Carla Brizuela

Licenciada en Relaciones Internacionales de la universidad de San Andrés. Docente de relaciones internacionales del ISHAS, y asesora de comercio internacional de Misiones. Presidenta de la Fundación Epopeya.

Lula o Bolsonaro

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Transitan las primeras horas del domingo y el mundo se pregunta: ¿Quién gobernará al gigante sudamericano los próximos cuatro años?

Las calles brasileñas se tiñen de ilusión, miedo e incertidumbre. Tras una contienda plaga de violencia, acusaciones y polarización, 156 millones de votantes decidirán quién ocupará la silla presidencial. La lista de postulantes es larga pero el resultado estará entre los dos principales candidatos. 

Las últimas encuestas indican que Luiz Inácio da Silva lidera la intención de voto con un 49%, seguido por Jair Bolsobaro con un 35%. Lejos, pero en carrera se encuentran Ciro Gómez (Partido Laborista- izquierda) con un 8% y Simone Tebet con un 7% (MDB- centro derecha). 

Lula Da Silva es el representante del Partido Trabajador (PT), fue presidente del Brasil desde el 2003 hasta el 2011. Luego fue reemplazado por su discípula Dilma Rouseff, destituida por el Congreso en el 2016 por tener responsabilidad en el “maquillaje” de las cuentas fiscales. 

En 2017 Lula fue condenado a 9 años de prisión acusado de corrupción pasiva y liberado en el 2019. En 2021 la Corte Suprema de Justicia anuló los cargos en su contra y permitió su postulación. 

En 2018 el ultraderechista Jair Bolsonaro se convirtió en el 38° presidente de la República Federativa del Brasil. Elecciones que pasaron a la historia por: el ataque con un arma blanca a Bolsonaro, la encarcelación de Lula y la causa Lava Jato. 

El actual presidente se juega su reelección con una gestión más que cuestionada y controversial. Será difícil para muchos olvidar las decisiones que tomó Bolsonaro durante la pandemia: subestimación del CODIV, el colapso del sistema sanitario, muertes, pobreza. Tampoco será fácil olvidar sus políticas económicas y mucho menos lo sucedido en el Amazonas.  

De a poco empieza a configurarse el mundo pos pandemia. En Europa los partidos de ultraderecha ganan terreno con ideas euro escépticas y anti inmigrantes. Muestra de ello fue la elección en Italia donde se impuso Giorgia Meloni, sumándose a lo sucedido en Suecia, España, Polonia y Hungría. En el continente americano parece suceder lo contrario, los partidos de izquierda retoman el poder: desde Biden (Estados Unidos) hasta Boric (Chile), cada país con una política de izquierda distinta.

Estamos frente a dos tendencias o fuerzas opuestas, pero en un análisis global se puede decir que responde al mismo problema: insatisfacción generalizada de los votantes a las respuestas de los partidos tradicionales. En este punto, hay que remarcar que la abstención se convirtió en la estrella de todas las elecciones. 

Volvamos a Brasil, el sexto territorio más extenso del mundo (8.5 millones de km2), el tercer país más poblado (217 millones de habitantes) y el Estado con más límites internacionales de América del Sur (limita con diez de los trece países sudamericanos). 

¿Qué estrategia electoral llevan adelante los principales partidos políticos?

Los tres pilares del PT son: alentar al sufragio, la lucha contra el hambre y el medio ambiente. Si bien Brasil muestra signos de recuperación económica, Lula manifiesta que este crecimiento no llegó a los sectores más pobres, la emergencia alimentaria alcanza a 125 millones de brasileños y la malnutrición en los niños es un problema cada vez más grande. El PT logró internacionalizar la elección a través de la causa verde. Artistas del estatus de Leonardo Di Caprio alientan al voto dado que Brasil alberga el Amazonas y otros ecosistemas importantes para la salud y el futuro del planeta. Además, Lula y la ecologista Marina Silva (quién compitió con Dilma por la presidencia) se reconciliaron para vencer a Bolsonaro por el bien del medio ambiente. 

