Cristian Milciades

Periodista, productor de contenidos.

Castiñeira: “La confianza no se construye con comunicación, sino con gestión”

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La crisis de confianza entre ciudadanía, partidos e instituciones fue uno de los ejes centrales del Encuentro Regional ASACOP NEA “Comunicación política en tiempos de desafección”, realizado este viernes en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM). La jornada reunió a consultores y especialistas de Misiones, Corrientes, Chaco, Formosa y Paraguay para discutir cómo cambió el vínculo entre política, ciudadanía y comunicación en un escenario atravesado por la hiperconectividad y la fragmentación de las audiencias.

La conferencia magistral estuvo a cargo de Selva Castiñeira, politóloga, consultora y estratega paraguaya especializada en comunicación política, campañas electorales y gestión de gobierno, con más de 15 años de experiencia en América Latina. Su exposición, titulada “Crisis de confianza, cómo reconstruir legitimidad”, puso el foco en una tensión que atraviesa tanto las campañas como las gestiones: la distancia entre lo que los dirigentes prometen, lo que comunican y aquello que efectivamente hacen.

Para Castiñeira, uno de los principales errores de la política contemporánea consiste en atribuir a la comunicación una capacidad que no tiene. “La confianza no la genera la comunicación”, sostuvo durante una entrevista con Economis. Su planteo parte de una premisa concreta: cuando una gestión no consigue mostrar mejoras verificables o cuando existe una brecha entre las promesas electorales y las decisiones posteriores, una estrategia de comunicación puede amplificar el mensaje, pero no reemplazar aquello que falta en la gestión.

El problema no empieza en las redes

La desafección política, explicó la consultora, se expresa en la pérdida de credibilidad hacia los partidos, los dirigentes y las instituciones. Pero también cambia la manera en que los ciudadanos construyen sus propias opiniones. La ciudadanía actual recibe información de manera permanente, desde múltiples plataformas y en comunidades digitales cada vez más segmentadas.

Ese escenario modifica la relación entre dirigentes y electores. Las redes sociales permiten una exposición prácticamente constante, pero también generan burbujas informativas donde los usuarios reciben contenidos compatibles con sus intereses y percepciones previas. Para Castiñeira, el desafío no consiste en “romper” esos algoritmos —algo que considera difícil por la propia lógica personalizada de las plataformas— sino en desarrollar una ciudadanía y una dirigencia capaces de contrastar la información con fuentes confiables.

“Vayamos a la fuente de lo que estamos consumiendo”, planteó como una de las herramientas frente a la saturación informativa. La recomendación adquiere una dimensión institucional: en un ecosistema donde cualquier contenido puede alcanzar rápidamente a miles de personas, la reputación ya no depende solamente de cuánto comunica un dirigente, sino también de cuánto pueden verificar los ciudadanos de aquello que comunica.

La jornada de ASACOP tomó justamente esa transformación como punto de partida. El encuentro incluyó un panel dedicado al diagnóstico de la desafección política y otro orientado a estrategias para reconstruir el vínculo con la ciudadanía, además de la conferencia de Castiñeira y un espacio de intercambio sobre los desafíos futuros de la consultoría política en el NEA.

De la campaña a la gestión: la “campaña constante”

Uno de los conceptos desarrollados por la consultora fue el de “campañas constantes”. No se trata solamente de mantener una estrategia electoral durante todo el mandato, sino de entender que la reputación de un dirigente se construye desde el momento en que se presenta como candidato hasta el final de su gestión.

La diferencia es sustancial. Durante una campaña, un candidato puede definir segmentos prioritarios, seleccionar públicos y construir mensajes específicos. Cuando llega al gobierno, en cambio, debe administrar para el conjunto de la ciudadanía.

“En campaña electoral puede uno implementar estrategias para poder ganar esa campaña electoral, pero en gobierno no. Ahí te toca hacer gestión”, explicó Castiñeira.

La consecuencia es que las promesas electorales adquieren una dimensión institucional una vez que el candidato asume. Para la consultora, una propuesta de gobierno debería ser coherente y realizable dentro de las condiciones políticas, administrativas y económicas que enfrentará posteriormente una gestión.

La cuestión también alcanza a la relación territorial. Castiñeira señaló que existen dirigentes que durante una campaña recorren barrios y comunidades, pero luego reducen el contacto directo con la ciudadanía una vez que asumen. Desde su perspectiva, esa distancia alimenta la percepción de que la política se acerca a la gente para pedir el voto y se aleja cuando debe responder reclamos.

La legitimidad como proceso

En la exposición realizada en Posadas, Castiñeira vinculó la legitimidad con tres dimensiones: lo que un dirigente dice, lo que hace y la percepción que construyen terceros sobre esa relación entre discurso y acción.

La fórmula puede resumirse en una pregunta básica para cualquier gestión: ¿existe correspondencia entre lo que se prometió, las decisiones que se adoptaron y los resultados que pueden observarse?

“Uno puede no estar de acuerdo con una persona, pero creer en su palabra, entender sus decisiones y considerar que está actuando de manera coherente”, planteó.

Ese enfoque desplaza la comunicación política desde la lógica exclusivamente publicitaria hacia una función más amplia de rendición de cuentas. Mostrar resultados, reconocer errores, explicar decisiones y sostener canales de escucha pasan a formar parte de la construcción de reputación.

En esa línea, Castiñeira también cuestionó la idea de que una crisis pueda solucionarse únicamente mediante una campaña de comunicación. Cuando el problema ya ocurrió y adquirió visibilidad pública, la comunicación puede ordenar información o explicar decisiones, pero no sustituye la necesidad de corregir aquello que originó el conflicto.

