Israel

ONU votó a favor de “los dos Estados”: 142 a favor, 10 en contra

Compartí esta noticia !

Javier Milei totalmente alineado a Trump y Netanyahu: la Argentina votó en contra en la ONU a la “solución de los dos Estados, Israel y Palestina”.

La Asamblea General de la ONU votó este viernes (12/09) de manera abrumadora una declaración a favor de “la solución de los dos EstadosIsrael y Palestina”. La Argentina votó en contra, en línea con las posiciones de Donald Trump y Benjamin Netanyahu.

Votaron a favor 142 estados, mientras que 10 se opusieron y 12 se abstuvieron. Entre los que votaron en contra, además de Argentina, estuvieron USA, Israel, Hungría, Micronesia, Nauru, Palau, Papua Nueva Guinea, Paraguay y Tonga.

Si bien la declaración no es vinculante y su significado es meramente simbólico, funciona como termómetro para medir el apoyo de ciertas causas: en concreto, el apoyo a un estado palestino es cada vez más mayoritario entre los estados miembros, y Estados Unidos apenas logra sumar un puñado de países a su postura radicalmente contraria.

Asimismo, esta votación volvió a mostrar las discrepancias que el tema despierta dentro de la Unión Europea, ya que Hungría votó en contra, y entre los abstencionistas estuvo la República Checa. Otros aliados tradicionales de Israel, como Alemania u Holanda, votaron en esta ocasión a favor.

Compartí esta noticia !

Genocidio: el eterno retorno

Compartí esta noticia !

“Destrucción coordinada de un grupo nacional, étnico, racial o religioso mediante la aniquilación de sus miembros, la desintegración de sus instituciones culturales, políticas o sociales, y la supresión de su identidad colectiva”, así definió Raphael Lemkin al concepto genocidio en 1944. Este abogado acentuaba parte de la propia definición al carácter no solo de la muerte o exterminio físico, sino al componente cultural y de existencia/inexistencia de grupos humanos como tal. 

Hoy, el termino genocidio parece volver a estar en boca de todos por la situación ocurrida en Gaza. 

Medio Oriente, el foco de conflicto 

Lo sucedido en Gaza actualmente conlleva a una serie de debates, muchos de ellos acalorados, y muchos de ellos también que derivan en falacias o en posturas anegadas por el propio fanatismo de las posiciones. 

La crítica principal que sobreviene hoy al gobierno de Benjamín Netanyahu es acerca de la crueldad con la cual el ejército israelí ejecuta sus ataques en suelo palestino, más allá de la presencia de Hamás como una de las facciones de organizaciones terroristas que tiene como fin primero y último la desestabilización de Israel como tal. 

Esta crueldad, plasmada en ataques constantes sobre la población civil, denota una cifra que es motivo de debate también. La única certeza es que, luego de octubre del 2023, cuando Hamás cometió la avanzada mortuoria sobre los kibutz israelíes, la contraparte de las Fuerzas de Defensa de Israel, bajo las decisiones del primer ministro, dejaron más de 60 mil muertos, entre el 60 y el 80% se trata de civiles.

Hay países y organizaciones en el mundo que aseguran que las acciones de Netanyahu en Gaza son dignas de comenzar a analizarse como genocidio. 

Si nos guiamos por la definición de Lemkin, la guerra no es suficiente para poder determinar esto, sino que hay que tener en cuenta un plan sistemático de sometimiento, algo que debe ser objeto de análisis, ya que tomarlo tan a la ligera genera un conflicto mucho más grande donde si puede estar viciada la opinión por un conflicto de intereses. 

El tema parece ser cultural/territorial. Se sabe de las pretensiones fácticas de Netanyahu de avanzar sobre el suelo gazatí, con el argumento de poder establecer la paz en ese enclave. Aunque sobrevuela el fantasma de la ocupación total, lo que podría ser catastrófico para la región, y ahondaría en el concepto de un plan de ocupación pensado desde el principio, lo que daría como resultado una complicación aún mucho más grande de esta situación. 