Del otro lado, Bolsonaro utiliza el crecimiento económico del país y el descenso de la inflación. Tras dos años de pandemia Brasil bajó la inflación al 8,7% (por debajo de la zona euro y similar a la inflación de Estados Unidos). 

El actual ministro de Economía previó un crecimiento del 3% para el 2022 y anunció un aumento del 0,6% del PBI (entre junio y julio). Las exportaciones aumentaron un 1,6% convirtiendo a Brasil en el primer exportador mundial de carne y el cuarto en cereales. También bajó la tasa de desempleo, pero aumentó drásticamente el empleo informal (casi el 40% de la población activa se encuentra en esta situación). Atendiendo a los sectores más vulnerables incrementó en un 50% los subsidios del Programa Auxilio Brasil. 

Fiel a su estilo, Bolsonaro, manifestó que su derrota sólo sería posible si hay fraude. Luego, embistió contra la prensa brasileña catalogandola de vergüenza nacional, provocando masivos ataques a los comunicadores brasileños, especialmente contra las comunicadoras mujeres. El campo de batalla predilecto son las redes sociales.

Lula confía en la polarización de la elección y cooptar los votos de Gómez, mientras argumenta que una segunda vuelta puede provocar un estallido social. Bolsonaro descansa en los números de la economía, en un alto grado de abstención (que lo favorecería) y en los fantasmas tanto del Lava Jato como del fraude electoral.

En el segundo debate presidencial fue una foto de lo ocurrido durante la campaña, marcada por agresiones y acusaciones entre los candidatos. Por esto, se espera un día agitado donde la lucha será voto a voto. El desafío para ganar en la primera vuelta es enorme, se necesita obtener el 50% de los sufragios válidos, en caso de no lograr este porcentaje la segunda vuelta está prevista para el 30 de octubre. Sin embargo, Lula y Bolsonaro esperan una definición porque la volatilidad del voto es muy alta. Además, en un mundo tan convulsionado ninguno tiene asegurado el éxito. 

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El día que Trump se robó el BID

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Los chinos utilizan dos pinceladas para escribir la palabra crisis. Una pincelada significa peligro, la segunda oportunidad. En toda crisis, toma conciencia del peligro, pero reconoce la oportunidad.” Esta frase, pronunciada por John F. Kennedy en 1959, parece describir la política exterior de Estados Unidos en tiempos de Donald Trump. 

Sumergido en una brutal crisis sanitaria y económica, el actual presidente estadounidense tomó una de las decisiones más controversiales de su mandato: nominar, por primera vez en la historia, a un estadounidense al frente del Banco Interamericano de Desarrollo. El 12 de septiembre, en un escenario conflictivo, Mauricio J. Claver Carone fue electo presidente de esa institución y asumió sus funciones el 1 de octubre. En su reciente historial laboral se destaca su actividad como Asistente Adjunto del Presidente de los Estados Unidos.

El candidato estadounidense fue la única opción porque Argentina, quien también presentó postulante, retiró a último momento su aspirante. De manera conjunta con otros países intentó postergar la votación, en señal de protesta a la vulneración de la tradición de gobernanza regional. Desde su creación, 1959, el BID fue presidido por un representante latinoamericano, dado que Estados Unidos posee el 30% de las acciones. Así como la dirección del Fondo Monetario Internacional tradicionalmente es encabezada por un europeo y la jefatura del Banco Mundial por un estadounidense. 

Entonces, ¿qué llevó a Trump a romper esta regla no escrita que rigió la institución durante seis décadas? Siguiendo la frase de Kennedy, se puede entrever que identificó tres oportunidades en distintos escenarios. En primer lugar, una oportunidad en el contexto de elecciones internas. Enardecido por fortalecer alianzas, decidió “conquistar” al influyente legislador republicano de Florida, Marco Rubio. Este estado y el voto latino son claves para la campaña electoral, y Mauricio Claver Carone proviene del círculo íntimo del senador.  

