Camilo Furlan

Si alguna vez viste un árbol cuadrado, no necesitas leer esto

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Casas cuadradas, barrios a cuadrículas. Ciudades en escuadra perfecta, matemáticas complejas aplicadas al diseño y la disposición del hábitat humano. Creo estúpido dudar acerca de la salubridad e implicancias de esta metodología. Quizás las líneas rectas nos hayan servido, a lo largo de milenios para enmarcar nuestra “superioridad” al resto de las especies, barbáricas e imperfectas. Quizás una variación en nuestro ADN nos convenció de que las líneas rectas representaban la perfección en algún sentido, pero nada más lejos de la verdad.

La eficientización de los métodos de construcción a lo largo de la historia fue obvia y enormemente afectada por el contexto sociocultural de turno, pero mayormente se vería trastocado por el contexto climático del lugar y la disponibilidad de los recursos en lo circundante. Mas adelante, la industrialización del basto mundo de la arquitectura provocaría que esta se aleje aún mas del mínimo de sustentabilidad que aún acarreaba, conllevando a que la prioridad tienda a ser la funcionalidad y durabilidad del producto en función de abaratar costos de elaboración y engrandecer los bolsillos del empresario.

Al día de hoy, la industria de la construcción utiliza no menos del cuarenta por ciento de los recursos naturales a nivel global, sin contar con el transporte de los mismos, que representa un número significativo en torno a las emisiones de gases de efecto invernadero. Por los motivos antes mencionados, se hace también muy obvio que esta manera de relacionarnos con los recursos naturales en función de nuestros queridos hogares, no tiene un futuro muy promisorio. De una manera u otra, nuestra generación o la siguiente va a tener que afrontar las consecuencias de la escasez de recursos que hoy forman parte estructural de nuestra cotidianeidad. Por ello, hoy es prioridad encontrar soluciones fiables que encaminen a la industria hacia un futuro integro para todos, teniendo en cuenta algo tan sencillo que pareciera imposible de ignorar. A modo de ejemplo, si yo fuera el dueño de una empresa dedicada a la elaboración de vehículos automotores, mi fijación debería dejar de orientarse a los gustos estéticos del cliente sobre el brillo de la pintura, priorizando asegurar una correcta disposición de materia prima para garantizar que en los próximos años no perderé el material con el que fabrico los pistones.

Quisiera detenerme aquí. En un análisis más profundo y exhaustivo, podría decir que nuestro orgullo humano al contemplar nuestras rectilíneamente perfectas estructuras de hormigón, esta fuertemente ligada a la seguridad que nos brinda creer que las matemáticas son la esencia de la perfección misma, vanagloriándonos de ser los amos de la sublimidad material y, por ende, la única forma de vida autodenominada “inteligente” en el universo observable. Aun cuando, nuestras mas profundas inmersiones en el mundo de las matemáticas y la física, nos llevaron a entender que la “perfección” no es más que un concepto humano, arraigado en la seguridad que le brinda creer que entiende como está conformada la materia. Siendo que aun los muy prolijamente ordenados “átomos” de materia, representan el mayor caos matemático jamás observado, haciendo imposible que como humanos lleguemos a calcular o predecir un evento futuro a la perfección. De esta manera, la naturaleza nos viene a dar otra maravillosa y poética bofetada, enseñándonos que la perfección es intrínseca a la acción humana, y que nuestra mera presencia no hace mas que provocar desequilibrios en el sistema que ha subsistido en perfecto orden los últimos millones de años.

Volviendo al eje, la problemática de la construcción a gran escala hizo que nos veamos obligados a convertir a la materia prima en un producto, llevándonos a elevar las consecuencias ambientales para con lo que a ello respecta, encerrando a nuestros hermanos y hermanas dentro de miles de “muy funcionales” y bien distribuidas jaulas de cemento y acero.

