Día: 11 mayo, 2026

Una familia tipo necesitó más de $2.300.000 para ser de clase media en la Ciudad de Buenos Aires

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Tras publicar el dato de inflación porteña de abril pasado, un 2,5% que llevó a la inflación interanual en la Ciudad de Buenos Aires al 32,4%, el Instituto de Estadísticas y Censos de CABA (Idecba) dio a conocer su informe de “Líneas de pobreza y Canastas de consumo para la Ciudad de Buenos Aires”, que permite conocer detalles de la estratificación social en el distrito. El dato, mostró que una familia tipo necesitó más de $2.300.000 al mes para alcanzar un nivel de ingreso compatible con la clase media.

Así, para una pareja de 35 años, ambos activos laboralmente y dueños de su vivienda, con dos hijos varones de 9 y 6 años, el ingreso familiar mínimo para pertenecer a la clase media en la Ciudad de Buenos Aires es de $2.384.515 por mes. Ese es el piso que fijó para abril de 2026 el Idecba, dependiente de la Jefatura de Gabinete de Ministros del Gobierno de la Ciudad, en su informe mensual sobre líneas de pobreza y canastas de consumo.

El dato surge de multiplicar por 1,25 la Canasta Total (CT), que en abril alcanzó $1.907.612 para ese grupo familiar. Esa operación, establecida en la metodología que el IDECBA diseñó en 2008, define el umbral inferior del estrato denominado “sector medio – clase media”. El techo del mismo estrato equivale a cuatro veces la CT, es decir, $7.630.448. Por encima de ese valor, el hogar pasa a clasificarse dentro de los sectores acomodados.

Entre ambos extremos se extiende una escala de seis estratos que va desde la indigencia hasta los sectores de mayores ingresos. Un hogar de esas características cae en situación de indigencia si sus ingresos no superan los $821.208 mensuales —el valor de la Canasta Básica Alimentaria (CBA), que define la línea de indigencia—. Si supera ese piso pero no llega a $1.513.033, se ubica en situación de pobreza no indigente, ya que ese segundo umbral corresponde a la Canasta Básica Total (CBT), o línea de pobreza. Entre $1.513.033 y $1.907.612 se sitúan los llamados no pobres vulnerables, y entre $1.907.612 y $2.384.515 se encuentra el sector medio frágil.

La variación interanual del piso de clase media para ese grupo familiar fue de 29,6%: en abril de 2025, el umbral mínimo era de $1.840.530. Esa suba queda por debajo de la inflación que registró la Ciudad de Buenos Aires en los últimos doce meses, que acumula 32,4%. La diferencia implica que, en términos reales, ese umbral se abarató: para ser de clase media en la Ciudad se requiere hoy relativamente menos poder adquisitivo que hace un año.

El informe del IDECBA también permite comparar ese piso entre distintas composiciones de hogar. La metodología no habla de situaciones genéricas sino que construye perfiles concretos para hacer los cálculos. Para una pareja de adultos mayores, ambos económicamente inactivos y propietarios de su vivienda, el ingreso mínimo para alcanzar la clase media es de $1.241.518. Para un adulto varón solo de 25 años, propietario y activo laboralmente, el piso baja a $860.770.

Una pareja joven de 25 años, ambos activos y propietarios, necesita al menos $1.398.976 para ubicarse en ese estrato. Ese mismo perfil de pareja, pero sin vivienda propia —es decir, con el costo del alquiler incorporado a la canasta—, requiere $1.765.950 para acceder a la clase media. La diferencia entre ambos casos, de $366.974, refleja el peso que tiene el alquiler sobre el presupuesto familiar en la Ciudad.

La CT, que es la base del cálculo del umbral de clase media, incluye tanto los bienes alimentarios como el resto de los bienes y servicios que el IDECBA considera compatibles con el estándar de vida de la población porteña. Desde marzo de 2022, esa canasta —al igual que las líneas de indigencia y pobreza— se valoriza con el índice de Precios al Consumidor de la Ciudad de Buenos Aires (IPCBA), con base en el año 2021. El informe correspondiente a abril de 2026 tuvo fecha de publicación el 11 de mayo de 2026.

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Historias de pioneros: así se fue haciendo la sociedad misionera

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En Misiones, la historia suele llegar ordenada. Limpia. Con causas precisas y fechas exactas. Pero no siempre alcanza.

Hay otra capa —menos visible, más persistente— que no se fija en actas ni en archivos. Circula en la voz de quienes estuvieron cerca, en la memoria de las familias, en relatos que no buscan exactitud sino sentido.

Algo de eso ocurre con ciertas muertes que el tiempo dejó cerradas en una línea, pero que en los pueblos siguieron abiertas durante décadas.

El caso de José Gola, protagonista de Prisioneros de la tierra, filmada en Misiones en 1939, pertenece a ese borde. La versión más difundida señala que enfermó durante el rodaje, fue trasladado y falleció en Buenos Aires. Así quedó escrito.

Hasta ahí, el documento.