En segundo lugar, la oportunidad estuvo en la política internacional. Estados Unidos observa con desconfianza el avance de China en América Latina y la presidencia del BID podría representar una oportunidad de colocar barreras a este. Washington pretende condicionar los préstamos del BID en la región, con el objetivo, a largo plazo, de reducir la proyección de China y la capacidad de los inversionistas chinos. Especialmente plantea disminuir las inversiones en infraestructura y energía. Por lo tanto, América Latina se convierte en un daño colateral de la “guerra comercial” entre Estados Unidos y China.

Y, en tercer lugar, el contexto regional le brindó la oportunidad de llevar adelante sus estrategias anteriores. Trump aprovechó el nivel de fractura y fragmentación de América Latina como región, así como la falta de consenso de sus líderes, que quedó expuesta cuando se hizo pública la candidatura estadounidense: Brasil, Colombia, Paraguay, Honduras, Haití apoyaron la nominación de inmediato (Brasil retiró su candidato). Mientras que Argentina y México se opusieron energéticamente, y buscaron apoyo de los países extra región para el candidato argentino Gustavo Beliz. 

No pasa inadvertida y preocupa a más de uno la tensión entre Argentina y el nuevo jefe del BID, principalmente por las posibles consecuencias para el país. De igual modo, este cruce comenzó tiempo atrás, en vísperas de la asunción de Alberto Fernández. El día del acto, Claver Carone, representante de Trump para la ocasión, decidió no participar porque estaba invitado un miembro del gabinete de Nicolás Maduro y cuestionó la postura del presidente argentino sobre la democracia. Las tensiones continuaron escalando con la decisión de Estados Unidos al nominarlo. Y llegó a un momento álgido cuando, el recién electo, Claver Carone declara en la prensa que Argentina trató de secuestrar las elecciones y era un actor subversivo, aludiendo al último proceso militar de nuestro país. No obstante, algunos especialistas son optimistas y entienden que las únicas restricciones que va a tener Argentina derivarán de sus recursos de poder y estrategia de negociación. 

Retornando al análisis de peligro y oportunidad, el triunfo de Claver Carone es una verdadera victoria para Trump. El actual presidente de los Estados Unidos que tendrá un aliado en el BID durante la próxima media década aunque pierda las elecciones. El Banco Interamericano de Desarrollo siempre ocupó un lugar relevante dentro de las economías latinoamericanas, pero su importancia aumentó exponencialmente debido a la crisis sanitaria provocada por el COVID 19. Se proyecta que el organismo realizará préstamos de miles de millones de dólares a los países de la región durante el proceso de recuperación. 

Sin embargo, desde un análisis geopolítico es una clara muestra de debilidad de los Estados Unidos.  Principalmente, porque está exagerando la proyección de China en la región y sobredimensionando la amenaza. El peso relativo de la potencia norteamericana dentro del Banco es decisivo por el porcentaje de acciones que posee, ostentar la cabeza administrativa es una muestra de pérdida del poder simbólico. Además, esta competencia con China reduce los márgenes de maniobra de los países, deberán tomar lado, y desestabiliza América Latina.

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La herencia del año del perro