Una ciudadanía más fragmentada y menos partidaria

Otro de los puntos abordados fue la transformación de los electorados. Castiñeira describió una ciudadanía más segmentada, atravesada por intereses, identidades y causas diversas, con una participación política que no necesariamente coincide con la pertenencia tradicional a un partido.

En ese escenario, el análisis cualitativo adquiere relevancia para comprender qué demandas movilizan a cada grupo. La consultora sostuvo que no existe una fórmula única para acercar a los jóvenes o recuperar su participación: primero es necesario conocer qué reclaman, qué causas defienden y qué experiencias tuvieron con las instituciones.

La cuestión resulta particularmente relevante para los consultores políticos porque obliga a separar dos fenómenos: el interés por determinados asuntos públicos y la disposición a participar electoralmente. Una persona puede movilizarse por una causa concreta, expresarse en redes o participar de una manifestación y, sin embargo, mantener distancia respecto de los partidos y las elecciones.

Para Castiñeira, la reconstrucción del vínculo requiere escuchar esa demanda antes que intentar imponerle un mensaje.

Redes sociales: exposición no equivale a voto

La expansión de las plataformas digitales también modificó las herramientas de las campañas. Pero Castiñeira marcó una diferencia entre visibilidad y conversión electoral.

Las redes pueden contribuir al posicionamiento de un candidato, particularmente cuando se trata de figuras nuevas o con menor reconocimiento. Sin embargo, la consultora considera que el territorio conserva una función específica porque permite un contacto que una pantalla no reproduce.

“Los likes no son votos”, sintetizó al analizar el vínculo entre exposición digital y comportamiento electoral.

La afirmación no implica descartar las herramientas digitales. Por el contrario, plantea una combinación entre comunicación segmentada, análisis de datos, producción de contenidos y presencia territorial. El desafío estratégico aparece cuando una campaña confunde alcance con vínculo y cantidad de seguidores con confianza.

El descontento como nuevo escenario político

Castiñeira también señaló que los dirigentes ya no compiten exclusivamente contra otros candidatos. En un contexto de desafección, el descontento con la política puede convertirse en un actor relevante del escenario electoral.

La observación tiene una implicancia concreta para la gestión: conocer la aprobación de una política o el nivel de satisfacción de la ciudadanía no debería ser una tarea reservada para los meses previos a una elección. Los mecanismos de escucha, medición y evaluación pueden funcionar como instrumentos de gestión permanente.

La lógica vuelve a conectar comunicación y política pública. Un gobierno puede disponer de múltiples canales para difundir sus decisiones, pero la legitimidad depende también de que existan mecanismos para conocer cómo esas decisiones son recibidas, qué problemas persisten y dónde aparecen nuevas demandas.

El encuentro de ASACOP en Posadas puso así el foco en una transformación que excede las campañas electorales. La consultoría política empieza a trabajar sobre un vínculo continuo entre instituciones y ciudadanía, en un contexto donde la información circula más rápido, los electorados son más fragmentados y las audiencias tienen capacidad creciente para cuestionar, comparar y difundir las acciones de quienes gobiernan.

El desafío, desde la perspectiva expuesta por Castiñeira, no pasa solamente por encontrar una mejor manera de comunicar. Pasa por reducir la distancia entre discurso y acción, sostener mecanismos de escucha y hacer que la comunicación pueda respaldarse en hechos verificables. En un escenario de desafección, la reputación deja de ser exclusivamente un problema de campaña y se convierte en una consecuencia acumulativa de la gestión.

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ASACOP NEA: la desafección política expone una crisis de vínculo con la ciudadanía

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La desafección política dejó de ser presentada como un problema exclusivamente electoral para convertirse en una discusión sobre el vínculo entre ciudadanía, instituciones y capacidad de respuesta. Esa fue una de las principales conclusiones del primer Encuentro Regional ASACOP NEA “Comunicación política en tiempos de desafección”, realizado este viernes en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM), con participación de consultores de Misiones, Corrientes, Chaco y Formosa.

Organizado por la Asociación Argentina de Consultores Políticos (ASACOP), Región NEA, bajo la coordinación de Irina Bondarenco, el encuentro reunió a profesionales de la comunicación, la opinión pública y la estrategia política en un plenario único. La jornada fue declarada de interés provincial por la Cámara de Diputados de Misiones y puso en discusión un fenómeno que atraviesa las campañas, pero también la gestión cotidiana: qué ocurre cuando la ciudadanía deja de encontrar correspondencia entre sus expectativas, las decisiones públicas y su experiencia concreta.

La discusión tuvo un punto de partida común. Para los especialistas que participaron del panel de diagnóstico, la desafección no equivale necesariamente a apatía, desinterés o rechazo de la democracia. Milva Carlino planteó que se trata de un conjunto de actitudes, percepciones y conductas que expresan distanciamiento y desconfianza hacia las instituciones, los dirigentes y las formas tradicionales de interacción pública.

La expectativa incumplida como núcleo del problema

Carlino ubicó el problema en una brecha cada vez más visible entre lo que la ciudadanía espera que la política resuelva y lo que percibe que efectivamente resuelve. Desde esa perspectiva, la discusión sobre confianza no puede separarse de la capacidad de la política para producir respuestas frente a problemas concretos.

