No te falta esfuerzo, los sueldos no alcanzan

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Empecemos por los hechos.
Esta semana, el Ministerio de Defensa publicó una resolución inédita en la historia argentina: el personal de las Fuerzas Armadas queda habilitado para desarrollar actividades laborales complementarias fuera del horario de servicio. Pueden manejar un Uber. Pueden repartir pedidos en Rappi. Pueden trabajar en seguridad privada. Pueden, en síntesis, hacer lo que ya venían haciendo de manera informal porque los salarios no alcanzaban, solo que ahora el Estado lo blanqueó.

La medida llegó sin fanfarria. Sin conferencia de prensa. Sin que nadie dijera en voz alta lo que la resolución implica: que el salario de un soldado argentino no alcanza para vivir. Que el Estado lo sabe. Y que en lugar de resolverlo, decidió habilitarlos a resolverlo solos. 

Para mayo de 2026, el haber mensual de un voluntario de segunda fue fijado en $686.838. Un cabo cobra $814.831. Un subteniente, $926.881. En el mejor de los casos, hablamos de salarios que no superan el equivalente a 700 dólares mensuales en un país donde la canasta básica familiar supera el millón de pesos. En 2025, más de 2.200 militares y miembros de fuerzas de seguridad renunciaron durante el primer semestre.  La sangría incluyó Ejército, Armada, Fuerza Aérea, Gendarmería y Prefectura. El Ministerio de Defensa registró además un recorte de más de 46.000 millones de pesos en el Presupuesto 2026. 

Milei había prometido, durante la campaña y en los primeros meses de gobierno, jerarquizar a las Fuerzas Armadas y recuperar su protagonismo institucional. La resolución del lunes es la contracara de esa promesa: no hay jerarquización posible cuando quien custodia la defensa nacional necesita un segundo trabajo para pagar el alquiler.

Pero esta columna no es sobre los militares.

Es sobre el mecanismo que convierte un problema estructural en una responsabilidad individual. Y que lo hace con tanta eficacia que la mayoría de las veces ni siquiera lo notamos.

El sistema tiene un problema: los salarios no alcanzan. La solución que propone no es subir los salarios. Es convencerte de que el problema sos vos y de que la solución es trabajar más.

Tiene nombre. Se llama hustle culture: la cultura del rebusque permanente, del segundo empleo como virtud, del “si no llegás es porque no te esforzás suficiente”. Es una ideología que se presenta como motivación personal pero que funciona como coartada sistémica: mientras la energía social se vuelca en buscar el segundo ingreso, nadie pregunta por qué el primero no alcanza.

No es un fenómeno nuevo. El sociólogo alemán Max Weber lo rastreó hasta la ética protestante del siglo XVII: la idea de que el trabajo duro es una señal de virtud moral, que el éxito material es evidencia de mérito y que la pobreza, por lo tanto, es una falla de carácter. Esa ecuación atravesó siglos y se reinventó en el capitalismo contemporáneo con nuevos nombres: emprendedurismo, side hustle, monetizá tu pasión.

“Normalizar la informalidad es uno de los peores mensajes que podemos dar socialmente, porque pone en peligro nuestra sociedad a futuro. No es un privilegio tener una jubilación, es un derecho gracias a los aportes que realizamos durante toda nuestra vida activa”, afirma la especialista en Sociología del trabajo e investigadora del CONICET Patricia Collado. 

El mecanismo funciona así. Cuando un trabajador no llega a fin de mes, las dos explicaciones posibles son: A) el salario es insuficiente, o B) el trabajador no hace suficiente. La hustle culture instala la B como respuesta cultural dominante. No mediante decreto. Mediante contenido. Mediante el influencer que muestra sus cinco fuentes de ingreso a las seis de la mañana. Mediante el podcast que celebra al que “nunca para”. Mediante el lenguaje del emprendimiento que convierte la precariedad en libertad y la necesidad en vocación.

El resultado es que millones de personas con salarios insuficientes se sienten personalmente responsables de una situación que es estructural. No preguntan por el salario: buscan el segundo empleo. No organizan el reclamo colectivo: optimizan su agenda individual. El sistema gana dos veces: no paga lo suficiente y encima logra que quien no llega sienta que es su culpa.

Desde que asumió Javier Milei se perdieron 288.815 puestos asalariados registrados, según análisis del investigador Luis Campos sobre datos del SIPA. La caída apenas se compensa con el avance del monotributo,  es decir, con trabajo sin aportes, sin obra social plena, sin indemnización, sin aguinaldo. En paralelo, el salario real promedio del sector privado cayó un 0,1% mensual en febrero de 2026, el decimocuarto mes consecutivo de retroceso en términos reales para amplios sectores. 

En ese contexto, la resolución del Ministerio de Defensa no es una anomalía. Es la expresión más desnuda de una lógica que ya opera en toda la economía.

Los docentes hacen clases particulares porque el sueldo no alcanza. Los médicos del sistema público atienden en clínicas privadas porque el sueldo no alcanza. Los empleados estatales venden productos por redes sociales porque el sueldo no alcanza. Los militares van a hacer Uber porque el sueldo no alcanza. Y en todos los casos, el relato oficial es el mismo: más libertad, más oportunidades, más autonomía.

Nunca: más sueldo.

Ya lo dijo Sandra Pettovello, Ministra de Capital Humano “La única forma genuina de salir adelante es a través del esfuerzo y la generación de empleo.”

La frase no es falsa. El esfuerzo importa. El trabajo importa. Pero hay una diferencia enorme entre el esfuerzo como herramienta de desarrollo y el esfuerzo como sustituto de un salario justo. La primera es una condición del progreso. La segunda es una trampa que se disfraza de virtud.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lo describe con precisión quirúrgica: la sociedad del rendimiento no necesita capataces ni látigos. Produce trabajadores que se explotan a sí mismos de manera voluntaria, convencidos de que cada hora extra, cada segundo empleo, cada sacrificio adicional los acerca a una versión mejor de sí mismos. La coacción externa se convirtió en autoexigencia interna. Y eso la hace mucho más eficiente  y mucho más difícil de resistir.

La hustle culture tiene costos documentados. En sectores de alta presión, casi el 90% de los empleados muestran síntomas de burnout y agotamiento crónico. La ansiedad se multiplica por tres en entornos donde tomarse un día libre se percibe como debilidad. El 62% de los profesionales que siguen ese ritmo dedica menos de 4 horas semanales a vínculos significativos. Las parejas tienen tres veces más probabilidades de divorcio. No es el precio del éxito: es el precio de un sistema que transfirió su propio déficit al cuerpo y al tiempo de quienes trabajan para él. 

Hay algo más en la resolución del Ministerio de Defensa que merece nombrarse.

Las Fuerzas Armadas son, por definición, una institución de disponibilidad permanente. Un soldado no tiene horario de salida en el sentido en que lo tiene un empleado de comercio. Su función implica estar disponible cuando la situación lo requiere, sin importar si es de noche, fin de semana o feriado. Habilitar el segundo empleo no solo reconoce que el sueldo no alcanza, también asume que esa disponibilidad tiene un límite que el Estado no está dispuesto a remunerar.

La pregunta que la resolución no responde es la única que importa: si alguien que custodia la defensa nacional necesita manejar un Uber para llegar a fin de mes, ¿qué dice eso sobre cómo el Estado valora lo que esa persona hace?

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