Construir hábitos saludables en familia es clave para el cuidado de la salud de niños y niñas. En ese marco, este martes 20 de enero se llevará a cabo un Taller de Alimentación Saludable para familias en el Centro de Atención Primaria de la Salud Nº 20 Ñu Porá.
El encuentro tendrá como eje “El sobrepeso infantil: un cambio que inicia con los padres”, y estará a cargo de la Lic. Jennifer Zimmermann, quien brindará herramientas prácticas para promover una mejor calidad de vida en el ámbito familiar.
Durante el taller se abordarán temas fundamentales como: Cómo incorporar más verduras de manera simple y realista en la alimentación diaria. Estrategias para vencer la pereza y sumar movimiento cotidiano. Señales de alerta biológicas y emocionales que indican que el peso puede estar afectando la salud de niños y niñas. Estrategias claras, fáciles y accesibles para comprar, cocinar y mejorar la salud familiar.
La actividad está orientada a la familia, con el objetivo de fortalecer el rol de los adultos en la construcción de hábitos saludables desde el hogar.
El Área Programática VI informa que entre el 19 y el 23 de enero se llevarán a cabo tomas de muestras para Papanicolaou (PAP) en distintos Centros de Atención Primaria de la Salud (CAPS).
La atención será de 7 a 13 horas, con turnos programados y también por demanda espontánea, indicaron desde el área sanitaria.
Según el cronograma establecido, las jornadas se desarrollarán de la siguiente manera: lunes 19: CAPS Cerro Corá martes 20: CAPS Profundidad miércoles 21: CAPS 1 San Cayetano viernes 23: CAPS 2 San Anselmo
Desde el Área Programática VI recuerdan que el cáncer de cuello uterino puede curarse si se detecta y trata de manera temprana, por lo que se recomienda a las mujeres consultar a un profesional de la salud ante la presencia de síntomas como hemorragias inusuales, flujo vaginal abundante o con mal olor, dolor persistente en espalda, piernas o pelvis, pérdida de peso, cansancio, falta de apetito, molestias vaginales o hinchazón de piernas.
Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 7 jóvenes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental, entre ellos depresión, ansiedad y trastornos del comportamiento. Sin embargo, muchas de estas afecciones no reciben el reconocimiento ni el tratamiento que requieren, en especial cuando se presentan durante la infancia y la adolescencia. Los trastornos de salud mental no tratados durante la infancia y la adolescencia pueden impactar en el desarrollo emocional, social y académico a lo largo de la vida.
En el marco del 13 de enero, Día Mundial de Lucha contra la Depresión, especialistas de DIM Centros de Salud advierten sobre la importancia de prestar atención a los síntomas de depresión en niños, niñas y adolescentes, ya que en estas edades el trastorno suele manifestarse de manera diferente a la de los adultos y, por ese motivo, puede resultar más difícil de detectar.
“La depresión es un trastorno del estado de ánimo que también puede afectar a niños y adolescentes. En muchos casos no se expresa únicamente como tristeza, sino a través del aburrimiento persistente, la irritabilidad, el cansancio constante, el desinterés por actividades que antes disfrutaban o el aislamiento social”, explica Juan David Jurado, psicólogo de DIM Centros de Salud. Y agrega: “Siempre debe ser diagnosticada por un profesional de la salud mental”.
Depresión infantil: un malestar que puede pasar desapercibido
En la infancia y la adolescencia, la depresión suele aparecer de forma más enmascarada que en la adultez. Por eso, es fundamental que padres, madres y cuidadores puedan diferenciar entre una tristeza o enojo circunstancial -vinculado a situaciones familiares, escolares o personales- y un malestar persistente que interfiere con las actividades cotidianas y el desarrollo emocional.
Entre las posibles causas, el Lic. Jurado menciona factores biopsicosociales, como la predisposición genética, experiencias traumáticas a edades tempranas y la influencia del entorno, el ambiente y los vínculos de sostén.
