JUAN RUBEN MARTINEZ

El Reino del amor

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 21° domingo durante el año [21 de agosto de 2022]

En el Evangelio de este domingo (Lc 13,22-30), el Señor nos presenta algunas condiciones para participar del banquete del amor, o del Reino. Desde ya, su propuesta es exigente: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán» (Lc 13,24). Es cierto que sólo podemos asumir las exigencias o condiciones, cuando descubrimos el tesoro. En el texto Jesús nos plantea que ese tesoro es el Reino de Dios, en definitiva, este nuevo Reino es el Reino del Amor.

Considero importante que intentemos profundizar sobre el sentido cristiano de la palabra amor. Muchas veces escuchamos el uso de esta palabra vaciada del significado profundo que tiene. Es comprensible que esto ocurra en el contexto de nuestra época que tiende a superficializar las propuestas y presentarnos cosas que parecen ser, pero no son. Tenemos bebidas, comidas y a veces hasta relaciones humanas que son solamente light. En este contexto la palabra amor se liga a logros sensibles, a cuestiones circunstanciales y sin compromiso.

El amor que nos propone Jesús para ingresar a su Reino nos plantea que: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13). Nos quedamos sorprendidos de cómo muchos luchan por acceder a otro tipo de reino, el reino del poder, tener y placer. Reinos temporales que son absolutizados e idolatrizados. ¿Cómo hacer entender que la idolatría, no llena ni plenifica el corazón humano? Es lamentable tener que señalar que, aún en contextos que se dicen cristianos, es muy difícil encontrar actitudes que estén realmente motivadas por el bien común. A veces se habla de justicia, de los pobres, de reivindicaciones sociales… ¡Se habla!, se pelea y lucha, pero en general no tanto por solidaridad hacia el necesitado, sino para encubrir luchas de poder. El Eclesiastés nos señala el absurdo de tanto desgaste, «si todo es vanidad y solo atrapar vientos» (Ecl 1,14) Es bueno recordar a nuestra dirigencia que hay estilos que cayeron en desgracia y que no tienen futuro. Es necesario que quienes tienen responsabilidades sociales o políticas piensen en el bien común y desde la gente, y que entiendan que la dignidad de la persona está en el centro de toda la problemática.

Es necesario señalar que, a pesar de estos males del presente, también podemos encontrar muchas expresiones de verdadero amor en nuestra sociedad, expresiones de bien común, que son, en definitiva, las acciones que sostienen y construyen la historia: El amor de una madre por sus hijos, el sacrificio de un padre de familia, amigos que dan la vida por sus amigos, los esposos que se hacen uno en el amor, ciudadanos y dirigentes generosos. Pero Jesús a los cristianos nos enseña algo nuevo, él amó así a todos, incluso a los enemigos. Por eso la caridad no es solo para un grupo, es universal. A este Reino o a este banquete están invitados todos: «Vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos» (Lc 13,29-30).

Pero no debemos olvidar que el ingreso es por la puerta angosta. Amar exige tener en cuenta a los demás, dar la vida por los otros, sobre todo por los que más necesitan. Para que el servicio a los demás no sea sólo sacar provecho personal necesita del respaldo de la caridad.

Este tema tiene especial vigencia, porque hoy insistimos que es indispensable globalizar la solidaridad. La palabra solidaridad para un cristiano no tiene sólo un componente social, sino que además tiene un fundamento teológico o bien en la fe. La solidaridad es una expresión de la caridad. Jesucristo, es el maestro de la caridad, quien por amor dio su vida por nosotros.

Esta condición de amar que nos plantea el Evangelio de este domingo para entrar al Reino, como fundamento de la solidaridad y del bien común, es un tema central para que lo tengamos presente y evitemos seguir perdiendo el tiempo atrapando vientos. La mentira no tiene futuro.

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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La dignidad del trabajo

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Este domingo, 7 de agosto, coincide con la celebración de San Cayetano. En la Argentina es la  oportunidad que tiene el pueblo para pedir la intercesión de este santo, por un tema central en la  vida de cada persona y familia, que es el trabajo. 

También en nuestra Diócesis, en distintas comunidades hay celebraciones. Debo señalar que  siempre quedo impresionado por la religiosidad y a la vez por la claridad del mensaje que nos da  nuestra gente sobre la importancia que tiene el trabajo en la vida de una sociedad. Estos mensajes  profundos son enviados desde el sentido común y sensatez que tiene la sabiduría del pueblo.  Lamentablemente a veces se toman aspectos superficiales de las movilizaciones masivas que  genera la devoción a San Cayetano y no se hace una lectura profunda de la fe de nuestro pueblo,  ni se tiene en cuenta que pueden ser indicadores, quizás las mejores encuestas, para evaluar,  corregir y encaminar el rumbo de toda proyección económica, social, cultural. 

