MONSEÑOR JUAN RUBEN MARTINEZ

La alegría de Evangelizar

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 2° domingo de Cuaresma [13 de marzo de 2022]

El tiempo de Cuaresma que hemos comenzado es propicio para realizar un buen examen de conciencia y revisar nuestra vocación bautismal desde el compromiso que tenemos todos los cristianos de sabernos responsables de la acción evangelizadora y misionera de la Iglesia.

Para realizarlo, es necesario integrar la dimensión social de la fe y la responsabilidad evangelizadora de todo bautizado. Para esto tomaremos algunos textos de la exhortación apostólica «Evangelii gaudium» del Papa Francisco: «El bien siempre tiende a comunicarse.

Toda experiencia auténtica de verdad y de belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás.

Comunicándolo, el bien se arraiga y se desarrolla. Por eso, quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5,14); “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (1 Co 9,16).

La propuesta es vivir en un nivel superior, pero no con menor intensidad: La vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás. Cuando la Iglesia convoca a la tarea evangelizadora, no hace más que indicar a los cristianos el verdadero dinamismo de la realización personal: Aquí descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros.

Eso es en definitiva la misión. Por consiguiente, un evangelizador no debería tener permanentemente cara de funeral. Recobremos y acrecentemos el fervor, la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo». (EG 9-10)

En esta carta cuaresmal que nos invita a la conversión pascual y a revisar cómo vivimos nuestra fe, debemos señalar que, si bien la experiencia del don del amor de Dios y su misericordia son claves para iniciar un buen examen de conciencia, también tendremos que recordar que no podremos evangelizar sino revisamos nuestras relaciones con los otros, con nuestros hermanos y hermanas, tanto en lo familiar como en los diversos ámbitos en los que estamos. El Señor pide que seamos uno para que el mundo crea: «Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste». (Jn 17,21)

En Evangelii gaudium el Papa Francisco nos da algunos elementos para que podamos evaluarnos tanto en lo personal como en ámbitos sociales y eclesiales, que podemos considerar esenciales en nuestro compromiso cristiano y evangelizador. El Papa Francisco nos dice: «Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales. Al mismo tiempo, quiero llamar la atención sobre algunas tentaciones que particularmente hoy afectan a los agentes pastorales». (cfr. EG 77)

En los próximos domingos tomaremos algunos de estos aspectos tratando de rezarlos y aplicarlos a nosotros mismos para que, reconociendo nuestras luces y sombras, podamos vivir mejor nuestra Pascua.

Les envío un saludo cercano y ¡hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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La Pobreza crece

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Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas, para el 6° domingo durante el año [14 de febrero de 2021]

En nuestra época, no dudamos en afirmar que somos protagonistas de profundas transformaciones de todo tipo. A veces quedamos perplejos ante el rapidísimo avance tecnológico y de la globalización pero también de concentración y una grave exclusión. Todo esto tiene una estrecha relación con ámbitos fundamentales para la existencia humana, como la ética, la economía o la misma cuestión social.

Ante esta realidad tan dinámica los cristianos necesitamos profundizar y formarnos en la fe por la que creemos. En nuestro primer Sínodo Diocesano hemos tomado como una de las temáticas, iluminada por el documento de Aparecida, la formación: «Discípulos de Jesucristo: Formación como camino de discipulado». Podremos evangelizar y ser misioneros si buscamos tener un verdadero encuentro con Jesucristo, el Señor. Sin identidad cristiana será difícil tener una actitud de diálogo y apertura en los diversos desafíos que nos presenta nuestro tiempo. El documento de Aparecida nos señala, entre otros aspectos una referencia clara al proceso de formación de los discípulos misioneros: «La vocación y el compromiso de ser hoy discípulos y misioneros de Jesucristo en América Latina y El Caribe, requiere una clara y decidida opción por la formación de los miembros de nuestras comunidades, en bien de todos los bautizados, cualquiera sea la función que desarrollen en la Iglesia. Miramos a Jesús, el Maestro que formó personalmente a sus apóstoles y discípulos. Cristo nos da el método: «Vengan y vean». (Jn 1,39), «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14,6). Con Él podemos desarrollar las potencialidades que están en las personas y formar discípulos misioneros.

Con perseverante paciencia y sabiduría, Jesús invitó a todos a su seguimiento. A quienes aceptaron seguirlo, los introdujo en el misterio del Reino de Dios, y, después de su muerte y resurrección los envió a predicar la Buena Nueva en la fuerza de su Espíritu. Su estilo se vuelve emblemático para los formadores y cobra especial relevancia cuando pensamos en la paciente tarea formativa que la Iglesia debe emprender en el nuevo contexto sociocultural de América Latina» (DA 276).

En el centro de nuestra identidad como cristianos está la persona de Jesucristo, Dios hecho hombre. Es Él, quien con sus gestos y palabras nos enseña a ser discípulos. El Evangelio de este domingo nos pone en el centro de la vida cristiana, al proponernos el encuentro del Señor con los leprosos. Durante miles de años los leprosos no tenían cura y eran totalmente marginados de la sociedad.

Este hombre, que presenta el Evangelio, logra conmover al Señor: «Si quieres puedes purificarme… Jesús conmovido extendió su mano y lo tocó diciendo: lo quiero, queda purificado» (Mc 1,40-45).

Nuestra identidad como cristianos se desdibuja si no abrimos nuestro corazón a sus enseñanzas. Son muchos los leprosos de nuestro tiempo. Aunque es frecuente que como cristianos podamos ir perdiendo la capacidad de encuentro con Jesucristo, que se hace presente en los marginados y excluidos de hoy, está en la esencia de nuestro seguimiento del Señor, el amor a todos y sobre todo a los hermanos más débiles. Los leprosos de hoy en nuestra realidad misionera tienen distintos nombres: son la problemática indígena que cada vez más lleva a estos hermanos nuestros a deambular en contextos culturales adversos y racistas. Son los desnutridos que han crecido con limitaciones y diferencias que los llevan a la exclusión social e incluso a la condena por vagancia. Los leprosos son muchos jóvenes que no encuentran trabajo, y desde el vamos se encuentran sin futuro.

Son los desamparados que siguen contenidos por el asistencialismo, todavía necesario en algunos casos, pero que daña la «cultura del trabajo». Son los leprosos de nuestro tiempo los que padecen sida, y los enfermos que no tienen monedas para acercarse a un hospital o centro de salud y en este tiempo, de pandemia, tantos enfermos de todo tipo. En la cercanía, compromiso e integración de estos «nuevos leprosos», se pesará nuestro compromiso cristiano, y también la calidad de aquellos que por su lugar y situación son dirigentes políticos, económicos y sociales…

Lamentablemente estos hermanos están tan en la marginalidad, que padecen nuestro olvido, exclusión y racismo. De ellos no se ocupa casi nadie, ni cuentan con micrófonos, ni cámaras de televisión…

En nuestra realidad parece que están los ganadores y los perdedores. Nosotros, si queremos asumir nuestra identidad de discípulos de Jesucristo, el Señor, tendremos que asumir el compromiso siempre actual de la opción preferencial por los pobres, por los leprosos de nuestro tiempo. Esto nos exige que como el Señor nos sintamos conmovidos y que, animados en la esperanza, busquemos caminos que nos lleven a construir una sociedad más solidaria, que respete la dignidad de las personas, la familia y sobre todo, la vida.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo! Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

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