Señales de alerta a tener en cuenta
Algunas señales que pueden indicar la presencia de depresión en niños y adolescentes son:
Disminución del interés por actividades que antes disfrutaban
Síntomas físicos sin causa médica aparente
Llanto frecuente
Baja autoestima
Aumento de la irritabilidad
Aislamiento social
Alteraciones en los patrones de alimentación y sueño
Dificultades de concentración
La presencia de uno o varios de estos signos de manera sostenida en el tiempo puede ser un indicador de alerta.
Ante cambios abruptos en el comportamiento o la detección de posibles síntomas, se recomienda que padres y cuidadoresabran espacios de diálogo, acompañen la expresión emocional y ayuden a poner en palabras lo que les sucede. También puede ser útil involucrar a otros adultos significativos, como docentes, personal del jardín o la escuela, entrenadores o referentes de actividades extracurriculares, para contar con una mirada integral.
El paso siguiente es la consulta con profesionales de la salud mental, quienes podrán realizar un diagnóstico adecuado, acompañar el proceso clínico y sugerir un tratamiento acorde a cada caso, con el objetivo de promover el bienestar psicológico y emocional.
Desde DIM Centros de Salud, el abordaje de la salud mental infantil y adolescente se realiza de manera integral, poniendo el foco en la detección temprana, el acompañamiento familiar y el acceso oportuno a profesionales especializados.
Con el asesoramiento del Lic. Juan David Jurado (MN 80255)
El nivel de burnout en la población trabajadora argentina mostró una baja significativa en el último trimestre de 2025 y se ubicó en 19,9%, uno de los registros más bajos desde 2018. Sin embargo, el dato positivo convive con una advertencia clave: el desgaste laboral aumenta de manera marcada entre las personas con menor nivel educativo, donde el 41% presenta síntomas de estrés crónico. Así lo revela el último informe del Observatorio de Tendencias de Insight 21, el think tank de la Universidad Siglo 21, que vuelve a poner el foco en las desigualdades estructurales del mercado laboral argentino.
Una mejora generalizada en los indicadores de bienestar laboral
La nueva medición de burnout correspondiente al último trimestre de 2025 confirma una tendencia descendente iniciada a mediados de 2024. Según el estudio, el 19,9% de las personas encuestadas manifestó síntomas asociados al burnout, lo que implica una caída de 4 puntos porcentuales respecto del primer trimestre de 2025, cuando el indicador alcanzaba el 23,9%.
El relevamiento se realizó mediante el Maslach Burnout Inventory (MBI), el instrumento de referencia a nivel internacional para evaluar el agotamiento emocional, el distanciamiento mental respecto del trabajo y la disminución del rendimiento laboral vinculados al estrés crónico. Desde 2018, este indicador es utilizado de manera sistemática por Insight 21 para analizar la evolución del bienestar laboral en la Argentina.
Los resultados muestran una mejora transversal en los principales segmentos analizados. El burnout disminuyó tanto en hombres como en mujeres y en todos los rangos etarios. Los niveles más bajos se registran entre los jóvenes de 18 a 29 años, mientras que las caídas más pronunciadas se observan en los grupos de 30 a 39 y 40 a 49 años, consolidando un cambio de tendencia luego de los picos registrados en años previos.
En términos históricos, el valor de 19,9% se ubica entre los más bajos de la serie iniciada en 2018, lo que refuerza la lectura de una recuperación gradual del bienestar laboral en el país, al menos en términos agregados.
La educación como factor crítico: el 41% con nivel primario presenta burnout
Pese a la mejora general, el informe advierte una brecha estructural persistente y creciente al analizar el burnout según el nivel educativo. Mientras que el desgaste laboral disminuyó en personas con estudios secundarios y superiores, se registró un aumento significativo en la población con nivel primario, donde el 41% presenta síntomas de burnout.
La diferencia entre quienes tienen menor escolaridad y aquellos con formación media o superior supera los 20 puntos porcentuales, un dato que refuerza la vulnerabilidad de los trabajadores con menos herramientas formativas frente a contextos laborales inestables.