Las tecnologías que apuntalan una conducta humana resiliente para con la naturaleza, el medio y el prójimo, a menudo se tachan de retrogradas o poco duraderas estructuralmente, el prejuicio más frecuente gira en torno a la estética, señalando a la imperfección como un defecto inconcebible. Siendo que la bioconstrucción representa un conjunto de modelos extremadamente vanguardistas en torno a este aspecto, dotándolo de una imperfecta belleza, a menudo mimetizada con su propio entorno. La bioconstrucción es un término que define a cualquier método conformado por prácticas que se vean regidas por la sustentabilidad de los materiales a implementar, priorizando técnicas vinculadas al uso consciente de los recursos disponibles en el medio y dejando de lado todo material que haya sido preprocesado industrialmente. Dicho conjunto de técnicas no solamente representa un ahorro económico significativo en el proceso de elaboración del mismo, además como veíamos, se estructura de una manera singularmente estética, acentuando paredes curvas y adaptándose a el aprovechamiento de la luz de ambiente, los colores y la vegetación como un factor imprescindible en dicha técnica.

Volver a empoderarnos con las técnicas de construcción milenaria, tal y como lo es el adobe o los techos de paja, no tiene porque significar un retroceso a nivel “estilo de vida”. En otras palabras, no por construir casas de barro vamos a comportarnos como cazadores recolectores que desconocen la rueda. Estamos en un punto tan elevado de conocimiento técnico-practico como especie, que seria estúpido dejar de lado todo lo que ya descubrimos. Las conductas alternativas tal y como lo es el uso considerado y resiliente de los materiales de construcción, tiene que ser un mecanismo que nos permita seguir avanzando somo especie, no hacernos retroceder. Por el contrario, defender el modelo extractivista de sociedad de consumo actual, va a llevar a un punto de no retorno en el que indefectiblemente nos convertiremos en bárbaros saqueadores de supermercados abandonados en el mas inimaginable y distópico de los escenarios. Dejando en el más triste de los olvidos todo aquello de lo que hoy nos enorgullecemos de llamar humano.

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Vetiver, permacultura y preguntas incómodas

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Las extensiones de monocultivo contemporáneas parecieran fascinarnos al permitirnos perder nuestra mirada en estos hipnóticos océanos verdes interminables. Si te interesa en mayor o menor medida el medioambiente, quizás sepas algunas de las razones por las que estas inacabables líneas equidistantes repercuten tan atrozmente en el ecosistema, sin mencionar los insumos de los que dicho sistema depende. La pérdida de biodiversidad, la contaminación ambiental, la deforestación desmedida y la desertificación de los suelos, no son más que síntomas de un problema mucho mayor. Se nos enseño que “el campo” se estructura en torno a un determinado (paquete tecnológico) que engloba un conjunto de herramientas y productos a emplear a la hora de cultivar alimentos a mediana y gran escala. Al menos desde hace ya setenta años, se viene advirtiendo sobre las consecuencias del modelo de producción actual, señalando como éste no incluye entre sus métodos ninguna técnica resiliente para con la “materia prima” de la que el mismo depende, el suelo. 

Las consecuencias del monocultivo en sí, pueden ir desde; extinción de especies nativas, erosión de capa fértil, desalojos de campesinos y pueblos originarios, incremento de incendios y sobreconsumo de agua, entre otras tantas. Pero hay ciertos factores que tienden a ignorarse incluso por quienes luchan en contra de dicho modelo, los cuales tienen que ver con la misma proliferación de biodiversidad dentro de la misma plantación, es decir, con las mal llamadas “malezas” que, en un intento desesperado de la naturaleza por reestablecer su equilibrio, termina por fastidiar los planes del agricultor. Debido a esta emergente, el dueño de la extensión se ve obligado a dispersar mayores cantidades de productos que maten dichas molestias y permitan la proliferación de una única especie de planta, asegurando así una rentabilidad aceptable. 

Lo que a menudo tiende a ignorarse es el mecanismo mediane el cual las mismas plantas de (maíz, soja, trigo, arroz, etc.) absorben los nutrientes de la tierra. Paso a explicar: Las plantas no son maquinas automáticas diseñadas para convertir, mediante una reacción química “fotosintética”, determinados nutrientes en vitaminas y proteínas destinados a la alimentación de animales o humanos. Sino que no son más que una mera parte de un ciclo vivo, en dicho ciclo, la planta interactúa con diversas formas de vida para garantizar su proliferación, entre ellos se encuentran los insectos polinizadores, las redes de micorrizas (hongos) que garantizan el intercambio de carbono, nitrógeno y fósforo, entre otras especies vegetales, o los microorganismos que participan en el intercambio iónico y catiónico, fundamentales en la sintetización de nutrientes. 

