Lucas Doronuk

Docente, divulgador e investigador en proceso

Perú, el país sin presidente

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Durante una década tuvieron 8 presidentes. Si uno lee ese dato o esa cifra sin contexto alguno podría pensar que se trata de un país ahogado en algún tipo de crisis humanitaria o envuelto en algún conflicto, en donde la institucionalidad se caracteriza por ser endeble y problema de último orden. Sin embargo, pese a eso, Perú sigue funcionando. 

Debilidad presidencial 

José Jerí fue el último cesanteado de su cargo como máximo mandatario. Como con casi todos sus antecesores, las causas y escándalos relacionados a hechos de corrupción han golpeado sus puertas y la destitución terminó atendiendo. José Maria Balcázar fue quien lo reemplazó aunque a horas de asumir, pesa sobre sus hombros una petición de declaración en la justicia por una serie de irregularidades, lo que sigue motivando a un problema a futuro para su continuidad. Dicho sea de paso, hay elecciones el 12 de abril en Perú, dónde buscarán, democráticamente, elegir a su futuro presidente destituido.

Una de las mayores curiosidades de Perú es lo poco que vale la investidura presidencial. Quizás por costumbre, pero en Argentina desfilaron y desfilan presidentes con innumerables causas judiciales en su haber y no pagaron con su cargo. Desde la causa Correo Argentino de Macri hasta la criptoestafa del actual presidente Milei, son algunas de las cuestiones que llevan a nuestro asombro. Quizás los argentinos somos los que no comprendemos a Perú por la naturalización de escándalos relacionados a la corrupción en el poder. 

Sea como sea, en Perú se conjugan dos particularidades que intentan explicar la razón de los constantes cambios en el sillón del Palacio de Gobierno. Por un lado, un Congreso fuerte. Es sabido que existen estas características en varias democracias globales, en donde el Congreso tiene tanto o más poder que la figura presidencial. Nuevamente nos trae a comparar con nuestra experiencia Argentina, dónde el exceso de presidencialismo histórico en el poder puede moldear nuestro imaginario colectivo sobre cómo percibimos la política exterior. La fortificación del Congreso peruano en la última década puede explicarse por las facultades de control agresivas y de bajo costo político, lo que termina transformando al órgano legislativo más en un árbitro o en un verdugo político que es un poder del Estado. 

La otra cuestión que explica la omnipresencia política del Congreso es el lobby económico del poder concentrado. Sectores como la minería, agroexportación, banca, zonas económicas especiales e incluso empresas chinas han estado relacionados a situaciones de lobby o presión sobre el Congreso para la toma de decisiones políticas o inclusive el favorecimiento en leyes o derogaciones de las mismas. Desde reuniones privadas, financiamiento indirecto de campañas, presión vía gremios hasta blindajes a proyectos de interés son algunas de las tácticas más extendidas del lobby económico que presiona en todo el mundo, pero donde pega fuerte es en Perú y donde también termina tumbando presidentes como piezas de dominó. 

Ideología a marzo 

Ese vaivén constante de nombres en el poder, la cuestión ideológica termina siendo materia de debate de estudiantes universitarios de primer año. El único partido al cual parecen responder es al del lobby económico explicado previamente. 

Esta situación toma mayor relevancia cuando uno se da cuenta de que el actual presidente proviene de la izquierda política, con mucha cercanía al ex gobernante Pedro Castillo (también destituido) y que distaba de Jerí y Boluarte, otros predecesores cesanteados. 

Más allá de los protocolos del Congreso y demás cuestiones meramente institucionales, llama poderosamente la atención como en Perú la procedencia ideológica parece no importar o no primar. Sin entrar en teorías o visiones propias de la sociología, uno puede pensar rápidamente que el lobby económico, financiero y empresarial es el que termina decidiendo en pos de sus intereses propios, sin correlación ideológica alguna. 

Si uno va a las estadísticas, sitios o consultoras como Datum Internacional, Ipsos, IEP y CPI muestran una tendencia clara. El nivel de desaprobación hacia el Congreso es fuerte, excepto cuando el nivel de aprobación al candidato es alto. Las vacancias hacia los presidentes suelen tener entre un 80 a 90% de aprobación siempre que un candidato padezca tan solo un 10 o 20% de aprobación total. Es decir que la institucionalidad o la percepción que la gente tenga de ello está atada a cuanto aprueban o no la gestión de un gobernante. Ya no su ideología ni tampoco el cuidado de la “democracia” sino simplemente el disgusto con la clase política. 

