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Netanyahu reconfigura el relato de guerra sin caída del gobierno de Irán y abre un frente político interno

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El gobierno de Israel activó en los últimos días un giro discursivo clave sobre la guerra con Irán. Sin confirmar un cambio de régimen en Teherán —objetivo que sobrevoló durante meses—, el primer ministro Benjamin Netanyahu sostuvo el 12 de marzo de 2026 que la ofensiva ya “cambió el equilibrio de poder en Medio Oriente”. El dato no es menor: la declaración, realizada en su primera rueda de prensa desde el inicio del conflicto, marca un desplazamiento político en pleno desarrollo de la guerra. La pregunta queda abierta: ¿se trata de una consolidación estratégica o del inicio de un repliegue narrativo frente a límites militares y presiones externas?

Un objetivo que se redefine sobre la marcha

La ofensiva contra Irán se presentó desde el inicio como una instancia decisiva. La construcción política fue clara: una “guerra existencial”, enmarcada dentro de lo que el propio Netanyahu denomina la “Guerra de la Redención”, iniciada tras los ataques del 7 de octubre de 2023. En ese esquema, el cambio de régimen en Irán funcionaba como horizonte máximo.

Sin embargo, la evolución del conflicto introdujo matices. Tras el ataque que eliminó al líder supremo iraní y los llamados públicos a una insurrección interna, el escenario no derivó en una caída del régimen. En paralelo, Estados Unidos —actor central en la operación militar— comenzó a dar señales de cierre del frente, en un contexto de presión económica global por el alza del petróleo.

En ese marco, el Gobierno israelí ajusta el encuadre: ya no se trata necesariamente de reemplazar al régimen iraní, sino de debilitarlo estructuralmente. Las propias fuentes militares sostienen que los daños infligidos a las capacidades armamentísticas —instalaciones, mandos, arsenales— tendrían efectos “permanentes y semipermanentes”. La traducción política es directa: transformar una victoria total en una ventaja estratégica prolongada.

Entre la narrativa de victoria y los límites operativos

El nuevo enfoque no elimina tensiones. Durante meses, la legitimidad interna de la guerra se apoyó en la promesa de neutralizar definitivamente la amenaza iraní y su red de aliados regionales. Ese objetivo incluía, implícitamente, a actores como Hezbolá en Líbano y Hamás en Gaza.

Hoy, ese esquema aparece más complejo. Persisten frentes activos: Hezbolá intensificó su accionar tras la muerte del líder iraní, mientras que en Gaza el control territorial sigue fragmentado. A su vez, Israel volvió a enfrentarse a Irán apenas ocho meses después de haber declarado una “victoria histórica” en 2025, lo que introduce un interrogante sobre la durabilidad de los logros militares.

En términos institucionales, esto reconfigura la lógica de seguridad: de guerras concluyentes a conflictos recurrentes. La idea de “guerras preventivas” comienza a instalarse como doctrina operativa, lo que implica una redefinición de la política de defensa con impacto directo en la estabilidad regional.

Presión externa y cálculo político interno

El tablero internacional también condiciona las decisiones. La posibilidad de un cierre anticipado del conflicto impulsado por Washington —en un contexto de tensión económica global— limita el margen de acción israelí. La coordinación militar con Estados Unidos fue central en la ofensiva, pero también establece un techo político.

En el plano interno, Netanyahu enfrenta un equilibrio delicado. Por un lado, la guerra mantiene un respaldo significativo en la opinión pública, incluso tras más de dos años de conflicto continuo. Por otro, el capital político del primer ministro está atado a los resultados.

El riesgo es evidente: si la guerra concluye sin una transformación estructural del régimen iraní, las promesas de “victoria total” pueden convertirse en un punto de vulnerabilidad. Más aún cuando persisten amenazas activas en múltiples frentes y cuando los conflictos previos —con Hamás y Hezbolá— siguen sin resolución definitiva.

En ese contexto, la posibilidad de adelantar elecciones aparece como una variable política latente. Capitalizar el momento antes de que se diluya el impacto de la ofensiva podría formar parte de la estrategia.

