El RIGI abriría una inversión de más de US$ 230 millones para trasladar Dioxitek de Córdoba a Formosa
El Gobierno nacional recibió una propuesta de inversión por más de US$ 230 millones para finalizar la planta de uranio de Dioxitek en Formosa y avanzar con el traslado de la histórica instalación ubicada en Córdoba capital. El proyecto, impulsado por la empresa estadounidense Nano Energy y con potencial encuadre en el Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (RIGI), no solo busca resolver un conflicto urbano de décadas, sino que introduce una pregunta estratégica: ¿es este el punto de inflexión que transforma al sector nuclear argentino en un negocio exportador?
De conflicto urbano a oportunidad estratégica
La planta de Dioxitek en el barrio de Alta Córdoba quedó atrapada por el crecimiento urbano. Lo que en los años 80 era una instalación periférica hoy convive con un entorno densamente poblado. Esa tensión derivó en restricciones municipales, litigios judiciales y un plan de traslado que nunca terminó de concretarse.
Ahora, el escenario cambia. Mientras la Justicia Federal evalúa una prórroga de tres años para que la planta continúe operando en Córdoba, la propuesta de inversión privada reordena las prioridades. El traslado a Formosa, con una obra que ya tiene un 70% de avance, deja de ser un proyecto estancado para convertirse en una iniciativa con viabilidad financiera.
La clave no es solo la mudanza. Es el modelo: Dioxitek mantendría la propiedad de la planta y el terreno, pero cedería parte de su uso a una sociedad con el capital privado, bajo un esquema de usufructo.
El RIGI como herramienta y el cambio de lógica
El proyecto se inscribe en la estrategia del Gobierno de atraer inversiones externas para sectores considerados estratégicos. En este caso, el RIGI aparece como el instrumento para viabilizar una inversión de gran escala en una industria con altas barreras de entrada.
El acuerdo contempla dos etapas. La primera, finalizar y poner en operación la planta de dióxido de uranio (UO₂), insumo clave para abastecer a las centrales nucleares del país. La segunda, más ambiciosa, apunta a producir y exportar hexafluoruro de uranio (UF₆), un componente utilizado en el proceso de enriquecimiento.
Ese segundo paso redefine el alcance del proyecto. Argentina pasaría de un esquema centrado en el autoabastecimiento a uno con capacidad de inserción en el mercado internacional del combustible nuclear.
El trasfondo es técnico, pero las implicancias son políticas: la planta original estaba sobredimensionada respecto a la demanda interna —unas 230 toneladas anuales frente a una capacidad proyectada de hasta 500 toneladas—. Sin exportación, el modelo no cerraba.

Quién gana y quién queda condicionado
El movimiento fortalece al Gobierno en dos frentes. Por un lado, ofrece una salida concreta a un conflicto sensible en Córdoba, donde la presencia de material radiactivo en un área urbana generó cuestionamientos sostenidos. Por otro, se alinea con la narrativa oficial de apertura a inversiones y eficiencia en empresas estatales.
Al mismo tiempo, introduce nuevas dependencias. La viabilidad del proyecto queda atada al ingreso de capital privado y a la dinámica del mercado internacional del uranio, un terreno volátil y altamente regulado.
En términos institucionales, el esquema también reconfigura el rol del Estado. Dioxitek conservaría la propiedad, pero compartiría la operación en un modelo híbrido que combina control público y lógica de mercado.
La ecuación no es neutra. Implica redefinir el equilibrio entre soberanía tecnológica, rentabilidad y apertura económica.
Un proyecto que redefine el mapa nuclear
El traslado de Dioxitek deja de ser una discusión local para convertirse en una pieza dentro de una estrategia más amplia. La incorporación de una línea de producción exportadora marca un cambio cualitativo en el sector.
En las próximas semanas, la atención estará puesta en dos decisiones: la eventual aprobación del proyecto bajo el RIGI y la definición judicial sobre la continuidad de la planta en Córdoba.
El desenlace no solo impactará en la geografía productiva del país, sino también en el modelo de desarrollo del sector nuclear. La pregunta ya no es si la mudanza se concretará, sino bajo qué condiciones y con qué consecuencias a largo plazo.