La consultora sostuvo que la incorporación acelerada de tecnologías digitales también modificó las expectativas sociales. La experiencia cotidiana de resolver operaciones, acceder a información o comunicarse de manera inmediata genera un parámetro que las instituciones públicas no siempre pueden reproducir. A eso se suman, según su exposición, la hiperconectividad, las burbujas informativas, la desinformación y una ciudadanía que recibe información política en entornos cada vez más fragmentados.

Carlino también presentó indicadores electorales y encuestas como señales para observar el fenómeno en el NEA, aunque advirtió que la participación electoral por sí sola no alcanza para medir la desafección. Su planteo fue que la menor concurrencia a las urnas, el voto en blanco o nulo, la pérdida de identificación partidaria y el alejamiento de ámbitos tradicionales de participación deben ser leídos junto con otros indicadores de confianza y expectativas.

El punto de llegada de su exposición fue una pregunta dirigida particularmente a quienes trabajan en consultoría política: qué experiencia se está ayudando a construir entre dirigentes y ciudadanía. Para Carlino, la tarea profesional no debería limitarse a maximizar las posibilidades de una candidatura, sino incorporar evidencia, datos y criterios éticos que contribuyan a reconstruir el vínculo.

Cuando la comunicación no alcanza

Georgina Paolino llevó el diagnóstico hacia la relación entre representación y comunicación. Su planteo fue que la crisis no puede explicarse solamente por la manera en que los dirigentes comunican ni exclusivamente por las reglas electorales. El problema central, sostuvo, está en el vínculo.

Desde esa perspectiva, una mejor pieza de comunicación no puede compensar una gestión que no responde a las expectativas ciudadanas. Paolino cuestionó la proliferación de mensajes políticos centrados en la propia actividad de los dirigentes, especialmente cuando la ciudadanía aparece como espectadora y no como parte de la conversación.

La consultora también planteó que la construcción de confianza requiere tiempo. Utilizó la metáfora de una relación que no puede saltar directamente de la primera aparición pública al pedido de voto: antes debe existir conocimiento, interacción y experiencias que permitan verificar la consistencia de aquello que se promete.

La conclusión fue que la comunicación política necesita estar subordinada a una definición política y a una gestión capaces de sostenerla. Para Paolino, las estrategias destinadas a reconstruir vínculos deberían apoyarse en tres condiciones: autenticidad, consistencia y coherencia.

Jóvenes: votar no significa necesariamente confiar

Aníbal Gronda incorporó una dimensión generacional al debate. Su exposición partió de una advertencia contra una interpretación frecuente: asumir que los jóvenes abandonaron completamente la política o que existe una ruptura automática entre sus preferencias y las de generaciones anteriores.

Según un dato de una encuesta de Pulsar que citó durante su presentación, el 80% de los jóvenes de entre 16 y 19 años consultados compartiría una orientación política similar a la de sus padres. Gronda utilizó ese resultado para señalar que la diferencia generacional puede estar menos vinculada con las ideas de fondo que con los códigos, los lenguajes y las figuras capaces de captar atención.

El consultor también diferenció participación de confianza. Citó una participación cercana al 55% entre adolescentes habilitados para votar en una elección nacional y, al mismo tiempo, señaló que una proporción elevada de jóvenes manifiesta poca o ninguna confianza en los partidos políticos. Más allá de los porcentajes concretos, su argumento fue que acudir a las urnas no equivale necesariamente a construir un vínculo estable con las estructuras partidarias.

Para Gronda, el problema vuelve a desembocar en los resultados. La comunicación puede formular una promesa, pero no sustituye la experiencia cotidiana de la ciudadanía. Si aquello que se anuncia no encuentra correspondencia en la vida concreta, la confianza pierde sustento.

El planteo adquiere particular relevancia frente a una generación que no necesariamente se moviliza a través de las estructuras tradicionales. El desafío, según la exposición, consiste en comprender qué demandas están detrás de determinadas expresiones electorales y evitar interpretar los cambios de preferencias únicamente como desplazamientos ideológicos.

Formosa: acercarse también significa cambiar el canal

Gonzalo Taboada trasladó la discusión desde el diagnóstico hacia una experiencia concreta de gestión municipal en Formosa. Su presentación partió de una pregunta diferente: si existe desafección ciudadana o si, en algunos casos, son las instituciones las que quedaron desconectadas de la forma en que actualmente se relacionan las personas.

El caso presentado surgió a partir de una necesidad fiscal: ante un escenario de menores recursos disponibles, el municipio buscó incrementar la recaudación propia. El diagnóstico llevó a revisar la relación con los contribuyentes y detectar que buena parte de los procedimientos institucionales seguían suponiendo que el ciudadano debía acercarse físicamente al Estado.

La estrategia, según Taboada, consistió en adaptar los canales de atención al ciudadano digital mediante herramientas web, aplicaciones, códigos QR, comunicación tradicional y presencia territorial. La experiencia incluyó beneficios asociados al uso de canales digitales y oficinas móviles en los barrios para resolver trámites y consultas que requerían atención presencial.

La conclusión del consultor fue que la cercanía no depende únicamente de la distancia geográfica. También implica estar disponible en los canales donde las personas efectivamente interactúan.

La experiencia introduce una dimensión concreta al debate sobre desafección: una institución puede interpretar la baja participación como falta de interés ciudadano cuando, en realidad, existe una demanda de interacción por vías diferentes. Para Taboada, el desafío no consiste solamente en pedir que el ciudadano “vuelva”, sino en que las instituciones comprendan dónde está y cómo se relaciona.