Es importante recordar el documento «Laborem exercens» del Papa san Juan Pablo II, en donde se  subraya la enseñanza que habitualmente nos da la doctrina social de la Iglesia, acentuando la  prioridad del trabajo sobre el capital. En sí debemos afirmar la importancia del capital para el  crecimiento, pero dicho crecimiento es genuino, consistente y justo, cuando está ligado al trabajo.  

Será una clave en nuestra Patria y Provincia profundizar en el eje de la cultura del trabajo, que  tanto tiene que ver con nuestra identidad heredada de nuestros antepasados que por  generaciones consideraron su trabajo como clave para crecer. Aunque nuestra realidad va  cambiando y la globalización y la tecnología, sumados a la experiencia dura de la pandemia, generan nuevos escenarios, deberemos tener en claro que si nos sometemos solo a lo virtual 

seguiremos generando rupturas con la realidad en donde el proceso de concentración y exclusión  seguirán profundizándose.  

En el Documento de Aparecida se señala: «Alabamos a Dios porque en la belleza de la creación,  que es obra de sus manos resplandece el sentido del trabajo como participación de su tarea  creadora y como servicio a los hermanos y hermanas. Jesús, el carpintero (Mc. 6,3), dignificó el  trabajo y al trabajador y recuerda que el trabajo no es un mero apéndice de la vida, sino que  constituye una dimensión fundamental de la existencia del hombre en la tierra, por la cual el  hombre y la mujer se realizan a sí mismos como seres humanos. El trabajo, garantiza la dignidad  y la libertad del hombre, es probablemente la clave esencial de toda la cuestión social» (DA 120).  

También el Papa Francisco, en la encíclica «Fratelli Tutti» nos dice que «el gran tema es el trabajo.  Lo verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a todos la  posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su  iniciativa, sus fuerzas. Esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia  digna. Por ello insisto en que ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución  provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida  digna a través del trabajo. Por más que cambien los mecanismos de producción, la política no  puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada  persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. Porque no existe peor pobreza  que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo. En una sociedad realmente  desarrollada el trabajo es una dimensión irrenunciable de la vida social, ya que no sólo es un  modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer  relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse corresponsable  en el perfeccionamiento del mundo, y en definitiva para vivir como pueblo». (FT 162) 

Este 7 de agosto, pedimos a San Cayetano que en cada hogar de los argentinos y misioneros haya  «pan y trabajo». Pedimos a nuestro Padre Dios por la intercesión de San Cayetano, para que  podamos revalorizar la cultura del trabajo en todos los ámbitos, con la certeza que esto nos hace  más dignos, porque nos ayuda a plenificar el haber sido hechos a imagen y semejanza de Dios. 

Un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! 

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Hacia una cultura del encuentro

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el quinto Domingo de Pascua [15 de mayo de 2022]

En el Evangelio de este domingo (Jn 13,31-35) el Señor nos presenta un mandamiento nuevo: «ámense los unos a los otros, así como yo los he amado, ámense también ustedes… en esto reconocerán que ustedes son mis discípulos» (Jn 13,34-35). Este pedido de Jesús sabemos que es exigente y que es un componente esencial para vivir la condición de cristianos, a tal punto que por la práctica de este mandamiento seremos reconocidos como discípulos de Jesús.

Si somos sinceros, ante este pedido tan claro que nos hace el Señor, tendríamos que avergonzarnos, porque en nuestra sociedad, comunidades y familias a veces prevalece la práctica del «ojo por ojo y diente por diente». Lo peor es que en muchos que se denominan rápidamente cristianos, ni siquiera existe este cuestionamiento. Al contrario, lo normal como tipo social es el circuito del daño, totalmente distanciado del perdón y la reconciliación. No por casualidad en diversos documentos y mensajes reiteradamente se señala la necesidad de acentuar una eclesiología y espiritualidad de comunión.

