vuelos de la muerte

Justicia Federal de Resistencia declaró crimen de lesa humanidad el caso Tereszecuk

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Reconocen como delito de lesa humanidad el asesinato del militante misionero Carlos Tereszecuk durante la dictadura

La Justicia Federal de Resistencia declaró crimen de lesa humanidad el secuestro, tortura y homicidio de Carlos Enrique Tereszecuk, ocurrido en noviembre de 1976. El fallo, enmarcado en el Derecho a la Verdad, reconstruye los hechos como parte del plan sistemático de desapariciones conocido como los “Vuelos de la Muerte” en el río Paraná.

Un fallo histórico: la verdad como reparación y memoria colectiva

La jueza federal N° 1 de Resistencia, Zunilda Niremperger, emitió una sentencia sin imputados que reconoce como crimen de lesa humanidad el secuestro y asesinato de Carlos Enrique Tereszecuk, militante misionero detenido ilegalmente a comienzos de noviembre de 1976 por razones políticas.

La resolución, dictada en el marco del Derecho a la Verdad, concluye que el caso de Tereszecuk forma parte de los denominados Vuelos de la Muerte perpetrados en el río Paraná, una práctica sistemática del terrorismo de Estado para desaparecer personas durante la última dictadura militar.

Según el fallo, los cuerpos eran arrojados al río “desnudos, con manos y pies atados con alambres, impactos de bala en el pecho o el cráneo, las yemas de los dedos cortadas para impedir su identificación y cortes abdominales para evitar que flotaran”.

La sentencia fue celebrada por los familiares del militante, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), la Fiscalía Federal, la Secretaría de Derechos Humanos del Chaco y abogados querellantes. La audiencia, realizada de forma virtual, fue seguida también en distintos espacios de memoria, entre ellos la Casa por la Memoria de Resistencia, el Espacio por la Memoria del ex Regimiento 9 de Corrientes y el Aula Magna de la Facultad de Humanidades de Posadas.

La justicia ante la impunidad biológica: los límites del proceso penal

La sentencia se enmarca en un contexto judicial complejo: la muerte de los principales responsables de la Jefatura de Policía del Chaco en 1976 —los comisarios Carlos Thomas, Wenceslao Ceniquel y Lucio Humberto Caballero— impidió el avance de causas penales con imputados vivos.

Frente a esta imposibilidad material de juzgar, la magistrada acogió el reclamo de los familiares en el marco del derecho a la verdad, reconociendo su condición de víctimas y estableciendo que la reconstrucción de los hechos constituye una forma de reparación simbólica y memoria institucional.

La Fiscalía Federal acompañó el planteo con base en la doctrina y jurisprudencia nacional e internacional, recordando los antecedentes de los Juicios por la Verdad desarrollados en la década de 1990 y el precedente Martinelli, que consagró el derecho de las víctimas y la sociedad a conocer la verdad sobre los crímenes del terrorismo de Estado, aun sin posibilidad de sanción penal.

“El derecho a la verdad es una obligación del Estado y una deuda con las víctimas y la memoria colectiva”, sostuvo el dictamen fiscal. Destacando que estas resoluciones fortalecen el proceso de justicia transicional en la Argentina.

Reconstrucción del caso: de Posadas al Paraná

De acuerdo con la investigación judicial, Carlos Tereszecuk fue secuestrado a comienzos de noviembre de 1976 y trasladado a la Jefatura de Policía de Resistencia. Uno de los centros clandestinos de detención bajo control conjunto de la Policía del Chaco y el Ejército Argentino.

Testimonios coincidentes indican que fue sometido a torturas sistemáticas y que se encontraba en condiciones de extrema debilidad. Un ex detenido relató que fue obligado a bañarlo por orden de sus captores, ya que el joven militante no podía mantenerse en pie.

Días después, fue asesinado y su cuerpo arrojado al río Paraná. El 15 de noviembre de 1976 su cuerpo apareció en la costa de Empedrado, Corrientes, a unos 70 kilómetros río abajo de la capital chaqueña. Sepultado como NN, fue identificado recién en 2018 por el Equipo Argentino de Antropología Forense. En el marco de las tareas de restitución e identificación de víctimas de la dictadura.

La sentencia determinó que el secuestro, las torturas y el homicidio fueron parte de una persecución política “planificada y ejecutada por el aparato estatal. Con el fin de eliminar a quienes eran considerados opositores al régimen”, enmarcando el caso dentro de los crímenes de lesa humanidad imprescriptibles.

Perfil del militante: compromiso político y social

Carlos Enrique Tereszecuk nació en Posadas, Misiones, en 1952. Inició estudios para sacerdote en el Seminario de Fátima de Córdoba, pero los abandonó para dedicarse a la militancia social y política.