El uso desmedido de fertilizantes sintéticos, el monopolio de las semillas transgénicas, y la incorrecta disposición de plantaciones en terrenos con pendiente, desequilibran la diversidad de especies, dando como resultado pérdidas económicas gigantescas para el productor, obligándolo a abandonar el lugar en busca de otro terreno fértil. Desde el punto de vista de la neurobiología vegetal, la eliminación de las redes subterráneas de interacción entre plantas y microorganismos, no solo conlleva una ineficiente absorción de componentes orgánicos, sino que lleva a “estupidizar” al suelo, aniquilando conocimiento milenario que habría sido capturado en las redes del mismo. De este modo, el suelo “ya no sabe” como regenerarse de la misma manera que antes. 

Al día de hoy, existen centenares de técnicas y metodologías destinados a la resiliencia ambiental, la “Permacultura” tiende a ser mas bien una relación del productor-consumidor con el cultivo, en el que se entiende a la biodiversidad, insectos, microrganismos y malezas, como una parte indispensable para la producción de alimento. Desde dicha postura, también se plantea que, a la hora del cultivo de hortalizas, arboles, y demás, el objetivo jamás es la planta en sí misma. Sino que se apunta a fortalecer el suelo en el que yace la misma, sosteniendo que la salud y el valor nutricional ideal de la planta no es mas que un mero producto de un suelo fértil y bien cuidado. Uno de los pilares de la permacultura, es la correcta cobertura del suelo, ya que la proliferación de la biodiversidad del mismo no sería posible en lo que se conoce como un suelo “desnudo”. También lo es la correcta disposición de las hileras del cultivo, es decir, una muy consciente distribución de las mismas en función del terreno a cultivar. En ello, técnicas como el “Keyline” son en extremo vanguardistas, ya que respetan las demarcaciones naturales del terreno, evitando la erosión desmedida y creando “terrazas”, fundamentales a la hora de elaborar una nueva hilera cultivable. 

También existe una “planta mágica”, algo que la agroecología y la permacultura entienden como un “santo grial” si tenemos en cuenta todas las problemáticas antes postuladas. El Vetiver, es una planta de origen hindú, domesticada hace ya varios milenios, destinada originalmente a la perfumería. Esta maravillosa gramínea puede extender sus raíces desde cinco a diez metros de profundidad, reteniendo el suelo fértil de una manera rara vez vista en el reino vegetal, evitando el fenómeno de la erosión, reteniendo la humedad en sus cercanías e impulsando la proliferación de micro y macroorganismos. Además, esta planta tiene un índice de producción de biomasa por encima del promedio, disponiendo así de material para la cobertura del cultivo de hortalizas “Mulching” y asegurando la correcta conservación de la humedad y la biodiversidad del suelo. La extrema concentración de silicio en sus hojas, provoca una muy lenta descomposición de las mismas, haciendo que no tengamos que volver a cubrir nuestros cultivos al menos por un año entero. La cosecha de la biomasa del Vetiver, se realiza al menos cuatro veces al año, disponiendo así de enormes cantidades de material de cobertura. Además, sus hojas tienen todos los nutrientes encontrados en el subsuelo, inalcanzable para las raíces de los cultivos, llevándolos devuelta a la superficie, donde se les puede sacar verdadero provecho. Como si esto fuera poco, tiene una extremadamente elevada capacidad de retención de carbono, es decir, la capacidad de eliminar el Co2 de la atmósfera, brindándonos una herramienta espectacular a la hora de intentar revertir los aberrantes efectos del cambio climático.

