Golpes a la representación
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El despegue del helicóptero presidencial en la huida del fugaz Fernando De la Rúa de la Casa Rosada, marcó la muerte política del radicalismo. Nunca pudo recuperarse. En 2003 la fórmula Leopoldo Moreau y el misionero Mario Losada, apenas consiguió el 2,34 por ciento de los votos en las elecciones que entronizaron a Néstor Kirchner tras la abdicación de Carlos Menem. Desde entonces, el radicalismo fue mutando en variantes mínimas hasta su nulo protagonismo como socio minoritario de la alianza Cambiemos.
Los golpes de Alberto Fernández a Fabiola Yañez tendrán el mismo efecto. Las marcas de la paliza y los ojos amoratados de la ex primera dama son la sentencia definitiva de un peronismo que ya estaba en la agonía de la no representación. ¿Que nunca muere? Esa sentencia se pone en discusión.
El peronismo que queda en la retina no es el de los derechos conquistados, sino el de Martín Insaurralde en el yate, el vacunatorio VIP, la condena a José Alperovich por violación y abuso sexual, las fiestas en Olivos en plena pandemia y los golpes a Fabiola. El desprecio por las convicciones.
“Venís golpeándome tres días seguidos”, cuestiona Fabiola, quien, al menos en una ocasión habría sido agredida estando embarazada.
“Esto no funciona así todo el tiempo me golpeas. Es insólito. No puedo dejar que me hagas esto cuando yo no te hice nada. Y todo lo que trato de hacer con la mente centrada es defenderte y vos me golpeas físicamente. No hay explicación”, se queja la ex primera dama.
“Me siento mal. Me cuesta respirar. Por favor pará. Me siento muy mal”, se victimiza quien debía ser garante de los derechos de todos. Indigno. Indecoroso.
Entre golpes a su esposa, el que fungía de presidente (con minúscula) se juntaba a tomar cerveza con señoritas en el despacho presidencial. La degradación del cargo, de la política y de la representación.
El caldo de cultivo ideal para una derrota estrepitosa y el ascenso de una política extrema que llegó para dinamitar el Estado que evidentemente, el último presidente no estuvo a la altura de custodiar siquiera simbólicamente.
Argentina está en shock. Golpeada por una crisis económica profunda, con un Estado ausente y tarifas disparatadas. Ahora también como espectadora de un drama impropio de tamaña investidura.
¿En qué espejo se reflejará ahora la sociedad? ¿Cómo instar a una recuperación? ¿Cómo convencer a un joven de militar, de participar, de involucrarse? ¿Con qué ejemplos?
Si Javier Milei tenía una perspectiva de largo aliento en diciembre del año pasado, cuando apenas había ganado las elecciones, ahora la tiene mucho más. A pesar de todo. A pesar de la inflación, de la pobreza creciente, del desempleo, de la caída de salarios y de la actividad económica que no levanta. El escándalo de Alberto Fernández le da oxígeno, le da aire, en momentos en que su gestión no puede mostrar siquiera un resultado positivo. Y le da herramientas para arremeter contra el feminismo.
El silencio ominoso de la conducción peronista, incluso el de Cristina Fernández, ex vice de Alberto Fernández y líder política, es un símbolo de esa degradación. Apenas un puñado de mujeres del peronismo/kirchnerismo elevó la voz en este escándalo. Muy poco para tan enorme drama nacional.
De todos modos, que el árbol no tape el bosque. La crisis de un modo de representación, de una forma de hacer política, no invalida -ni debe invalidar- la discusión de derechos ni de la necesidad de un Estado que los custodie.
Cerrar un ministerio o descalificar políticas públicas, no deben ser opciones de escape, aunque refuercen las posiciones de un Gobierno que se hizo fuerte en ese desdén.
Pero ¿quién asomará para hacerle frente? Los golpes de Alberto Fernández a Fabiola Yañez son para el peronismo peor que el fracaso de De la Rúa, porque aquello fue impericia y ceguera mezcladas con un poco de Banelco. Lo de ahora es hipocresía.
Se impone un profundo debate sobre la política y las representaciones. Un debate que seguramente demorará años.