Del diagnóstico a una agenda de reconstrucción

Las cuatro exposiciones convergieron, con diferentes enfoques, en una idea: la comunicación política enfrenta límites cuando intenta resolver por sí misma una crisis cuya raíz también está en la gestión, la representación y la experiencia ciudadana.

El debate adquiere una dimensión regional porque los consultores analizaron problemas comunes desde realidades institucionales diferentes. La pérdida de confianza, la transformación de los canales de participación, el peso de las redes sociales, la distancia entre agenda pública y agenda ciudadana y la dificultad para convertir promesas en resultados aparecieron como dimensiones conectadas.

El segundo panel del encuentro estuvo precisamente orientado a las estrategias para reconstruir ese vínculo, con experiencias sobre comunicación de riesgo, campañas digitales, gestión municipal destinada a jóvenes, comunicación estratégica de gobiernos y cultura como espacio de construcción comunitaria.

El valor de la discusión, en ese marco, no está solamente en encontrar una nueva fórmula de comunicación electoral. El problema planteado por ASACOP NEA es más amplio: cómo recuperar condiciones para que la ciudadanía vuelva a percibir que existe una relación verificable entre participación, representación y respuesta pública.

La consultoría política queda así frente a una tensión que excede el calendario electoral. Puede ayudar a medir expectativas, interpretar demandas y mejorar los canales de comunicación, pero la reconstrucción de confianza depende también de aquello que ocurre después del mensaje: las decisiones, los resultados y la experiencia que esas decisiones producen en la vida cotidiana.

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Pablo González: “Misiones puede convertir su biodiversidad en una nueva matriz productiva”

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La agricultura sostenible dejó de ser solamente una discusión sobre cómo producir sin deteriorar los recursos naturales. En Misiones empieza a plantearse como una pregunta económica de mayor escala: qué hacer con la biodiversidad, el conocimiento científico y la capacidad tecnológica para construir una nueva matriz productiva capaz de generar más valor, empleo calificado y mercados.

Esa fue una de las ideas que atravesó la segunda Cumbre Internacional de Agricultura Sostenible, realizada el jueves y viernes en Posadas, y que reunió a productores, investigadores, empresas, cooperativas, estudiantes y organismos públicos de Argentina, Paraguay, Brasil y Cuba. La agenda puso en común biotecnología, bioinsumos, agroecología, financiamiento, mercados, agricultura digital e inteligencia artificial.

Entre las voces que buscaron ampliar esa discusión estuvo Pablo González, biólogo egresado de la UBA y cofundador de El Gato y la Caja, quien presentó “Futuro Vivo | Disrupción BIO para una nueva matriz productiva”. Su planteo no se limitó a incorporar tecnología al campo: propuso pensar qué ocurre cuando la propia biología se convierte en plataforma industrial.

Después de recorrer Biofábrica Misiones, González dijo haber encontrado una capacidad técnica que, a su juicio, merece ser conectada con mayor intensidad con el sistema productivo. La Cumbre había colocado precisamente esa articulación entre ciencia, tecnología y producción como uno de sus objetivos centrales.

“Misiones puede ser un jugador neurálgico” en una transformación hacia una matriz productiva de nueva generación, sostuvo durante la entrevista con Economis. Su mirada parte de una pregunta que cambia la discusión: no solamente cómo conservar la biodiversidad, sino cómo convertir ese activo natural en capacidades tecnológicas capaces de producir bienes y servicios de mayor complejidad.

De la biodiversidad como recurso a la biodiversidad como tecnología

González utiliza una expresión deliberadamente provocadora para definir su enfoque. No propone solamente “cuidar” la biodiversidad, sino ponerla en el centro del sistema productivo.

La diferencia es sustancial. En el primer enfoque, la biodiversidad aparece como algo que debe preservarse frente a la actividad económica. En el segundo, aparece como una fuente de conocimiento y de capacidades productivas que puede generar valor siempre que su utilización sea compatible con la conservación de los sistemas vivos.

La apuesta es pasar de una economía que extrae recursos naturales a otra que incorpora conocimiento sobre esos sistemas para desarrollar nuevos productos, procesos y aplicaciones industriales.

“Quiero atacar con la biodiversidad”, planteó González, al explicar que su objetivo no es una mirada conservacionista aislada, sino una estrategia capaz de convertir las ciencias de la vida en una plataforma de producción.

La idea dialoga con el concepto de bioeconomía y con una discusión global sobre la transición hacia modelos productivos que combinan biología, tecnología, datos e industria. Pero en Misiones adquiere una particularidad: la provincia dispone de una biodiversidad excepcional y, al mismo tiempo, viene construyendo instituciones orientadas a la investigación, la producción y la transferencia tecnológica.

González se mostró particularmente sorprendido por ese entramado. Durante su visita encontró, según relató, profesionales técnicos, infraestructura y capacidades que pueden funcionar como base para una etapa de mayor escala.

Su pregunta, entonces, no es si existe una capacidad tecnológica en Misiones. Es cómo llevarla “de uno a cien”.

El desafío ya no es crear capacidades, sino escalarlas

La expresión utilizada por González sintetiza uno de los problemas más complejos de cualquier política de innovación. Crear un laboratorio, desarrollar una tecnología o formar profesionales es apenas una primera etapa. El verdadero desafío económico aparece cuando ese conocimiento logra convertirse en productos, empresas, mercados y empleos.

La propia Biofábrica exhibe experiencias de transferencia que apuntan en esa dirección. Durante 2026, por ejemplo, la institución informó el envío de 200.000 plantines de banano producidos con biotecnología hacia Salta y también avanzó en nuevos desarrollos hortícolas y florícolas.

