El eje del ¿mal?
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Una sola cumbre bastó para dejar una de las imágenes del año y, por qué no, una representación fidedigna de los tiempos geopolíticos que corren. Tres hombres, tres líderes, tres mandatarios reunidos: Vladimir Putin, Xi Jinping y Kim Jong Un. Ni en la peor pesadilla de Estados Unidos parecía posible esta postal, pero ocurrió, y es clave entender hacia dónde apunta el nuevo orden mundial.
En el 80 aniversario de la victoria china contra Japón en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y bajo un despliegue militar descomunal del “dragón rojo”, el mundo entero se paralizó al ver juntos, sonrientes y cómplices, a los mandatarios de Rusia, China y Corea del Norte. Antes se los había visto en encuentros bilaterales, pero nunca los tres al mismo tiempo. La imagen, intimidante por sí sola, es todavía más preocupante en su análisis: refleja un temor creciente para el bloque occidental.
No es casual que se hable de “bloque”, como en los años de la Guerra Fría. Todo indica que nos dirigimos hacia una nueva partición mundial, menos marcada, pero con grandes cabecillas. Estados Unidos representando a Occidente, y China, Rusia, Corea del Norte y posiblemente India alineándose como contrapeso. La cumbre tripartita en la Plaza de Tiananmen fue un gesto simbólico de confrontación al dólar y a la OTAN.

En materia económica, el gran objetivo de China sigue siendo desplazar al dólar como moneda de referencia. Sin embargo, los obstáculos son enormes y para Estados Unidos sería motivo suficiente para reaccionar con dureza. En lo militar, la señal es igual de potente: China mostró su poderío en un desfile megalómano, Rusia continúa con la guerra en Ucrania que dejó al descubierto la fragilidad bélica de Europa, y Corea del Norte, aun sin conflictos abiertos, mantiene la amenaza constante sobre Seúl y avanza en el desarrollo nuclear.
La decisión de mostrar esta unidad llega en un contexto en el que Donald Trump, con un discurso proteccionista y medidas arancelarias agresivas, agitó las alarmas en Oriente. El eje Moscú–Pekín–Pyongyang entiende que el nuevo juego global pasa por la definición de zonas de influencia, el control de mercados y la proyección militar. Aunque no sea realmente nuevo, marca el quiebre del multilateralismo y del aparente “mundo pacífico” del siglo XXI.
Las consecuencias son múltiples. América Latina no quedó ajena, con Estados Unidos desplegando buques en el Caribe y amenazando a Venezuela. En Asia, la tensión escala entre China, Rusia y Corea del Norte frente a Japón y Corea del Sur. Para Taiwán, el riesgo es terminal: si China logra consolidar alianzas y sostener su avance, la guerra en la isla será solo cuestión de tiempo.
El mayor beneficiado de esta reunión es Corea del Norte. La foto de Kim Jong Un junto a Putin y Xi Jinping lo coloca en un nivel muy por encima del valor real de su país. Esto le otorga prestigio y margen para reposicionarse diplomáticamente, incluso frente a Washington. En el primer mandato de Trump hubo un acercamiento con Pyongyang, enfriado luego bajo Joe Biden. Tal vez sea momento de retomar esos canales.
Para Trump, en cambio, la cumbre es una prueba. De manera individual, ninguno de estos países parece tener la fuerza suficiente para disputar la hegemonía global a Estados Unidos, pero juntos se convierten en dinamita. El desafío del presidente republicano es sostener esta relación sin llegar a una guerra y, sobre todo, seguir garantizando beneficios económicos para su país. Con Europa desdibujada, el peso político de Occidente recae casi por completo en sus manos, mientras del otro lado del mundo un nuevo “eje del mal” parece consolidarse, generando más incertidumbres que certezas en la Casa Blanca.