Los extremadamente escasos requerimientos técnicos, tecnológicos y energéticos que su cultivo conlleva, nos llevan a cuestionarnos cosas tan fundamentales como, si lo que para los agricultores latifundistas tanto importa es la rentabilidad, ¿Por qué ignoran técnicas que garantizarían incluso su propio provecho? Si la permacultura se ocupa de garantizar la posibilidad a largo plazo de sostener una eficaz proliferación de los cultivos para asegurar el destino de la humanidad misma, ¿Por qué seguimos defendiendo al modelo vigente como la única fuente de alimentación posible del planeta entero? O inclusive ¿Realmente significan las modalidades de producción alternativas, matar de hambre a tres cuartas partes de la población? ¿O es acaso el agronegocio que hoy prima, lo que representa un verdadero peligro a la hora de garantizar el pan en la mesa de las futuras generaciones?

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Al final del principio, ¿Ya nos aburrió hablar de I.A?

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Año 1900, han pasado 14 años desde que un tipo llamado Carl Benz, hiciera el primer prototipo del automóvil. A siete mil ochocientos kilómetros de ahí, un emprendedor llamado Henry Ford, busca inversores para su taller, porque quiere fabricar vehículos en serie. A los inversores que reúne, les dice que el mundo va a cambiar y que el auto es el futuro. Es comprensible que quienes escuchaban a Henrry Ford en aquel momento, lo vieran con cierto escepticismo. Dado que, el automóvil de aquel entonces, debía de ser manejado por dos mecánicos profesionales, uno al volante y el otro encargado del arranque y pendiente de las averías que, con toda certeza, se producirían durante el trayecto. Además, en algunos países, como Inglaterra, se establecía que debería incluirse un tercer miembro, que portaría una bandera roja y que este debería de blandirla indicando el paso del vehículo, para advertir a las carretas y bicicletas que allí circulaban, ya que los siniestros viales frecuentaban entre estas nacientes autopistas del futuro.

Para añadir mas confusión aún, hay al menos setecientos fabricantes de automóviles en la primera década del siglo. Claro, el número de inversores que perderían todos sus ahorros apostando a el futuro que prometía Henry Ford, era abismal. Frente a esta emergente revolución con ruedas, si nosotros escucháramos a Ford, tendríamos muchas dudas sobre el futuro de esta tecnología y pensaríamos que, desde el punto de vista financiero, estaríamos frente a una gran burbuja. Volviendo a la actualidad, año 2023, ChatGPT y otros modelos de inteligencia artificial, nos han asombrado, nos han preocupado, se nos ha dicho que el mundo puede terminarse y hasta ha habido expertos que dicen que deberíamos de parar la inteligencia artificial.

Pero al día de hoy, nuestro asombro y nuestro interés comienza a desinflarse, algunos defectos de los modelos actuales los hacen complejos en el uso y poco fiables en los resultados. Al mismo tiempo, vemos que las inversiones en I.A van en aumento, que cada día aparecen mas modelos. Todo el mundo está entrenando una inteligencia artificial e invirtiendo miles de millones en su desarrollo. ¿Hay por tanto una burbuja de inteligencia artificial? Es más que posible. ¿Nos podemos fiar de estas primeras aplicaciones? Parece que no. Pero ¿Supone esto el final del camino de la inteligencia artificial? Definitivamente no, esta coyuntura supone mas bien el fin del principio, remitiéndonos al mismismo padre de la industria automotriz, Henry Ford.

Desde principio de año, hasta el mes de marzo del corriente año, el crecimiento en número de las búsquedas, y el uso mismo relacionado a los chatbots como el de OpenAI, tuvo una creciente exponencial. Esta cantidad se sostendría por las nubes hasta el mes cinco, pero terminaría por decaer en un diez por ciento para el mes de junio, sorprendiendo a los estadistas que sobre ello se enfocan. No solamente se vieron afectados los modelos de lenguaje, sino también ámbitos como el procesamiento de imagen, hablamos de modelos como el de Midjourney o Dall-E, de los que se hablaba mucho incluso a mediados del año pasado.

Pero ¿Qué paso? ¿Qué produjo este desinterés repentino por dicha tecnología?