“Que los niveles generales de burnout estén bajando es una señal positiva, pero no puede leerse de manera aislada. Los datos muestran con claridad que las personas con menor escolaridad están más expuestas al desgaste, en gran parte porque enfrentan mayores niveles de incertidumbre laboral, menos herramientas para adaptarse a contextos cambiantes y una menor previsibilidad sobre su futuro”, explicó la Dra. Florencia Rubiolo, directora de Insight 21.
Este patrón no es nuevo, pero el último informe muestra que la brecha no solo persiste, sino que se amplía, lo que plantea un desafío directo para las políticas públicas, las estrategias empresariales y los programas de formación laboral.
Implicancias económicas e institucionales del informe
El estudio de Insight 21 vuelve a posicionar al burnout como una variable clave para analizar la productividad, el ausentismo, la rotación laboral y los costos económicos asociados al estrés crónico. Aunque el informe se concentra en la medición del fenómeno, sus conclusiones refuerzan la necesidad de intervenciones diferenciadas según el perfil educativo y laboral.
Desde una perspectiva institucional, el informe reafirma la importancia de contar con evidencia empírica sistemática para diseñar políticas orientadas a reducir las desigualdades en materia de salud laboral. En ese sentido, el Observatorio de Tendencias de la Universidad Siglo 21 se consolidó desde 2018 como una referencia académica para el seguimiento del bienestar laboral en la Argentina.
La persistencia de altos niveles de burnout en los sectores con menor escolaridad plantea interrogantes sobre la calidad del empleo, la estabilidad laboral y el acceso a instancias de capacitación, en un contexto donde el estrés crónico sigue afectando a casi uno de cada cinco trabajadores argentinos, incluso en un escenario de mejora general.
Hay rutinas cotidianas tan incorporadas que cuesta pensar que puedan influir en el funcionamiento del cuerpo. Comer “algo rápido” mientras se sigue respondiendo mensajes, cenar tarde después de un día largo, quedarse horas sentado sin moverse, o dormir de manera irregular parecen detalles menores que acompañan la vida moderna. Sin embargo, el sistema digestivo percibe ese ritmo y responde a su manera, a veces con síntomas claros y otras con señales más suaves que pasan desapercibidas.
El aparato digestivo no solo transforma alimentos en energía; también mantiene un diálogo permanente con la microbiota intestinal, con el sistema nervioso y con las hormonas que regulan las funciones del cuerpo. Esa red sensible se modifica con lo que comemos, pero también con cómo lo hacemos, en qué momento del día y bajo qué estado emocional. Por eso, molestias que parecen aisladas —hinchazón abdominal después de ciertas comidas, ardor inesperado a mitad de la tarde o una digestión lenta que se prolonga todo el día— pueden tener su origen en hábitos que se repiten a diario sin que la persona los note.
Síntomas leves que suelen normalizarse
Muchos síntomas digestivos se vuelven tan comunes que dejan de reconocerse como señales. La hinchazón constante después de comer, los gases que aparecen incluso con comidas simples o la sensación de pesadez que obliga a aflojar la ropa se normalizan. Lo mismo ocurre con pequeñas molestias nocturnas: ardor al acostarse, sabor amargo en la boca o interrupciones del sueño producto del reflujo.
En ese punto suelen aparecer preguntas del estilo ¿por qué tengo acidez si como casi siempre lo mismo? o ¿por qué ciertas comidas me caen mal si antes no me pasaba?. La respuesta rara vez se reduce a un único alimento o a un evento puntual. Muchas veces es el efecto acumulado de hábitos que se repiten durante semanas, meses o, incluso, años.
Comprender ese patrón permite mirar la rutina con más detalle. A veces es la forma en que se come, otras la hora, o incluso el nivel de descanso. En algunos casos es la mezcla de varios factores: un día acelerado, poca agua, café en exceso y una cena tardía forman el tipo de combinación que deja al sistema digestivo sin margen de recuperación.
El ritmo con el que comemos también importa
Una parte importante de las molestias digestivas proviene de la manera en que se estructuran las comidas. Comer porciones muy grandes de una sola vez obliga al estómago a trabajar de manera forzada, generando distensión abdominal. Pero saltear comidas también es problemático: altera los ritmos naturales de hambre y saciedad, favorece atracones y vuelve más lento el tránsito intestinal.