Cabe preguntarse si Perú no es el futuro de la aceptación política mundial. En un mundo cada vez menos ideologizado y con exceso de consumo basura en redes sociales, tal vez el hartazgo con la clase política puede resolverse o canalizarse a través de apoyar las destituciones sin importar procedencia alguna, sino condenando el accionar corrupto del funcionario en cuestión. Tal vez y solo tal vez, eso que no entendemos de la flexible pasarela de presidentes de Perú sea el verdadero sentimiento de aquel ciudadano no inmerso en la política “intelectual” pero donde el día a día le vive pasando factura. El problema es, que en el medio, quien saca provecho es el empresario que más tiene. 

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Bad Bunny: ¿the new revolucionario latino?

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Desde siglos atrás hay algo que quedó muy claro y es que el arte, pero principalmente la música y sus intérpretes, han utilizado sus obras como medio de protesta política. Desde el cuestionamiento de guerras hasta la denuncia de desigualdades sistémicas fueron motor principal de canciones que trascendieron épocas. Hoy, esa “rebeldía” parece estar del lado del trap y el reggaeton. Bad Bunny, la nueva cara del latinoamericanismo. 

Rebeldía desafinada

El show del medio tiempo en la final del Súper Bowl a cargo de Bad Bunny dio que hablar y mucho. Una simbología y un mensaje directo sobre una especie de unión de países latinoamericanos en un contexto de profunda crítica a los procedimientos anti inmigración que está llevando a cabo el gobierno de Donald Trump. 

Ese mensaje en el show revolucionó las redes. Incontables mensajes de apoyo y de gente que se sintió representada por lo sucedido en el show de Bad Bunny. Toda esta locura inclusive llevó a imponer una suerte de imagen del cantante de reggaeton como la nueva voz de los pueblos latinoamericanos. 

Las redes sociales tienden a magnificar todo lo acontecido en el mundo y lo de Bad Bunny no es la excepción, y si bien es positivo para mediatizar situación que lo ameriten, esa vertiginosidad lleva a que se pierda tiempo en poder analizar. La inmediatez impuso a Bad Bunny como un icono revolucionario… sin pensar en el contexto y el trasfondo. 

La rebeldía soft o la rebeldía transformada en mercancía no es algo nuevo. Cuando el rock n’ roll, el punk, el metal y el grunge fueron tendencias contraculturales que amenazaban con la moral de la sociedad occidental, el mismo sistema se encargó de absorberlos, tenerlos contenidos y capitalizar su mensaje. Es así que grandes iconos musicales pasaron de ser rebeldes a un simple producto del sistema al cual criticaban y con el cual se llenaron de dinero, y Bad Bunny no es la excepción. 

Un ejemplo de mercantilizar la rebeldía es la imagen del Che Guevara. Una persona que luchó contra el imperialismo estadounidense y encabezó la Revolución Cubana pero que hoy en día su rostro está en remeras y gorras vendidas por todo el mundo. Literalmente un símbolo comercial. 

Con solo analizar lo sucedido en el famoso show del “conejo malo” es fácil de ver la situación. Bad Bunny no tocó en la frontera vallada entre EEUU y México que impuso el primero para cortar con el ingreso irregular de los segundos. Literalmente, Bad Bunny tocó en el evento deportivo más visto del mundo y el producto más grande del capitalismo en el deporte. ¿Qué quiere decir esto? Que todo el show estuvo diagramado a la perfección y dónde no hubo ni un solo atisbo de rebeldía que esté fuera del guión. Fue la NFL y los sponsors quienes estuvieron a cargo de poner en marcha la maquinaria de consumo, transformando el mensaje “latino” en un bien de consumo. Lejos de ser una simple inclusión o visibilización, fue la forma de homogeneizar y vender al público latino. 

