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Coronavirus: ¿Qué aprendimos de las crisis?

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En 2008 el mundo entró en una crisis global engendrada en el corazón del capitalismo a partir del crash de las hipotecas sub-prime. Rápidamente se expandió hacia Europa y el resto del mundo en virtud de la globalización financiera.

Argentina aún se encontraba en una suerte de “isla” por el arrastre de los efectos pos-estallido de la convertibilidad, pero sufrió el golpe por la vía de la economía real: se ralentizó el denominado viento de cola de los commodities que funcionaba como una fuerte locomotora económica.

El precio de la soja pasó de US$ 600 la tonelada a US$ 300 en pocos meses. Aunque se recuperó después, el mercado se volvió mucho más volátil y no volvió a los récords históricos con la excepción de 2013 cuando en Estados Unidos hubo una gran sequía.

El gobierno argentino de ese momento apostó a sostener el consumo, el trabajo, la producción y ampliar el gasto. Para 2010 ya estaba creciendo nuevamente y recuperando la caída y aunque hasta 2015 se alternaron tasas positivas y negativas en el agregado la economía creció 11% entre 2009 y 2015.

En otras economías, especialmente de la eurozona, la crisis financiera rápidamente viró hacia crisis de deuda y se impusieron las clásicas políticas de austeridad.

La crisis profundizó la desigualdad económica, desmanteló en gran medida lo que quedaba de los Estados de Bienestar europeos y fundamentalmente generó una profunda decepción de la ciudadanía con las respuestas de las elites políticas y económicas.

Con relación a los efectos de la crisis actual a nivel global, los economistas hablan de tres letras: una V, una U o una L. La primera es el escenario más optimista con una rápida caída como la actual seguida de un igual de rápida recuperación: el coronavirus en términos económicos habrá quedado como sólo como un mal recurso.

El escenario en U es similar a la V pero arrancar nuevamente cuesta un poco más y el más peligrosos de los tres es la L. La economía mundial entraría en un nuevo período recesivo del que tomaría mucho tiempo recuperarse.

Los más pesimistas señalan que lamentablemente no es tan poco probable, ya que de no ser por el consumo (fuertemente afectado por la pandemia) el mundo ya habría entrado en recesión. De hecho, señalan que Estados Unidos está en trampa de liquidez: a pesar de la reducción de tasas, la inversión privada no reacciona y la única forma efectiva es mediante el aumento del gasto y la política fiscal.

Con relación a la crisis sanitaria actual en nuestro país, cabe destacar que la misma se monta sobre la crisis financiera subyacente y dependen los resultados en gran medida de la manera de cómo el mundo pueda arreglárselas con la crisis sanitaria.

Si el mundo cayera en una gran recesión que tuviera como detonante al coronavirus, las consecuencias para Argentina serían contradictorias ya que, por un lado, el efecto comparación podría favorecer en cierta medida la renegociación de la deuda.

Por otro lado, la caída en los precios internacionales de los commodities, los efectos en el comercio mundial y especialmente de China nos afectarían muy negativamente y dificultarían llegar a un arreglo rápido y favorable. Cabe preguntarse, sin embargo, si las elites económicas y políticas del mundo, realmente aprendieron algo en primero lugar del manejo de la crisis de 2009, y en segundo lugar (pero no menos importante) sobre el rol del Estado en la economía.

Fueron justamente esos sistemas sanitarios que colapsaron los últimos días, los que fueron sistemáticamente desmantelados. ¿Volverán nuevamente sobre las políticas de austeridad que recomiendan a nuestro país, o por el contrario tomarán nota de los errores del pasado reciente? Las consecuencias a largo plazo dependen en gran medida de este aprendizaje.

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