Fue vicepresidente del Centro de Estudiantes de la Escuela de Servicio Social de la Universidad Nacional de Misiones en 1974. Y participó activamente de la campaña electoral del Partido Auténtico Peronista en 1975. Donde se desempeñó como secretario de los diputados provinciales electos Juan Figueredo y Pablo Fernández Long.

Desde esa función, articuló con gremios, colonos, tareferos y trabajadoras de casas particulares, promoviendo proyectos de ley para la protección de sus derechos laborales.

En 1975, un intento de secuestro dentro de la Cámara de Diputados lo obligó a pasar a la clandestinidad. Se refugió en Corrientes en 1976, donde finalmente fue detenido y trasladado al centro clandestino de la Jefatura de Policía del Chaco.

Tras el retorno democrático, su hermano Norberto Tereszecuk presentó la denuncia ante la CONADEP y el Juzgado Federal de Resistencia. Impulsando una búsqueda que culminó casi cinco décadas después con el reconocimiento judicial de su asesinato como crimen de lesa humanidad.

Memoria activa: la verdad como política de Estado

El fallo reafirma la vigencia de las políticas de memoria, verdad y justicia como pilares institucionales del Estado argentino. En un contexto de avance de discursos negacionistas, la sentencia representa un acto de reafirmación jurídica y moral frente al terrorismo de Estado.

Además, la decisión contribuye a documentar los Vuelos de la Muerte en el Litoral, un circuito represivo menos visibilizado que el del Río de la Plata. Pero igualmente sistemático, con epicentro en Resistencia, Corrientes y Posadas.

La declaración judicial del caso Tereszecuk como crimen de lesa humanidad se inscribe en la línea de precedentes que sostienen que el Derecho a la Verdad es imprescriptible. Y constituye una obligación internacional del Estado argentino en materia de derechos humanos.

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Investigación vincula la presencia en Sudáfrica de represores argentinos con los vuelos de la muerte

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Cuatro represores de la última dictadura cívico militar, entre ellos los exmarinos Jorge “Tigre” Acosta y Alfredo Astiz, que cumplen distintas penas de prisión por delitos de lesa humanidad cometidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), viajaron en secreto a fines de la década del ’70 a Sudáfrica para colaborar con las autoridades de la Armada de ese país, fuerza que en coincidencia con aquellas presencias comenzó a implementar los denominados “vuelos de la muerte” como forma de exterminio de opositores.

Así surgió de una investigación periodística llevada a cabo durante varios años por Miriam Lewin, quien desde 2020 se desempeña al frente de la Defensoría del Público de Argentina, ​y Facundo Fernández Barrio, publicada hoy por la revista digital Anfibia, de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam).

“Los días más felices de los represores”, tal es el título de la investigación llevada a cabo por Lewin y Fernández Barrio, destacó que a fines de los años 70 “la Armada Argentina ordenó el traslado de Acosta, Astiz y otros dos represores de la ESMA a Sudáfrica para esconderlos en medio de las denuncias internacionales por sus crímenes” durante la última dictadura argentina.

“Amparados por una alianza militar entre ambos países, los marinos se reciclaron al otro lado del océano hasta que la prensa los descubrió”, resaltó Anfibia.

La investigación rescató, además, una frase pronunciada años después por Astiz: “En Sudáfrica pasé los días más felices de mi vida”, admitió el exmarino, a quien en 2022 la Justicia argentina le negó el beneficio de acceder a la libertad condicional tras aludir a la gravedad de los delitos y las condenas impartidas al represor.

La nota recordó que en aquel momento Sudáfrica era un país gobernado por un régimen de segregación racial que mantenía una relación militar estratégica con la dictadura argentina.

Los crímenes cometidos contra la población negra aislaron a Sudáfrica en los foros internacionales, por lo que el régimen se acercó a las dictaduras de Sudamérica “en busca de aliados occidentales identificados con la causa anticomunista y sin pruritos sobre los derechos humanos”.

También las Fuerzas Armadas argentinas cortejaron a Sudáfrica, en especial a través de la Armada, impulsora de un proyecto para crear la “Organización del Tratado del Atlántico Sur (OTAS)”, una alianza hemisférica análoga a la OTAN de Estados Unidos y Europa.

“En Argentina, el almirante Massera es el gran promotor de la OTAS. Hacia 1979, el proyecto promete cooperación, camaradería y negocios por varios años entre la Armada argentina y la sudafricana”, afirmó la investigación.

Según la publicación de Anfibia, entre mayo y junio de 1979 varios decretos confidenciales de la dictadura designaron en distintos puestos afuera del país “a la mayoría de los marinos que operaron en la ESMA”.

