La importación de carne porcina creció 165% y pone en jaque a un sector clave del agro

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La economía argentina inició 2026 con una tensión creciente entre la producción agroindustrial local y el avance de la mercadería importada. En ese contexto, la cadena porcina enfrenta uno de sus momentos más delicados: las importaciones de carne de cerdo crecieron un 165% interanual, un salto que amenaza con quebrar el equilibrio de un sector que había logrado consolidarse como uno de los más dinámicos del agro.

El problema no es únicamente coyuntural. A la presión de costos internos —que crecen muy por encima de los precios de venta— se suma un ingreso masivo de producto extranjero, principalmente desde Brasil, que fija un techo artificial en el mercado doméstico y erosiona la rentabilidad de las granjas locales.

Un golpe que también alcanza a Misiones

El impacto no se limita a las grandes provincias productoras del centro del país. Misiones, que participa del entramado porcino a través de la COFRA (Cooperativa Frigorífica de Leandro N. Alem), también se ve afectada por este escenario. La cooperativa misionera integra producción primaria, faena y agregado de valor, y depende de un mercado interno estable para sostener empleo, inversiones y encadenamientos regionales.

La pérdida de competitividad del cerdo nacional pone en riesgo ese esquema federal, donde la producción porcina cumple un rol estratégico para la diversificación agroindustrial y la generación de trabajo en economías regionales.

Durante 2025, la Argentina importó 53.000 toneladas de carne porcina, en su mayoría provenientes de Brasil. El salto es significativo: son 33.000 toneladas más que en 2024 y más del doble del promedio histórico de 24.000 toneladas anuales que se mantenía relativamente estable desde 2012.

Para los productores, este aluvión importador llega en el peor momento posible, cuando los márgenes ya están severamente comprometidos por la suba de insumos y la presión fiscal.

El “efecto tijera”: costos récord y precios atrasados

Desde la Federación Porcina Argentina advierten que el sector atraviesa un clásico “efecto tijera”. En el primer tramo de 2026, el precio del cerdo en pie subió apenas 12% interanual, mientras que la inflación acumuló 31,5%.

En paralelo, los principales costos del negocio se dispararon:

  • Maíz: +40%
  • Soja: +70%
  • Tipo de cambio oficial: +40%

Históricamente, el precio interno encontraba su límite en la capacidad de consumo local. Hoy, ese límite lo impone la carne importada, configurando —según el sector— una competencia desigual que desarticula la formación de precios.

La bondiola, de motor de rentabilidad a señal de alarma

Un punto crítico es la bondiola, tradicionalmente el corte que equilibraba la ecuación económica del cerdo. De acuerdo con análisis sectoriales, este producto permitía compensar el bajo valor de otros cortes y sostener la rentabilidad de la media res.

Ese esquema se quebró. Actualmente, la bondiola importada representa cerca del 50% del volumen comercializado en el país. Además, productores denuncian que parte de esa mercadería ingresa congelada desde Brasil y luego es descongelada para venderse como “fresca” en góndola, presionando aún más los precios locales.

Mientras los importadores obtienen márgenes elevados por contenedor, el productor nacional enfrenta dificultades para rotar stock sin recurrir a promociones que terminan de licuar la rentabilidad.

Desde la Federación Porcina insisten en que la salida no pasa por subsidios, sino por corregir distorsiones estructurales. Entre los reclamos centrales figuran:

  • La puesta en vigencia del Protocolo con China, pendiente desde hace más de dos años, que permitiría exportar subproductos (patitas, cabezas, menudencias) con alto valor en Asia y hoy considerados descarte en el mercado local.
  • La derogación de la resolución de 2011 que autoriza la Ractopamina, un promotor de crecimiento prohibido de hecho en la producción argentina, pero que facilita el ingreso de carne importada producida con ese aditivo.

Ambas medidas permitirían valorizar el animal completo, mejorar la competitividad y generar divisas genuinas.

El contexto actual también impacta en las decisiones de inversión. Los productores acumulan saldos técnicos de IVA de inversiones que no pueden recuperar, enfrentan un acceso limitado al crédito y operan con reglas que cambian con frecuencia.

La producción porcina requiere horizontes de 5 a 10 años para amortizar instalaciones de alta tecnología. Hoy, esa previsibilidad está ausente, incluso en proyectos cooperativos y regionales como los que se desarrollan en Misiones.

El diagnóstico del sector es claro: la cadena porcina argentina es eficiente y moderna, pero está siendo asfixiada por una apertura comercial desordenada, que prioriza el negocio financiero del importador por sobre el desarrollo productivo federal y el agregado de valor en origen.

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