Comer rápido, casi sin masticar, es otro hábito extendido. Cuando los alimentos llegan al estómago poco descompuestos, la digestión se vuelve más pesada y aumentan los gases. El cuerpo necesita tiempo para activar hormonas relacionadas con la saciedad, y comer apurado suele llevar a consumir más de lo necesario sin darse cuenta.
Los horarios también influyen. Cenar tarde o acostarse inmediatamente después de comer aumenta la probabilidad de que los ácidos gástricos suban hacia el esófago. Algo similar ocurre cuando se realiza ejercicio intenso apenas terminada la comida, se favorece el reflujo porque aumenta la presión intraabdominal sobre un estómago lleno, lo que facilita que el contenido ácido supere el esfínter esofágico inferior y ascienda hacia el esófago.
Alimentos que favorecen o complican la digestión
Cuando se piensa en digestión, la primera idea suele ser la comida misma. Pero la relación no es tan lineal. No se trata solo de “alimentos buenos” y “alimentos malos”, sino de cómo ciertos patrones se repiten en el tiempo.
Las dietas muy cargadas de grasas saturadas, frituras, harinas refinadas y productos ultraprocesados modifican la microbiota, reducen su diversidad y favorecen estados de inflamación. Los alimentos ricos en azúcar —incluyendo gaseosas, golosinas y pastelería— pueden aumentar la producción de sustancias irritantes en el intestino. Incluso los edulcorantes artificiales, cuando se consumen en exceso, han sido estudiados por su potencial impacto en el equilibrio bacteriano.
En paralelo, la falta de fibra genera estreñimiento y digestiones lentas. La ausencia de alimentos fermentados como kéfir, yogur o quesos maduros reduce la presencia de bacterias beneficiosas. Finalmente, no prestar atención a sensibilidades alimentarias, como la intolerancia a la lactosa o al gluten, perpetúa ciclos de hinchazón, diarrea, gases y dolor abdominal.
Factores externos a la alimentación que afectan la digestión
La salud digestiva no depende únicamente de la alimentación. El estrés sostenido, por ejemplo, altera la motilidad del tracto gastrointestinal y modifica la microbiota. Es habitual que, en momentos de presión laboral o emocional, se experimenten episodios de diarrea, estreñimiento o dolor abdominal sin una causa alimentaria clara.
El sueño también cumple un papel central. Dormir poco afecta hormonas que regulan el apetito, disminuye la diversidad bacteriana y hace que el cuerpo recurra a comidas rápidas, más café y menos hidratación. Esa combinación, repetida durante varios días, se traduce en malestar digestivo.
El sedentarismo —sobre todo cuando se pasan muchas horas sentado en una misma postura enlentece la digestión. Además, fumar o tener sobrepeso incrementa el riesgo de reflujo, gastritis y enfermedades hepáticas.
Incluso ciertos medicamentos, cuando se consumen sin supervisión, irritan la mucosa gástrica o alteran la microbiota, como ocurre con algunos analgésicos o antibióticos.
Pequeños ajustes que mejoran la digestión diaria
La buena noticia es que la mayoría de estos hábitos pueden modificarse sin cambios drásticos. Comer con calma, en un espacio sin pantallas, y masticar bien ayuda más de lo que se cree. Anticipar un poco la cena, evitar recostarse de inmediato y dejar las actividades físicas intensas para otro momento reduce notablemente el reflujo.
Beber agua durante el día, sumar frutas, verduras y cereales integrales, elegir infusiones en lugar de gaseosas y moderar alcohol y cafeína son decisiones que, mantenidas en el tiempo, equilibran la digestión. También ayuda mover el cuerpo con frecuencia, aunque sea en pequeñas dosis: caminar más, estirarse, cambiar la postura y levantarse de la silla cada tanto.
Dedicar un momento a revisar la rutina, identificar qué cosas tensan al sistema digestivo y animarse a modificar esas pequeñas conductas puede transformar la manera en que el cuerpo responde día a día.