas medidas: blindaje fiscal y sanciones

El lunes, Milei firmará una instrucción al Ministerio de Economía para impedir que el Tesoro solicite adelantos transitorios o financiamiento directo del Banco Central. “El Tesoro no podrá pedir dinero prestado para financiar su gasto primario”, aseguró.

En paralelo, enviará un proyecto de ley que establecerá sanciones penales a funcionarios y legisladores que aprueben gastos nacionales que generen déficit fiscal. La propuesta busca cerrar “la puerta a las recetas que nos llevaron al fracaso” y forzar a la política a ajustar el gasto a los recursos reales.

Críticas a la oposición y advertencia sobre nuevas leyes

Milei acusó al Congreso de “redoblar los esfuerzos de sabotaje y destrucción” por motivos políticos: “El gobernante cobarde es capaz de prender fuego a su propio país con tal de gobernar sobre sus cenizas. Y es lo que está intentando el Congreso”, sostuvo.

Además, anticipó que vetará otras iniciativas en discusión, como el incremento del financiamiento universitario y la ampliación de los fondos para el Hospital Garrahan, en caso de que sean aprobadas.

Impacto político: el déficit cero como bandera electoral

La defensa de los vetos se produce en plena campaña electoral, en un clima legislativo adverso para el oficialismo. La oposición analiza insistir con la sanción de las leyes vetadas, lo que abriría un nuevo frente institucional.

El Gobierno sostiene que, de ceder en estas batallas, pondría en riesgo la credibilidad de su plan económico ante inversores y organismos internacionales. “No existen atajos en la economía, no hay salida fácil”, enfatizó Milei, al tiempo que reclamó mantener el orden fiscal como condición para el crecimiento.

Con estas medidas, Milei intenta consolidar un esquema de disciplina fiscal estricta, en línea con compromisos asumidos ante el Fondo Monetario Internacional y con el objetivo de frenar la inflación de manera estructural. La ofensiva contra el financiamiento inflacionario y la penalización del déficit apuntan a blindar su programa ante eventuales cambios políticos.

Aun así, el avance legislativo de sus proyectos dependerá de su capacidad para negociar con una oposición que, por ahora, ha mostrado voluntad de confrontar. El riesgo para el Gobierno es que un bloqueo parlamentario prolongue el enfrentamiento y genere parálisis en la gestión.

Principales definiciones de Javier Milei

  • “Vinimos a arreglar la economía de raíz, y eso es a través del orden fiscal, monetario y cambiario. La inflación se ha desplomado. Sacamos de la pobreza a más de 12 millones de personas. Y los salarios le vienen ganando a la inflación. Nada valioso en la vida ocurre de la noche a la mañana. No se dejen engañar por los que llevaron al país”.
  • “En el último mes el Congreso impulsó un conjunto de leyes dirigidas a destruir el superávit fiscal. Usando causas nobles como excusas promulgan leyes que llevan a la quiebra al Estado nacional. La inflación se ha desplomado”.
  • “Sería fácil acompañar cualquier iniciativa como hicieron los anteriores presidentes, pero mi tarea no es hacer lo que me conviene a mi en términos de poder. No vine acá a buscar atajos, sino a dar vuelta la página de la decadente historia. Aumentar el gasto público es un acto destructivo”.
  • “Aumentar el gasto público es destructivo. Es importante explicar porque aumentar el gasto publico es destructivo, cuando un estado gasta mas de lo que gana genera emisión y eso produce inflación. Es un fenómeno monetario que genera caída en la oferta de dinero”.
  • “Frente a los continuos intentos de atentar contra el programa del gobierno quiero anunciarle que en los próximos días estaremos tomando medidas para amurallar el déficit cero y la política monetaria de este gobierno”.
  • “En primer lugar, el lunes firmaré una instrucción al Ministerio de economía para prohibir que el tesoro financie el gasto primario con emisión monetaria. El tesoro no podrá solicitar dinero al Banco Central para financiar su gasto”.
  • “En segundo lugar, en los próximo días estaré enviando un proyecto de ley para penalizar la aprobación de presupuestos nacionales que incurran en déficit fiscal. Este proyecto establece una regla fiscal estricta que le exige al sector público nacional obtener un resultado financiero con equilibrio o superávit. Cada peso nuevo que quieran gastar tiene que tener un nombre y un apellido”.
  • “Tienen que decir de dónde sale y a quién se lo sacan. también establecerá una sanción penal a los legisladores y funcionarios que no cumplan con estas nuevas reglas fiscales”.
  • “No vamos a volver al pasado y al sendero de la decadencia. Al Congreso le digo, si ustedes quieren volver atrás me van a tener que sacar con los pies para adelante. Argentinos, no podemos seguir haciendo lo mismo de siempre y esperar resultados distintos”.
  • “Si queremos que la inflación siga bajando, que la pobreza continúe en retirada, que los ingresos aumenten y el nivel de vida mejore, entonces no podemos repetir las mismas recetas que nos llevaron al fracaso”.
  • “Hoy les pido a ustedes, miembros del Congreso Nacional que, por una vez, estén a la altura de la tarea que les fue encomendada por la voluntad de nuestra gran nación, y le pido a la sociedad que confíe en el proyecto. Les aseguro que este gobierno no va a claudicar en su lucha para eliminar la inflación, mantener el superávit fiscal y terminar con los privilegios de la política”.
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Caputo volvió a lograr superávit en mayo, en medio de la pulseada con el Congreso

