Jorge Vasconcelos

investigador jefe de Ieral, Fundación Mediterránea

Un nuevo comienzo para la política económica

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Por la magnitud del crédito inicialmente disponible, que despeja incertidumbres vinculadas con la deuda pública, por las medidas que desmalezan el vínculo entre la política fiscal y la monetaria, y por la preservación de partidas de contención social, puede decirse que el acuerdo con el FMI marca un nuevo comienzo de la política económica. El mercado cambiario puede ser algo más errático en el contexto de flotación, pero los 25 pesos por dólar están cerca de un nivel de equilibrio. La tasa de interés, en 40 % anual, ha quedado demasiado alta, pero el cambio de la meta de inflación, a 22 por ciento a 12 meses, y a 17 % a fin de 2019, debería permitir un aflojamiento de la política monetaria en un par de meses. Un anticipo de ese movimiento ha sido el cambio de la pauta salarial para este año, del 15 % al 20 % para el sector privado. Habrá un recorte importante en obra pública nacional y en transferencias a provincias por fuera de la coparticipación. En la medida en que el riesgo país descienda, la inversión privada puede compensar parcialmente ese faltante. Hay costos, pero la decisión de recurrir al Fondo luce oportuna si se tiene en cuenta que desde el inicio al cierre de las negociaciones el real brasileño se devaluó un 10 %, reflejando lo difícil del contexto para los emergentes.

Las especulaciones previas fluctuaban entre dos escenarios igualmente inhóspitos para la Argentina: que el crédito fuera de una cifra significativa, pero con condiciones incumplibles, o que las metas no fueran demasiado exigentes, pero el préstamo de magnitud modesta. De hecho, por la cuota del país en el Fondo, multiplicada por 4,35 veces, técnicamente hubieran correspondido 20 mil millones de dólares. La diferencia hasta 50 mil millones se explica por varias razones: el plan que venía ejecutando el gobierno no necesitaba tantas modificaciones; el momento negativo de los emergentes demanda medidas que frenen riesgos de contagio; ante la incertidumbre política de países como México, Brasil e Italia, los países desarrollados que dominan el directorio del FMI buscaron dar una señal de apoyo a gobiernos que intentan alejarse del populismo. La inédita cláusula de flexibilidad para gastos sociales (30 mil millones de pesos para el caso argentino), que no requiere dispensa previa, es un mensaje en esa dirección. El otro, es que el acuerdo se está firmando por 36 meses, lo que implica que la continuidad o no del crédito habrá de formar parte de la campaña electoral de 2019. 
De acuerdo a lo anunciado, después del 20 de junio el Fondo habrá de girar 15 mil millones de dólares a la Argentina (30 % del total), el tramo del crédito que tiene el menor costo en términos de tasa de interés, que tendrá destinos múltiples, desde cubrir baches fiscales a capitalizar al BCRA. Los vencimientos de deuda del gobierno nacional, incluidas las Letes (títulos locales pero en dólares) suman 25 mil millones de dólares de aquí a fin de 2019. De modo que cabe esperar que el gobierno vuelva a buscar financiamiento en los mercados, aunque obviamente podría apelar a tramos adicionales de la operación con el FMI. Para mantener abierta esa posibilidad, el cumplimiento de las metas comprometidas, especialmente las fiscales, es inescapable. La tarea del ministro de Hacienda no será fácil.

Alejar escenarios de default depende del control del gasto público. Aunque resulte antipático, es la única forma de cumplir con la proyección de una deuda pública estabilizada en torno a 35 % del PIB (con privados y Organismos).
En lo que hace a la política monetaria y la lucha contra la inflación, el primer gesto de realismo del gobierno fue facilitar la renegociación de la pauta salarial del sector privado, de 15% a 20 % en 2018. Así, se termina de “inflar” la base de comparación de mediados de este año, para hacer más factible la proyección de una inflación anual en 22 %, a julio de 2019. También luce pragmático haber pasado de 10 % a 17 % para fin del año próximo. Esto significa que la política monetaria no tendrá que ser tan dura por intentar metas incumplibles, aunque hoy resulte paradójico por la subsistencia de la tasa de interés en el 40 % anual. Es posible que esta percepción pueda comenzar a cambiar en un par de meses, en la medida en que aparezcan indicios de desinflación. 