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En los últimos días del 2018, año del perro en el horóscopo chino, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) órgano de las Naciones Unidos publicó su informe anual económico sobre Latinoamérica y las principales proyecciones para el año próximo.
Este informe estimó que la región, en general, terminará con un crecimiento promedio del 1,2%. Es cierto que algunos países como Brasil y México, cerrarán el periodo con un crecimiento mayor, 2,4% y 2,3% respectivamente. En cambio, otros como Argentina, finalizarán el ciclo con una recesión, con el 100% de devaluación de su moneda nacional y con un proceso inflacionario cercano al 44 %.
Las expectativas para 2019 no son alentadoras, particularmente porque las incertidumbres globales aumentarán. Los expertos de la CEPAL prevén un crecimiento regional promedio del 1,7%.
Los países de América Latina, así como otros países emergentes, tendrán que enfrentar un escenario económico complejo. Se espera una reducción abrupta de las dinámicas de crecimiento provocadas por el aumento de la volatilidad de los mercados financieros internacionales y el debilitamiento estructural del comercio internacional (ahora agravados por las tensiones entre Estados Unidos y China).  
Los mercados emergentes, como el latinoamericano, mostraron este año una reducción en la cantidad de financiamiento externo que percibían y a su vez aumentaron lo que se conoce como el riesgo soberano (las probabilidades que tiene un país de no poder pagar sus obligaciones externas, es decir, las deudas), situación que encarece los préstamos para estos países.
Además, en su gran mayoría tuvieron que depreciar sus monedas en relación al dólar, exceptuando Paraguay que mantuvo la estabilidad y Brasil que aumentó el valor de la suya.
Durante la conferencia de prensa donde se presentó el Balance 2018 la Secretaria Ejecutiva de la CEPAL, Alicia Bárcena, realizó algunas recomendaciones generales a los países que conforman esta región.
“Se requiere de políticas públicas para fortalecer las fuentes de crecimiento y hacer frente al panorama de incertidumbre a nivel mundial. Es necesario fortalecer el papel activo de la política fiscal de la región” y reorientar la inversión pública a proyectos con impacto sostenible poniendo mayor énfasis en las asociaciones público-privadas para estabilizar y dinamizar el crecimiento. En varias ocasiones mencionó el especial resguardo que deben hacer los estados nacionales en cuanto al gasto social, sobre todo en los períodos de desaceleración económica, de forma que este sector, el más vulnerable, no se vea afectado por ajustes. Y, por último, indicó que se deben cuidar los perfiles de deuda pública ante la incertidumbre que podría aumentar su costo y niveles.
Entonces se prevé para el 2019 que América Central (excluida México) crezca 3,3%, América del Sur 1,4% y el Caribe 2,1%. A nivel de países, las mayores economías de la región, Brasil crecería 2,0% y México 2,1%, por debajo de los niveles del 2018. Las islas caribeñas liderarían el crecimiento regional, con una expansión de 9,0%. En el otro extremo, Venezuela sufriría una contracción de su economía del -10,0% y Argentina de -1,8%.
Las grandes economías de la región, Brasil y México están estrenando nuevos gobiernos, opositores a los salientes, Jair Bolsonaro y Andrés López Obrador. Por su parte argentina tiene elecciones a finales del 2019, pero sigue intentando salir de un año duro que obligó a Macri a pedir un rescate millonario al Fondo Monetario Internacional, situación que heredará el próximo gobierno.  
Particularmente, estos gobiernos deberán hacer frente a uno de los mayores desafíos de cualquier democracia, y tendrán que centrar gran parte de su agenda en solucionar los altos niveles de desempleo que golpean a sus países. En América Latina hay cerca de 25 millones de personas que buscan trabajo y no lo consiguen. Los niveles más alto de desempleo lo registra Brasil (12,5%), Colombia (9,8%), Costa Rica (9,7%) y Argentina (9,4%). Por el contrario, los índices más bajos están en Guatemala (2,8%), México (3,3%) y Ecuador (4,2%). Recordemos que esta lista la elaboramos según la información disponible en cada país.
En cuanto a este tema los datos más preocupantes son tres. En primer lugar, el desempleo joven triplica al de los adultos, uno de cada cinco jóvenes en la región no encuentra trabajo. En segundo lugar, más de la mitad de los empleos son informales, para ser más precisos 50,6%, situación que afecta al desarrollo en general del país. Y, en tercer lugar, la incertidumbre comercial porque el panorama laboral en Latinoamérica es altamente vulnerable a la guerra comercial entre Estados Unidos y China.
Los temas desarrollados hasta aquí afectarán de forma definitoria tanto el camino y las políticas de los nuevos gobiernos electos en el 2018 (Costa Rica, Paraguay, Colombia, México, Brasil y Venezuela), así como los resultados de las contiendas electorales que se llevarán a cabo en el 2019 en Argentina, Bolivia, Uruguay, El Salvador, Panamá y Guatemala.
Durante el año que pasó la mayor parte de los candidatos electos provienen de ideologías de derecha, excepto México donde por primera vez ganó la izquierda. Ahora veremos como las políticas de liberalización e inserción impactarán en los problemas planteados, teniendo en cuenta que las promesas en campaña de la izquierda han contradicho sistemáticamente las recomendaciones realizadas por la CEPAL.
La actual administración argentina se encuentra trabajando para entrar dentro del efecto contagio de la buena performance de la economía brasileña, que hasta el momento podría ser el factor de reactivación del empleo, riqueza y renta de América del Sur. Pero no tienen en cuenta que Bolsonaro no estaría dispuesto a reactivar las conexiones y redes mercosureñas, situación que dificultaría las intenciones del gobierno de Mauricio Macri.
 

