Fray Bentos accidente

No subió al vuelo 2553 de Austral: perdió a su familia y convirtió la tragedia en novela

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El 10 de octubre de 1997, el avión que viajaba de Posadas a Buenos Aires cayó en Uruguay y murieron las 74 personas a bordo, entre ellas sus padres y hermanos. Casi tres décadas después, Irina Bondarenko transformó esa ausencia en ficción. Hoy es politóloga y escritora.

A los nueve años, la vida de Irina Bondarenko quedó partida en dos. El 10 de octubre de 1997, el vuelo 2553 de Austral Líneas Aéreas -un DC-9 que cubría la ruta Posadas–Buenos Aires- se estrelló en las cercanías de Fray Bentos, Uruguay, en medio de una tormenta. Murieron las 74 personas que viajaban a bordo. En ese avión estaban sus padres y sus hermanos.

Irina no subió a ese vuelo. Sobrevivió. Y desde entonces, aprendió a vivir con una ausencia sin cuerpos, sin despedidas, sin ritual posible.

Casi treinta años más tarde, esa fractura reapareció transformada en literatura. Su primera novela, La niña que me abandonó, no reconstruye el accidente ni revisita sus detalles técnicos. No es un testimonio ni una crónica. Es ficción.

“No es un libro autobiográfico”, aclara. “Parte de un hecho real, pero la protagonista, Lucía, es un personaje. No me interesaba contar mi historia, sino imaginar el recorrido de alguien que aprende a vivir después de lo impensable”.

La ausencia como experiencia

La tragedia del vuelo 2553 quedó grabada en la memoria colectiva argentina. Pero en la novela el accidente no es el centro, sino el origen. Lo que importa no es el hecho, sino lo que deja.

“La falta fue todavía más compleja porque no hubo cuerpos, apenas restos y cenizas”, explica. Y desde esa intemperie surge la pregunta que atraviesa el libro: qué ocurre después.

Irina -hoy politóloga de formación- eligió correrse del relato confesional. La escritura comenzó como una catarsis: un primer capítulo nacido de la necesidad urgente de poner en palabras una escena que la habitaba. Sin plan, sin estructura. Solo necesidad.

Con el tiempo, algo cambió.

“Cuando Lucía empezó a existir como personaje, la historia dejó de parecerse a mi vida. Ahí entendí que estaba escribiendo una novela”.

Ese desplazamiento fue decisivo. La ficción ganó autonomía y la autora pudo soltar la obligación de narrar lo vivido como testimonio. La literatura, entonces, dejó de ser desahogo y se convirtió en construcción.

Una infancia sin explicaciones

A los nueve años, la pérdida no se procesa: se siente. No hay teoría posible. Solo impacto.

“La infancia no teoriza: siente”, afirma. Y esa mirada infantil fue la que eligió para narrar el duelo: sin subrayados, sin explicaciones forzadas, sin moralejas.

La ausencia no aparece como un recuerdo cerrado, sino como una presencia que acompaña el crecimiento. Como algo que se filtra en lo cotidiano.

“Hay cosas que cuando sos chico no entendés, pero te atraviesan igual. Quería respetar eso: no llenar de explicaciones algo que se vive más desde el cuerpo que desde el pensamiento”.

Escribir sin quedar atrapada

El proceso de escritura llevó casi dos años. La memoria no volvió como una película ordenada, sino como fragmentos: imágenes, climas, sensaciones. Irina conversó con personas cercanas, recuperó detalles, dejó que los recuerdos se mezclaran con la imaginación.

“No todo lo que está en el libro me pasó a mí. Hay escenas que nacieron de relatos de otros o directamente de la invención. Eso fue liberador”.

Los viajes ocupan un lugar central en la novela: Misiones, Buenos Aires, San Isidro, Barcelona. El desplazamiento geográfico acompaña el recorrido emocional.

“El duelo no se queda quieto. El dolor y los fantasmas viajan livianos. No importa dónde estés: aparecen”.

Irina no busca explicar la tragedia ni cerrar heridas. Tampoco ofrece respuestas definitivas a quienes atravesaron pérdidas similares.

“Ojalá encuentren compañía. No respuestas cerradas, pero sí preguntas necesarias”.

La apuesta es literaria y emocional a la vez. Un espacio donde el dolor no se niega, pero tampoco inmoviliza.

“Después de una fractura, la vida sigue; transformada, distinta, pero sigue”.

La niña que me abandonó propone precisamente eso: una manera de narrar la continuidad posible, sin borrar lo que se perdió aquella tarde de octubre de 1997.

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