A partir de los acuerdos, la política monetaria puede resultar más efectiva (sin necesidad de súper tasas) y arrimarse más a las metas, por haberse librado de múltiples interferencias. Se estableció un mecanismo para que el stock de Lebacs se achique gradualmente y se cortó la emisión espuria de pesos para financiar al Tesoro. Además, la flotación cambiaria será más limpia, por lo que el Banco Central emitirá mucho menos para comprarle dólares al Tesoro, operatoria que dominó el período 2016/17.
Esto es clave para que la volatilidad que habrá de tener el tipo de cambio no escape de los fundamentos de la economía. La paridad en torno a 25 pesos, en la medida en que no vuelva a atrasarse, servirá para achicar el rojo de 30 mil millones de dólares de la cuenta corriente del balance de pagos. Sin embargo, hay un drenaje paralelo de dólares, que alcanzó a 28,5 mil millones en los últimos doce meses, que es la demanda de divisas para atesoramiento de los propios argentinos. En parte, esto fue fruto del exceso de pesos (que ahora se está revirtiendo), pero también de la pérdida de confianza en la política económica. En un país bimonetario como es la Argentina, esta fuente de inestabilidad debe ser permanentemente monitoreada. El plan anunciado debe superar ese test.
 

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Nuevo mix de política económica, con un dólar más alto

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En los primeros dos años de gestión, la combinación de una política fiscal relativamente laxa y una política monetaria dura llevó inevitablemente al atraso del tipo de cambio, hasta que la financiación internacional de los “déficits gemelos” dejó de fluir. Lo que se está abriendo paso, luego de la crisis cambiaria y la decisión de recurrir al FMI, es un nuevo esquema, en el que una política fiscal más restrictiva ayudará a cambiar los precios relativos a favor de la exportación (y la competencia con importados). El precio del dólar cerca de 25 pesos es un anticipo de ese escenario. Sin embargo, la tasa de interés de política monetaria de 40 % refleja lo complejo de una transición en la que se busca moderar el traspaso de la devaluación a los precios y, simultáneamente, estirar los vencimientos de Lebacs para evitar nuevos “supermartes”. Esto afecta el capital de trabajo de las Pymes y genera dudas acerca de la magnitud del freno en el nivel de actividad. La recuperación de la confianza sufre estas secuelas, pero también por la percepción de cambios impuestos por las circunstancias. Falta conectar que el nuevo mix de políticas, que sólo se habrá de completar cuando la tasa de interés pueda bajar, en realidad favorece un replanteo de la estrategia de crecimiento.
El gasto público consolidado de nación y provincias, que en 2006 fue de 61,6 mil millones de dólares, pasó a 263,7 mil millones en 2015. Se multiplicó por 4,2 en 9 años!!. Tamaña expansión generó desequilibrios múltiples, con consecuencias que los cepos fueron disimulando y posponiendo. Los “pecados de origen” del actual gobierno hicieron que el gasto público en dólares de 2017, con 253,9 mil millones, se ubicara demasiado cerca del récord de 2015. Sólo que sin cepo, esto llevó a una escalada del déficit de la balanza de bienes y servicios reales, que trepó a 16,6 mil millones en 2017.

Pese a la poca diferencia entre 2015 y 2017 en el gasto público en dólares, cambió su composición. En paralelo, el menor riesgo país, la quita de trabas y el recorte parcial de impuestos distorsivos hicieron que la tasa de inversión del cuarto trimestre de 2017 (22,36 % del PIB) superara por más de 2 puntos la de igual período de 2015.
¿Puede preservarse esta tendencia? La única forma es con más ahorro nacional, que sustituya el financiamiento externo. Esto implica abocarse a gastos corrientes del sector público nacional, que suman 7,5 puntos del PIB incluyendo salarios, compras y transferencias a provincias (por fuera de coparticipación). La inversión privada, más allá del resultado exitoso de la primera tanda de PPP, depende de lo que ocurra con el riesgo país, que podría descender de la mano del préstamo del FMI. Pero también de un mayor involucramiento de provincias y gobernadores. Aunque la negociación con el Fondo no requiera pasar por el Congreso, hay infinidad de aspectos en los que las políticas regionales pueden definir, por sí o por no, la radicación de capitales.