Párrafo aparte para las críticas a Trump. El enojo de la Casa Blanca no es con el artista en sí (más allá de que a Trump le disguste su música), sino con la institución que avaló el show y ganó millones con eso. Entre la NFL, sponsors y discográficas han delineado un mensaje anti ice o anti Trump que lleva a la duda de Washington sobre el apoyo o no de ciertos sectores influenciados por la música. Si bien es cierto que en EEUU las entidades y medios hacen público sus apoyos políticos, es de destacar el lugar desde donde viene el enojo del trumpismo. 

Homogéneos y controlables 

Quizás uno de los mensajes más intrínsecos y hasta cuestionables es el de la creación de una imagen única y homogénea de los latinoamericanos. La imagen de los habitantes de Centroamérica y Sudamérica reducida a la cultura caribeña es una estrategia de marketing pero también de menosprecio cultural.

Ante cualquier improperio “racista” es justamente la variedad cultural la que hace tan rica a Hispanoamérica y la reducción a una imagen única es algo que Estados Unidos hizo siempre. El supremacismo como forma de entender las relaciones con el resto del continente, y no, escuchar o bailar reggaeton no es menos que otra expresión pero lo que sí está mal y es inaceptable es intentar homogeneizar en base a una única obra, ya que silencia la riqueza cultural de competencia mundial que existe en Hispanoamérica. 

Los países que, geográficamente, estamos al sur de Estados Unidos compartimos una situación en común y no es la música: la explotación. Estados Unidos ha impuesto sus intereses por las buenas y por las malas en América Latina y esa si es una experiencia compartida. Intervenciones militares y financieras permiten tener contextos “símiles” entre los países latinoamericanos, pero claro, esa homogeneización no estuvo presente. 

Por otro lado, viniendo al país, es imposible aceptar algún tipo de cercanía artística entre el Río de la Plata y el Caribe. Creer que el show de Bad Bunny representa artísticamente a un argentino, uruguayo o del sur de Brasil es defender el desarraigo forzado del sentir nacional (siempre hablando de música y danza)  

Cuando dicho show busca homogeneizar la imagen del latinoamericano, lleva a que se borre del mapa cultural a Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanki, Ruben Patagonia, Luis Alberto Spinetta, Ricardo Iorio o Gustavo Cerati. Algo que, cómo argentino, rioplatense e hispanoamericano es inviable. Y no es culpa del artista ni de su arte, sino de la ingeniería social y política que el establishment intentó imponer mediante un show.

Recapitulando…  ¿Bad Bunny es un revolucionario o una marioneta? Es un artista que vende por millones de dólares y bien ganado lo tiene. Su música hace bailar a millones de personas en el mundo, quizás el sueño de cualquiera que aspira a ser artista. Por ende, no es ni uno ni lo otro. Es un producto discográfico que hoy está siendo utilizado (por una buena suma de dinero) para direccionar críticas al gobierno de Donald Trump. Como todo en la vida, termina siendo política y dinero. 

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Estados Unidos y Rusia ¿un segundo round nuclear?

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Hace apenas unos días venció uno de los tratados más relevantes para el control del armamento nuclear estratégico. En el nuevo orden mundial, su expiración no solo deja al descubierto la fragilidad de los mecanismos de contención existentes, sino que también abre la puerta a una nueva carrera armamentística sin controles internacionales efectivos. El fin del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, conocido como Nuevo START, no simboliza únicamente el desamparo frente al poderío nuclear, sino que expresa un síntoma de época: una vez más, el orden global parece quedar en manos de quienes concentran el poder.

Tratado viejo, mundo nuevo

El 5 de febrero llegó a su fin el último gran acuerdo nuclear vigente entre las dos principales potencias militares del planeta. No se trata de un dato menor: Estados Unidos y Rusia concentran cerca del 90 por ciento de las ojivas nucleares existentes en el mundo, una realidad que explica la centralidad del tratado ahora extinguido.

Lo que durante años mantuvo cierta moderación entre Moscú y Washington no fue únicamente la letra del acuerdo, sino también la voluntad política de sostener canales diplomáticos mínimos que transmitieran estabilidad al resto del mundo. Hoy, ni siquiera ese gesto subsiste.

El tratado establecía límites claros: un máximo de 1.550 ojivas nucleares estratégicas desplegadas por cada parte, junto con un tope de 700 sistemas de lanzamiento activos, que incluían misiles balísticos intercontinentales, misiles balísticos lanzados desde submarinos y bombarderos pesados adaptados para portar armamento nuclear. A ello se sumaba un límite total de 800 lanzadores, considerando tanto los desplegados como los no desplegados. Estos mecanismos no eliminaban el riesgo nuclear, pero al menos lo encuadraban dentro de parámetros verificables.