Para González, esas experiencias pueden ser el comienzo de algo más grande. Su visión apunta a una red de capacidades distribuidas que permita llevar el conocimiento desarrollado en Misiones hacia otras provincias y, eventualmente, hacia mercados internacionales.

La fórmula que propone es “de Misiones para el país, de Misiones para el mundo”.

No se trata solamente de exportar un producto terminado. La ambición está en exportar tecnología, procesos, material biológico, conocimiento y soluciones aplicables a distintos sistemas productivos.

Ahí aparece una diferencia fundamental con los modelos tradicionales de especialización productiva. En lugar de competir únicamente por volumen o costos, la estrategia busca capturar valor a partir de conocimiento difícil de replicar.

El cuello de botella está entre la ciencia y el productor

Pero la existencia de una tecnología no garantiza su adopción. La entrevista de González deja planteado un problema particularmente relevante para Misiones: la distancia que todavía puede existir entre los desarrollos tecnológicos y el productor que debe incorporarlos a su actividad cotidiana.

El propio especialista señaló que algunas soluciones desarrolladas en la provincia encontraron compradores o interesados fuera de Misiones antes de lograr una adopción significativa dentro del territorio.

Esa paradoja tiene una lectura económica. Una tecnología puede ser técnicamente competitiva y, sin embargo, no generar impacto territorial si no consigue usuarios locales, productores dispuestos a incorporarla, financiamiento para la transición y acompañamiento para reducir el riesgo inicial.

González propone una estrategia concreta: combinar difusión con demostración. No alcanza, plantea, con explicar las ventajas de una tecnología. Hay que encontrar a los primeros usuarios dispuestos a probarla, acompañarlos y conseguir resultados suficientemente visibles como para que otros productores puedan comprobar que el cambio funciona.

“Es identificar a los primeros usuarios que tengan resultados extraordinarios”, explicó.

La lógica es conocida en los procesos de innovación: los primeros adoptantes asumen mayor incertidumbre, pero si consiguen resultados verificables pueden reducir el riesgo percibido por el resto del mercado.

En una provincia donde una parte importante de la producción está en manos de pequeños productores, esa transición puede ser especialmente relevante. La innovación no puede quedar limitada a empresas con capacidad financiera para experimentar durante años. Necesita mecanismos que permitan distribuir el riesgo de adopción.

La nueva frontera: llevar lo vivo a la fábrica

Uno de los conceptos más interesantes de la exposición de González fue la comparación entre dos modelos tecnológicos.

Durante décadas, explicó, la agricultura incorporó tecnologías industriales y químicas para aumentar la productividad de grandes extensiones. El nuevo desafío podría consistir en avanzar en la dirección inversa: llevar el conocimiento de los sistemas vivos hacia los procesos industriales.

“Vi la semilla de algo nuevo: no cómo llevamos la técnica o lo químico al campo, sino cómo hacemos el paso al revés, cómo llevamos lo vivo a lo fabril”, sostuvo.

La frase resume una posible transición desde una agricultura basada principalmente en insumos hacia una bioindustria capaz de utilizar microorganismos, material vegetal, procesos biológicos y conocimiento científico para generar nuevos productos.

Eso puede abarcar desde bioinsumos y materiales hasta alimentos, principios activos, soluciones para el agro y otras aplicaciones industriales. El desafío consiste en pasar de la investigación y el desarrollo a cadenas comerciales capaces de sostener esos productos.

La Cumbre de Posadas intentó precisamente conectar esos mundos. Su programa incluyó una ronda de negocios, biotecnología vegetal, bioinsumos, sistemas regenerativos y herramientas digitales, mientras que el Laboratorio de Ideas trabajó sobre problemas concretos vinculados con suelo, agua y reciclado.

La discusión que queda después de la Cumbre

El cierre de la Cumbre incorporó además una agenda orientada a la agricultura digital, energía solar aplicada a sistemas ganaderos y de riego, inteligencia artificial, datos en tiempo real y análisis predictivo. Más de 100 jóvenes participaron del Laboratorio de Ideas, con propuestas vinculadas a suelo, agua y reciclado.

Ese componente resulta relevante porque muestra que la discusión sobre sostenibilidad no quedó restringida a productores o especialistas. También incorporó una dimensión de formación de capital humano, uno de los factores que determinarán cuánto valor puede capturar Misiones de las nuevas tecnologías.

La provincia ya cuenta con instituciones, profesionales y desarrollos tecnológicos. La pregunta siguiente es cómo conectarlos de manera sistemática con las empresas y productores, cómo financiar la adopción y cómo transformar esos conocimientos en negocios capaces de escalar.

González llegó a Posadas buscando precisamente esos nodos de innovación. Se fue con la impresión de haber encontrado una capacidad que, según su mirada, todavía no alcanzó toda su dimensión productiva.

El desafío, entonces, no es solamente hacer sostenible la agricultura existente. Es decidir qué actividades nuevas puede generar Misiones a partir de aquello que ya posee.

La biodiversidad puede ser patrimonio, atractivo turístico o reserva ambiental. Pero también puede convertirse en una fuente de conocimiento productivo. La diferencia estará en la capacidad de investigar sin destruir, transformar sin degradar y, sobre todo, conseguir que el valor económico de esa transformación quede acompañado por empleo de calidad y oportunidades para quienes producen en el territorio.