Pese a que la devaluación complica el cierre de las cuentas fiscales, por el mayor peso de intereses y de subsidios económicos (el gas en boca de pozo está dolarizado), más relevante es la visión general, por la cual el nuevo mix de política económica apunta a bajar el nivel del gasto público en dólares en forma persistente, tanto por la contención de las erogaciones como por el nuevo tipo de cambio. De hecho, este año el gasto público se estará recortando en 50 mil millones de dólares respecto de 2017.
El nuevo mix de política económica puede cambiar los precios relativos de la economía por la vía de una herramienta fiscal que mantiene contenidos los precios de bienes y servicios no comercializables internacionalmente, y de un instrumento monetario que tendría que dejar (en el futuro) de ser un mecanismo de atracción de capitales golondrina. El tipo de cambio más elevado no es una variable que pueda ser manejada arbitrariamente, sino un subproducto de aquella combinación. Y el menor peso en dólares que está pasando a tener el gasto público es un movimiento “por única vez” que necesita ser sustentado y complementado. Por detrás de este fenómeno subsiste la estructura sobredimensionada del Estado, que fue cobrando forma desde mediados de la primera década de este siglo. Como mostraron los economistas de IERAL Capello, Laguinge e Iglesias, mientras la población del país aumentó un 10 %, aproximadamente en este período, la planta de personal del sector público nacional lo hizo un 36,3 % y la del consolidado de provincias un 45,6 %!!!. El gasto de la Administración nacional se infló en 10,2 puntos del PIB de 2006 a 2017 ( 5,2 puntos atribuibles a Seguridad Social), pero la inversión pública mantuvo su volumen (aunque en los últimos dos años ha mejorado su eficacia). Las provincias, por su parte, expandieron sus erogaciones en 5,0 puntos del PIB, pero sólo 0,2 puntos constituyeron más gasto de capital.
En este nuevo contexto, ¿qué significa la paridad a 25 pesos? Ahora, el precio del Big Mac es más barato en la Argentina (3,60 dólares) que en Chile (4,13). ¿Demasiada devaluación?. En realidad nuestra inflación achicará la diferencia. Para evitar que el precio del dólar escape a cualquier parámetro, es clave que el acuerdo con el FMI avance. Y para lograr que el traspaso de la devaluación a los precios sea moderado y mejore la competitividad, el rol de las políticas fiscal y monetaria es insustituible.
Justamente, dado que la tasa de interés del 40 % puede persistir por algún tiempo, el sector bancario debería considerar una reapertura temporal del régimen de créditos subsidiados a pymes, en operaciones a corto plazo. Es una iniciativa que no demanda medidas oficiales. Podría aplicar tasas que computen el plus de ingresos que las entidades obtienen al haber transformado parte de sus encajes en Lebacs, con el rendimiento correspondiente. Se trata de preservar los activos (créditos al sector privado) del propio sistema.
Es de esperar que, una vez que se definan los términos del acuerdo con el FMI, la economía argentina pueda salir de la fase actual, en la que la prioridad es evitar el riesgo de una nueva corrida cambiaria. ¿Ayudará el contexto internacional?. En realidad, más que la suba de tasas en los Estados Unidos, lo que puso en el foco de los inversores a países como Argentina y Turquía fue el rápido fortalecimiento del dólar contra el euro, fenómeno atribuible al inesperado enfriamiento del nivel de actividad en la Eurozona. El problema está en la eventual aparición de turbulencias de “segunda ronda”, por lo problemas políticos en Europa y una inflación en Estados Unidos que pueda sorprender.
Por ende, mientras se trata de calibrar la magnitud de estos riesgos, la prudencia tendrá que ser la consejera de cabecera…

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Dos crisis parecidas, una llevó al cepo (2011) y la otra al FMI (2018)

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En 2011, el año en que la ex presidenta lograra su reelección con el 54 % de los votos, las reservas del Banco Central cayeron 5,8 mil millones de dólares. Como es sabido, muy poco después de los comicios, el gobierno intervino el mercado de cambios y el del comercio exterior, inaugurando la era de los cepos. En 2018, luego de una corrida cambiaria más abrupta, el Ejecutivo decidió apelar al FMI. En 2012, el primer año de los cepos, el país entró en recesión, inaugurando un quinquenio de estanflación. En cambio, ahora, luego del golpe inicial que se sentirá con fuerza en el segundo y en el tercer trimestre, por la incertidumbre, el salario real y la restricción crediticia, la economía tiene chances de volver a recuperarse, de la mano de nuevos vectores, más asociados al comercio exterior, la construcción privada, la energía, el turismo y las economías regionales. Dada la historia, recurrir al FMI tiene costos políticos, que la parte de la oposición que no tiene la responsabilidad de pagar sueldos a fin de mes se ocupará de vociferar, en un rol cada vez más cerca del “cuanto peor, mejor”. Esto pese a que su “preocupación”, la expansión de la deuda pública, ahora estará bajo control. En cambio, aquellos que administran provincias y municipios difícilmente tomen este camino, y su peso es determinante.