Hay que decir que Israel tiene la capacidad de ocupación si quisiera hacerlo. Es una potencia militar y con orden prodigio cuando se trata de hacer cumplir órdenes y objetivos, por ende no sería un impedimento de querer hacerlo. Todo esto se complejiza cuando el plano se extiende a las consecuencias que puede traer para la región. Irán, como la gran amenaza para Israel y siendo un rival casi de características históricas, al menos desde 1979 en adelante (Revolución Islámica) podría ser la primera reacción de gran escala ante semejante hecho. 

Por otra parte, una lectura más fina corresponde a otro hegemón de la región: Arabia Saudita. Si bien, el gigante musulmán puja por el poderío en la región, su postura internacional parece más moderada, aunque su potencial económico hacer que la balanza pueda inclinarse de su lado y la “causa palestina”, al menos presionando a países occidentales a que condenen el accionar israelí en Gaza. 

Una causa en el tiempo 

Yo veo al futuro repetir el pasado, dice “El tiempo no para” de Cazuza, re versionado y popularizado en Argentina por La Bersuit Vergarabat. Y así podría ser. El mundo ha sido testigo de muchos genocidios que fueron reconocidos como tales una vez que fueron consumados. Sin recurrir a los grandes ejemplos como el Holocausto o el Holodomor, situaciones asi se vivieron en Ruanda y en Bosnia, con mayor cercanía en el tiempo. El ocurrido en África fue en 1994 y el europeo entre 1992 y 1995. Todo esto pasó bajo las narices del público mundial, ya mediatizado por la televisión a color y el incipiente internet globalizador. 

No, no estoy afirmando que hay un genocidio en Gaza, pero si que hay elementos para investigar al poder político de turno, y que, se nos apegamos a la historia, esto parece ser una situación que simplemente podría ser reconocida luego de haber pasado. 

¿Por qué nadie hizo algo contundente para frenar lo ocurrido en Ruanda o en Bosnia? Tal vez porque eran partes del mundo en la periferia o sin interés real para las potencias, pese a cierto valor en recursos o de posición geopolítica. El caso de Gaza podría ser tal. Es una zona que no tiene recursos, pero sí un gran valor histórico. 

Otro tema a pensar es que ante una posible avanzada y posterior ocupación de Israel sobre Gaza podría significar la resucitación de los movimientos y de los estados de apoyo a la causa palestina. Está claro que hoy en día, organizaciones como Hamás o Hezbolá lejos están de ser representante de tal cual, sino que se mueven con intereses propios, ocupando la bandera palestina para cometer los actos mediante el terrorismo, bajo financiamiento iraní. 

Tal vez, esta situación de extrema vulnerabilidad de Gaza sirva para rearmar el posicionamiento de países árabes en la defensa de la causa palestina. 

Otro tema en cuestión. ¿Es antisemita defender la causa palestina? No. ¿Es antisemita cuestionar las decisiones políticas y militares de Israel? No. Problematizar estas cuestiones distan mucho del posicionamiento en contra del pueblo judío, aunque si es cierto que, envalentonados por el contexto, puede ser que haya antisemitas disfrazados de cordero en los movimientos. Por ende, es cuidado, en cualquiera de los casos, saber quien se encuentra a lado, sobre todo en una época donde todo parece darle la razón a Friedrich Nietzsche con su famoso eterno retorno. 

Compartí esta noticia !

Arabia Saudita lidera ofensiva diplomática para el reconocimiento del Estado palestino

Compartí esta noticia !

Con el apoyo reciente de Australia y la presión diplomática liderada por Arabia Saudita, la causa palestina se acerca a un punto de inflexión. Más de 145 países respaldan o planean reconocer oficialmente al Estado palestino, en un giro geopolítico que tensiona las relaciones con Israel y reconfigura alianzas estratégicas en Medio Oriente.