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Bolsonaro o Haddad, la grieta de Brasil que impacta en toda la región

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Pasadas las 20 del domingo, el Tribunal Electoral de Brasil hizo público los resultados de las elecciones que definían el rumbo de nuestra región. El principal anuncio fue que ninguna fuerza política logró superar el 50 por ciento de los votos, por lo cual, habrá una segunda vuelta. Situación no muy sorpresiva y pronosticada por los principales encuestadores durante las últimas semanas. Sin embargo, durante la misma conferencia revelaron un dato que dejó al mundo entero expectante, y a la sociedad brasileña radicalmente dividida: el candidato de ultraderecha, por demás polémico y controversial, obtuvo más del 46 por ciento de los sufragios, aventajando por 17 puntos al segundo más votado.
El 28 de octubre es la fecha elegida para el ballotage, competirán por la presidencia, por todo o nada, Jair Bolsonaro y Fernando Haddad. El primero es el candidato del Partido Social Liberal (PSL), representante de la ultraderecha, que estuvo a menos de 5 puntos de ganar el gobierno nacional en primera vuelta. Bolsonaro, actual diputado nacional por San Pablo, saltó a la fama por sus discursos públicos de tono racistas, homofóbicos, misóginos y ser un ferviente defensor de la última dictadura militar brasileña.
El segundo, quien reemplazó a Lula da Silva luego que la justicia lo imposibilitara para competir en las elecciones, es el candidato del Partido Trabajador (PT). Partido que gobernó casi dieciséis años el país, y se encuentra intentando recuperarse de la detención de su líder político, Lula, y la destitución de su última presidente, Dilma Rouseff.
A menos de tres semanas de la segunda vuelta la campaña se endureció, los dos candidatos se enfocan, casi exclusivamente, en atacarse mutuamente. Mientras uno es acusado de fascista, el otro es acusado de corrupto, y así pasan los días entre ofensas que van y vienen, poco hablan de sus futuras políticas gubernamentales.
Con el pasar de los días los partidos que quedaron afuera de carrera empiezan a fijar posturas, al igual que los ciudadanos brasileños y las figuras del mundo del espectáculo empezaron a viralizar #AgoraÉHaddad (ahora es Haddad), situación que encuentra estrecha relación con lo sucedido en Estados Unidos en las elecciones de 2016, cuando las estrellas del mundo pop pedían el voto para Hillary Clinton.
Antes de arriesgar predicciones, es importante realizar un pequeño pantallazo de las consecuencias de los comicios del 7 de octubre. Por un lado, dejó un Congreso altamente fragmentado, que hará la tarea de gobernar bastante difícil para cualquiera de los dos candidatos, obligándolos a realizar alianzas parlamentarias porque ningún partido posee mayoría. Los 513 escaños de la Cámara de Diputados quedaron distribuidos en más de 30 partidos, el PT se quedó con 56 diputados (tenía 70 en 2014) y el PSL obtuvo 52. El Senado, 81 escaños en total, quedó distribuido entre 20 partidos, el PT pasó de tener once senadores a cuatro. La mayor derrota la tuvo ex presidenta Dilma Rouseff, quien competía por una banca en la Cámara Alta por su estado natal, Minas Gerais, pero su escaso 15 por ciento la dejó cuarta y no logró entrar.
Por otro lado, también en el ámbito parlamentario, la novedad volvió a ser Bolsonaro, pero esta vez Eduardo, hijo del candidato a presidente, que se convirtió en el candidato a diputado más votado de la historia de Brasil, obteniendo un millón ochocientos mil votos en San Pablo, capital financiera de Brasil.
Trasladándonos a un plano un poco más predictivo, resaltamos que históricamente en Brasil el candidato que más votos saca en la primera vuelta es el ganador en la segunda. Por dos razones: es al que menos votos le falta para alcanzar el 50 por ciento mas 1; y porque el sistema político brasileño es un sistema altamente fragmentado, por lo cual, los partidos que quedan afuera buscan sumarle al que posee más posibilidades de ganar, y de esta formar ocupar lugares en el Gobierno.