Con la caducidad del acuerdo y la decisión de Estados Unidos de no renovarlo, pese a la solicitud formulada por Rusia el año anterior, el escenario queda reducido a dos opciones: una carrera armamentística sin límites o la negociación de un nuevo tratado.

Donald Trump dejó entrever la posibilidad de avanzar hacia un nuevo acuerdo “modernizado”, en sus propios términos. Su propuesta apunta a incorporar a China, una idea que el gobierno chino rechaza por ahora de manera categórica, argumentando que la cuestión debe ser resuelta entre quienes concentran la abrumadora mayoría del arsenal nuclear mundial: Estados Unidos y Rusia.

La intención de sumar a China responde a una lógica estratégica clara: mantener al principal competidor geopolítico bajo observación directa, al tiempo que se busca equilibrar el vínculo entre Washington, Moscú y Pekín. No es casual que China sea, además, el socio estratégico más relevante de Rusia en el escenario global.

El dato no es menor: desde hace más de medio siglo no existía un mundo sin un tratado nuclear vigente entre Estados Unidos y Rusia. La ausencia de reglas compartidas nos devuelve a un clima de tensiones y amenazas propias de los momentos más álgidos de la Guerra Fría, particularmente durante las décadas de 1950 y 1960. La historia muestra que fue precisamente una carrera armamentística descontrolada la que condujo a Europa a la llamada “paz armada”, cuyo desenlace fue la Primera Guerra Mundial. Si bien los contextos históricos no son idénticos, resulta difícil no advertir similitudes inquietantes.

Un mundo en guerra latente

Tal vez debamos empezar a acostumbrarnos a este nuevo escenario. Tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial estuvieron precedidas por períodos de alta conflictividad localizada, que desembocaron en un mundo formalmente diplomático, pero estructuralmente tensionado.

El retroceso de la globalización dejó como saldo una China consolidada como potencia económica, una Rusia que logró recomponerse tras la caída de la Unión Soviética y la caótica década de Boris Yeltsin, y un Estados Unidos que, bajo el liderazgo de Trump, retomó una visión más cerrada y regionalista, en línea con los principios históricos de la Doctrina Monroe.

Hoy no existen frentes bélicos claramente delimitados a escala global, pero sí conflictos que funcionan como laboratorios geopolíticos para las grandes potencias. La guerra en Ucrania y la permanente inestabilidad en Medio Oriente no pueden ser leídas como episodios aislados, sino como anticipos de escenarios futuros que podrían extenderse a regiones estratégicas como Taiwán o incluso las islas Malvinas.

La ausencia de un tratado nuclear efectivo entre Estados Unidos, Rusia y China no parece ser únicamente el resultado de una confrontación irreconciliable, sino también de un acuerdo tácito que permite a cada potencia expandir su capacidad militar según sus propios intereses y posibilidades. La historia demuestra que, cuando las grandes potencias consideran que las reglas ya no les resultan funcionales, no dudan en abandonarlas.

Una carrera armamentística sin límites profundiza la distancia entre Estados Unidos y Rusia respecto del resto de los países con capacidad nuclear, consolidando un dominio casi excluyente. El intento de incorporar a China a este esquema deja en evidencia la configuración de un orden mundial tripartito, donde el poder se reparte entre tres actores centrales.

En este contexto, la acumulación de armamento nuclear no apunta necesariamente al uso directo, sino a reforzar la disuasión como herramienta central. Corea del Norte lo ha demostrado durante décadas: exhibir capacidad nuclear, incluso mediante lanzamientos no armados, funciona como mecanismo de protección frente a presiones externas.

Tal vez el mundo se encamine hacia una diplomacia basada en la amenaza permanente, donde cada potencia busque consolidar su área de influencia: Estados Unidos en América, Rusia en Europa y China en Asia y el Indo Pacífico.