Un conflicto que no termina de cerrarse

El escenario que se abre es menos lineal que el planteado al inicio de la guerra. Israel podría optar por consolidar su ventaja militar y dejar que las tensiones internas en Irán evolucionen por sí solas. Sin embargo, esa decisión implica aceptar que el régimen continúe, al menos en el corto plazo.

Al mismo tiempo, la continuidad de operaciones en Líbano y Gaza introduce una dimensión adicional: la dificultad histórica de cerrar conflictos sin acuerdos políticos de fondo. La superioridad militar, por sí sola, no garantiza estabilidad.

Las próximas semanas serán clave para observar si el Gobierno israelí avanza hacia un cierre ordenado del frente iraní o si el conflicto deriva en una nueva fase de presión sostenida. También será determinante el rol de Estados Unidos y su disposición a sostener o limitar la escalada.

En ese cruce entre estrategia militar, narrativa política y condicionamientos externos, Netanyahu redefine su margen de acción. El resultado final todavía no está escrito.

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Passalacqua y Stelatto comienzan 2026 entre los dirigentes mejor valorados del país

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Misiones volvió a quedar bien posicionada en el mapa político nacional. El último ranking interprovincial de imagen pública correspondiente a febrero de 2026 mostró que Hugo Passalacqua y Leonardo Stelatto integran el grupo de dirigentes con mejor evaluación ciudadana entre gobernadores e intendentes del país, en un contexto de alta fragmentación política y fuerte volatilidad de la opinión pública.

En el caso de los gobernadores, Passalacqua se ubicó quinto a nivel nacional, con 54,7% de imagen positiva entre los misioneros. El mandatario provincial quedó muy cerca del lote de punta, encabezado por Marcelo Orrego (San Juan), Osvaldo Jaldo (Tucumán) y Claudio Poggi (San Luis), y por encima de la mayoría de los gobernadores del país. En el otro extremo del ranking aparecen figuras como Alberto Weretilneck (Río Negro) y Axel Kicillof (Buenos Aires), entre los peores desempeños del mes.

El posicionamiento de Passalacqua consolida a Misiones como una de las provincias con mayor estabilidad política y respaldo ciudadano, en un escenario nacional marcado por tensiones fiscales, ajuste económico y reconfiguración de liderazgos.

A nivel municipal, el desempeño de Leonardo Stelatto fue aún más contundente. El intendente de Posadas quedó segundo entre los jefes comunales con mejor imagen positiva del país, con 60,3%, apenas por debajo de Matías Stevanato (Maipú, Mendoza). De este modo, la capital misionera se ubicó entre las ciudades con mayor aprobación de gestión local, superando a intendentes de grandes centros urbanos y capitales provinciales.

El contraste es significativo si se observa la parte baja del ranking, donde aparecen intendentes como Julio Alak (La Plata) o Pablo Grasso (Río Gallegos), con niveles de aprobación que no alcanzan el 40%.

Milei y Kicillof en Misiones: amplia brecha

El estudio también midió la imagen de las principales figuras nacionales por provincia. En Misiones, el presidente Javier Milei registró 49,4% de imagen positiva, ubicándose en la mitad alta del ranking nacional por distritos. En cambio, el gobernador bonaerense Axel Kicillof alcanzó apenas 29,8%, una diferencia de casi 20 puntos porcentuales.

A nivel país, Milei supera a Kicillof en 21 de las 24 jurisdicciones, mientras que el mandatario bonaerense solo logra ventaja en Buenos Aires, Formosa y Santiago del Estero. En Misiones, la medición confirma una clara sintonía con el liderazgo presidencial y una baja adhesión al referente del kirchnerismo.

El doble posicionamiento de Passalacqua y Stelatto en los primeros lugares del ranking no solo refleja altos niveles de aprobación individual, sino también una coherencia política provincial, donde tanto la conducción provincial como la municipal muestran respaldo social sostenido. En un año de definiciones electorales y reacomodamientos nacionales, Misiones aparece así como uno de los distritos con mayor capital político propio.

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