Esta situación podría ser muy alentadora para Jair Bolsonaro, ya que, por ejemplo, podría ganar en la segunda vuelta simplemente sumando los votos del Partido de la Social Democracia (4,8%), un histórico rival del PT, y también se identifica como un partido de derecha. Sin embargo, el caso del candidato del PSL es bastante especial dadas sus posiciones tan extremas en temas muy delicados para la sociedad como el régimen militar, la homosexualidad, la pena de muerte, entre otros. Tenemos que ir siguiendo de cerca quienes van a prestarle su apoyo, y pagar el costo político que eso significa.
En cuanto al impacto que tuvo la elección en Argentina, lo primero para destacar es la favorable reacción que tuvieron los mercados ante el triunfo parcial de Bolsonaro, la bolsa de San Pablo cerró el lunes con una suba de hasta un 6%. Esto particularmente se explica por las altas posibilidades que Paulo Guedes encabece el equipo económico si Bolsonaro alcanza la presidencia. Guedes es un economista de 69 años, moldeado en la cuna del liberalismo, realizó su maestría y doctorado en la Universidad de Chicago, y es un ferviente promotor de la apertura de mercado, la reducción de impuestos, el achique del Estado. En sus discursos públicos el economista manifestó que se puede reducir en un 20 por ciento la deuda pública de Brasil (actualmente es el 77% del PBI) mediante privatizaciones, concesiones y venta de propiedades del Estado.
Este repentino shock de confianza del mundo financiero en Brasil podría tener un efecto derrame para toda la región, particularmente para los mercados emergentes como Argentina. También, el día lunes, el Real se apreció respecto al dólar, vale 20 centavos más, lo cual representa una buena noticia para nuestro país, porque productos argentinos se vuelven más competitivos, es decir más baratos, respecto a los productos brasileños en los mercados en los cuales competimos, como por ejemplo en el sector maderero.
Respecto a las relaciones políticas con Argentina, resulta arriesgado llegar a conclusiones adelantadas. No obstante, podríamos entrever que en el caso que gane Haddad, las relaciones serían bastante tirantes, teniendo en cuenta el vínculo histórico del PT con el gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Y en el caso de una victoria de Bolsonaro, tampoco es fácil predecir algún tipo de relación porque con un personaje tan polémico e imprevisible los vínculos dependerán de como forme su gabinete. Seguramente no tendríamos consensos en los grandes foros internacionales, ni podríamos avanzar en políticas regionales en común, en ninguno de los dos casos.
Por último, tenemos que resaltar que el peso regional de Brasil no pasa inadvertido: todavía es, pese a su crisis, la octava economía del planeta. Además, es la segunda potencia militar del hemisferio, siendo Estados Unidos la primera, y comparte fronteras con casi todos los países de América del Sur. Es decir, ninguno de los países vecinos será indiferente al resultado del ballotage. La región entera ya presenta desafíos sumamente serios, que exigen un alto grado de cooperación. Por lo cual, existe una preocupación generalizada en todo el continente por el posible triunfo de Jair Bolsonaro. Particularmente, se teme que militarice las fronteras brasileñas, especialmente las que comparte con Venezuela y complique la situación de los ciudadanos venezolanos que emigran de su país. Los jefes de Estado sudamericanos temen que la presidencia del ultraderechista entorpezca, o destruya, los procesos de integración y cooperación que llevan años funcionando la región, y obstaculice la resolución coordinada de conflictos continentales.

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¿Reconfiguración del mapa político en América Latina?