El Evangelio de este domingo nos señala categóricamente: «ámense los unos a los otros». Este es el fundamento de una comunión que todos debemos tener en cuenta en nuestro camino de discipulado. La realidad nos muestra que muchas veces la fe que tenemos como don, no llega a impregnar situaciones de la vida diaria donde terminan dominándonos aspectos negativos de nuestros afectos: enojos, celos, envidias, o cosas peores. Relaciones humanas que a veces tenemos con seres queridos y cercanos, laborales o de otros tipos, que vivimos sin tener en cuenta la exigencia del amor que nos propone el Evangelio. Cuando pasa esto, algunas enseñanzas cristianas quedan en el olvido, como el perdonar de corazón, retomar el diálogo, buscar amar a los enemigos, o bien, rezar por los que nos persiguen.

Dichas enseñanzas son una exigencia para que el cristiano viva su fe como discipulado. Es una exigencia «crucificante» y liberadora. Cuando somos capaces de tomar una decisión de diálogo y perdón rompemos el circuito del odio y la venganza con el arma del amor. La fe, que es un don de Dios, madura en nuestra vida cotidiana cuando en algunas situaciones vividas o decisiones que tenemos que tomar, asumimos el Evangelio del Señor.

Este llamado al diálogo y la comunión son indispensables en una época como la nuestra donde las discordias y grietas se potencian en ámbitos sociales, políticos y económicos. A esta tendencia cultural se suma una impensada guerra que mantiene en vilo a la comunidad internacional y que ha causado y sigue causando terribles sufrimientos al pueblo ucraniano.

Debemos seguir rezando por esta situación y redoblar esfuerzos en los diversos ámbitos para construir la paz. El diálogo y la comunión, si logran impregnarse en nuestro modo de vida, irán fomentando la tan necesaria cultura del encuentro.

«La palabra “cultura” indica algo que ha penetrado en el pueblo, en sus convicciones más entrañables y en su estilo de vida. Si hablamos de una “cultura” en el pueblo, eso es más que una idea o una abstracción. Incluye las ganas, el entusiasmo y finalmente una forma de vivir que caracteriza a ese conjunto humano. Entonces, hablar de “cultura del encuentro” significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos. Esto se ha convertido en deseo y en estilo de vida.

El sujeto de esta cultura es el pueblo, no un sector de la sociedad que busca pacificar al resto con recursos profesionales y mediáticos». (Papa Francisco, Fratelli tutti 216)

El testimonio de comunión y diálogo de los cristianos también es un servicio a nuestra sociedad y cultura. en donde sobreabundan las ambiciones provocadas por la fama, el poder, el dinero y la superficialidad… Esto lleva a la mezquindad, a buscar objetivos sin medir el daño que se puede provocar para lograrlos. En este domingo estamos llamados por el Evangelio que leemos al diálogo y a la cultura del encuentro. Sabemos que cuando empezamos a asumir compromisos en el camino del amor a Dios y a los hermanos, generamos un horizonte de esperanza.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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Carta Pastoral de Cuaresma 2022: Nuestra vida es Misión

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Queridos hermanos y hermanas:

El tiempo de cuaresma que empezamos, siempre es una oportunidad que nos regala Dios para revisar nuestra condición de cristianos, evaluar cómo vivimos la fe, discernir si lo urgente, o bien, la rutina, van anulando lo importante, aquellas cosas que dan motivación y sentido a nuestra vida.

Durante varias semanas nos preparamos desde la conversión y la penitencia, pero, sobre todo, desde la esperanza, para celebrar el misterio de la Pascua. Es un tiempo para que acompañemos a Cristo, el Señor, en su vida y su misión, en su pasión y sufrimiento y en su entrega sin límites por amor para nuestra redención. Este es el misterio de la Pascua donde el Señor da su vida muriendo y resucitando.

La Pascua hace consistente nuestra esperanza porque la vida triunfa sobre la muerte.

La liturgia, sobre todo en tiempos fuertes como la cuaresma que iniciamos, nos permite actualizar la fe de lo que celebramos e internalizar sus gestos y palabras a través de los sacramentos con la ayuda de la gracia para volver a Dios. La liturgia es la fuente de espiritualidad más importante que tiene la Iglesia. Especialmente desde este miércoles de ceniza somos invitados a vivir intensamente el don que Dios nos da y a introducirnos con esperanza en este tiempo litúrgico.

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El propósito de esta carta es ofrecer algunos aportes para realizar un examen de conciencia donde con humildad podamos revisar nuestra vida tanto en la dimensión personal como en lo social y eclesial. La clave de todo examen de conciencia no es una mera búsqueda de perfección, sino renovar el encuentro y la conversión al amor misericordioso de Dios. Solo cuando experimentamos el amor de Dios podemos transformarnos en instrumentos y puentes de su amor para nuestros hermanos, sobre todo para los más pobres y excluidos.