A quienes nos mueve y apasiona este tema, nos suele cegar la misma pasión que, a menudo, tanto intentamos contagiar. Si bien, por cada novedad que para con ello respecta, mas nos enamoramos y sumergimos en el profundo universo de la inteligencia artificial, el algoritmo de las redes sociales termina por sugerirnos mas contenido vinculado a la I.A, llevándonos a creer por momentos que ChatGPT es igual de popular que la mismísima Coca-Cola. Pero ¿En qué medida creerías que tus familiares o allegados conocen esta herramienta? ¿Realmente estas esperando a que lleguen las vacaciones de verano para relajarte en tu sillón de playa, mientras te diviertes hablando sobre Dall-E con tu hermano o tu pareja?

Un estudio de la firma de investigación YouGov, nos muestra que a ChatGPT lo conocen más las personas de entre 18 y 44 años, pero lo curioso de este estudio yace en que tan solo entre el quince y diecisiete por ciento de estos Usuarios lo usa con fines personales. Es decir, que el ámbito en el que predomina esta herramienta, tiende a ser en el ámbito laboral o académico. Google Trends, nos brinda una estadística clave, enfocándose en el cotidiano, termina por demostrarnos como el ritmo de búsqueda se derrumba en un cuarenta porciento los fines de semana. Dejando de lado la curiosidad personal de los usuarios, terminando por ser el “machete” en las escuelas y un ayudante en las oficinas laborales.

Desde el punto de vista del marketing, toda creación radical como ésta, tiene que atravesar indefectiblemente por una etapa de “desaprobación colectiva”, esta mezcla de desinterés con preocupación que, a menudo, aparenta el fin. En esta coyuntura, tenemos infinidad de competidores, productos a medio hacer, iniciativas frustradas y novedades que frecuentan periódicamente los canales de noticias. Posterior a dicha “etapa”, se encuentra un momento de explosión, en el que dicha creación representa una parte notable de nuestra cotidianeidad. Transformándose así, finalmente, en un producto masivo, que nos da que hablar y forma parte de nuestra lista de intereses.

El mapa se ve enormemente ampliado si tenemos en cuenta la tecnología “Open-Source”, como la que propone OpenAI, la cual permite que la receta de esta “Coca-Cola binaria” no se mantenga bajo siete llaves. Sino que el código fuente del chatbot esta abierto a modificaciones y a que, quien se lo proponga, pueda tener acceso sencillo a esta fuente de inteligencia artificial para desarrollar nuevas herramientas en función de un propósito mas bien colectivo y no estrictamente comercial.

Nadie puede brindar un punto de vista que, con certeza, termine por determinar que es lo que se viene en los próximos años, ni mucho menos que nos depara el resto del siglo. Con lo que a mi respecta, seguiré investigando, seguiré escribiendo por este medio, seguiré promoviendo que las temáticas más bien técnicas o científicas estén en conocimiento hasta del más aislado de los campesinos. E invito, a quien le sea dado leer esto, que investigue que hay detrás de todo este apasionante mundo de inteligencia artificial y no se deje llevar por esos llamativos títulos de noticiero “Clickbait” tan frecuente en este espectáculo digital al que llamamos redes sociales, que no hacen mas que aturdir nuestras cabezas con fakenews y futuros distópicos.

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Neurobiología Vegetal Vs Inteligencia Artificial

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Reducir la inteligencia a la mera capacidad de resolver problemas es atentar contra la especie misma. Creer que es posible de cuantificar en cifras lineales, creer que se trata de un sistema perfecto, caracterizado no más que por la cifra de “éxito” que posea el cerebro del más prominente de los científicos, es equivalente a condenar a la súbita y más deplorable extinción al sistema de razonamiento individual más complejo que haya desarrollado el planeta a lo largo de toda su historia, el ser humano.

Obsesionados por medir y comparar, no somos más que verdugos de cualquier futuro imaginado. Para ahondar mejor en esta postura, debemos remontarnos a los orígenes mismos de la vida, y a las transformaciones claves que constituyen la mismísima evolución de las especies. Verán, las especies de seres vivos, se trate del reino que se trate (Vegetal, Animal, Fungi) deben de ser capaces de afrontar diversos desafíos, quizás se trate de una enfermedad, o quizás una “crisis alimentaria”. Cuando uno de estos “desafíos” se muestra limitante para con la procreación y perseveración de una especie, la misma se ve obligada a actuar en consecuencia, desarrollando alteraciones en el genoma, que termina por desencadenar un cambio, algo distinto, no mejor ni peor, sino simplemente distinto. La mayoría de las veces, estos “cambios”, terminan por perecer de manera natural, dejando paso a otras variantes. Finalmente, y en un momento dado, una de estas variables alternativas es capaz de afrontar la problemática y garantizar la supervivencia.