Pero en la región persiste otra narración. Más áspera. Más cercana a la lógica de aquellos años. Una que sitúa su final en San Ignacio, en un episodio violento, de esos que no siempre encontraban registro, pero sí testigos.

No corresponde afirmar una cosa en lugar de la otra.

Pero tampoco conviene ignorar lo que se transmitió durante generaciones.

En 1939, Santiago Manuel Ortega —boticario, recién llegado a la región— aún no tenía farmacia propia. Había bajado del tren, como tantos otros, y comenzaba a abrirse camino como ayudante en la farmacia de la familia Negrette, en Corpus. Era un territorio en formación, anterior a la provincia, donde los pueblos todavía buscaban su lugar.

Desde ese mostrador, entre frascos y fórmulas, se escuchaban historias antes de que se escribieran. Se atendían heridas antes de que se explicaran. Se conocían versiones que, muchas veces, no iban a figurar en ningún papel.

Esa posición no lo convierte en dueño de una verdad. Pero sí lo ubica en una geografía particular: la de quienes vivían los hechos sin mediación, en un tiempo en el que la distancia y la falta de registro hacían que la memoria fuera, muchas veces, la única forma de conservar lo ocurrido.

Quizá esa sea la hipótesis que los nietos y bisnietos de pioneros pueden aportar: no una corrección de la historia, sino una ampliación de su alcance.

Porque en Misiones, durante buena parte del siglo pasado, la historia no siempre pasó primero por el archivo. Pasó por la botica, por el almacén, por la estación, por la mesa familiar.

Y allí quedó.

A veces imprecisa.
A veces exagerada.
A veces, sorprendentemente fiel.

Así se fue haciendo la sociedad misionera.

Con documentos, sí.
Pero también con relatos.

Con hombres que llegaron sin saber si se quedaban y terminaron echando raíces. Con oficios que precedieron a las instituciones. Con vidas que transcurrieron en un territorio donde lo escrito no siempre alcanzaba para explicar lo vivido.

La historia fija.

La memoria, en cambio, insiste.

Y entre ambas —en ese espacio donde conviven lo que se escribe y lo que se sabe— se reconoce, todavía hoy, el pulso de una provincia que no solo se construyó: se fue contando a sí misma.

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El salto cuantitativo: cuando la política decide encontrarse

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Hay momentos en los que la política deja de ser una secuencia de hechos para convertirse en una señal. No siempre visible, no siempre explícita, pero perceptible en su dirección. Misiones parece atravesar uno de esos momentos.

Lo que se ensaya no es una ruptura ni una continuidad lineal. Es otra cosa: un desplazamiento. Una forma de revisar lo construido sin negarlo, de ampliar sin desbordar, de incorporar sin perder forma.

En ese movimiento, el concepto de “encuentro” adquiere una densidad poco frecuente. No como palabra amable, sino como hipótesis de trabajo.

Durante mucho tiempo, el poder se pensó como un gesto decisivo. Resolver, cortar, avanzar. El viejo relato del Nudo gordiano sigue operando como metáfora de esa lógica: frente a la complejidad, una acción rápida que ordena.

Pero hay otra tradición, menos espectacular y más persistente. Aquella que entiende que lo que perdura no es lo que se impone con mayor velocidad, sino lo que logra adaptarse. En esa línea, la resonancia con el pensamiento de Charles Darwin no es caprichosa. La evolución no elimina el conflicto: lo incorpora, lo transforma, lo vuelve parte del proceso.

Entre esas dos miradas —la del corte y la de la transformación— se ubica hoy una tensión que no es retórica.

Es política.

Pensar en términos de encuentro implica algo más exigente que sumar voluntades. Supone aceptar que las ideas circulan, que las diferencias existen, que las estructuras, si pretenden sostenerse, deben permitir cierto grado de apertura sin perder conducción.

No es una tarea sencilla.

Toda organización, cuando madura, corre el riesgo de volverse autorreferencial. Y toda apertura, por definición, introduce incertidumbre. Allí reside, quizás, uno de los puntos más delicados de este momento: abrir sin diluir, integrar sin perder rumbo.

En ese marco, la apelación a la gente como núcleo del poder no resulta novedosa. Lo desafiante es sostenerla en la práctica. Traducirla en participación real, en construcción de sentido, en capacidad de escucha.

Porque no alcanza con convocar.

Hace falta que ese encuentro ocurra.

A la vez, aparece otra dimensión que no siempre es explicitada: la identidad. No como consigna, sino como anclaje. Cuando el lenguaje político se vuelve abstracto, cuando las palabras se repiten sin vínculo con la experiencia concreta, pierden espesor.

Y una política sin territorio es, en el mejor de los casos, incompleta.

Representar exige conocer.
Y conocer implica haber transitado.

Misiones, en ese sentido, no es solo un escenario. Es una condición. Un territorio donde todavía es posible pensar en términos de cercanía, de vínculo, de escala humana. Donde el encuentro no es una abstracción, sino una posibilidad concreta.

No es un dato menor.

Porque no hay comunidad en la intemperie.
No hay construcción colectiva sin un lugar que la sostenga.