La Argentina tiene un amplio catálogo de crisis en su vitrina, pero la actual es difícil de encuadrar. No se trata del tipo de situación en la que el incumplimiento de deudas parecía inminente, ni tampoco de una corrida contra los depósitos bancarios. Por la dinámica del mercado cambiario, lo sucedido se asemeja a 2011, cuando las reservas cayeron 5,8 mil millones de dólares, pero a un ritmo más lento.
En 2011 el contexto internacional tuvo poco que ver con la corrida local al dólar. Había “déficits gemelos”, pero de menor magnitud. El rojo fiscal fue aquel año de 1,8 puntos del PIB y el de cuenta corriente del balance de pagos de 1,1 puntos. Pero el año electoral atrasó un 12 % el tipo de cambio en términos reales y hubo un crescendo de incertidumbre asociada al “día después” de los comicios. Con medidas convencionales, la encrucijada podría haberse resuelto, ya que el déficit de cuenta corriente de entonces representaba apenas el 6,7 % de las exportaciones. Obsérvese que en 2018 ese ratio supera el 40 %!!!.
Fue en aquel contexto en el que entraron en vigencia los cepos, una referencia extremadamente útil para saber lo que NO hay que hacer. En lugar de solucionarse el problema externo, hubo implosión de las exportaciones, que pasaron de 83,0 a 56,8 mil millones de dólares entre 2011 y 2015. Tampoco se detuvo la sangría de reservas, que terminaron 2015 en terreno negativo.
Con déficits gemelos de mucho mayor magnitud en 2018, la crisis de confianza que empezó a sufrir la Argentina dejó pocas alternativas. O un ajuste digitado por el mercado, o un ajuste sincronizado, con reducción más rápida del déficit fiscal, que conlleva la posibilidad de una baja significativa del riesgo país en próximos trimestres, lo que permitiría que la inversión privada pueda compensar el gasto público. Aspirar a tener beneficios derivados de los costos a incurrir.
El gobierno se adelantó al nuevo escenario cuando recortó la meta de déficit primario, de 3,2 % a 2,7 % del PIB para 2018, pero ahora tendrá hacer otro tanto para 2019. Además, nuevas restricciones fiscales pueden surgir por la forma diferente que tiene el FMI de contabilizar programas como los PPP. El Pacto Fiscal firmado en 2017 serviría para guiar los compromisos asumidos por las provincias en materia de gasto y déficit, pero la superposición de partidas con la Nación (dos presupuestos para un mismo fin) estará seguro bajo la lupa. Sin nuevas leyes, el sistema jubilatorio no podría sufrir demasiados cambios, pero el funcionamiento de los organismos vinculados podría ser optimizado.
La palabra ajuste suele utilizarse como sinónimo de recesión, pero ese diccionario es válido cuando el crecimiento descansa exclusivamente en el gasto público. Lo que tiene de novedoso esta crisis es que el sector privado ya había comenzado a dar señales de recuperación, tanto en la inversión como en las exportaciones, caso de la industria que abastece al mercado brasileño.
Pues bien, la economía “en modo FMI” puede dinamizar ese movimiento incipiente. Cabe esperar que el tipo de cambio real sea más atractivo para los exportadores, lo que podría impactar en las economías regionales, que presentan un cuadro heterogéneo, ya que de 17 sectores cubiertos por el Monitor IERAL, 9 están aumentado sus ventas al exterior en 2018, pero 8 permanecen en terreno negativo.
Con un tipo de cambio más alto, el consumo seguirá siendo la variable menos dinámica, pero la inflación podría comenzar a desacelerarse luego de un pico de dos o tres meses: la emisión monetaria tendrá menores requerimientos de origen fiscal. Respecto del empleo, si bien la obra pública perderá dinamismo, cabe esperar que se abarate el costo en dólares de la construcción privada, un fenómeno compensador que sería reforzado si la inflación desacelera y los créditos indexados vuelven a ser atractivos. En otro sector de gran significación, como es el del turismo, el movimiento sería análogo, ya que un dólar más alto significa más demanda local del servicio, por menos argentinos que salen al exterior y más extranjeros que encuentran conveniente viajar a la Argentina. La transición no habrá de ser sencilla ni exenta de dificultades, pero ya sabemos que la otra opción, la de los cepos, no llevó a ningún lado.
 