La decisión “responde a una decisión política de la Armada, que necesita bajarle el perfil a su mayor centro clandestino. Es probable que (el entonces jefe de la Armada, Emilio Eduardo) Massera sea partícipe de la decisión, y es seguro que la decisión le conviene: preservar a sus hombres más comprometidos es preservarse a sí mismo”, indicó el texto.

Además de Acosta y Astiz, también fueron enviados a Sudáfrica el excontralmirante Rubén Chamorro, director de la ESMA, “oficial muy cercano a Massera, por encima de Acosta en la estructura represiva”, y el exjefe de operaciones del grupo de tareas de la Escuela de Mecánica, Jorge Perren.

Algunos de los nombramientos de estos represores figuraron como traslados a Estados Unidos, Inglaterra y España, pero el destino final será Sudáfrica.

Según la investigación periodística, Chamorro y Astiz viajaron rumbo a Sudáfrica en los primeros días de junio de 1979 y se alojaron en las oficinas que la Armada poseía en Sudáfrica. En ambos casos gozaron “de inmunidad diplomática, ganan mucho dinero, asisten a cócteles y eventos”.

Antes de llegar a Sudáfrica, Acosta y Perren viajaron en octubre del ’79 a Madrid para participar en “un supuesto curso de entrenamiento en la Escuela de Guerra Naval española”. Ambos fueron descubiertos por el diario El País, que publicó que oficiales de la Armada argentina, “responsables de centenares de secuestros y asesinatos”, cumplían “misiones de inteligencia y usando como cobertura supuestos cursos navales o cargos en la agregaduría militar”.

Casi en simultáneo, una inspección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), había puesto su foco en al accionar represivo en la ESMA.

Tras su paso por Madrid, Acosta y Perren llegaron a Sudáfrica para participar en un curso de comando naval en la Escuela de Estado Mayor de la Armada de Sudáfrica, conocida por su nombre en inglés South African Naval Staff College, donde marinos sudafricanos recibían instrucción en estrategia y liderazgo para acceder a puestos de mando.

Anfibia recogió para la investigación, entre otros, el testimonio del contralmirante retirado sudafricano André Rudman, que se había desempeñado como director de la SA Naval Staff College en 1980. Allí supervisó y calificó a Acosta y Perren como cursantes en la Escuela, los consideró “muy buenos amigos” y llamó “caballeros”. Rudman también dijo que por aquellos años conoció a Chamorro en Sudáfrica.

El texto periodístico destacó que con motivo de la llamada “Guerra de la Frontera”, en la que Sudáfrica buscaba “frenar el avance prosoviético en el sur de África, donde países como Angola, Mozambique y Zimbabue acaban de independizarse de las potencias europeas” y eran “gobernados por movimientos negros y socialistas”, las fuerzas armadas sudafricanas implementaron “un nuevo método para eliminar a prisioneros de grupos disidentes: los vuelos de la muerte”, el método de exterminio utilizado por la dictadura militar argentina.

Lo hacía para eliminar a militantes de organizaciones negras revolucionarias que han caído en manos de las tropas del apartheid y que son arrojados a las aguas del Atlántico Sur desde aviones, en vuelos clandestinos que Sudáfrica opera desde las costas de Namibia.

Quien estuvo a cargo del primer vuelo de la muerte, reportado el 12 de julio de 1979, fue el coronel Johan Theron, quien décadas después admitiría en un juicio que “repitió cientos de veces la operación y que a las víctimas les inyectaban una sobredosis de tranquilizante antes de cargarlas en los aviones: una mecánica de aniquilamiento idéntica a la que se había usado en la ESMA”.

Theron vivía en aquel momento en la ciudad de Pretoria, la misma en la que habitaban Chamorro y Astiz.

“Por ahora no se conocen pruebas documentales o testimoniales de que los oficiales de la ESMA hayan transmitido su expertise en vuelos de la muerte a los militares sudafricanos. Es el tipo de cosa de la que nadie deja registro. En la hipótesis más conservadora, sería apenas una coincidencia de calendario que, en el momento exacto de la llegada del grupo de tareas de la ESMA a Sudáfrica, las fuerzas armadas sudafricanas empezaran a arrojar prisioneros desde aviones”, expresó la investigación de Anfibia.

Astiz, Acosta y Perren abandonaron Sudáfrica a comienzos de 1982 tras ser descubiertos por la prensa local. Sólo Chamorro siguió viviendo en el país africano hasta febrero de 1984. Al arribar a la Argentina, fue detenido por disposición del Consejo Supremo. Se convirtió en el primer militar arrestado por los crímenes de la ESMA, aunque murió dos años después.

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