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En el centro de esta reflexión cuaresmal está el revisar nuestra vocación bautismal desde el compromiso que tenemos todos los cristianos de sabernos responsables de la acción evangelizadora y misionera de la Iglesia. De ahí el nombre de nuestra carta: «Nuestra vida es misión» y la expresión del apóstol San Pablo que proclama «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Cor 9, 16).

En primer lugar, quiero expresar un profundo agradecimiento a tanta gente, la mayoría de nuestro pueblo sencillo, que da muestras de una fe viva encendida en la caridad. El tiempo de pandemia que se fue prolongando permitió visibilizar expresiones vitales de fe en la gente que buscó caminos para seguir evangelizando, comunicando el Evangelio desde tres ámbitos centrales cómo son la catequesis, la liturgia y la caridad.

Notamos que, en la Iglesia, cuando se multiplican las cruces y los sufrimientos, también se potencian las respuestas del gozo del Evangelio que nacen de la experiencia profunda de abrazar la cruz y se hacen Pascua. También queremos reflexionar sobre una realidad que convive con tantos testimonios de santidad pascual y que se manifiesta tanto en la sociedad, como en nuestras comunidades eclesiales y obviamente replica también en cada una uno de nosotros los cristianos: el flagelo de la indiferencia y el individualismo que va impregnado nuestro estilo de vida. El ensimismamiento que se desentiende de los otros, lleva a buscar un disfrute sin problemas, nos vacía y conduce indefectiblemente a perder las motivaciones más genuinas y, en definitiva, el sentido de la vida sometiéndonos a vivir solo el momento. La insatisfacción convive y crece en quienes logran ganar más espacios, en sumar más placer, tener o poder prescindiendo de los demás. Desde ya que esta tendencia va contra la misma dignidad humana que solo se plenifica en la dimensión social de la persona. Como cristianos tenemos que seguir descubriendo que solo el amor donado, el ir hacia el otro que es mi hermano, el amor que da la vida y se hace Pascua, es lo que nos puede hacer verdaderamente felices.

Para realizar un buen examen de conciencia cuaresmal es necesario integrar la dimensión social de la fe y la responsabilidad evangelizadora de todo bautizado. Para esto tomaremos algunos textos de la exhortación apostólica «Evangelii gaudium» del Papa Francisco: «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás. Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5,14); “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (1 Co 9,16).

La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor intensidad: La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás.

Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión. Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda

así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo». (EG 9-10)

En esta carta cuaresmal que nos invita a la conversión pascual y a revisar cómo vivimos nuestra fe, debemos señalar que, si bien la experiencia del don del amor de Dios y su misericordia son claves para iniciar un buen examen de conciencia, también tendremos que recordar que no podremos evangelizar si no revisamos nuestras relaciones con los otros, con nuestros hermanos y hermanas, tanto en lo familiar como en los diversos ámbitos en los que estamos. El Señor pide que seamos uno para que el mundo crea: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste». (Jn 17,21)

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En Evangelii gaudium el Papa Francisco nos da algunos elementos para que podamos evaluarnos tanto en lo personal como en ámbitos sociales y eclesiales, que podemos considerar esenciales en nuestro compromiso cristiano y evangelizador. El Papa Francisco nos dice: «Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales.

Al mismo tiempo, quiero llamar la atención sobre algunas tentaciones que particularmente hoy afectan a los agentes pastorales». (cfr. EG 77)

En esta carta cuaresmal tomaremos algunos de estos aspectos tratando de rezarlos y aplicarlos a nosotros mismos para que reconociendo nuestras luces y sombras podamos vivir mejor nuestra Pascua.