La guerra entre Israel y Hamás, desatada tras el ataque del 7 de octubre de 2023, aceleró un proceso que parecía congelado: el reconocimiento internacional del Estado palestino. Según la agencia AFP, 145 de los 193 miembros de la ONU ya lo reconocen o se disponen a hacerlo. Entre ellos, potencias y aliados históricos de Occidente como Francia, Canadá, Reino Unido y, desde el 11 de agosto, Australia.

Este cambio rompe con la doctrina que sostenía que la creación del Estado palestino debía ser el resultado de una negociación bilateral con Israel, trasladando la discusión al terreno multilateral y poniendo presión directa sobre el gobierno de Benjamin Netanyahu.

El 15 de noviembre de 1988, en plena Primera Intifada, Yasser Arafat proclamó unilateralmente un Estado palestino con Jerusalén como capital. Minutos después, Argelia se convirtió en el primer país en reconocerlo, seguida por decenas de naciones de África, Asia y Europa del Este.

A fines de 2010 y principios de 2011, en respuesta al estancamiento del proceso de paz y la expansión de asentamientos israelíes en Cisjordania, varios países sudamericanos, entre ellos Argentina, Brasil y Chile, formalizaron su apoyo.

En 2011, la candidatura palestina a la ONU no prosperó, pero la UNESCO aprobó su incorporación como miembro pleno. En 2012, la Asamblea General elevó su estatus a “Estado observador no miembro” y, tres años después, la Corte Penal Internacional lo aceptó como Estado parte.

Nuevas adhesiones y la ola de 2024–2025

La ofensiva israelí en Gaza reactivó la agenda diplomática. En 2024, Jamaica, Trinidad y Tobago, Barbados y Bahamas se sumaron desde el Caribe, junto con Armenia en Eurasia. En Europa, Noruega, España, Irlanda y Eslovenia marcaron un punto de quiebre: fue la primera vez en una década que miembros de la UE tomaron esta decisión, tras la pionera Suecia en 2014.

En 2025, Francia anunció que formalizará el reconocimiento en septiembre, mientras que Reino Unido condicionó su decisión a que Israel acuerde un alto el fuego en Gaza. Canadá estableció el mismo mes como fecha límite, y Malta, Finlandia y Portugal evalúan seguir el mismo camino.

La confirmación más reciente llegó el 11 de agosto, cuando el primer ministro australiano Anthony Albanese declaró que su país votará a favor en la Asamblea General de la ONU.

El protagonismo saudí es una de las variables más relevantes. El príncipe heredero Mohammed bin Salman lidera la coordinación internacional para que en septiembre se formalice un bloque mayoritario en la ONU. Arabia Saudita, aliado estratégico de Estados Unidos, ha intensificado su rol en foros multilaterales, posicionándose como mediador y garante de un reconocimiento basado en las fronteras previas a la Guerra de los Seis Días de 1967, con Jerusalén Oriental como capital palestina.

En una conversación con Mahmoud Abbas el 11 de agosto, bin Salman condenó los ataques contra civiles en Gaza y reafirmó que la crisis humanitaria debe ser prioridad para la comunidad internacional.

La Conferencia Internacional de Paz de septiembre

El próximo 22 de septiembre, Nueva York será sede de una Conferencia Internacional de Paz copresidida por Arabia Saudita y Francia. Allí, varios países —incluidos Francia, Reino Unido, Canadá, Australia y Singapur— oficializarán su reconocimiento.

Este encuentro será clave para medir el aislamiento diplomático de Israel y la capacidad del gobierno de Netanyahu para frenar una resolución de la Asamblea General que, si bien no tendrá efectos jurídicos vinculantes, tendría un peso político considerable.

El avance del reconocimiento internacional no solo tiene consecuencias geopolíticas. En caso de consolidarse, el nuevo estatus palestino podría abrir acceso a fondos de cooperación, proyectos de reconstrucción y acuerdos comerciales bajo tratados bilaterales o multilaterales.