La Cumbre dejó planteada esa discusión. Y la intervención de González le puso una dimensión adicional: quizás el futuro productivo de Misiones no dependa solamente de producir mejor lo que ya produce, sino de descubrir qué productos todavía no existen y qué capacidades necesita construir para fabricarlos.

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Martín López y el desafío forestal de producir más sin perder rentabilidad

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La forestoindustria misionera atraviesa una etapa en la que producir ya no alcanza: también hay que encontrar mercados, reducir costos y mejorar la capacidad de transformar la madera dentro de la provincia. Martín López, flamante subsecretario de Desarrollo Forestal del Ministerio del Agro y la Producción, reconoce en una entrevista con Economis que el sector trabaja con márgenes cada vez más estrechos y plantea una agenda que combina recuperación del mercado interno, exportaciones, infraestructura logística y mayor valor agregado.

El diagnóstico parte de un escenario que excede a Misiones. Durante el encuentro por el 80° aniversario de la Asociación Forestal Argentina (AFOA), representantes del sector plantearon las dificultades que atraviesa la actividad en toda la región. López coincide en que las empresas de la provincia están operando cerca de sus máximos niveles de productividad, han optimizado la eficiencia y se han enfocado en la exportación porque necesitan colocar afuera una parte importante de lo que producen para sostenerse.

El problema aparece cuando todos buscan la misma salida. Con el mercado interno deprimido, la exportación funciona como una válvula de escape, pero también tiene un límite. “Llega un momento que se satura”, advierte el funcionario.

La tensión es particularmente relevante para Misiones porque su entramado forestal tiene una fuerte presencia de pequeñas y medianas empresas. López estima que alrededor del 90% de los aserraderos son micro, pequeñas o medianas empresas. Para esas unidades, que tienen menos espalda financiera y tecnológica, la caída de la demanda interna se combina con una estructura de costos difícil de absorber.

La situación no es nueva. Un diagnóstico oficial sobre la estructura productiva misionera ya identificaba entre los principales desafíos del sector la necesidad de reducir costos logísticos, mejorar el valor agregado, incorporar tecnología y facilitar el acceso al financiamiento para las PyMEs.

La energía aparece como otro de los puntos de presión. Las empresas más grandes, explica López, pudieron avanzar en reconversiones y fuentes alternativas para reducir parte de ese impacto. Las más pequeñas tienen menos margen de maniobra. Allí aparece una de las discusiones más sensibles de la cadena: quién absorbe los aumentos de costos.

Según el subsecretario, el productor forestal termina muchas veces funcionando como el eslabón que absorbe el ajuste porque tiene menor capacidad de negociación frente a otros componentes de la estructura productiva. El desafío de su gestión, plantea, es evitar que esa presión termine desincentivando la plantación.

La preocupación tiene una razón estructural. La forestación no es un inventario que pueda reponerse de un año para otro. Si la caída de rentabilidad lleva a reducir plantaciones, el problema actual de mercado puede convertirse posteriormente en un problema de disponibilidad de materia prima. Para López, conservar la tasa de forestación significa proteger el capital productivo futuro de la provincia.

Como contexto, López explicó que se está llevando adelante el Censo nacional Foresto Industrial, el cual podrá brindar datos de la situación actual del sector. Recordó que el censo anterior se realizó en el año 2015. En Misiones ya se realizó la etapa de consultas virtuales y ahora se están haciendo las visitas en campo, donde se releva las condiciones de cada empresa.

El cuello de botella que está fuera del aserradero

La discusión cambia de escala cuando aparece la logística. Misiones no solo necesita producir madera competitiva: necesita moverla de manera competitiva.

El funcionario considera que el costo logístico puede representar entre 10% y 15% del valor de la madera. En una industria que trabaja con márgenes reducidos, esa diferencia puede determinar si una operación es viable o no.

El Puerto de Posadas abrió una alternativa que hasta hace pocos años no existía para la producción provincial. De hecho, el puerto ya despachó convoyes de productos forestales de Misiones y Corrientes, incluyendo madera aserrada y pellets, consolidando su papel dentro de la salida exportadora regional.

Pero para López, un solo puerto no alcanza. La discusión pasa por construir una red logística capaz de combinar producción forestal, transporte terrestre y navegación fluvial.

En su planteo aparece una propuesta concreta: modificar el esquema regulatorio de la Marina Mercante y del cabotaje para permitir una mayor participación de embarcaciones de países de la región. La lógica es aprovechar barcos que puedan ingresar con capacidad disponible, completar carga en distintos puntos del corredor fluvial y trasladarla hacia los mercados de destino.

El cálculo que menciona es significativo. Según sus estimaciones, transportar actualmente un contenedor por camión puede representar unos 3.100 dólares, alrededor del 10% del valor de la mercadería transportada. Una alternativa fluvial podría reducir ese costo hacia los 2.000 dólares, con un ahorro aproximado de 1.100 dólares por contenedor.

La cifra no es menor para una actividad exportadora. Pero convertir esa posibilidad en una reducción efectiva de costos exige infraestructura, reglas de operación, frecuencia y coordinación entre empresas y organismos públicos. La propia provincia ya implementó herramientas para reducir costos de las PyMEs exportadoras, incluyendo reintegros de fletes y beneficios para las empresas que utilizan el Puerto de Posadas.

La agenda logística, por lo tanto, deja de ser un asunto exclusivamente de transporte. Para una provincia alejada de los principales centros portuarios argentinos, el costo de sacar la producción forma parte directamente de la competitividad industrial.

