Luis López CONAE

Artemis II, el regreso a la Luna con aporte misionero

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Más de medio siglo después de que la humanidad abandonara la superficie lunar, el programa Artemis vuelve a encender el pulso de la exploración espacial. Pero esta vez, la historia no se escribe solo en Washington o Houston: también tiene acento argentino. Y, en particular, misionero.

En el corazón de esta nueva carrera hacia la Luna aparece el nombre de Luis Santiago López, ingeniero de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), formado entre Oberá y Buenos Aires, que fue parte del equipo que trabajó en la integración final del satélite argentino Atenea, una de las cargas secundarias de la misión Artemis II.

“Fuimos al Centro Espacial Kennedy para hacer las pruebas finales, integrar el satélite al dispensador y luego al cohete. Es un sueño”, relató López. “Es un sueño. Uno siempre imagina estar en estos lugares, pero no pensás que va a pasar tan pronto”, contó el ingeniero de la CONAE, todavía con la intensidad de haber trabajado en el Centro Espacial Kennedy.

A las 19:24 de este miércoles, cuando el cohete más potente del mundo se eleve desde Florida rumbo al espacio profundo, no solo despegará una misión histórica. También viajará, en silencio y sin bandera visible, una historia nacida en Misiones.

En la arquitectura colosal de Artemis II -con la nave Orión en la punta de un cohete de casi 100 metros- viajan también pequeñas piezas de alta tecnología. Una de ellas es Atenea.

Un CubeSat de apenas 30 centímetros que condensa años de trabajo argentino. “Es un satélite chico, pero el desafío es enorme: vamos a estar a 70.000 kilómetros y tenemos que poder comunicarnos desde ahí”, detalló López.

Luis Santiago López es un ingeniero obereño que trabajó en la Nasa con Atenea, el satélite argentino que viajará en el Artemis II.

Ese dato no es menor: será el objeto argentino que más lejos haya llegado en la historia.

Atenea no irá hasta la Luna. Será liberado antes, en una órbita extremadamente alta. Pero su misión es clave:

  • Medir radiación en los cinturones de Van Allen
  • Probar posicionamiento GPS desde fuera de la constelación
  • Validar comunicaciones en espacio profundo

“Vamos a pasar por todos los cinturones de radiación. La idea es medir cómo impacta eso a lo largo de la órbita”, explicó el ingeniero misionero.

Y agregó un desafío técnico que abre puertas al futuro: “Vamos a estar por encima de los satélites GPS. Obtener señal desde ahí es algo que todavía no se sabe bien cómo se comporta”.

La misión Artemis II no aterrizará en la Luna, pero será el ensayo general de todo lo que vendrá.

El viaje seguirá una secuencia milimétrica:

  • Despegue desde el Centro Espacial Kennedy
  • Separación de propulsores a los 2 minutos
  • Inserción en órbita terrestre
  • Maniobras de prueba de la nave
  • Encendido de inyección translunar
  • Cuatro días de viaje hasta la Luna
  • Sobrevuelo a 7.500 km de la superficie
  • Regreso por “onda gravitatoria”
  • Reingreso a 40.000 km/h y amerizaje en el Pacífico

En total, la nave recorrerá más de un millón de kilómetros en unos diez días.

La misión Artemis II no es un simple “regreso”. Es un punto de inflexión.

La última vez que un ser humano estuvo en la Luna fue en diciembre de 1972. Desde entonces, el espacio profundo quedó fuera del alcance humano. Ahora, el programa Artemis retoma ese camino, pero con una lógica completamente distinta.

Ya no se trata de plantar una bandera y volver. El objetivo es aprender a vivir fuera de la Tierra.

Por eso, Artemis II es una misión clave: será el primer vuelo tripulado del programa, el ensayo completo antes de intentar un alunizaje con Artemis III.

La nave no aterrizará. Pero sí llevará astronautas a rodear la Luna, a probar sistemas, maniobras, resistencia humana y tecnología en condiciones reales de espacio profundo.

Será, en términos técnicos, el primer paso de una cadena que apunta mucho más lejos: bases lunares permanentes y, eventualmente, Marte.

Ese impulso no apunta directo a la Luna como una línea recta. La trayectoria es más compleja: una curva calculada que permite aprovechar la gravedad.

Durante cuatro días, la nave viajará en silencio, sin grandes encendidos, guiada por la física.

“Después del impulso inicial, la nave va prácticamente ‘cayendo’ hacia la Luna, usando la gravedad. Es una mecánica muy precisa”, se describe en los documentos técnicos de la misión.

Cuando llegue, no aterrizará. Pasará a unos 7.500 kilómetros de la superficie, rodeando la cara oculta, ese lado que nunca vemos desde la Tierra.

Allí ocurre uno de los momentos más fascinantes: la gravedad lunar curva la trayectoria de la nave y la “empuja” de regreso.

Es la llamada trayectoria de retorno libre, una especie de seguro natural: incluso si algo falla, la física trae a los astronautas de vuelta.

El viaje completo dibuja una figura similar a un ocho gigante entre la Tierra y la Luna.

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