Entre la tentación de resolver de un tajo y la necesidad de procesar lo complejo, la política ensaya un movimiento que, por ahora, se define más por su dirección que por sus resultados.

Se abre.
Se expone.
Se pone a prueba.

No es un gesto definitivo.

Es, en todo caso, un punto de partida.

Y como todo punto de partida, su verdadero valor no estará en lo que promete, sino en lo que logre sostener en el tiempo.

Porque, al final, la política —como toda forma de organización humana— no se mide por la fuerza de sus palabras, sino por la capacidad de transformarse sin dejar de reconocerse.

Y en ese tránsito, silencioso pero decisivo, es donde se juega su destino.

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El Banco Central compró 136 millones de dólares y suma más de USD 7.600 millones en 2026

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El Banco Central de la República Argentina (BCRA) encadenó 84 días consecutivos con resultados positivos en sus intervenciones en el mercado cambiario, gracias a acuerdos y operaciones tanto con actores privados como con entes públicos. Este lunes, la autoridad monetaria incorporó USD 136 millones, la cifra más alta de mayo, y llevó el total de compras a más de USD 7.600 millones en 2026.

Desde el inicio del nuevo esquema monetario en enero, el BCRA sumó 7.621 millones de dólares. Abril fue el mes con mayor volumen de compras, alcanzando 2.769 millones de dólares. En las últimas dos jornadas hábiles, la entidad aceleró las compras, ya que en las primera semana de mayo había adquirido divisas a un ritmo más lento y menor a los USD 100 millones diarios.

Fuentes del Ministerio de Economía subrayaron que aún no se registró el ingreso masivo de divisas del sector agrícola por la cosecha gruesa, lo que incrementaría la oferta en el Mercado Libre de Cambios (MLC) en el corto plazo y ampliaría el margen de absorción para el BCRA.

El avance hacia el objetivo anual de compras se ubica en 76,21 por ciento. No obstante, los pagos de deuda del Tesoro efectuados con dólares adquiridos al propio Central moderaron el crecimiento neto de las reservas en el primer trimestre.

Para sostener el ritmo de adquisiciones, el BCRA emitió pesos, pero optó por no esterilizar, mientras que el Tesoro recurrió a licitaciones de deuda en moneda local para absorber liquidez y evitar presiones sobre el tipo de cambio y la inflación.

Las proyecciones oficiales para 2026 sitúan el saldo neto de compras entre USD 10.000 y USD 17.000 millones, dependiendo del flujo de divisas y la demanda interna de moneda nacional. El titular del BCRA, Santiago Bausili, señaló que estos factores serán determinantes para el balance final del año.

La liquidación de la cosecha gruesa promete aportar una cantidad significativa de dólares, lo que fortalecerá la acumulación de reservas. Además, la colocación de deuda corporativa en el exterior podría inyectar más de USD 3.200 millones en los próximos meses, reforzando la capacidad de intervención y la estabilidad cambiaria.

Al cierre de la última jornada, las reservas internacionales alcanzaron USD 46.143 millones, con un aumento diario de USD 87 millones atribuido a la compra de divisas, que superó a los egresos brutos de las arcas de la entidad monetaria.

El punto más alto de reservas en la gestión actual se registró en febrero, con USD 46.905 millones, nivel que no se alcanzaba desde 2018. La disminución posterior respondió a pagos de deuda externa y a la inestabilidad en los mercados, factores que impactaron en el valor de activos como el oro y los bonos públicos.

El dólar consolida la baja

Durante una sesión mayorista con un volumen moderado de USD 357,8 millones en operaciones al contado, la presión de la oferta provocó una disminución en el valor del dólar, que cayó 6,50 pesos, equivalente a 0,5%, y se ubicó en 1.391,50 pesos.

En lo que va de mayo, el tipo de cambio oficial muestra una variación casi nula, con una suba de apenas 50 centavos, y mantiene una baja de 4,4% en el acumulado de 2026.

En ese contexto, el Banco Central fijó un techo para la banda cambiaria en 1.723,55 pesos, dejando al dólar mayorista a 322,05 pesos, o 23,9% por debajo de ese límite. Esta diferencia representa la brecha más amplia desde el 26 de mayo de 2025, cuando alcanzaba el 24,7%.

El dólar minorista acompañó el movimiento del segmento mayorista y retrocedió cinco pesos, o 0,4%, para quedar en 1.415 pesos para la venta en el Banco Nación. Por su parte, el dólar blue avanzó cinco pesos y se situó en 1.405 pesos.

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Passalacqua anunció la prórroga del programa de refinanciación de deudas con el Banco macro

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El gobernador Hugo Passalacqua comunicó, en sus redes sociales, que “en conjunto con el Banco Macro prorrogamos hasta el 31 de mayo el programa de refinanciación de deudas con tarjetas de crédito y/o préstamos personales con tasa bonificada de aquellos trabajadores públicos provinciales y municipales, jubilados pensionados y retirados provinciales que tengan deuda con más de 31 días de mora al 30 de abril”.

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