De esta manera, es obvio, que estamos frente a nada menos que una forma de inteligencia. Esto, a lo que podríamos denominar “Inteligencia natural”, se reparte entre muchas denominaciones, disciplinas científicas, etc. Entre ellas, esta la Neurobiología Vegetal, un punto de vista que afirma la existencia de un sistema de razonamiento muy complejo, subyaciendo bajo nuestros pies. Las redes establecidas entre plantas, mediante raíces, actúan de manera similar a una neurona animal, desarrollando sintaxis, pensamiento. Pero, no queda ahí, la red de raíces puede limitarse a una maceta abandonada, o extenderse a lo largo de continentes enteros, elevando el número de sintaxis posible a cifras incalculables, haciéndonos consientes de una inteligencia que existe, pero que no comprendemos.

Desde esta postura, autores como S. Simard o S. Mancuso, señalan que hablamos de un tipo de inteligencia visiblemente diferente al que conocemos, donde los “individuos” no razonan por si solos, comparando el razonamiento de los demás o adoptando posturas ideológicas propias. Sino que su individualidad no sería posible sin una gigantesca y compleja red implicada, en la cual no hay lenguaje, ni interpretación. Simplemente hay intercambio de recursos y cooperación, en contrapunto con nuestra conducta de naturaleza competitiva, acentuada con la educación Prusiana.

Según dicho sistema (Modelo Prusiano), es decir, las bases del sistema educativo que hoy reina, los “patrones evolutivos” se ven curiosamente reflejados. Donde los “grados” representan las etapas de crisis y problemática a afrontar, y las “notas” equivalen al factor de éxito que posea el individuo. No voy a profundizar en los nefastos mecanismos que este sistema implementa de manera forzada y atroz, pero es obvio que el sistema no está pensado para conocer el origen del individuo ni su interpretación de los desafíos allí planteados, sino que, a lo largo de los últimos 200 años, se enseñó a leer a todos los niños de primer grado y a dividir decimales al de segundo grado. Es decir, se gestiona al razonamiento en función de un modelo y juicio generalizado en torno a una necesidad, crear entidades uniformes. Que sepa decir “sí, señor”, “no volveré a llegar tarde, señor”, “soy el responsable absoluto de mis errores”, “si me esfuerzo más, llegaré lejos, seré alguien la vida”.

Mas recientemente en la línea temporal, desarrollamos más estilizados mecanismos para medir la inteligencia, o bien, capacidad para resolver problemas. Entre ellos se encuentra el Test de IQ, con el que pudimos cuantificar de manera relativamente eficaz el desempeño de los individuos, y decirle a Juancito que es mejor que Pedrito. Se lo que están pensando, “El test de IQ si funciona, si no, ¿Por qué el coeficiente de A. Einstein (IQ: 160) era desorbitantemente mayor al promedio?”, a lo que yo respondería, que el mismísimo Einstein consideraba que la verdadera inteligencia se manifestaba en la capacidad de plantear preguntas y resolver problemas de manera innovadora. Además, para él, la inteligencia no estaba determinada por el coeficiente intelectual, sino por la curiosidad, la imaginación y la perseverancia.

Quizás, si yo te preguntara, ¿Quién fue el ser humano más inteligente de la historia? Vendrán a tu mente apellidos como el antes mencionado, o quizás el de Hawking (IQ: 160) o Zuckerberg (IQ: 152). ¿Pero si te dijera que no se encuentra entre ellos? ¿Y que la sociedad no está ni mucho menos orgullosa de su mera existencia? Quien alguna vez poseyó un IQ que sumaba al de A. Einstein y S. Hawking, no era un ciudadano correcto, es más, fue encarcelado por encabezar marchas socialistas en reivindicación del día del trabajador en 1919. William J. Sidis, fue aceptado por el MIT a los 8 años, ingreso a Harvard a los 11 y con 16 años, hablaba no menos de 40 idiomas, incluyendo uno que inventó el mismo a los 7 años de edad. Si Einstein viviera, señalaría el caso Sidis como un ejemplo de relatividad en términos de inteligencia

