Neurobiología Vegetal Vs Inteligencia Artificial

Escribe Camilo Furlan

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Reducir la inteligencia a la mera capacidad de resolver problemas es atentar contra la especie misma. Creer que es posible de cuantificar en cifras lineales, creer que se trata de un sistema perfecto, caracterizado no más que por la cifra de “éxito” que posea el cerebro del más prominente de los científicos, es equivalente a condenar a la súbita y más deplorable extinción al sistema de razonamiento individual más complejo que haya desarrollado el planeta a lo largo de toda su historia, el ser humano.

Obsesionados por medir y comparar, no somos más que verdugos de cualquier futuro imaginado. Para ahondar mejor en esta postura, debemos remontarnos a los orígenes mismos de la vida, y a las transformaciones claves que constituyen la mismísima evolución de las especies. Verán, las especies de seres vivos, se trate del reino que se trate (Vegetal, Animal, Fungi) deben de ser capaces de afrontar diversos desafíos, quizás se trate de una enfermedad, o quizás una “crisis alimentaria”. Cuando uno de estos “desafíos” se muestra limitante para con la procreación y perseveración de una especie, la misma se ve obligada a actuar en consecuencia, desarrollando alteraciones en el genoma, que termina por desencadenar un cambio, algo distinto, no mejor ni peor, sino simplemente distinto. La mayoría de las veces, estos “cambios”, terminan por perecer de manera natural, dejando paso a otras variantes. Finalmente, y en un momento dado, una de estas variables alternativas es capaz de afrontar la problemática y garantizar la supervivencia.

De esta manera, es obvio, que estamos frente a nada menos que una forma de inteligencia. Esto, a lo que podríamos denominar “Inteligencia natural”, se reparte entre muchas denominaciones, disciplinas científicas, etc. Entre ellas, esta la Neurobiología Vegetal, un punto de vista que afirma la existencia de un sistema de razonamiento muy complejo, subyaciendo bajo nuestros pies. Las redes establecidas entre plantas, mediante raíces, actúan de manera similar a una neurona animal, desarrollando sintaxis, pensamiento. Pero, no queda ahí, la red de raíces puede limitarse a una maceta abandonada, o extenderse a lo largo de continentes enteros, elevando el número de sintaxis posible a cifras incalculables, haciéndonos consientes de una inteligencia que existe, pero que no comprendemos.

Desde esta postura, autores como S. Simard o S. Mancuso, señalan que hablamos de un tipo de inteligencia visiblemente diferente al que conocemos, donde los “individuos” no razonan por si solos, comparando el razonamiento de los demás o adoptando posturas ideológicas propias. Sino que su individualidad no sería posible sin una gigantesca y compleja red implicada, en la cual no hay lenguaje, ni interpretación. Simplemente hay intercambio de recursos y cooperación, en contrapunto con nuestra conducta de naturaleza competitiva, acentuada con la educación Prusiana.

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Según dicho sistema (Modelo Prusiano), es decir, las bases del sistema educativo que hoy reina, los “patrones evolutivos” se ven curiosamente reflejados. Donde los “grados” representan las etapas de crisis y problemática a afrontar, y las “notas” equivalen al factor de éxito que posea el individuo. No voy a profundizar en los nefastos mecanismos que este sistema implementa de manera forzada y atroz, pero es obvio que el sistema no está pensado para conocer el origen del individuo ni su interpretación de los desafíos allí planteados, sino que, a lo largo de los últimos 200 años, se enseñó a leer a todos los niños de primer grado y a dividir decimales al de segundo grado. Es decir, se gestiona al razonamiento en función de un modelo y juicio generalizado en torno a una necesidad, crear entidades uniformes. Que sepa decir “sí, señor”, “no volveré a llegar tarde, señor”, “soy el responsable absoluto de mis errores”, “si me esfuerzo más, llegaré lejos, seré alguien la vida”.

Mas recientemente en la línea temporal, desarrollamos más estilizados mecanismos para medir la inteligencia, o bien, capacidad para resolver problemas. Entre ellos se encuentra el Test de IQ, con el que pudimos cuantificar de manera relativamente eficaz el desempeño de los individuos, y decirle a Juancito que es mejor que Pedrito. Se lo que están pensando, “El test de IQ si funciona, si no, ¿Por qué el coeficiente de A. Einstein (IQ: 160) era desorbitantemente mayor al promedio?”, a lo que yo respondería, que el mismísimo Einstein consideraba que la verdadera inteligencia se manifestaba en la capacidad de plantear preguntas y resolver problemas de manera innovadora. Además, para él, la inteligencia no estaba determinada por el coeficiente intelectual, sino por la curiosidad, la imaginación y la perseverancia.

Quizás, si yo te preguntara, ¿Quién fue el ser humano más inteligente de la historia? Vendrán a tu mente apellidos como el antes mencionado, o quizás el de Hawking (IQ: 160) o Zuckerberg (IQ: 152). ¿Pero si te dijera que no se encuentra entre ellos? ¿Y que la sociedad no está ni mucho menos orgullosa de su mera existencia? Quien alguna vez poseyó un IQ que sumaba al de A. Einstein y S. Hawking, no era un ciudadano correcto, es más, fue encarcelado por encabezar marchas socialistas en reivindicación del día del trabajador en 1919. William J. Sidis, fue aceptado por el MIT a los 8 años, ingreso a Harvard a los 11 y con 16 años, hablaba no menos de 40 idiomas, incluyendo uno que inventó el mismo a los 7 años de edad. Si Einstein viviera, señalaría el caso Sidis como un ejemplo de relatividad en términos de inteligencia

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También nos atribuimos ser poseedores de la “formula de la inteligencia”, estoy hablando de la sintaxis neuronal, un conjunto de ecuaciones que convierten variables en resultados numéricos. Es desde ese lugar, que creamos las famosas “redes neuronales”, que, en conjunto, conforman lo que hoy conocemos como I.A (Inteligencia Artificial). De la cual estamos enormemente orgullosos, y creemos que quizás nos supere en términos intelectuales. Hagamos una pausa aquí, ¿Qué no era la inteligencia la mera capacidad de resolver problemas? ¿Puede resolver problemas la I.A? ¿Qué podemos considerar “un problema”?

Llegados a este punto, nos dirigimos a reconsiderar ¿A que le estamos atribuyendo el adjetivo de “Inteligente”? ¿Lo son nuestros “Smartphones” (Teléfonos “Inteligentes”)? ¿Lo es un estudiante, perdido en algún recóndito punto de Nigeria?

Según el eje de la cuestión, para desenmarañar estas preguntas, debemos tener una cosa en claro. Hablo, de que es verdaderamente un problema, ¿Lo es la correcta secuencia de sugerencias acorde nuestros gustos en redes sociales? ¿O lo es la batalla entre energía renovable y los combustibles fósiles? Para el primero de los casos, todos somos expertos, y sabemos si el Samsung A10 es mejor o peor el Iphone14, por su procesador quizás, quizás por su cámara, o por su dinámica al navegar. Pero ¿Qué hay del segundo caso? ¿Acaso alguna vez oíste siquiera el nombre Oyeyiola? El convirtió su Volkswagen “escarabajo” en un simpático auto solar-eólico, no tiene título de ingeniero, no tiene IQ de 300, no tiene bata blanca. Oyeyiola solo tiene un auto oxidado, Oyeyiola solo tiene su sonrisa contagiosa, Oyeyiola solamente tiene el brillo soñador de sus ojos.

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