A 50 años del golpe: Juan Carlos Berent y la memoria rural que resiste
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A medio siglo del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la memoria vuelve a cobrar densidad en las voces que sobrevivieron. En Misiones, la dictadura no solo disciplinó a la militancia urbana: también avanzó sobre el mundo rural organizado, allí donde empezaba a gestarse algo más que un reclamo económico. Juan Carlos Berent, uno de los fundadores del Movimiento Agrario Misionero, reconstruye ese tiempo desde una experiencia que mezcla militancia, persecución y una lectura política que aún hoy incomoda.
“Nosotros en ese tiempo estábamos en plena lucha por precio justo, un montón de reivindicaciones que teníamos los agricultores”, recuerda. El golpe, dice, no fue una sorpresa, sino una confirmación de un clima que ya venía enrareciéndose: “El golpe no nos tomó de sorpresa, porque la situación política ya estaba muy complicada”.
En ese contexto, Berent introduce una distinción que resulta clave para entender la lógica represiva: la dictadura no atacó de manera homogénea al movimiento agrario, sino que focalizó en su ala más politizada. “No fue al movimiento agrario en general. Fue a las Ligas Agrarias”, explica. Allí, sostiene, ya no se discutía únicamente el precio de la producción, sino el fondo del problema: “Ya no estábamos solo con la cuestión reivindicativa… estábamos buscando generar conciencia de quién manejaba la cuestión”.
Ese salto -de la demanda sectorial a la conciencia política- fue, según su mirada, lo que desató la represión. “Se estaba creando conciencia de clase… entonces ahí había que golpear”, afirma. Y el golpe fue directo, quirúrgico y brutal: “Todos los delegados de las Ligas Agrarias fueron detenidos… todos los miembros de la Comisión Central”.
Los nombres aparecen como marcas indelebles de esa violencia: “Pedro Peczak fue asesinado, Anselmo Hillebrand fue asesinado, Valdimiro Hillebrand está desaparecido, Estela Ordaz está desaparecida”. La lista, como en tantos otros relatos de la época, no es solo un registro: es una herida abierta.
La experiencia personal de Berent se inscribe en esa misma lógica. Su testimonio reconstruye con crudeza la maquinaria represiva: “Yo fui torturado… me sacaban de la cárcel y me llevaban a la Dirección de Informaciones y me torturaban todas las noches durante ocho días”. La escena se repite con una precisión casi clínica: “Querían que firme una declaración sin leer. Yo no firmé”.
El relato avanza sin eufemismos: “Me golpeaban, me picaneaban en los testículos, en el pene, en la raíz de los dientes… golpes en la cabeza”. Y, sin embargo, hay una línea que no se cruza: “No dije lo que no quería decir”.
Pero el impacto de la dictadura no se mide solo en los cuerpos. También se mide en los proyectos que se truncaron. “Para mí era la destrucción del ideal que teníamos”, resume. Ese ideal tenía una raíz concreta: “Soñábamos con el hombre nuevo, con organizar la familia, con vivir en paz, con justicia… y eso se derrumbó todo”.
La represión, además, no distinguió vínculos. “Fui detenido yo, mi papá, mi hermano, un sobrino… a mi mamá la aislaron totalmente”, cuenta. La lógica era expansiva: castigar no solo al militante, sino a su entorno. “Mi esposa estuvo siete años presa, yo cuatro años y siete meses”, agrega, en una frase que condensa una tragedia familiar que fue también colectiva.
En ese entramado, Berent rescata un elemento muchas veces relegado: el rol de las mujeres. “Las mujeres fueron delegadas, miembros de comisión central, muy combativas”, señala. Y describe una escena que sintetiza un cambio cultural profundo: “Empezaban leyendo un papelito y después lo tiraban y decían lo que sentían”. Su propia esposa, dice, fue parte de ese proceso: “Fue una militante permanente… nunca abandonó la lucha”.
Cincuenta años después, el relato se desplaza hacia el presente. Berent evita equivalencias simplistas, pero advierte sobre transformaciones estructurales que redefinieron al sector. “Antes los pequeños y medianos productores manejábamos el 70% de la producción… ahora se dio vuelta”, explica.
Ese cambio impacta directamente en la capacidad de acción colectiva. “Hoy no podés hacer un paro porque la industria sigue trabajando con su producto”, señala, marcando un contraste con aquella época en la que la organización podía condicionar el funcionamiento del sistema.
El diagnóstico actual es, en ese sentido, más silencioso pero no menos inquietante: “Estamos desorganizados… ya no tenemos ganas de ir a una concentración”. Y profundiza: “Ellos mismos crean la desidia porque no quieren la organización”.
La diferencia con el pasado, insiste, no es solo económica, sino política: “Antes teníamos un gobierno relativamente sensible y podías ir a plantear. Ahora no tenés a quién recurrir”.
Sin embargo, incluso en ese contexto, su mirada no se cierra en la resignación. Hay una persistencia que atraviesa todo el relato, una convicción que se sostiene en la historia: “Yo tengo esperanza de que el pueblo se organice”. Y completa: “Al peronismo lo quisieron destruir muchas veces y volvió”.
En la voz de Berent, los 50 años del golpe no son solo una fecha conmemorativa. Son una línea de continuidad. Un recordatorio de que las tensiones entre organización, poder y producción siguen vigentes. Y de que, en el fondo, la historia del campo misionero todavía está en disputa.