También nos atribuimos ser poseedores de la “formula de la inteligencia”, estoy hablando de la sintaxis neuronal, un conjunto de ecuaciones que convierten variables en resultados numéricos. Es desde ese lugar, que creamos las famosas “redes neuronales”, que, en conjunto, conforman lo que hoy conocemos como I.A (Inteligencia Artificial). De la cual estamos enormemente orgullosos, y creemos que quizás nos supere en términos intelectuales. Hagamos una pausa aquí, ¿Qué no era la inteligencia la mera capacidad de resolver problemas? ¿Puede resolver problemas la I.A? ¿Qué podemos considerar “un problema”?

Llegados a este punto, nos dirigimos a reconsiderar ¿A que le estamos atribuyendo el adjetivo de “Inteligente”? ¿Lo son nuestros “Smartphones” (Teléfonos “Inteligentes”)? ¿Lo es un estudiante, perdido en algún recóndito punto de Nigeria?

Según el eje de la cuestión, para desenmarañar estas preguntas, debemos tener una cosa en claro. Hablo, de que es verdaderamente un problema, ¿Lo es la correcta secuencia de sugerencias acorde nuestros gustos en redes sociales? ¿O lo es la batalla entre energía renovable y los combustibles fósiles? Para el primero de los casos, todos somos expertos, y sabemos si el Samsung A10 es mejor o peor el Iphone14, por su procesador quizás, quizás por su cámara, o por su dinámica al navegar. Pero ¿Qué hay del segundo caso? ¿Acaso alguna vez oíste siquiera el nombre Oyeyiola? El convirtió su Volkswagen “escarabajo” en un simpático auto solar-eólico, no tiene título de ingeniero, no tiene IQ de 300, no tiene bata blanca. Oyeyiola solo tiene un auto oxidado, Oyeyiola solo tiene su sonrisa contagiosa, Oyeyiola solamente tiene el brillo soñador de sus ojos.

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El Test de Turing y una pregunta que cumple 70 años ¿Pueden pensar las maquinas?

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El debate filosófico de los últimos 70 años alrededor de los robots y las inteligencias artificiales no se puede entender sin el test de Turing. Alan Turing, un matemático inglés, desarrolló en 1950 el test de Turing.

Este consiste en que un humano mantiene una conversación con una computadora y otra persona, pero sin saber quién de los dos es realmente una máquina. El objetivo de este experimento es determinar si la inteligencia artificial puede imitar las respuestas humanas. Por ello, el humano hace preguntas tanto a la otra persona como al chatbot y si no puede identificar si alguno de los dos sujetos es o no una máquina, la computadora pasa con éxito la prueba de Turing.

Uno de los más populares, por ser uno de los primeros, fue ELIZA, diseñado en 1966 por Joseph Weizenbaum. ELIZA simulaba ser un psicoterapeuta y su conversación era muy fluida. Entre ellos también está PARRY, desarrollado por el psiquiatra Kenneth Colby en 1972, que simulaba un esquizofrénico paranoide. Uno de los ejemplos de ordenadores más destacados es Kuki, anteriormente conocido como Mitsuku. Entre los años 2017 y 2021, ha sido el ganador del Premio Loebner, por lo que ahora ostenta el récord mundial. No obstante, además de Kuki, otros chatbots también han sido capaces de superar el test de Turing.

En la actualidad, algoritmos como el de Chat-GPT o Stable Diffusion cambian radicalmente las reglas de juego, dejando obsoleto el mismísimo Test de Turing. Es en este marco en el que la humanidad necesito de nuevos parámetros para “medir la inteligencia” de su creación, desarrollando nuevos tests más complejos, que tienden a priorizar parámetros como la creatividad o incluso la capacidad de empatizar de manera eficaz.