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El domingo anterior una noticia provocó el alerta en nuestra América, pues un episodio podía cambiar el rumbo de los acontecimientos políticos de Brasil: el juez Rogério Favreto había aceptado el pedido de “habeas corpus” de Lula Da Silva, decisión que le otorgaba la libertad inmediata. No obstante, la Policía Federal del país vecino no liberó al exmandatario, acatando un despacho del juez Sergio Moro, encargado de la causa “Lava Jato”, quién consideró que Favreto era incompetente para tomar esa decisión y solicitaba esperar la resolución de Gebran Neto, que finalmente fue negativa.  
Estas marchas y contra marchas no tardaron en suscitar especulaciones. Los medios de comunicación y los líderes políticos de la izquierda latinoamericana comenzaron a hablar de un posible “efecto contagio”, relacionando la decisión de Favreto con el resultado de la elección presidencial mexicana.  
El domingo 1 de julio Andrés Manuel López Obrador (AMLO) obtenía un triunfo histórico en la contienda electoral de México, convirtiéndose en el primer presidente elegido que fuera postulado por un movimiento de izquierda y que gobernará con esa plataforma.
Con el 53% de los sufragios, AMLO y su partido, triunfaron en 31 de los 32 estados del país, conquistando la mayoría en las cámaras del Congreso.
Con la izquierda suramericana alicaída tras perder terreno ante la derecha en países claves como Brasil, Argentina y Chile, la victoria de López Obrador sería interpretada como una bocanada de aire fresco para esta corriente política. Los dirigentes de la izquierda pueden interpretar esta victoria como una anticipación de su regreso en la región.  
Sin negar la trascendencia de la llegada de AMLO al poder en México, deberíamos ser muy cautelosos de no sobreestimar el posible impacto sobre los países de América del Sur. La idea de una América Latina única, que abarca desde México hasta Argentina, es un anhelo desde los tiempos de la independencia, pero tomarla como una unidad política no resulta lo más adecuado.
Para entender los procesos políticos de los países que la componen es preferible dividir este gran continente en tres regiones: América del Sur, América Central y América del Norte de habla hispana. La partición se realiza en base a que además de un pasado colonial común, sus instituciones, economías, estructuras sociopolíticas y problemas de seguridad nacional distan de asemejarse.
Particularmente México se determinó como una región distinta porque su estructura económica y política se encuentra más vinculada con Estados Unidos y Canadá, que con los otros países de América Latina.
Por ello, algunos analistas están convencidos de que el fenómeno vivido la semana pasada en México no tendría un correlato en los países que componen América del Sur, sino que, por ciertas particularidades, tiene más semejanzas con lo ocurrido en el 2016 en Estados Unidos y la victoria de Trump, a pesar de que el estadounidense sea considerado un conservador de derecha y el mexicano un revolucionario de izquierda. Al igual que Trump, López Obrador fue percibido por sus electores como la mejor opción para cambiar un sistema político que los desilusionó.
El actual presidente de los Estados Unidos, durante su campaña, manifestó que iba a “drenar el pantano” de Washington, y el presidente electo mexicano hizo hincapié en sacar al “régimen corrupto” de su país.
Además, ambos fueron etiquetados de populistas/nacionalistas, y vistos como riesgos para la democracia liberal o la economía de mercado. Y, por último, los dos prefieren enfocarse más en la política nacional que en las relaciones exteriores.
Por lo tanto, parece más razonable analizar la realidad política de América del Sur observando las elecciones presidenciales de este año en Colombia y en Paraguay. Ambas se caracterizaron por dos hechos claves: la baja participación en los comicios y el triunfo de los partidos de derecha. En Colombia, en la segunda vuelta realizada en junio, ganó Iván Duque candidato del partido Centro Democrático, que lidera el ex mandatario de ese país Álvaro Uribe; y en Paraguay triunfó Mario Abdo, representante del histórico Partido Colorado.
En Venezuela triunfó el oficialismo pos chavista pero la victoria se encuentra manchada por reiteradas denuncias de fraude y una intensa crisis económica.
Para terminar de definir el mapa político-social de América del Sur queda por presenciar la elección del país más grande de la región, Brasil, donde todavía reina la incertidumbre por la participación de Lula como represente del Partido Trabajador.

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