Corrientes también puede convertirse en mercado para Misiones

El otro cambio que observa López está relacionado con las inversiones que comienzan a modificar la demanda regional de madera. Corrientes aparece en su análisis como un nuevo polo de industrialización, con proyectos vinculados a biomasa, madera estructural y celulosa.

La consecuencia es que Misiones podría dejar de pensar únicamente en su mercado provincial. El complejo forestal de la región funciona cada vez más como una cadena integrada entre Misiones, Corrientes y Entre Ríos.

Para López, nuevas plantas instaladas en Corrientes pueden convertirse en demandantes de madera producida en Misiones, especialmente desde el sur provincial. Eso abre una oportunidad, pero también vuelve más urgente resolver la logística.

La pregunta ya no es solamente cuánto puede producir la provincia. También importa cuánto puede transportar, a qué costo y con qué nivel de procesamiento.

La discusión que viene: vender madera o construir con madera

En ese punto aparece el desafío del valor agregado. Misiones cuenta con una base industrial que permite producir madera aserrada y distintos derivados, pero López considera que todavía existe margen para avanzar hacia productos de mayor elaboración.

Su apuesta está puesta especialmente en la construcción con madera. La idea es pasar de considerar la madera como un insumo más dentro de una obra a incorporarla como parte estructural de la vivienda.

“Tenemos que pensar en madera”, plantea.

El concepto tiene una dimensión económica y otra cultural. No se trata únicamente de aumentar el precio de venta de cada metro cúbico, sino de desarrollar una demanda interna capaz de absorber producción, generar empleo industrial y construir una cadena de proveedores alrededor de viviendas, muebles, componentes y sistemas constructivos.

El propio Estado provincial viene incorporando el agregado de valor y la competitividad como ejes de su política productiva. En la presentación del Presupuesto 2027, el Ministerio del Agro planteó una asignación proyectada superior a $161.000 millones, con prioridades que incluyen diversificación, agregado de valor e innovación.

La discusión forestal encaja dentro de ese mismo problema: cuánto valor económico queda en Misiones después de que un árbol es cosechado.

La respuesta no depende exclusivamente de una subsecretaría. Requiere crédito, infraestructura, energía competitiva, rutas, puertos, regulación nacional, mercados externos y capacidad empresarial. También necesita que el productor forestal tenga incentivos para seguir plantando mientras la industria busca nuevos destinos para esa materia prima.

Por eso López insiste en la necesidad de una relación permanente entre el sector público y el privado. No como una mesa ocasional para atender una emergencia, sino como un mecanismo de coordinación cotidiana.

En una provincia donde muchas empresas forestales son de origen familiar y atraviesan varias generaciones, la discusión tiene una dimensión territorial. Mantener activa la cadena significa preservar plantaciones, aserraderos, empleos, transporte y actividad industrial en localidades donde la forestoindustria forma parte de la estructura económica.

El desafío para la nueva gestión forestal es, entonces, doble. En el corto plazo, sostener empresas que enfrentan una combinación de baja demanda y altos costos. En el largo plazo, evitar que la respuesta a la crisis consista únicamente en producir más barato y exportar materia prima.

La salida que plantea López apunta a otra dirección: bajar el costo de sacar la madera, ampliar los mercados, integrar la producción regional y convertir una mayor proporción de los árboles plantados en productos terminados.

La diferencia parece semántica, pero es económica. Una provincia forestal no se define solamente por la cantidad de hectáreas plantadas. Su verdadera capacidad industrial se mide también por cuánto empleo, tecnología, diseño y valor captura antes de que esa madera salga de su territorio.

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De las canchas al oficio: Gastón Molina y una apuesta por abrir oportunidades desde los clubes de barrio

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Gastón Molina llegó a Misiones por el fútbol, pero terminó construyendo allí una historia que excede ampliamente al deporte. Exfutbolista profesional, emprendedor y vinculado al trabajo cotidiano de los clubes de barrio, hoy combina carpintería, inversiones inmobiliarias y nuevos proyectos empresariales con una idea que atraviesa su recorrido: generar oportunidades para otros a partir de las herramientas que alguna vez recibió.

Su experiencia empresarial comenzó, paradójicamente, durante una de las etapas más difíciles para buena parte de la economía. En plena pandemia había comprado canchas de fútbol sintético y tenía en marcha otros proyectos vinculados al deporte y al bienestar. Pero las actividades sociales y deportivas fueron de las últimas en recuperarse. Frente a ese escenario, Molina recurrió a un conocimiento que había aprendido mucho antes de dedicarse profesionalmente al fútbol: la carpintería.

“Siempre tuve mis herramientas. Los muebles de mi casa los hice yo”, cuenta. El oficio lo había aprendido desde adolescente junto a su padre. Esa formación, que durante años había convivido con su carrera deportiva, terminó convirtiéndose en una herramienta empresarial.

Así nació Pintó Taller. El proyecto comenzó de manera casi artesanal, utilizando herramientas propias y recuperando restos de madera que encontraba en la calle. Lo que inicialmente fueron estanterías, sillas y maceteros comenzó a transformarse en muebles de diseño. Internet, las redes sociales y plataformas como Pinterest funcionaron como vidriera y también como fuente de inspiración.

El primer cliente llegó desde Rosario. Después aparecieron pedidos de Córdoba y Buenos Aires. El crecimiento llevó a la apertura de un local en Buenos Aires y otro en Pinamar, mientras el taller de producción permanece en Misiones. La cuenta de Instagram del emprendimiento ya ronda los 50.000 seguidores, según relata Molina.