El Test de Lovelace es un claro ejemplo. En 2001, Mark Riedl, Profesor del Instituto Tecnológico de Georgia, diseñó una nueva prueba, con nombre inspirado en una famosa matemática. Mientras el test de Turing se basa en si una máquina es capaz de imitar a los humanos, la prueba de Lovelace se centra en el aspecto creativo. Para superar el test, la IA debe ser capaz de escribir una historia de ficción, crear un poema o elaborar una pintura y obtener la aprobación de los examinadores. Esto requiere de tareas complejas como entender los tamaños relativos o la mezcla de conceptos.

Eugene Goostman propuso una serie de test donde se ponga a prueba las capacidades de las máquinas en campos como la visión artificial o el reconocimiento del habla. Entre las pruebas estaría desde descifrar el significado de un vídeo o algo tan “humano” como montar un mueble. Puede parecer un proceso mecánico, pero la máquina debe identificar las partes del mueble, entender las instrucciones y finalmente montarlo.

En un artículo en New Yorker, el profesor de psicología de la Universidad de Nueva York, Gary Marcus, describió una alternativa al test de Turing. En este caso centrándose en otra capacidad muy humana: el humor. La prueba de Marcus consiste en darle a la IA un programa de televisión y que nos diga cuándo deberíamos reírnos. O darle un documental de guerra y que nos describa las motivaciones políticas. Entender el sarcasmo, la ironía y el humor es el test que Marcus cree que las máquinas deberían ser capaces de pasar para poder asemejarse a los humanos.

También participan de esta lista los clásicos CAPTCHA. Los hemos visto en centenares de webs. Son el filtro antispam más conocido y con el paso del tiempo han ido evolucionando a distintas formas. Son una prueba muy eficaz (aunque cada vez menos) para detectar si es un bot o es una persona humana quien intenta acceder.

En su libro ‘La Singularidad está cerca’, Raymond Kurzweil recoge una alternativa al test de Turing propuesta por Edward Feigenbaum en 2003. La prueba consiste en elegir una materia concreta e intentar que la IA se haga pasar por un experto en ese campo. Si el humano no logra detectarlo, la máquina pasa la prueba. Aquí entramos desde la complejidad de la materia hasta las peculiaridades menos conocidas. E incluso poder describir temas de ese campo con autoridad y coherencia.

La prueba de Ebert es considerada “la prueba definitiva”. En este caso no es un psicoanalista ni un ingeniero el que propuso la prueba, sino el crítico de cine Robert Ebert. Se da el caso que Ebert perdió la voz tras una cirugía y ha utilizado un sintetizador de voz desde entonces. el desafío es una máquina que sepa replicar las entonaciones humanas, sincronizar bien las palabras y lo más complicado: ser capaz de hacer a la gente reír. Para que una IA logre hacernos reír no basta simplemente con elegir un chiste de una base de datos. Debe ser capaz de transmitir, de emocionar, de aportar algo original y novedoso. Probablemente de todas las alternativas al test de Turing, la prueba de Ebert es la más complicada de pasar.

Todo esto representa un desafío enorme para la ciencia, si es que no perdemos de vista que, en última instancia, se tratan de ecuaciones matemáticas basadas en ceros y unos. Es mediante todas estas pruebas, o tests, que nos acercamos cada vez más a la tan ansiada respuesta superlativa. Cada vez parecemos entender mejor (en que consiste) la inteligencia y, si es que realmente, podremos algún día crear un sistema que cumpla los requisitos y condiciones que determinen su razonamiento como inteligente. Quizás, con suerte, todo esto nos lleve a saber si la inteligencia se puede reducir a un sistema basado en matemáticas estrictas, o si se trata de una cualidad exclusivamente biológica.

Sin ir mas lejos, quien desarrolló el artículo antes visto, no es ningún profesional de avanzada, no es ingeniero, no es periodista ni es escritor. Sino un simple campesino en algún lugar de la selva paranaense, que con 18 años podría pasar desapercibido, simplemente por tener acceso a internet. Es más, ni siquiera se sentó a leer extensos libros sobre I.A, ni desarrollados papers científicos sobre el asunto, sino que por la mañana encontró interesante esta temática debido a un video de Pablo Molinari en tiktok. Una vez más, la inteligencia es difícil de cuantificar, sobre todo si la reducimos a un texto en un monitor.

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