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La moral declamada y la moral practicada: una contradicción que erosiona la confianza

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Hay dirigentes que construyen su identidad política sobre la base de una supuesta superioridad moral: hablan de “verdad”, de “pureza”, de “principios innegociables”, de una ética que los distinguiría del resto. Pero cuando el discurso se vuelve un pedestal demasiado alto, cualquier gesto, decisión o concesión que no encaje con esa imagen genera una fractura profunda entre lo que se dice y lo que se hace. En el caso del presidente Javier Milei, esa tensión se ha vuelto un rasgo central de su gobierno.

Para muchos ciudadanos, la contradicción no es un detalle técnico sino un problema ético. Se percibe un dirigente que denuncia la “casta” mientras negocia con sectores que antes demonizaba; que promete transparencia mientras toma decisiones opacas; que reivindica la libertad mientras concentra poder; que se presenta como guardián de una moral superior mientras actúa según conveniencias coyunturales. Esa brecha entre la palabra y la acción no solo erosiona credibilidad: también habilita la sospecha de amoralidad.

No se trata de exigir pureza —ningún gobierno puede funcionar sin acuerdos, pragmatismo y decisiones difíciles— sino de advertir que cuando un líder convierte la moral en arma retórica, cada incoherencia se vuelve más visible y más grave. La ética deja de ser un marco y pasa a ser un recurso. Y cuando la moral se usa como herramienta de combate, pierde su valor como guía de conducta.

Algunos observadores incluso plantean que esta dinámica puede rozar lo perverso: no en un sentido clínico, sino político. La perversión, en este contexto, aparece cuando el poder se ejerce desde la provocación constante, la humillación del adversario, la descalificación sistemática y la ruptura deliberada de normas de convivencia democrática. Cuando la agresión se vuelve método y la crueldad se convierte en espectáculo, la política deja de ser un espacio de deliberación y se transforma en un escenario de sometimiento simbólico.

La pregunta de fondo es simple y urgente: ¿puede un país sostener un proyecto de futuro cuando su máximo dirigente predica una moral que él mismo no practica? La confianza pública no se construye con consignas incendiarias ni con enemigos imaginarios, sino con coherencia, responsabilidad y respeto por las reglas que sostienen la vida democrática.

La historia demuestra que los liderazgos que se presentan como salvadores morales suelen terminar atrapados por sus propias contradicciones. Y cuando eso ocurre, no es el líder quien paga el precio, sino la sociedad que depositó en él su esperanza.

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