La historia tiene además un componente económico que el propio empresario destaca: la disponibilidad de madera en Misiones y el aprovechamiento de materiales que, bajo otras circunstancias, podrían terminar descartados. La combinación entre oficio, materia prima y comercialización digital permitió construir una actividad que hoy trasciende el mercado local.

Molina observa allí una transformación más amplia. Durante años, los oficios fueron vistos como una alternativa secundaria frente a las profesiones universitarias. Para él, esa mirada está cambiando. Carpintería, electricidad y mecánica, sostiene, conservan un valor concreto en una economía donde la tecnología puede modificar procesos, pero no elimina la necesidad de personas capacitadas para resolver problemas materiales.

Su propia trayectoria funciona como ejemplo. Antes de convertirse en empresario fue futbolista profesional y atravesó también los costos de una carrera marcada por la incertidumbre. Llegó a Misiones en 2016 y recuerda una etapa particularmente compleja, con lesiones, dificultades económicas y el desgaste que implicaba sostener simultáneamente la actividad deportiva y la vida familiar.

El retiro del fútbol no significó abandonar el deporte. Por el contrario, Molina comenzó a involucrarse en proyectos vinculados con la formación y el entrenamiento, entre ellos La Cantera, Club San Francisco y espacios de preparación física. Allí apareció otra dimensión de su recorrido: el aprendizaje empresarial y la relación entre deporte, formación y comunidad.

Pero el concepto que más repite cuando habla de su presente es “oportunidad”. Para Molina, los clubes de barrio no son solamente lugares donde se practica una disciplina. Son espacios sociales capaces de conectar a un chico con una persona, una institución, una profesión o incluso con una trayectoria de vida que todavía no puede imaginar.

Su propia historia comenzó de esa manera. Su padre lo llevó a un club cuando era chico y, casi por casualidad, terminó ocupando el arco de una categoría superior porque faltaba un arquero. Lo que parecía una circunstancia menor terminó abriendo el camino hacia Racing, Defensa y Justicia y el fútbol profesional.

“Todo empieza ahí”, resume al referirse a los clubes de barrio.

La mirada adquiere otra dimensión cuando la traslada al trabajo. Molina cuenta que actualmente tiene cerca de siete carpinteros vinculados a su actividad y que algunos también pasaron por clubes de barrio. La apuesta, explica, no consiste únicamente en generar empleo, sino en transmitir un oficio que pueda convertirse en una herramienta de autonomía.

El razonamiento es sencillo: un joven que aprende carpintería, mecánica o electricidad incorpora una capacidad concreta que puede utilizar para conseguir un empleo, iniciar un emprendimiento o desarrollar una actividad por cuenta propia. El club, en esa lógica, puede funcionar como la primera puerta de entrada a una red de vínculos que después se expande hacia la educación, el deporte y el trabajo.

Esa concepción también explica su interés por la política. Molina plantea que, si finalmente participa de ese ámbito, le gustaría hacerlo desde una perspectiva vinculada con la generación de oportunidades. No presenta la política como una ruptura con su trayectoria anterior, sino como una posible extensión de aquello que aprendió en el deporte y en los emprendimientos.

“Brindar oportunidades, tratar de ayudar al otro y no hay nada más lindo que dar”, sostiene.

La frase adquiere mayor peso cuando la vincula con su propia historia. Molina no habla desde una trayectoria lineal ni exclusivamente exitosa. Reconoce errores, decisiones empresariales que no funcionaron y momentos difíciles. Parte de su identidad actual parece construirse precisamente sobre esa aceptación del recorrido.

“Nadie puede usar mi pasado en mi contra”, plantea en uno de los pasajes más personales de la entrevista. La definición resume una concepción del éxito distinta de la que suele acompañar al deporte profesional. Ya no se trata de títulos, contratos o reconocimiento público. Molina dice que le importa, sobre todo, el legado que pueda dejar en sus hijos y en las personas con las que trabajó.

En esa mirada, la carpintería y el club de barrio terminan encontrándose. Una enseña un oficio; el otro puede ofrecer pertenencia, disciplina, vínculos y una primera oportunidad. Ninguno garantiza por sí solo movilidad social, pero ambos pueden funcionar como plataformas cuando existen acompañamiento, formación y continuidad.

La historia de Molina también muestra una dimensión menos visible del emprendedurismo: muchas veces los proyectos no nacen de una estrategia empresarial diseñada desde cero, sino de la necesidad de resolver una crisis con recursos disponibles. Una pandemia cerró sus canchas; un oficio aprendido en la adolescencia le permitió abrir otra puerta. La recuperación posterior convirtió aquella salida de emergencia en una empresa.

En Misiones, donde la cadena forestal convive con una amplia red de pequeños talleres y emprendimientos, esa experiencia vuelve a poner sobre la mesa el valor económico de los saberes prácticos. El desafío no pasa solamente por formar profesionales, sino también por evitar que los oficios pierdan continuidad generacional y por conectar esas capacidades con mercados capaces de sostenerlas.

Molina llegó a la provincia buscando continuidad para su carrera deportiva. Con el tiempo, construyó otra trayectoria. Hoy su historia combina fútbol, clubes, madera, emprendimientos y una posible incursión política. Pero el hilo conductor que encuentra entre todos esos mundos es uno solo: las oportunidades rara vez aparecen de manera aislada. Muchas veces empiezan en un lugar pequeño, con alguien que abre una puerta.

Y para Molina, esa puerta puede ser un club de barrio, una herramienta de carpintero o simplemente alguien dispuesto a darle una primera oportunidad a otro.

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