Mientras tanto, sociedades cada vez más absorbidas por la inteligencia artificial, las redes sociales y los avances tecnológicos que mejoran la vida cotidiana parecen adormecidas frente a estos movimientos estructurales. Quizás estemos atravesando una nueva “bella época”, sostenida sobre una paz aparente, mientras las grandes potencias se rearman silenciosamente.

La historia ofrece lecciones claras. Volver a estudiar las causas profundas de la Primera Guerra Mundial no es un ejercicio académico nostálgico, sino una necesidad urgente para evitar que los errores del pasado se repitan en el presente.

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Maduro Gate

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Pasado el tiempo y ya en fría la situación, los acontecimientos ocurridos en Venezuela apenas arrancado el año 2026 van dejando cada vez más tela para cortar. Desde un líder “entregado” hasta el futuro de la partición del mundo por parte de los hegemones. Venezuela parece ser la punta de lanza para ver cómo se delinea el tablero geopolítico en los próximos años. 

La historia se repite 

La captura de Maduro y su traslado hasta Estados Unidos tuvo por objetivo, en principio, que sea juzgado por narcoterrorismo, mientras se encontraba ejerciendo el poder político y público desde el ejecutivo. Pasada la primera audiencia del ex dictador con los magistrados de Manhattan, salió a la luz algo revelador. Tan inesperado como “inocente”, pero absolutamente confirmado por las autoridades del Departamento de Justicia de EEUU: el Cartel de los Soles no existe. Esa organización ilícita dedicada a manejar el narcotráfico en Venezuela es ficticia. Aclararon que es una denominación nacida en la década de los 90’s por parte de los medios venezolanos para referirse a políticos que puedan verse envueltos en relaciones con el narcotráfico, pero como tal, no es un Cartel de droga como lo fue el de Medellín o Sinaloa, por mostrar algunos ejemplos.  

Esta situación no habilita a pensar que no existan lazos de Maduro con otros grupos narcos, tal como el Tren de Aragua, sin embargo, nos retrotrae a una historia que ya se vivió. Estados Unidos volvió a implantar una idea en el imaginario colectivo internacional para validar una invasión u ocupación. 

En el año 2003, Washington tomó la drástica decisión de atacar e invadir Irak, en ese momento gobernada por Saddam Hussein. El pretexto del Tío Sam fue que el líder iraquí era portador de armas biológicas y químicas, además de encontrarse reactivando programas de desarrollo nuclear. Pese a los informes de la ONU que daban cuenta de que esto no estaba sucediendo en Irak, post invasión, se corroboró esa hipótesis: Irak no tenía programa nuclear ni armas biológicas, fue un simple relato que ideó EEUU para atacar Irak. Lógicamente que esto tuvo otro aval que es comparable al de Maduro Gate. Hussein era un sangriento dictador quien eliminó todo tipo de oposición política, fomentando un culto a la personalidad extremo y manejando con mano de hierro a Irak desde 1979 hasta 2003. Comparable al caso venezolano por el manejo autoritario y la situación dictatorial. Esto tuvo un visto bueno internacional en 2003 y lo está teniendo en 2026. Nadie llora a un dictador como Saddam Hussein o Nicolás Maduro. Más allá de eso, hay otra comparación. 

Petróleo, divino oro negro que distingue los destinos económicos de las naciones que lo tienen (y de las que no). Con Irak, el control petrolero y de la zona pasa a manos de EEUU, derribando a un líder histórico de Israel y Arabia Saudita. En Venezuela todo indica que será algo parecido. Trump ya avisó que piensa quedarse un buen tiempo y manejar las reservas petroleras de Venezuela para poder “financiar” la reconstrucción del país. 

En el bello arte de la geopolítica estadounidense, democracia y petróleo van de la mano, y al que no le gusta, se jode.

Las nuevas Venezuelas 

El paradigmático caso de la detención de Maduro y todo el revuelo que causó en el país, incluyendo la muerte de al menos 100 personas en el bombardeo a Caracas, viene con otra situación bajo el brazo. La estancia, corta o larga, de Estados Unidos en Venezuela habilita a teorizar acerca de los intereses en diversas partes del mundo. 

Trump fue claro con el “América para los americanos”. Pese a que no se refiere al continente, sino a su país, es conciso al dar a entender que sus zonas de influencia no son algo negociable en la era de la post globalización. Así como Rusia se planta en Ucrania y China se relame por avanzar en Taiwán, Trump hace lo propio con el continente americano. 