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Revisemos el desafío que tenemos de una espiritualidad misionera: «Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad. Al mismo tiempo, la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora. Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores, aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí». (EG 78)

En nuestro examen de conciencia será clave discernir cuáles son las motivaciones que tenemos y si entendemos nuestra vida como vocación, como un llamado de Dios. Considerar nuestra vocación lleva a darnos cuenta que todos tenemos una misión. Es doloroso ver que mucha gente que tiene roles sociales, políticos, comunicacionales y otros, muchas veces solo buscan espacios de poder y tener. Esto también se da en la vida eclesial dónde va ganando espacio el desinterés causado por un fuerte individualismo. Nuestra vida cristiana va muchas veces perdiendo vigor y hasta los momentos comunitarios de celebración van perdiendo la fuerza de impulsarnos a amar al otro como mi hermano y, por el contrario, se transforman solo en cumplimiento de ritos que van vaciándola. Merece una mención especial lo que señala el Papa Francisco sobre que esto también puede pasar en los consagrados y sacerdotes cuando buscan espacios de privacidad y disfrute que llevan a vivir las tareas propias del ministerio sacerdotal o de su vida consagrada «como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de nuestra identidad». (cfr EG 78)

En definitiva, debemos discernir si no vamos dejándonos ganar por una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor en nuestra vida cristiana.

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Revisemos si no nos va ganando una acedia egoísta: «Cuando más necesitamos un dinamismo misionero que lleve sal y luz al mundo, muchos laicos sienten el temor de que alguien les invite a realizar alguna tarea apostólica, y tratan de escapar de cualquier compromiso que les pueda quitar su tiempo libre. […] Pero algo semejante sucede con los sacerdotes, que cuidan con obsesión su tiempo personal. Esto frecuentemente se debe a que las personas necesitan imperiosamente preservar sus espacios de autonomía, como si una tarea evangelizadora fuera un veneno peligroso y no una alegre respuesta al amor de Dios que nos convoca a la misión y nos vuelve plenos y fecundos». (cfr. EG 81)

La acedia que expresa un estado espiritual de apatía y tedio nos lleva a perder el sentido de la vida: «Así se gesta la mayor amenaza, que es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad». (EG 83)

Así es como la indiferencia y el individualismo nos van dejando vacíos. La acedia nos encamina al precipicio de vivir sin motivaciones y a una profunda insatisfacción y tristeza. El Papa Francisco nos dice con énfasis que no nos dejemos robar la alegría evangelizadora. Amar dando la vida es aquello que nos plenifica porque es lo más propiamente humano.

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Revisemos si no nos gana un pesimismo estéril: «La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar (cf. Jn 16,22). Los males de nuestro mundo —y los de la Iglesia— no deberían ser excusas para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. (EG 84). «Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: “Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal» (EG 85)

Al realizar nuestro examen de conciencia y al reflexionar sobre cómo vivimos nuestra vocación bautismal y evangelizadora, es bueno que nos planteemos también cómo vivimos la esperanza, que es clave para estar de pie ante situaciones adversas, ante el sufrimiento y la cruz. Cuando no vivimos lo adverso pascualmente podemos sucumbir al pesimismo. Es común escuchar decir que «esto no cambia más» y usarlo como argumento para no hacer nada o, peor, para sucumbir mundanamente al mal. Los cristianos tenemos un llamado a mejorar nuestros ambientes aún en situaciones de cruz y esto ligado al misterio pascual y a vivir la esperanza en nuestra vida.

El Papa Francisco sigue en la exhortación apostólica Evangelii gaudium un listado que los invito a leer y rezar y que nos ayudará a renovar nuestra tarea evangelizadora.

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En el contexto de la cuaresma, así como es necesario vivir la liturgia como fuente de espiritualidad y realizar un buen examen de conciencia para renovar nuestra fe, es necesario recordar que la fe necesita, para estar viva, de la caridad, y una caridad que implique gestos concretos. «Sin embargo, alguien puede objetar: Uno tiene la fe y otro, las obras». A ese habría que responderle: «Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe». (Sant 2,18)

En el contexto cuaresmal podemos realizar, a modo personal, acciones concretas que expresan nuestra conversión a Cristo, el Señor y nos preparan a celebrar mejor la Pascua. Como Iglesia también realizamos gestos comunitarios como momentos litúrgicos de oración y celebración o también acciones organizadas ligadas al ayuno y la limosna entendiéndolos en el marco del compartir ejercitando la comunión de bienes. Como cada año realizaremos la «colecta cuaresmal del 1%». Proponemos compartir con nuestros hermanos más necesitados por lo menos el 1% del total de nuestros ingresos. Es importante recordar que este aporte cuaresmal tiene sentido si es fruto de nuestra conversión a Dios y expresa nuestro deseo de amarlo a Él y a nuestros hermanos como a nosotros mismos. La fecha en que realizaremos está colecta es el fin de semana del 26 y 27 de marzo. El lema de la misma será «Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin techo» del Papa Francisco. Esta ofrenda estará destinada especialmente a aquellos hermanos necesitados a quienes se ayudará a mejorar las viviendas, los techos, las letrinas. Obviamente con esto no solucionaremos el problema de la vivienda de tantos hermanos, pero como diócesis  realizaremos un gesto concreto de caridad y justicia.