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El Gobierno volvió a lograr superávit fiscal en mayo último, por la reducción de subsidios y el aumento en la recaudación, según cálculo de la Oficina de Presupuesto del Congreso.

Los números también se vieron favorecidos por la licuación de los gastos sociales y transferencias, entre otros a las provincias.

En mayo la Administración Nacional registró un superávit primario de $2,5 billones, que se redujo a $1,3 billones por los pagos de intereses de la deuda.

Así, el superávit primario enero-mayo fue de $ 6,4 billones, que se achicó a $ 2,4 billones por los pagos de intereses de la deuda.

En mayo se destacó la recaudación del Impuesto a las Ganancias, con una suba real de 80,4% interanual. 

El mes pasado las sociedades con cierre de balance en diciembre debieron ingresar el saldo del impuesto por el período fiscal 2023.

El reporte consignó que el incremento de la ganancia impositiva producida por la aceleración de los precios en 2023 y por el salto cambiario de diciembre impactó de manera directa en el saldo a ingresar en ese mes.

Y adelantó que seguirá impactando en los meses sucesivos a través de planes de facilidades de pago y de los anticipos por el período fiscal 2024 (son calculados sobre la base del impuesto determinado de 2023).

Como consecuencia de esta suba en Ganancias, la recaudación total de impuestos nacionales de mayo creció 10,7% interanual en términos reales, contra una caída de 10,1% en el primer cuatrimestre.

En el acumulado de los primeros cinco meses, la recaudación del Impuesto a las Ganancias muestra una merma de 7,1%, principalmente porque sigue vigente la aplicación del Impuesto Cedular con el piso de 15 salarios mínimos ($ 2.340.000) sobre los mayores ingresos.

El IVA acumula una contracción de 6,3%, debido al desempeño del IVA DGI, que cae 14,1% por la baja del nivel de actividad y por los créditos fiscales generados por las mayores percepciones aduaneras, mientras que los recursos de la Seguridad Social se contraen 20,1% interanual por la reducción del empleo y la caída del salario real.

Durante los primeros cinco meses de 2024, los gastos totales de la Administración Nacional acumularon una caída de 27,6% en términos reales: los gastos primarios registraron una baja de 31,3%, mientras que los intereses de la deuda mostraron un incremento de 1,5% interanual real.

En subsidios energéticos, el informe indicó que las transferencias a la Cammesa, compañía que administra el sector eléctrico, totalizaron en mayo $ 674.072 millones (-64% interanual real).

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