Hay zonas del mundo que deben seguir con cuidado el avance de los acontecimientos para poder entender los cambios geopolíticos que se pueden dar en esta fortificada regionalización mundial. El primero de ellos es Groenlandia. Lo dijo en innumerables ocasiones, para EEUU es fundamental contar con el territorio groenlandés. Más allá de las tierras raras con las que cuenta, el punto principal para EEUU al detentar a Groenlandia es el manejo de la ruta marítima del noroeste. Rusia ya maneja el porvenir económico del norte y el este, a EEUU le queda como obligación manejar la ruta del noroeste. El tema con Groenlandia es un conflicto interno en la OTAN. Tanto EEUU como Dinamarca son aliados en dicha organización y ese conflicto puede resquebrajar la unión que prolifera desde la Segunda Guerra Mundial. 

El otro punto que nos toca de cerca es Malvinas. No es una locura pensar que el trumpismo expansionista con esta nueva Doctrina Monroe del siglo XXI pose sus ojos sobre las islas argentinas arrebatadas y ocupadas por Reino Unido. Malvinas es fundamental para la extensión atlántica de Argentina, generando mayores espacios para la pesca y la expedición científica. Además de ello, es el habilitante primario para la extensión territorial argentina hacia la Antártida. Esa es la razón por la cual Reino Unido se aferra a las Malvinas y es la razón por la cual Trump podría interesarse en las mismas. A eso le podríamos sumar a Tierra del Fuego. En términos de intereses comerciales internacionales, así como Trump podría detentar la ruta del comercio marítimo del norte de América con una hipotética Groenlandia estadounidense, podría manejar la ruta del sur con el Canal de Beagle bajo el control hipotético de Tierra del Fuego. Sin lugar a dudas, se vienen tiempos donde habrá que prestar atención a cada paso que se de.  

Paralelamente a ello, habilita a choques de intereses con China que ya existen en la región, por ende Sudamérica pasa a tener un protagonismo en la repartija territorial mundial como no lo tiene desde hace siglos. 

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Maduro capturado: fin de una era

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Estados Unidos finalmente consumó aquel operativo que tanto pregonó durante años. Fuertemente impulsado por la segunda gestión de Donald Trump, la caída de Maduro era una cuestión de tiempo. Un régimen desvencijado con un líder cuestionado por dónde se lo mire, en un contexto internacional de evidente cambio del eje pero, principalmente, con intereses puestos en recursos energéticos. Paralelamente, un notorio retorno a la Doctrina Monroe y una globalización inexistente, por si a alguien aún le quedaban dudas. 

Maduro out 

El cautivo presidente de Venezuela gobernó con mano de hierro desde 2013, profundizando el régimen chavista impuesto por el mismísimo Hugo Chávez en 1999. Más allá de las evidentes críticas, muchas acciones en el gobierno completamente insostenibles a esta altura, su captura nada tuvo que ver, en principio, con la política interna de Venezuela.

Trump fue conciso. Lo que teóricamente impulsó con fuerza el avance del ejército de Estados Unidos y la posterior detención de Nicolas Maduro fue su lazo con el narcoterrorismo. El presidente venezolano fue acusado de liderar y financiar a grupos narcos en Venezuela pero con operatividad en todo América, incluido en Estados Unidos. 

El Cártel de los Soles y el Tren de Aragua son las asociaciones de narcotráfico a las que la cúpula de poder venezolano supuestamente está aliada. No es solo Maduro y su esposa, también Diosdado Cabello, por nombrar a otro miembro de alto rango del gobierno. 

El ataque fue tan fugaz como efectivo y planificado. Un par de horas con asedio aéreo fueron suficientes para doblegar la defensa venezolana. La intromisión conllevó a la captura y, en el medio, un ataque descomunal sobre Caracas. Ahora, entendiendo este contexto, ¿por qué solo Maduro? 

Bueno, la respuesta no ha de ser simple. El hecho de haber sacado a Maduro del poder induce a pensar en un cambio de era político. Muchos festejaron asegurando que es el paso hacia una transición elocuente. Sin embargo fue Trump quien confirmó que dicha transición se hará con las botas del Tio Sam en Venezuela. 