Para Israel, el costo podría traducirse en sanciones o boicots comerciales en determinados mercados, así como en un replanteo de sus vínculos con países europeos y latinoamericanos.

En paralelo, Estados Unidos enfrenta un dilema diplomático: equilibrar su alianza estratégica con Israel y su relación cada vez más relevante con Arabia Saudita en el marco de la transición energética y el comercio global de hidrocarburos.

Si en septiembre se alcanza una mayoría abrumadora en la Asamblea General, Palestina consolidará su reconocimiento simbólico y político. Sin embargo, el camino hacia la membresía plena en la ONU requerirá la aprobación del Consejo de Seguridad, donde Estados Unidos mantiene poder de veto.

En este contexto, el escenario más probable es un refuerzo de las alianzas multilaterales y un incremento de las presiones económicas y diplomáticas sobre Israel, con un impacto que podría modificar la arquitectura política de Medio Oriente en la próxima década.

Compartí esta noticia !

¿Nace una Gaza de Israel?

Compartí esta noticia !

Un plan por demás polémico tuvo aprobación y podría ponerse en marcha más temprano que tarde: la ocupación israelí de Gaza. Este proyecto impulsado por Netanyahu propone un esquema geopolítico capaz de cambiar abruptamente las relaciones internacionales en la región, incrementando la conflictividad reinante en Medio Oriente.

El fin del “sueño” palestino

Desde mediados del siglo XX, el proyecto de construcción de un Estado palestino ha mutado incesantemente: pasó de ser una lucha encarnizada, respaldada por las potencias árabes para contrarrestar a Israel, a convertirse en una mera utopía que parece desvanecerse con el paso del tiempo.

Hoy, el plan de Netanyahu expone una postura asumida hace tiempo por los sectores “ultras” israelíes: la simple apropiación de Gaza. La pregunta es, ¿por qué? ¿Qué tiene de atractivo Gaza? En términos económicos, no parece haber motivos tan evidentes como en el pasado, cuando el territorio tenía un rol clave en el comercio marítimo. Tampoco cuenta con el potencial económico que se observa en conflictos como el de Ucrania o el enfrentamiento entre Armenia y Azerbaiyán, donde, además de las disputas históricas, emergen intereses estratégicos vinculados a oleoductos, gasoductos o tierras raras.

En el caso de Gaza, el punto es eminentemente político. Podría pensarse en una desgastada diferencia religiosa entre musulmanes y judíos, y si bien existen posiciones extremistas, la realidad es política: para Israel, es fundamental la desaparición de Hamás. Dicho de otro modo, mientras Hamás exista, Israel no tendrá paz.

Claro que esta afirmación abre un debate mucho mayor sobre quién ostenta la legitimidad: si el Estado de Israel, tras las atrocidades de la guerra en Gaza, o Hamás, responsable de repetidos actos de violencia terrorista extrema desde 2007.

Una teórica ocupación “de paso” por parte de Israel para garantizar la seguridad no parece el concepto más claro ni convincente para poner fin al conflicto, sobre todo por los efectos inmediatos que podría generar: agravar aún más la situación de un pueblo ya devastado y en ruinas, como el palestino de Gaza. Además, no puede descartarse que se convierta en otro episodio bélico que contribuya a la expansión territorial de Israel desde 1948.

Nadie niega que la tranquilidad no está garantizada para los israelíes, pero esta salida podría provocar un cataclismo político en la región.

El efecto de la “nueva Gaza”

La comunidad internacional reacciona ante la posibilidad de una ocupación israelí de este enclave palestino en guerra. La ONU, Reino Unido, España, Alemania y Turquía, entre otros países y organizaciones, han expresado su firme oposición al plan. La preocupación no se limita a preservar la vida de los palestinos que aún permanecen allí, sino también a evitar un desequilibrio absoluto —e incluso irreversible— en Medio Oriente.