Al finalizar esta carta de cuaresma, pidamos a Dios que estas semanas podamos asumirlas como nueva oportunidad de volver a Dios y que con humildad podamos revisar cómo vivimos nuestra fe en Dios y cómo la expresamos en el compromiso para con nuestros hermanos. El tiempo cuaresmal nos ayudará a revisarnos desde el amor que Dios nos tiene, en la certeza de que, si volvemos a Él, nos reconciliará con un abrazo de Padre como al hijo pródigo. Abrazados por su amor somos plenos y podemos ser testigos de la Pascua y de la esperanza.

Les envío un saludo cercano como Padre y Pastor.

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Volver a Jesús

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 4a domingo de Adviento [19 de diciembre de 2021]

Estamos próximos a celebrar la Nochebuena. El gozo del nacimiento de Jesús, el Dios con nosotros. En este domingo vamos terminando el tiempo del adviento, la espera y la expectativa de los contemporáneos de Jesús por la llegada del Mesías. El texto del Evangelio (Lc 1,39-45), nos propone «la Visitación» en la que Isabel se llena de gozo por la visita de María embarazada: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!»

Sabemos que vamos transitando caminos exigentes. En nuestra vida cotidiana nos encontramos con muchas circunstancias complejas, inquietudes, que no nos dejan discernir aquello que es importante. La Navidad, el nacimiento de Jesús en el pesebre, del Dios hecho hombre, nos permite comprender el lenguaje de Dios y ubicarnos en aquello que es central para responder mejor a tantas urgencias que nos agobian.

En reflexiones anteriores subrayamos la necesidad de evaluarnos, o bien de realizar un examen de conciencia, hecho con humildad desde la verdad de nuestras vidas, también desde el respeto a la verdad en los otros, y como base para construir sólidamente en nuestra sociedad. Este examen de conciencia en el adviento tiene como efecto principal la posibilidad de volver a Dios, y ponerlo a Jesucristo en el centro de nuestras vidas. De alguna manera nos puede ayudar a que no seamos cristianos que vivimos con un pesebre sin el Niño Jesús.

La Navidad es una oportunidad que tenemos como cristianos y como discípulos, de volver a tenerlo a Jesucristo, el Señor, como Aquel a quien queremos seguir. Aparecida nos señala: «En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias» (DA 139).

Es cierto que muchos celebran la Navidad y se olvidan del nacimiento de Jesús vaciándola en su contenido central. Pero aún así debemos señalar que nuestra gente tiene una gran religiosidad, y la mayoría es cristiana. La Navidad es un tiempo oportuno para colocar a Jesucristo, el Señor en el centro de nuestras vidas y madurar la fe. En las capillas se multiplican los pesebres y las Misas navideñas. La fe necesita ser compartida, y requiere nuestro compromiso y búsqueda de comunión con otros hermanos que están en el mismo camino. El pesebre nos ayuda a convertirnos. Nos permite comprender aquello que necesitamos para ser amigos de Dios. Ante el pesebre descubrimos que para ingresar al camino que nos conduce a Dios debemos hacernos pequeños, y que la humildad es generadora de esperanza, en una sociedad excesivamente cargada de soberbia. Orando ante el pesebre comprendemos más profundamente la bienaventuranza: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos». (Mt 5,3)

Una de las dificultades para recuperar la centralidad de Jesucristo, es el creciente subjetivismo e individualismo de la fe. Cuando nos pasa esto es porque fuimos acomodando la fe a nuestro parecer, afectos y criterios. Es una tendencia muy fuerte el adecuar la Palabra de Dios a lo que nos parece, porque su propuesta es exigente, pero siempre es el camino que nos lleva a la verdadera felicidad.

Al finalizar esta reflexión, próxima a la Navidad, no quiero dejar de tener especialmente presente a aquellos que padecen alguna forma de sufrimiento, a los que están presos, a los que padecen alguna enfermedad, o a aquellos que en la Nochebuena estarán en alguna sala de hospital, a los que están solos, a los que tienen poco para comer. El Señor los considera sus privilegiados y a ellos especialmente los invita a su mesa. Nosotros como cristianos también los queremos tener presentes en nuestro corazón y nuestra oración.

¡Feliz Navidad y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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