El verdadero hito que marca el interés estadounidense por “llevar democracia” a Venezuela es la apropiación de recursos naturales y energéticos. Es justamente el país sudamericano quien detenta la mayor reserva de petróleo del mundo. Sacarse a Maduro de encima es el primer paso hacia una instauración del poderío empresarial petrolero en Venezuela. A propósito de eso, Maduro no era un héroe ni un mártir ni mucho menos. Fue la consecuencia de un régimen qué también hacía negocios con el petróleo pero que era fuertemente criticado por su accionar político, social y económico, sin embargo, la captura de Maduro es el gesto internacional que se esperaba para tener la legitimidad y el visto bueno de poder hacer cuanto negocio quiera con el petróleo en la era post chavista.

La táctica de Estados Unidos es clásica. Luego de la Segunda Guerra Mundial y profundizando con el uso de petróleo, fueron varios los lugares en donde a partir de un enemigo común del Tío Sam, se propusieron ataques, invasiones, ocupaciones, explotación de recursos y finalmente la propia desidia de esos países. Ejemplo de ello son Irak, Libia y Afganistán. Venezuela no es la excepción. 

El trato silencioso

Dado a entender que hay evidentes intereses en la apropiación de recursos naturales venezolanos, ¿por qué Trump decidió hacerlo ahora?

Este interrogante se responde con un concepto previamente plasmado. La salida del mundo globalizado y el giro hacia un mundo regionalizado conlleva a la supremacía de líderes en regiones. Putin lo hace en Europa con la guerra en Ucrania, Xi Jinping lo hace en Asia con Taiwán y EEUU, que bajo la presidencia de Biden había postergado su posicionamiento regionalizador, se ocupa de América con el avance sobre Venezuela. 

Si bien los 3 conflictos son particulares cada uno por sus características, es innegable la cuota de utilización estratégica de los mismos y es algo que Trump no está dispuesto a ceder ni negociar. Pero si el mandatario estadounidense decide venderle el petróleo venezolano a Rusia, ya estamos hablando de un pacto de división territorial global tan grande como la Conferencia de Berlín en 1885 donde las potencias europeas dividieron el continente africano. 

El ataque a Venezuela sólo confirma el fin de la globalización y marca la absoluta presencia de Estados Unidos en América. Lo avisó con el intento de apropiación del Golfo de México, el canal de Panamá y Groenlandia y quien terminó pagando los platos rotos fue Nicolas Maduro, el antagonista perfecto. Nadie va a cuestionar la caída de un dictador, lo cual habilita a un escenario de incertidumbre en la región. 

¿América para los americanos? 

Más allá del dolor del pueblo venezolano, hay que plantearse una serie de interrogantes a futuro que guarden relación con nuestro sueño. Difícil es pensar que lo acontecido en Venezuela no siente precedente para un futuro ataque de Estados Unidos a otro país. 

Si bien está claro que esto es por intereses económicos y no por ideológicos (sino hubiesen “intervenido” Cuba en la etapa post soviética) es de destacar que se rompió algo en la región. 

Históricamente, Sudamérica fue ajena a conflictos armados de envergadura internacional que involucre a las potencias, con la captura de Maduro eso se rompe y no porque “sea un héroe” (nadie llora a un dictador) sino porque se abre el juego a que próximos países puedan ser objetivo de ocupaciones estratégicas. 

Mañana puede ser el litio de Argentina – Chile – Bolivia, o el acaparamiento del mercado brasilero o la Patagonia propiamente dicha. ¿Solamente el color político hace a la inmunidad invasora? No, hay otra cosa más e inclusive más profunda: los lazos con China. 

El golpe a Venezuela fue un mensaje directo a China acerca de cómo hace y deshace EEUU en su región. La cantidad de mercados que China pudo establecer en la región podrían verse, a la larga, afectados por la presencia de EEUU y el consecuente desequilibrio regional. 

En la sala de espera, el resto de los países. Le tocó a Maduro con el narcotráfico, también le podría tocar a Colombia y a Ecuador o a Bolivia y Perú por ser productores, o a Argentina y Brasil por “corrupción política” o a cualquier país por cualquier cuestión, siempre y cuando haya intereses en recursos.

En el nuevo mundo, Trump fue claro: América es de Estados Unidos.

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