Una eventual ocupación podría detonar una respuesta contundente de países árabes y musulmanes contra Israel, aumentando la conflictividad y generando un riesgo real de ataques directos o de confirmación de nuevas alianzas hostiles.

Arabia Saudita lleva tiempo promoviendo el reconocimiento del Estado palestino por parte de países europeos, muchas veces a cambio de contratos e inversiones multimillonarias. Irán, por su parte, ha sido el “histórico” defensor de Gaza y financista de grupos como Hamás y Hezbolá. Qatar también ha tenido un rol activo como mediador, intentando lograr treguas o altos el fuego duraderos, aunque solo lo ha conseguido de forma parcial.

Un desequilibrio en Medio Oriente podría tener consecuencias extremadamente negativas para la economía global, especialmente en la producción petrolera, si este escenario derivara en un sistema de alianzas hostiles o un aumento de ataques en la región. Esta es la razón por la que el asunto requiere máxima atención.

Más allá de todo esto, quien en última instancia define lo que pueda suceder es Estados Unidos. Trump es un ferviente defensor de las acciones israelíes, pero queda por ver si estará dispuesto a asumir el costo político y económico de una ocupación que podría derivar en un conflicto mayor. La no resolución de la guerra en Ucrania, la crisis arancelaria y la disputa comercial con China han puesto a prueba la política exterior de Trump, que en menos de un año de su segundo mandato ya ha debido afrontar múltiples frentes. Sumarse a la ocupación israelí de Gaza podría resultarle desgastante.

Como siempre, los que pagan la cuenta final son los ciudadanos de a pie, y no hay duda de que los gazatíes son las principales víctimas en todos los sentidos: desde la sumisión al poder de Hamás hasta los bombardeos y la posible ocupación israelí. Gaza, el lugar donde nadie quiere estar.

Compartí esta noticia !

Trump, ¿the lord of war?

Compartí esta noticia !

Donald ha hecho del fin de los conflictos mundiales parte de su prédica predominante. Desde Ucrania hasta Medio Oriente, como los casos salientes, el mandatario estadounidense busca un mundo en donde el comercio sea fluido y las guerras bajo control del Tío Sam. Aparentemente, y refrendando lo ya logrado en su primera gestión, su violencia verborrágica no es parte de la política exterior. 

Dos guerras, un objetivo 

Ucrania y Medio Oriente han servido, en tan solo algunos meses, como termómetro del manejo de conflictos que tiene el gobierno de Donald Trump. De hecho, parte de su campaña electoral se centró en ponerle un punto final a la guerra en Ucrania. 

En Europa del Este la cosa se le empantanó un poco. Si bien logró acercar las partes, esa posición del gran pacificador quedó meramente dilatada. Trump no pudo lograr hasta hoy, que Putin y Zelenski arrimen posiciones con el fin de terminar esta conflagración, aunque las conversaciones continúan y el teléfono está siempre disponible. 

Por otro lado, el interminable conflicto en Medio Oriente. La guerra en Gaza, la crisis con los hutíes en Yemen y la más reciente (o no tanto) guerra entre Israel e Irán. Lo cierto de todo esto es que la situación en esta parte del mundo será siempre la misma, gobierne quien gobierne en Estados Unidos, entendiendo dos cuestiones: el petróleo y la causa palestina. 

Ahora, más allá de todas las cuestiones o características que definen a cada conflicto, queda por preguntarse la razón por la cual Trump quiere tan insistentemente la paz. El mandatario estadounidense ve en un mundo bajo control, la posibilidad de ampliar sus ganancias. 

Muchos historiadores coinciden en que la industria armamentística fue un pilar para Estados Unidos y que la guerra se transformó en un negocio, y es realmente cierto eso, sin embargo, Trump ve un mundo que ya no acepta los conflictos bélicos como antes. 