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Amazon y China rediseñan el perfil productivo de la Argentina

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La Argentina ha estado demasiado desconectada del mundo a lo largo de la mayor parte del último siglo, y éste es el principal factor explicativo de su involución relativa a países comparables. Para peor, los intentos aperturistas que hubo no terminaron bien, sea por fracasos propios del diseño (la “tablita” de Martinez de Hoz), o por inconsistencias que sólo podían resolverse con políticas de estado que nunca llegaron (la convertibilidad). Además, los intereses creados al calor de la economía cerrada han exagerado los costos y “olvidado” los beneficios de intentar replicar experiencias como las de Corea del Sur, Finlandia, Australia o Chile. La novedad de esta época es que la fuerza de los cambios tecnológicos y la profundidad de la reconfiguración productiva mundial que provocó la irrupción de China es de tal magnitud que se filtra por todos los poros de la economía del país. Aunque la apertura todavía sea tímida y ni siquiera se haya completado el acuerdo Mercosur-Unión Europea, hay “ruidos” de la coyuntura local que sólo se explican por ese contexto, ya que los sectores amenazados por la oferta asiática y/o por el cambio tecnológico ya no son capaces de atraer capitales, algunos de ellos están en proceso de des-inversión, y sólo aparecen nuevos emprendimientos en aquellas áreas que tienen viento a favor dentro de este escenario.
Unos 12 millones de argentinos viajaron al exterior en 2017, contando el flujo terrestre; una cadena multinacional de supermercados admite que ya no podrá seguir operando del modo tradicional y que necesita reconvertirse para volver a ser rentable…. Florecen los ejemplos de una economía que ya no es manejable a través de viejas regulaciones.
La Argentina, que por muchas décadas ha sido un país poco integrado al mundo, se desconectó más aún desde 2002, con medidas que coronaron en 2011 con los cepos al cambio y al comercio exterior. Fueron tres quinquenios de hibernación, justo cuando se precipitaban cambios notables en el funcionamiento de la economía mundial. Por citar sólo dos:

  • La participación de China en las exportaciones mundiales de productos manufacturados pasó de 4 % a más de 15 % entre fin de los ’90 y el presente, reconfigurando la división del trabajo en la industria a escala global.
  • El auge del comercio electrónico hizo que dejara de ser negocio buena parte de la intermediación tradicional: en Estados Unidos, una empresa como Amazon multiplicó por 22 su valor accionario en la última década, con el efecto colateral del derrumbe del precio de mercado de compañías como Sears, JCPenny, Macy´s. Por el tipo de productos que comercializan, los supermercados fueron menos afectados, pero el estancamiento de la capitalización bursátil de firmas como Walmart en la última década refleja que no hay inmunidad plena. Cambios análogos han ocurrido en otros sectores, caso de las agencias de viajes o aquellos expuestos a nuevos actores (“Uber-amenazas”). 
  • Cuando el país comenzó, a fin de 2015, el proceso de normalización y reinserción en el mundo, lo hizo de manera gradual, pero ese nuevo escenario entró “por la ventana” y de modo abrupto. Pese a las barreras que subsisten, los consumidores se las arreglan para esquivar a los tradicionales intermediarios, incluida la opción de hacerlo en otro país. Para frenar estas tendencias con “éxito”, habría que ser Venezuela.
  • Aunque algunos dirigentes sindicales y políticos se resisten a asumir esta realidad, los empresarios, que están obligados a ser pragmáticos, ya actúan en consecuencia.
  • Hay evidencias respecto a que el aumento de la inversión, más allá de la construcción, está explicado por actividades que pueden ser competitivas en el escenario global, y se orienta a optimizar procesos productivos. Como contrapartida, hay poco movimiento o desinversión en las áreas más castigadas por el nuevo contexto, al igual que en los eslabones de la cadena productiva más expuestos al cambio tecnológico.
  • El movimiento de convergencia ya empezó, aunque para garantizar su éxito es clave que los gobiernos, en sus tres jurisdicciones, contribuyan con reformas que faciliten la reconversión del aparato productivo, que necesita menos impuestos, combate a la evasión (por la competencia desleal), un gasto público más eficaz, menos trabas y mejor infraestructura.
  • En este sentido, el Pacto Fiscal firmado por el presidente y la mayoría de los gobernadores en 2017, que fue un paso decisivo en términos de gobernabilidad, podría ser mejorado ahora que se comprobó que el sector privado es capaz de generar puestos de trabajo a buen ritmo, como lo atestiguan los 685 mil empleos creados en los últimos doce meses. Las reformas propiciadas por el Pacto apuntan a una reducción de la presión tributaria provincial (Ingresos Brutos) que beneficia a la industria pero no a los servicios, siendo que entre éstos existen actividades como el turismo que compiten en el mercado mundial tanto o más que los productos manufactureros. A su vez, sus efectos se diluyen si las empresas están instaladas lejos de Buenos Aires (por la pérdida de vigencia del Decreto 814). Aunque los funcionarios tengan que profundizar sus esfuerzos por ahorrar gasto corriente, ahora se puede percibir más claro el “premio”, ya que el margen de mejora de las actividades productivas es notable si las condiciones son las apropiadas.
  • Obsérvese que los sectores asociados a recursos naturales (que son complementarios de China) tienen mucho terreno por recuperar, ya que han sufrido el lastre de las políticas vigentes hasta 2015. Es el caso de Alimentos y Bebidas, dentro de la industria, cuya producción aumentó 14 puntos porcentuales menos que el promedio desde 2003. O el complejo foresto industrial, que quedó trunco por la falta de plantas de Celulosa. En la industria del turismo, si la Argentina hubiera seguido la trayectoria de Perú, estaría capturando 12,5 mil millones de dólares/ año en el mercado global, en lugar de 3,8 mil millones.
  • Más allá de los recursos naturales, el segmento de camionetas en la industria automotriz muestra que existen nichos rentables y competitivos, mientras que en servicios profesionales hay mercados ya conquistados, y esa trayectoria podría profundizarse. En términos de empleos, la reconversión tendría saldo positivo, por la ponderación que tienen los sectores más castigados por el cambio de contexto. No hay que olvidar que un buen número de avances tecnológicos recientes parecen diseñados a medida de países como la Argentina, para el que las distancias y la falta de densidad poblacional ha jugado en contra en el pasado. Las comunicaciones satelitales, costos de generación eólica y solar cada vez más competitivos, impresión 3D, entre otros, son también vectores de este proceso.
  • Lo cierto es que el nuevo escenario internacional y las circunstancias locales parecen haberse confabulado para resolver de facto la vieja discusión de los argentinos acerca del modelo de crecimiento más apropiado para el país.
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Pese a la inflación, se amplía el horizonte de la política económica

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Aunque las proyecciones de inflación se estén corrigiendo al alza y las del PIB a la baja, el gobierno tiene por estas horas muchos menos incentivos para nuevos giros de política económica, como el anunciado el 28 de diciembre pasado. Es cierto que la brecha entre las expectativas y la meta de inflación apunta a superar los 5 puntos porcentuales, y también que el crecimiento este año sería un guarismo entre 2,0 % y 2,5 %, en lugar del 2,9 % de 2017. Pero, al mismo tiempo, la economía produjo buenas noticias en las últimas horas, caso del incremento de 20,7 % interanual que registró la inversión en el cuarto trimestre, los 685 mil nuevos empleos logrados en los últimos doce meses y, particularmente, el descenso de la tasa de pobreza, a 25,7 % % de la población, tras el 32,2 % promedio de 2012 a 2015. Es suficiente oxígeno como para que la política fiscal no cambie su sesgo contractivo, por un gasto que evoluciona por debajo de los ingresos y para que la política monetaria continúe con la tarea de retirar pesos de la economía, a través de la venta de dólares, que por el momento tiene menos efectos colaterales negativos que expandir el stock de Lebacs. El timón de la política económica luce mucho más firme que a fin de 2017 aunque, por supuesto, el contexto internacional obliga a no descuidarse.
En la columna del 21 de enero pasado (“Los primeros cuatro meses, claves para la suerte de 2018”) se subrayaba el riesgo de una inflación que, “hacia fin de abril…haya consumido la mitad de la meta del año”, ya que estarían frescas las internas del gobierno que afloraron en diciembre, por lo que podrían reaparecer “señales divergentes en función de futuro”.