El siglo XIX fue clave para la expansión y el crecimiento de Estados Unidos, con conflictos de por medio, el siglo XX fue signado por dos guerras mundiales y por la Guerra Fría, pero el siglo XXI ya vio a los primeros nativos de la globalización, es decir, a aquellos que nacieron, crecieron y viven en la era del mero dominio del capitalismo y donde, en Occidente, las guerras son cosas del pasado o reservado para algunos lugares del mundo. 

Esto último es algo que puede evidenciar la total sorpresa de millennials y centennials ante las guerras previamente nombradas y sobre todo, a los niveles de incomprensión de un mundo complejo. 

Dada esta situación, Donald Trump entiende que la guerra es algo que siempre existirá pero la mejor forma de asegurar su ganancia es que esté bajo control estadounidense. Si tiene la hegemonía de los conflictos, tiene la hegemonía de los mercados. 

Simplemente, Trump quiere hacer dinero. Le interesa un mundo multipolar lo menos conflictivo posible para poder continuar con sus negocios y para enfocarse en su verdadero rival, el cual vamos a nombrar más adelante. Una demostración de esto es la apresurada necesidad de declarar cualquier tipo de algo al fuego entre Irán e Israel cuando el Régimen de los Ayatolas aclaró que podría cerrar el Estrecho de Ormuz. Por esa zona pasa gran parte del petróleo y el gas que abastece al mundo. El resultado está a las claras: cuando le tocaron el bolsillo, se acordó de la paz.

China, la única “guerra” para Trump 

Siempre lo dejó claro. Jamás pretendió ocultarlo o matizarlo, sino que fue tajante al entender que su gran amenaza es China. 

No es el Estado moderno chino al mejor estilo “1984” de George Orwell, imitando a su simbólico Gran Hermano pero con la salvedad de una híper avanzada tecnología que le permite estar en cada detalle de los ciudadanos. 

Tampoco es la pretensión china de avanzar sobre Taiwán, algo que, eventualmente, va a suceder de manera bélica. Lo que le quita el sueño a Trump es la economía, y es el hecho de que China reúne las condiciones para pelear el lugar de la máxima potencia económica del mundo. 

A Trump le importa la plata, y por primera vez ve en China un digno contrincante. Ese capitalismo de Estado ha llevado al gigante rojo de Asia a la cima de la proyección de poder económico global. Desde el fin de la Unión Soviética es que Estados Unidos no tenía un digno polarizador. 

Lo que distingue a China y atemoriza a Trump es su poder de persuasión. En su forma de comercio exterior, China logró conseguir tratados y permisos de explotación con el fin de hacer obras o de promover el crecimiento y el desarrollo local, algo que Estados Unidos nunca lo entendió así, sino más bien con el pleno sometimiento de un Estado sobre el otro. 

Con la táctica china y su proyección a una economía inteligente y mega futurista, consiguió penetrar en Europa y África con vitalidad, como zonas alejadas de su influencia, además de Latinoamérica, lo que, históricamente, Washington consideró, de manera despectiva, su “patio trasero”. 

Trump además entiende que Biden perdió mucho territorio contra China en el comercio internacional, es por eso que su apuesta fuerte va por el desarrollo a gran escala de tecnología y con el fortalecimiento de la industria nacional, tomando dos conceptos: el poderío internacional de la tecnología y el fortalecimiento de la clase media de Estados Unidos. 

La geopolítica es un ajedrez, en donde cada movimiento es fundamental para el resto del juego. Trump entiende que su guerra no es con misiles sino con billetes. Ve que el último bastión del sueño americano podría derrumbarse si Estados Unidos pierde la hegemonía del mercado exterior, sin embargo, no parece estar dispuesto a mejorar su “oferta” con las periferias sino debilitar a su rival para seguir con su ofrenda de intercambio desigual. 

Si hay que definir a Trump, podría decirse que es un pacifista ensobrado. Busca el fin de los conflictos para tener el control de los mercados y usar el arma del billete para mantener el el tiempo su postura como el gran dueño del mundo.

Compartí esta noticia !

Categorías

Solverwp- WordPress Theme and Plugin