La primera parte de esa advertencia se cumplió, pero el riesgo anticipado en el segundo tramo se está diluyendo. Efectivamente, luego de los datos del primer bimestre, con marzo y lo esperado para abril, el Índice de Precios al Consumidor habrá acumulado algo en torno al 9 % o más en este primer cuatrimestre, por lo que se necesitaría una inflación inferior al 1 % mensual de mayo en adelante para acumular 15 % hasta diciembre. Pese a esto, el escenario luce ahora mucho menos disruptivo en relación a lo que podía especularse en el arranque del año. Las internas en el oficialismo se han acallado y el mismo presidente Macri ha hecho trascender en las últimas horas su conformidad con la tarea de la conducción del Banco Central.

 
De hecho, en su último comunicado oficial, el BCRA advirtió que “la intervención cambiaria…es un complemento, no un sustituto de la política monetaria”, por lo que, si la desinflación no se cumple después de abril, “el BCRA está listo para actuar, ajustando su tasa de política monetaria”. Un mensaje que apunta a desmentir la pérdida de autonomía que se supuso tras los episodios de diciembre.
Al margen de una eventual suba de las tasas de interés, el panorama en el arranque del segundo trimestre de 2018 tiene dos diferencias cruciales con el fin de 2017:
– Primero, la lucha por la desinflación ya no descansa exclusivamente sobre las espaldas del Central. El compromiso del gobierno con la meta se nota en el activismo desplegado con las negociaciones salariales, reflejado en numerosas paritarias cerrando en torno al 15 % para 2018, junto a una política fiscal mucho más consistente, con un gasto primario que en el primer bimestre se expandió 18,9 % interanual, bien por debajo de la inflación. Es en este nuevo contexto que se explica mejor el cambio de mix en los instrumentos del BCRA, con una tasa real de interés que ahora es del orden del 4 % anual (cuando había llegado a 10 % en noviembre), complementada con un “ancla cambiaria” que se supone temporal.
– Segundo, los datos de inversión, empleo y pobreza han operado como un bálsamo sobre la “ansiedad por resultados” que mostraba el gobierno hasta pocos meses atrás. Esto tiene efectos al interior de la gestión, pero también en la relación con la oposición.
 
Del lado del nivel de actividad, es cierto que la sequía le resta al 2018, pero no debe subestimarse el “efecto rebote” para 2019 en caso que “La Niña” pierda influencia. Tras la sequía de 2009, en 2010 el valor de la cosecha trepó el equivalente a 1,2 puntos del PIB . A esto se suma la recuperación tangible de la economía brasileña y una inversión cuyo dinamismo no se debilitó en el primer trimestre, a juzgar por los indicadores de construcción e importaciones de bienes de capital.
Es cierto que la entrada de capitales se ha ralentizado por la incertidumbre global. Pero si el efecto es que este año las reservas del Banco Central suban sólo una fracción del aumento de 16,3 mil millones de dólares de 2017, entonces el impacto sobre la demanda agregada se habrá de disimular (salvo que exista caída recurrente de reservas). Un factor compensador de primer orden es el ritmo de recuperación de la Inversión Extranjera Directa, que en términos netos sumaría 15 mil millones de dólares en 2018, versus 10 mil millones de 2017.

Más allá de los “fríos números”, la sustentabilidad de las políticas tiene mucho que ver con el recorte observado en la tasa de pobreza que, de un 32,2 % promedio entre 2012 y 2015, cayó según los últimos datos a 25,7 %. Dado los escasos avances en el flanco de la inflación, es evidente que esta mejora tiene que ver con políticas sociales mejor focalizadas y con la evolución del empleo: Capello y García Oro, de IERAL, estimaron en 685 mil los puestos de trabajo creados en el país en los últimos doce meses, de los cuales más de 300 mil corresponden a la provincia de Buenos Aires. Aunque pueda cuestionarse el alto porcentaje de informalidad que subsiste, esa puede ser un arma de doble filo. Porque este hecho, en realidad, fortalece los argumentos de quienes impulsan cambios profundos en la legislación y en el funcionamiento del mercado de trabajo.

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